PUES SÍ, DE LO MÁS GRACIOSO
Ni siquiera las prisas de los transeúntes al cruzar el paseo central acelerando el paso a fin de no verse pillados por el semáforo en rojo de la acera opuesta alteraba el sosiego del lugar, como arropado por el follaje de los altos plátanos embebidos de sol. De ahí la brusquedad y estridencia del incidente.
–¡Esta tía se ha tirado un pedo! –gritó apuntando con el índice a una joven esbelta, de rasgos impecables y paso decidido.
Los paseantes más próximos se volvieron a mirar mientras la joven seguía su camino sin darse por enterada. Él la siguió adaptándose a su ritmo sin dejar de señalarla. «¡Se ha tirado un pedo!», repetía. Hasta que, bruscamente, la joven se detuvo y le plantó cara.
–¡Pero qué dices!
–¡Que te has tirado un pedo!
–¿Yo?
–¡Sí, tú! Lo he oído y lo he olido.
–¡Estás loco! –dijo ella mientras daba media vuelta y proseguía su camino con paso doblemente enérgico.
Él la siguió al mismo ritmo sin dejar de gritar: «¡Se ha tirado un pedo, se ha tirado un pedo!» Hasta que ella se detuvo plantándole cara.
–¿Y si me lo hubiera tirado qué? ¿A ti qué te importa? ¿Tú no te tiras pedos?
–Procuro no hacerlo. Al menos en público. Pero a ti te tendrá sin cuidado el medio ambiente...
–¡Toma! También yo hago caca en la intimidad... Pero los pedos son más rebeldes. Y lo del medio ambiente vale para las vacas, no para nosotros.
–Me lo imagino. Lo de la intimidad, quiero decir. Menudo espectáculo si no...
–¿Por qué? ¿Tienes algo en contra del culo y sus funciones? Porque los hay muy bonitos y no dejan de serlo centrados en sus funciones.
–¿En contra? ¡Qué va! Cuando es bonito tiene un papel fundamental en la línea del cuerpo. Especialmente en las mujeres.
–Y en los hombres también. Para mí al menos.
–Pero en las mujeres aún importa más. El tuyo, por ejemplo, me parece estupendo. Enérgico, bien torneado, muy en su sitio...
–Pues del tuyo no puedes quejarte. Justo el que queda bien en un hombre.
Caminaban con calma paseo abajo, agradablemente despejado a lo largo del túnel formado por la doble alineación de los troncos blanquecinos y el follaje resplandeciente.
–Lo que me parece absurdo es asociarlo invariablemente al acto de hacer caca –prosiguió ella–. Además, ¿qué tiene de malo hacer caca? La caca sale por el culo igual que lo que comemos y bebemos entra por la boca. Es una función más del organismo.
–Eso lo tengo más que claro.
–Pero es que, encima, a las mujeres se nos suele atribuir una serie de problemas añadidos, estreñimiento y demás. Y la verdad es que yo, al menos en eso, funciono como un reloj.
–¡Yo igual! Y es cierto eso de que las mujeres tenéis fama de estreñidas. Pero nada de todo eso impide que el culo sea una de las partes más atractivas del cuerpo humano.
–Y, a mi modo de ver, no tiene por qué dejar de serlo cuando haces caca.
–Por supuesto. Para mí es algo que resulta, no sé, pícaro, gracioso...
–Completamente de acuerdo.
–De ahí que, desde siempre, el culo haya sido objeto de culto.
–Claro. Hasta que los puritanos se pusieron de por medio. Todo lo agradable que hay en la vida se convirtió de golpe en pecado.
–Ni más ni menos. Pero por suerte el arte, la pintura, la escultura se encargan de hacernos ver la alta valoración que ha tenido a lo largo de la historia. Como también el lenguaje.
–¿El lenguaje?
–Sí, el lenguaje. Lo que demuestra que desde los tiempos más remotos ha existido un verdadero culto al culo. La palabra «espectáculo» que acabas de utilizar, por ejemplo. Viene de culo espléndido, magnífico, vamos, espectacular.
–No lo sabía.
–¡Y tantas otras! Como «pináculo», que viene del acto de ofrecerlo alzándolo tendido boca abajo. O como «monóculo», es decir, único, superior. O como «ósculo», en su origen, beso en el ojete. O «culminación», esto es, penetración anal.
–Pues, chico, ahora me entero. No tenía ni idea. Pero está clarísimo.
–Es que vivimos en una sociedad tontorrona que evita tocar estos temas.
–Desde luego. Ahora comprendo muchas cosas. Lo que hablábamos antes, lo de hacer caca, por ejemplo; se ha convertido en un tema tabú. Como si fuese algo feo.
–Cuando en el mundo clásico, en Grecia, en Roma, no era así...
–No me extraña.
–Sobran los textos literarios que lo prueban.
–Es que, por lo que se ve, eran sociedades mucho más libres, más abiertas.
–Si hacer caca era algo que solía realizarse en público, en plena ágora... En las ruinas de algunas ciudades romanas nunca faltan los lugares destinados a eso.
