Es raro ser enano. Muy raro. Apenas un poco menos raro, sospecho, que ser gigante. Eso en cuanto a la cantidad de ejemplares de cada especie: aunque no conozco estadísticas serias al respecto, es obvio que los enanos somos bastante más numerosos que los gigantes o, al menos, se nos ve bastante más por las calles. Pero en cuanto a la calidad, y aquí me refiero a la fácil pregunta de para qué servimos realmente cada uno, creo que los gigantes se llevan todas las ventajas. Ellos son útiles para la sociedad. Y menos raros, en consecuencia. Incluso, hasta pueden llegar al extremo de convertirse en ídolos de multitudes y ganar muchísimo dinero practicando algunos deportes.
Nosotros no.
Perfectamente inútiles, los enanos no servimos para casi nada.
Los circos eran una posibilidad. Sin embargo, no quedan ya casi circos con enanos. Ahora los circos son otra cosa muy distinta de la que fueron. La gente no quiere encontrarse en ellos con animales. Dicen que no les gusta que vivan en cautiverio, que es cruel mantenerlos encerrados, que los maltratan, que esto y que lo otro y que lo de más allá. Y, en algún sentido, esa misma gente debe emparentar a los enanos con los animales de la selva porque tampoco quieren vernos a nosotros. Hoy por hoy, el público prefiere los espectáculos de luces, el malabarismo, la acrobacia, la magia, los grandes shows.
Cuestión de modas, me parece.
Y contra las modas nada puede hacerse.
La otra escasa salida laboral que tenemos los enanos son algunos lugares de esparcimiento para adultos altos. Me contaron que en Colombia, por ejemplo, una discoteca de Medellín y otra de Bogotá son atendidas por enanos. Atienden las barras. Pero no desde atrás como sería lógico, sino subidos a ellas. Una suerte de diversión barata para los humanos no enanos que van a emborracharse o a bailar en esos sitios. Tan patético, el asunto, que se completa con camareras mancas que atienden las mesas, y uno de esos clubs, incluso, lleva por nombre Media Res.
Feo, el conjunto.
También hay bares en Estados Unidos, o en algunos países de Europa, donde los clientes, cuando han bebido lo suficiente, por unos dólares o unos euros se divierten arrojando enanos al aire. No sé si es cierto, me lo contó la misma persona que me contó lo de las discos colombianas.
Muy feo, repito.
Aunque no es para indignarse. Ni siquiera para enojarse. Finalmente, los poquísimos circos que todavía nos aceptan y estos singulares bares o discos constituyen las únicas ofertas de trabajo que tenemos los enanos en la actualidad. Ya no existen los reyes que necesiten de bufones en sus cortes. Y, por no existir, ya ni siquiera existen las cortes, y los reyes son cada vez menos poderosos.
El mundo se ha democratizado.
Ha progresado, no cabe duda.
Sin embargo, si se mira bien, siempre lo ha hecho en una dirección diametralmente opuesta a nuestros intereses. A los intereses de los enanos, quiero decir.
Comencé del modo serio y casi científico en el que comencé porque no se me ocurrió una mejor manera de comenzar. No me resulta nada fácil escribir. Y, mucho menos, tener que hacerlo, por obligación, acerca de los desagradables hechos que acontecieron en el barrio.
Pero.
Bueno.
Al menos lo intento.
Otra manera de comenzar podría consistir en contar que el sol aparece justo por detrás de la hilera de sauces, cerca del arroyo que nace en las cataratas. Lentamente, sale el sol. Colosal. Imponente. Primero en anaranjados casi rojos, y algunos minutos más tarde torna a variados tonos del amarillo. Me gusta. Es maravilloso. Y lo hice yo mismo. Sin ayuda de nadie. No me refiero al sol, por supuesto, hablo del marco en el que aparece en mi ventana: la hilera de sauces, las cataratas y el arroyo. Eso es lo que yo hice, sin ayuda de nadie.
Entonces.
Me levanto muy temprano, cada mañana, todas las mañanas de mi vida, sólo para eso. Para observar tan bellísima imagen con los dos ojos bien abiertos desde la ventana de la cocina. Los días que llueve no. Los días que llueve prefiero quedarme un rato más en la cama, tapado hasta las orejas, y recordar en detalle el último de los amaneceres que pude presenciar antes de que comenzara a llover.
