Al final de la mañana
Extensión del desastre.
Enorme.
Nadie estaba allí para escucharnos, juzgar o animar, pero si tuviéramos que explicar nuestro caso a un tercero y pedirle consejo, antes que nada habríamos tenido que presentarnos. Esto es lo que habríamos podido decir sobre la pequeña familia recién llegada a Milán:
El padre. Cincuenta años. Sin religión. Ex gerente de una sociedad familiar de importación-exportación. Hombre de negocios arruinado. Habla y escribe cuatro lenguas (francés, italiano, inglés y árabe). Experto en la Bolsa del Algodón de Alejandría. Scratch durante varios años en los torneos homologados de golf (lo que quiere decir «con hándicap 0» y, por tanto, campeón internacional). Cinco años consecutivos campeón de Egipto de regatas de dinghy de 12 pies (pequeño velero con casco de madera, muy rápido y elegante). Muy buen pescador de peces grandes.
La madre. Cuarenta y un años. Sin religión. Escultora bastante conocida en Europa, un «valor en alza». Habla y escribe francés; otras lenguas habladas: griego e italiano. Muy buena nadadora; excelente estilo espalda. Gran capacidad y resistencia para conducir vehículos todoterreno.
La hija. Diecisiete años y medio. Católica. Estudios interrumpidos un año antes de acabar el bachillerato. Habla y escribe francés y árabe; otras lenguas habladas: italiano, inglés y griego. Lectora omnívora. Buena nadadora. Conocimientos y pasiones poco corrientes en una jovencita. Calificada como «espabilada» por sus padres.
Cuando un grupo de animales o humanos se desplaza, las capacidades de adaptación de estos recién llegados a un hábitat son muy importantes para el éxito de su integración; pero además deben conocer las expectativas de este nuevo medio. En este terreno, carecíamos de información, nos encontrábamos realmente inermes. No conocíamos la ciudad, ni los códigos, ni a nadie. Aquello que en nuestra vida anterior surtía efecto en el entorno no servía ahora ya de mucho.
Apenas había posibilidades de que mis padres exhibieran sus logros. Pero, de todos modos, si lo hubieran intentado ante conocidos ocasionales con el fin de levantarse el ánimo, sus palabras se habrían malinterpretado o ridiculizado. Tan difíciles eran de explicar sus orígenes: de haber intentado decir de dónde venían y por qué, habrían suscitado estupor, distanciamiento y un poco de compasión.
Más valía asumir la realidad: estábamos poco adaptados a una ciudad alejada de la orilla del mar y de clima continental; bastante austera, en aquella época se había apiñado bajo el estandarte del trabajo, el dinero y los valores familiares tradicionales.
Es una regla universal: la más dotada se revelaba la más frágil. Mi madre, que habría podido conducir un jeep en las montañas de Afganistán, era incapaz de hacer la compra adecuadamente. Las primeras semanas, la hora de las comidas fue para ella (y para nosotros) una prueba inédita. Muy pronto comprendimos que el motivo por el cual las comidas fueran siempre frías –pícnics organizados, pese a todo, con originalidad– era que mi madre no sabía utilizar la cocina. Del mismo modo que algunos analfabetos intentan disimular su ignorancia, ella no quería confesar que la sucesión de gestos que permiten encender el fuego bajo una cacerola le era totalmente extraña. Esperaba que uno de nosotros lo hiciera.
–Ah, sí, habría podido recalentar..., qué buena idea.
Un día, con prudencia, la llevé aparte y le expliqué cómo había que hacerlo, mostrándoselo dos o tres veces; esa noche no dijo nada, pero se fue a acostar muy temprano. Fue quizá a partir de ese episodio cuando desconectó.
Septiembre, el mes de la matriculación en el colegio, había comenzado. Tenía que hacer algo. Había un instituto a cien metros de casa e intenté obtener una cita. Los trámites de una muchacha sin título, sin certificados y, de momento, sin permiso de residencia le parecieron incomprensibles a la joven secretaria, la única que estaba en la oficina a finales de verano. Mostró incluso alguna prisa por retomar sus ocupaciones y me aconsejó volver dentro de dos semanas, si es que efectivamente insistía en ver a alguien; entonces ya estaría la directora.
Salí un poco aturdida; en el fondo, no se equivocaba. Pero había que actuar rápido. Santa Maria delle Grazie es la iglesia más bella de Milán: fue allí donde un sacerdote a punto de acomodarse en el confesionario me dijo que, por lo que él sabía, no había un colegio de Nuestra Señora de Sión en Italia, pero que las hermanas Marcelinas tenían un excelente instituto para chicas y que no estaba muy lejos.