–Y a nosotros nos han enseñado que hacer caca es algo feo, algo de lo que ni hay que hablar...
–Ni más ni menos. Y no ya feo: asqueroso.
–Exactamente. Mientras que yo coincido del todo contigo en verlo hasta sugestivo...
–Pues sí, de lo más sugestivo. Sugestivo y sugerente.
–Completamente de acuerdo.
–Alguien haciendo caca me parece de lo más gracioso. Una mujer, claro.
–Pues a mí hacerlo delante de alguien al que le encante verlo me resulta de lo más estimulante.
Él se detuvo bruscamente y la miró de hito en hito.
–Oye, ¿te apetece un whisky? –preguntó.
–¿Y a quién no? –dijo ella.
–Es que tengo un whisky de malta de las islas del Canal que para mi gusto es el mejor del mundo –dijo él reanudando el paso con expresión concentrada.
–No sé a cuál te refieres, pero los whiskies de malta me encantan.
–Es que si te apetece y no tienes prisa te invitaría a probarlo. ¿O tienes algún compromiso?
–Pues no, la verdad. Vamos, pensaba darme una vuelta por el museo. Pero precisamente porque no tenía ningún compromiso.
–¿Y si te entran ganas de hacer caca? –dijo él como sonriendo.
–Ningún problema. En eso soy como un reloj. Puedo adelantarme o retrasarme a voluntad.
–Pues nada, te vienes a probarlo. Vivo muy cerca de aquí.
–Vale. Nada como un buen whisky para empezar la tarde.
TRÁMITES BUROCRÁTICOS
–¿Nacionalidad?
–Española, qué remedio. Porque supongo que no se admite poner catalana.
–No, claro.
–¿Claro? Pues es una injusticia que me pone enfermo.
–¿Se encuentra usted mal?
–¡Pues sí! Me entra una sensación como de ahogo, de que me falta el aire...
–¿Quiere que llame a un médico?
–No, no es eso. Es por la injusticia de no poder poner lo que soy... Como para echarse a llorar. ¡Un pueblo cuyos orígenes se remontan a la noche de los tiempos...! ¡A la prehistoria! ¿Ha oído usted hablar del Hombre de Tautavel? Es una pequeña localidad del Rosellón, la Cataluña francesa. Allí se encuentran sus restos, los de nuestro antepasado. Los de un pueblo y un territorio que a partir de entonces ha sufrido una serie de invasiones sin perder por ello su identidad, empezando por la llegada de griegos y romanos. Fenicios no. Ni cartagineses, que solo estuvieron de paso. Nada de pueblos asiáticos ni africanos como en otros puntos de la Península. Lo de «Barcelona» dice la leyenda que viene de «barca nona», la de Hércules, que pudo naufragar ante sus costas. Un leyenda, sí, pero vaya usted a saber... Hay tantas que tienen una base real... Luego, más invasiones, visigodos, árabes, francos... Y es ahí, en la lucha, donde hay que buscar el origen de la Cataluña propiamente dicha, de lo que hoy entendemos por Cataluña, una historia totalmente distinta de la del resto de la Península. Nuestro Don Pelayo fue un caballero franco llamado Otger Catalón, o Kataslot o Gozlantes, o Gotlán. Él y sus Nueve Barones de la Fama, Dapifer, Gerau, Galcerán, Gisperto, etc., como bien demostró Víctor Català. A partir de ahí, de la reconquista emprendida contra los moros, queda bien delimitada la Marca Hispánica, vinculada no a Castilla sino al Imperio de Carlomagno. Precisamente, las cuatro barras de nuestro escudo provienen de los cuatro dedos que Ludovico Pío, hijo del emperador, imprimió en el escudo de Wifredo el Velloso, conde de Barcelona, tras humedecerlos en la sangre de las heridas recibidas por este en una batalla contra los moros. Algo históricamente comprobado, a diferencia de la liberación de Barcelona por San Jorge, que tiene más bien aire de leyenda. La monarquía se instaura cuando el conde de Barcelona, Ramón Berenguer, se casa con Doña Petronila, heredera de la Corona de Aragón, convirtiéndose así en rey tanto de Cataluña como de Aragón. Una dinastía que, a partir de entonces, no cesa de expansionar sus dominios con la conquista de Valencia, de Mallorca, Cerdeña, Nápoles, Sicilia, Atenas, Neopatria, etc. Imperio que desde la Renaixença, a finales del siglo XIX, queda reflejado en el propio callejero de la capital, Barcelona. Así, calles como Aragón, Mallorca, Valencia, Rosellón, Calabria, Nápoles, Sicilia, etc., epicentro del Ensanche, diseñado por el gran urbanista Ildefonso Cerdà. La figura emblemática de este periodo fue la Virgen de Montserrat, una imagen que, realizada por San Lucas y traída hasta aquí por San Pedro, fue puesta a salvo de los árabes ocultándola bajo tierra en la montaña que lleva su nombre, un lugar que ha terminado por hacerse famoso en el mundo entero. Durante siglos Cataluña fue un pueblo de campesinos, de...