Después.
Cuando no llueve, claro.
Me acerco hasta los macetones donde planté los sauces llorones bonsáis y trabajo un poco en ellos. Hay que tenerlos a raya. Cortos. Si no les podo las ramas, el día menos pensado pueden taparlo todo. Hasta las cataratas pueden tapar, si los dejo crecer a su antojo. Luego, camino por uno de los costados de las cañerías hasta las canillas, reviso que no hayan sufrido ningún daño durante la noche y que el agua fluya con normalidad para que el milagro de tanto esfuerzo sobreviva, por lo menos, hasta la mañana siguiente.
Fue un sueño.
Mi sueño.
Y ahora una pequeña realidad cotidiana que, desde mi ventana, se ve enorme. Ése podría ser, quizás, un mejor principio que el anterior.
Aunque no sé.
Realmente, no lo sé.
Lo que pasó, pasó. Y me pasó por enano. Si no fuera enano, no me habría pasado. Seguro. Estoy convencido. Incluso si fuera gigante, no me habría pasado.
Uno se cansa de ser enano.
Ésa es la verdad.
Son años de mirar al mundo y al resto de sus habitantes humanos desde muy abajo. Nadie se fija en eso. Es horrible. Duele el cuello de tanto mirar hacia arriba. Uno vive contracturado. Y muy a pesar de nuestra insignificancia y de que no constituimos ningún riesgo para los demás, molestamos. Somos como monstruos bajitos, casi accesibles, de encuentro fácil. Nos parecemos, pero no somos lo mismo. Incordiamos, involuntariamente, el saludable andar de los seres de estatura normal.
Resulta evidente.
Y eso se nota en los ojos de aquellos transeúntes que nos vamos chocando por el camino.
Todo el tiempo, a toda hora.
Incluso los niños, que a veces son menos altos que nosotros mismos, se dan cuenta instantáneamente de nuestra deformidad. Y la expresan a los gritos, claro. Hasta nos señalan apuntándonos con sus dedos índices. Lo único bueno del asunto es que no damos miedo. Creo que los que dan miedo, en determinadas circunstancias, son los gigantes.
El mundo nos resulta muy desproporcionado, a los enanos.
Muy.
¿Alguien, por ventura, se ha puesto a reflexionar siquiera un instante en tan manifiesta desproporción? No. Nadie lo ha hecho ni tampoco nadie lo hará. Ningún ser humano que mida entre un metro y medio y dos metros de altura.
Yo sí.
Y otro montón de enanos tan enanos como yo.
Ésa no es, entonces, la causa del problema en el que me encuentro. La causa habría que buscarla en que yo, además de reflexionar acerca del tema como cualquier otro enano, puse manos a la obra para modificar ese estado tan injusto de cosas. Ahí está el pecado. Mi pecado original.
Además de la desproporción del mundo, odio los diminutivos. Los odio con toda mi alma. Y eso significa mucho, también. Mucho de dolor y mucho de angustia. Incluso aunque mi alma no sea tan grande como las demás almas humanas.
El odio por los diminutivos está en el origen mismo de mi vida.
Me llamo Milagro.
Milagro León.
Aunque en mi cédula de identidad dice otra cosa. Dice Milagritos León. Intuyo que se trata de un error del empleado de la oficina gubernamental en la que me anotaron. O de un yerro cariñoso de mis padres. Nadie le pone a un hijo Pedrito o Juanito o Miguelito. Mucho menos Milagritos. En primer lugar, porque Milagritos es un nombre de mujer y no de hombre. Y, aunque enano, yo soy hombre. En segundo lugar, y a pesar de que sé que hay otros, se me ocurre Nieves ahora mismo, no me parece del todo correcto que una persona cualquiera, en este caso yo mismo, lleve un nombre que termine con ese, un nombre plural. Apenas si soy uno o casi no llego a uno, no soy varios. Soy uno sólo y enano, para ser del todo preciso. Y en tercer y último lugar, por supuesto, el diminutivo. Encima, el diminutivo.
Fui hijo único.