Guardo un verdadero cariño por la persona que me atendió, una novicia con acento extranjero. Supe después que era argentina de origen y que sólo estaba allí por seis meses, en el marco de un intercambio entre institutos. Me escuchó. Yo había aprendido a concentrar mis fuerzas. Intenté explicar simplemente. No mentí acerca de mis inmensas lagunas (nunca había escrito ni una línea en italiano); dije de entrada que no tenía conmigo las notas del año porque me había marchado antes de que acabaran las clases; mentí únicamente a propósito de mis padres: «sí, son católicos», y añadí para dar más verosimilitud: «no practicantes». Llamó a la madre superiora, le contó mi caso en mi presencia.
¿Acaso son propicios los conventos a la rápida toma de decisiones? ¿Acaso el hecho de estar poco más o menos unidos a Dios conlleva un desprecio de la burocracia? ¿O es que sencillamente había despertado compasión?
Se ausentaron diez minutos y luego volvieron con su veredicto en la mano a la pequeña sala toda de blanco donde yo temblaba de angustia. Podía inscribirme; tenía que repetir curso, y no sería evaluada en el primer trimestre. La hermana Gisella me haría trabajar dos horas todas las tardes para intentar ponerme al día. Con una única condición: querían ver a mis padres.
Cuando salí, el sol, que se filtraba a través de las pequeñas nubes redondeadas que recorrían el cielo, formaba manchas en la plaza.
Y otra vez me acordé de Homero; dos años antes, nuestra profesora había analizado en clase tan minuciosamente sus comparaciones que yo podía hacer con ellas un pastiche sin dificultad. Era como un juego y no me privé de hacerlo. Por su construcción extensible y su acumulación de imágenes ingenuas y coloristas, me entretenían y me permitían reconquistar cierto equilibrio.
Por qué no en esa ocasión:
«Pero cuando la estrella de la mañana se alzó para anunciar su luz sobre la faz de la tierra y, por detrás, la Aurora, de peplo de azafrán, se extendió sobre las aguas, en ese momento la pira se fue apagando y su llama cesó. Entonces los vientos emprendieron el camino de regreso a su hogar por el mar de Tracia, que rugía al encresparse lleno de furia.»
Homero o no, había superado una primera etapa.
Hay un pasaje de La cartuja de Parma que me encanta. Gina da consejos a Fabrice, y le transmite fielmente las ideas del conde Mosca, como viático antes de su marcha a la Academia eclesiástica de Nápoles (leí la novela algunos días antes del comienzo de las clases en las Marcelinas, algunos días antes de cumplir mis dieciocho años). Es un epítome de la visión stendhaliana, un precipitado de juventud, rapidez y amoralidad.
Podría ser un buen comienzo para un tratado de supervivencia:
«... el conde, que conoce bien la Italia actual, me ha encargado que te diga algo. Cree, o no creas, lo que te enseñan, pero no les lleves la contraria nunca. Imagínate que te enseñan las reglas del whist; ¿harías objeciones a esas reglas del whist?» Y más adelante: «La segunda cosa que el conde me encargó decirte es la siguiente: si se te ocurre una idea brillante, una réplica victoriosa para cambiar el hilo de la conversación, no se te ocurra ceder a la tentación de deslumbrar, sigue callado; la gente aguda verá tu talento en tus ojos. Ya tendrás tiempo de tener talento cuando seas obispo.»
¡Ah, cuánto me gustaba también ese conde Mosca! Su moral era flexible, su juicio siempre despejado y su acción decidida. Estas cualidades no entraban en contradicción con su bondad y su tolerancia: sabía amar.
Puesto que acompañaba y narraba paso a paso la juventud de Fabrice hasta su madurez, ¿pertenecía el libro a la categoría de las novelas de formación (habíamos tenido, a comienzos de año, una clase sobre el tema)? La cartuja, sin embargo, estaba exenta del tono melancólico, un tanto desengañado, que emana de los libros de preparación a la experiencia de la vida. En esta novela, nadie aceptaba nada de la sociedad, las duras reglas de adaptación a las realidades de la existencia en verdad no se respetaban. Se explicaban, se eludían o se aplicaban. Pero –se me impuso como una evidencianunca se tomaban en serio. ¡Se simulaban!
Como yo no había leído nada parecido y no podía cotejar con nadie esta cuestión de interpretación, releí varios pasajes y subrayé las frases que, al parecer, me daban la razón.
Las reglas, los códigos y los hábitos: eran un juego, como las reglas del whist, y nada más; un juego que se podía acatar sin humillación. Bastaba con esperar para exteriorizar lo que uno pensaba; esperar a ser obispo: antes de eso, abstenerse de «réplicas victoriosas». Como método de supervivencia, se recomendaba no expresar el propio pensamiento. Pasar por el molde. Disimular.