Mis padres tuvieron muchísimos problemas para engendrarme. Incontables. Innumerables problemas que no pienso contar ni enumerar, no es lo que me pidieron cuando me pidieron que escribiera esto que estoy intentando escribir. Reconozco que, ante tantos contratiempos, mis padres deben haberse sensibilizado enormemente cuando por fin nací. Los entiendo, no es que no los entienda. Pero de ahí a que acepte que, embargados de emoción por tan complicado nacimiento y al descubrir mi enanismo, imbuidos de los mejores sentimientos me hayan nombrado para siempre con un diminutivo, no. No lo acepto. De ninguna manera. Es demasiado. Resulta demasiado. Milagro hubiera alcanzado. Tiene que haber sido un error o una estúpida ironía del empleado que me inscribió.
Jamás les pregunté a mis padres.
No quise saberlo.
¿Para qué?
Me fui muy temprano de casa. A los catorce años recién cumplidos. Harto de repetir el tercer año de la escuela primaria: a mi madre se le había puesto en la cabeza que era mejor que no pasara de tercero, que a esa edad los nenes tenían la misma altura que yo y entonces no me iban a discriminar ni a humillar, que no importaba que siempre aprendiera lo mismo, que más importante que aprender era socializarme, que si encima de enano me quedaba solo sería peor, que.
Me fui.
Aproveché el primer circo que llegó al pueblo y me fui. Nunca llegué a preguntarles a mis padres el porqué del nombre que aparece escrito en mi cédula de identidad.
Y algo más, todavía.
Por odiar, también odio que no se respeten las reglas. Es el último de mis odios. No tengo ningún otro. Lo juro. Son tres y son persistentes. Vienen desde siempre y se quedarán conmigo, lo sé, mientras dure mi eternidad.
Y como odio que no se respeten las reglas, ahora mismo me odio a mí mismo.
Profundamente.
No las estoy respetando. Se me pidió que escriba acerca de lo que ocurrió en el barrio, que haga mi descargo, y no lo estoy haciendo. Ya llevo un montón de líneas acumuladas y no consigo enfocarme. Mejor dejo un espacio y, de una vez por todas, me aboco de lleno al asunto.
Empiezo por el principio.
Hace un par de años, y como lo hacía durante todos los veranos, el circo Lowandi, el circo en el que trabajaba por aquel entonces, vino a la costa. Pero no nos fue tan bien como en otras temporadas. Para nada. Abrimos con tres funciones, enseguida tuvimos que bajar a dos y al cabo de algunas jornadas ya sólo nos presentábamos una vez al día durante los fines de semana. El público no nos acompañaba. Ni siquiera alcanzábamos a llenar esas escasísimas funciones. Obviamente, se trataba de las modas, de las que ya creo haber escrito unos cuantos renglones atrás.
Entonces.
El circo quebró.
Y el dueño tuvo que venderlo todo. Las sillas, la carpa y hasta el último mono que nos había quedado de la época en que a la gente todavía le gustaba ver animales más o menos salvajes en los circos.
Pero el hombre no era ningún sinvergüenza. Después de pagar puntualmente las numerosas deudas que tenía la empresa, nos reunió en un bar y repartió el dinero sobrante entre los que habíamos sido sus empleados. En partes más o menos iguales. Y digo en partes más o menos iguales porque no quiero hilar demasiado fino: como de costumbre, a Perico y a mí, por enanos, nos correspondió entre los dos exactamente lo mismo que le tocó al gigantón que hacía de mago, se tragaba los sables, echaba fuego por la boca y nos corría en círculos pegándonos algunas patadas en el culo en uno de esos tiempos muertos en que se necesitaba entretener a la platea mientras mudaban los escenarios para el siguiente número.
Dos por uno.
Lo de siempre.
Y no quiero cansar respecto de las humillaciones a las que estamos sometidos los enanos. Aunque, claro, también me importa aprovechar la ocasión para llamar la atención de aquellas importantes autoridades judiciales que en el futuro lean estas páginas. Pero repito que no quiero cansar. Pongo un punto y aparte y sigo por donde venía.
Con aquel dinero, Perico y yo compramos, a un precio muy módico, un terreno a siete kilómetros de la ciudad de Miramar, hacia el sur, sobre la ruta que va hacia la ciudad de Necochea. Unas tres hectáreas. Ahí es donde hoy está el barrio cerrado en el que ocurrió lo que ocurrió. El dinero no alcanzó para mucho más: una pequeña carpa...