Daba vueltas a estas ideas, hasta el momento en que me di la razón. No era necesario hacer piruetas para complacer a gente que no me agradaba: bastaba con no exteriorizar, con ocultar todo lo que pudiera molestar, sorprender o disgustar.
Y en los momentos de duda, había que pensar en el conde Mosca.
Los primeros días en clase, pues, se enmarcaron bajo el signo de la aplicación y la prudencia. Mis compañeras eran en su mayoría guapas y, sobre todo, iban muy bien vestidas. Las milanesas tienen fama de ir a la última moda, con una elegancia muy british; y eso era cierto también en un colegio de chicas de buena familia a finales de los años cincuenta. No me pareció difícil de imitar: nada de extravagancias, no más de dos colores y siempre haciendo juego entre ellos, zapatos impecables, uñas cortas y bien cuidadas. Las chicas no eran muy curiosas; se conformaron con una frase del estilo de «sí, mi padre trabajó mucho tiempo en el extranjero y yo recibí una educación francesa, era más práctico» para explicarse mi increíble retraso. Este instituto era lo mejor que me podía suceder, me sentía protegida. Estaba en período de formación. Iba a integrarme en la sociedad italiana y pronto formaría parte de un país europeo en plena expansión (era el boom económico, celebrado todos los días por la prensa y la naciente televisión). Había dejado Oriente para siempre y Occidente me abría sus brazos: no era tan desventajoso, porque Oriente ya nunca volvería a ser aquel en que habíamos nacido.
Sin embargo, el regreso a casa después de las clases me recordaba que, para mi madre, el traslado definitivo a Occidente era algo mucho menos fácil. Habitualmente tan dinámica, al estar sola, pasaba la mayor parte del día acostada. Acostada en la cama. Y mintiéndole a su hija: «... he hecho una pequeña siesta..., leía..., tenía un poco de dolor en la espalda».
Yo no podía entenderlo, ni siquiera había oído nunca la palabra depresión. Ella no estaba enferma. Solía tener un poco de frío. No hablaba mucho, no manifestaba ninguna melancolía; a duras penas sonreía cuando yo llegaba; mis relatos no provocaban en ella el menor comentario. Cada tarde, yo probaba alguna cosa para animarla a salir; ella aceptaba para darme gusto, pero volvía agotada y se precipitaba de nuevo en su cama. Hasta el día en que me di cuenta de que le agradaban las visitas al supermercado: como los tahitianos ante la llegada del capitán Cook y su tripulación engalanada, abría los ojos como platos ante las estanterías llenas de mercancías desconocidas. ¡Por fin algo le interesaba! Decidí perseverar: haríamos una visita al supermercado cada día. Descubrimos los productos de limpieza (aparte del jabón y los estropajos metálicos, no conocíamos nada). Me cautivaban la abundancia y los colores de las confecciones y los frascos, pero también la lectura atenta de las etiquetas con sus promesas de resultados prodigiosos. La sección de bricolaje despertaba en nosotros las ganas de mejorar nuestra vivienda: comparábamos los martillos, los clavos, los alicates, las tenazas. ¡Y los productos de belleza! Desdeñados en nuestra vida anterior, relucían en los expositores prometiéndonos maravillas. Mi madre devoraba con la vista la gama de pintaúñas, productos para manicura, lápices de labios, cremas para las manos y pasadores de pelo.
Me siguen gustando mucho los supermercados. Cada vez que desembarco en una ciudad desconocida, para sellar mi primer encuentro con el país al que acabo de llegar, voy a darme una vuelta por ellos, preferiblemente sola. Necesito recogimiento. Desde luego, atrás quedó la época en que los productos no se asemejaban, y los hábitos alimentarios, la riqueza y la pobreza, las obsesiones y los mitos se podían captar a primera vista. Pero, aun así, la uniformización no es absoluta; las diferencias de fondo de almacén y de presentación subsisten y siguen siendo reveladoras. Cambian los nombres o se adaptan de manera extraña. Los promotores mercantiles globalizados le añaden a veces su toque, un algo que aporta sabor «local».
Años después de nuestras incursiones en el UPIM de Corso Vercelli, sigo experimentando una sensación de placidez y respiro con mayor sosiego tras una vuelta atenta por unos grandes almacenes.
Mi vida había quedado partida en dos: el colegio, por una parte, donde mis dones de adaptación hacían maravillas (los tres meses de clases intensivas de la hermana Gisella le habían dado la razón: yo era recuperable, y eso reforzó su afecto por mí), y el piso familiar, por otra, donde tenía que enfrentarme a una situación desconocida.
Me sentía más cómoda en mi nueva vida que en la antigua. Atenta y concentrada en el empeño de no d...