XVI
Por la verdad de Dios, el doctor François es un buen hombre. El doctor François nos deja tiempo para pensar, para recobrarnos. El doctor François nos reúne, a mí y a los demás, en una gran sala donde hay mesas y sillas como en la escuela. Mademba sabía hablar francés, yo no. El doctor François es como un maestro de escuela. Nos dice que nos sentemos en las sillas y encima de cada mesa su hija, la señorita François, toda vestida de blanco, coloca un folio y un lápiz. Luego, por gestos, el doctor François nos pide que dibujemos todo lo que queramos. Yo sé, he entendido que tras esas gafas suyas que agrandan sus ojos azules gemelos el doctor François observa el interior de nuestras cabezas. Sus ojos azules gemelos no son como los de los enemigos de enfrente, que pretenden separarnos la cabeza del resto del cuerpo por medio de pequeños obuses maliciosos. Sus ojos azules gemelos penetrantes nos escudriñan para salvar nuestras cabezas. Yo sé, he comprendido, que nuestros dibujos están ahí para ayudar a limpiar nuestros espíritus de las porquerías de la guerra. Yo sé, he comprendido, que el doctor François es un purificador de nuestras cabezas emporcadas de guerra.
Por la verdad de Dios, el doctor François es relajante. El doctor François no nos habla casi nunca. No nos habla más que con los ojos. Eso me viene bien porque no sé hablar francés, al contrario que Mademba, que fue a la escuela de los toubabs. De modo que hablo con el doctor François por medio de dibujos. Mis dibujos agradan mucho al doctor François, que me lo dice por medio de sus dos grandes ojos azules gemelos cuando me mira sonriendo. El doctor François menea la cabeza y comprendo lo que quiere decirme. Quiere decirme que lo que dibujo es muy bonito y muy elocuente. Yo sé, he comprendido muy rápido que mis dibujos cuentan mi historia. Sé, he comprendido que el doctor François lee mis dibujos como una historia.
Lo que dibujé primero en el folio que me dio el doctor François fue una cabeza de mujer. Dibujé la cabeza de mi madre. Por la verdad de Dios, mi madre es muy guapa en mi recuerdo y la dibujé bien peinada a la moda peul, bien engalanada con sus alhajas a la moda peul. El doctor François no podía creerse la de detalles de mi dibujo. Sus dos grandes ojos azules gemelos tras las gafas me lo dijeron a las claras. Con tan solo mi lápiz, le di vida a la cabeza de mi madre. Sé, comprendí muy rápido, lo que daba vida a una cabeza dibujada a lápiz, a un retrato de mujer como el de mi madre. Lo que da vida en el papel es el juego de sombras y luces. Puse brillos de luz en los grandes ojos de mi madre. Los brillos de luz surgieron de las chispas blancas del papel que no pinté de negro. La vida de su cabeza nació también de las minúsculas parcelas de papel que mi lápiz de mina coloreó apenas de negro. Por la verdad de Dios, supe, comprendí, descubrí cómo, con un simple lápiz, podía contar al doctor François lo guapa que era mi madre peul con sus pesados colgantes de oro trenzado en las orejas y los finos anillos de oro rojo colgados de las aletas de la nariz aguileña. Podía decirle al doctor François lo guapa que era mi madre en mis recuerdos de niño por medio de sus párpados sombreados, por sus labios pintados entreabiertos sobre hermosos dientes blancos muy muy bien alineados y por su casco de trenzas salpicadas de piezas de oro. La dibujé a base de sombra y luz. Por la verdad de Dios, creo que mi dibujo estaba tan vivo que el doctor François oyó a mi madre decirle con su boca dibujada que se había ido, pero que no me había olvidado. Que se había ido dejándome con mi padre, aquel hombre anciano, pero que no había dejado de quererme.
Mi madre fue la cuarta y última esposa de mi padre. Mi madre fue para él motivo de alegría y luego de tristeza. Mi madre fue la hija única de Yoro Ba. Yoro Ba era un pastor peul que cada año hacía pasar a su rebaño por en medio de los campos de mi padre, en la época de la trashumancia hacia el sur. Su rebaño, venido del valle del río Senegal, desembocaba durante la estación seca en las llanuras eternamente herbosas de los Niayes, pegadas a Gandiol. Yoro Ba le tenía cariño a mi padre, aquel anciano, porque este le permitía el acceso a sus pozos de agua dulce. Por la verdad de Dios, a los agricultores de Gandiol no les gustan los pastores peul. Pero mi padre no era un agricultor como los demás. Mi padre abrió un paso en medio de sus campos hasta sus pozos para el rebaño de Yoro Ba. Mi padre siempre decía a cualquiera que quisiera oírlo que todos tenemos que vivir. Mi padre llevaba la hospitalidad en la sangre.
No se hace un regalo tan hermoso impunemente a un peul digno de tal nombre. Un peul digno de tal nombre como Yoro Ba, que guiaba su rebaño por en medio de los campos de mi padre para llevarlos a abrevar a sus pozos, no podía dejar de hacerle a su vez un regalo muy muy importante. Por la verdad de Dios, fue mi madre quien me lo dijo: un peul a quien se le hace un regalo que no es capaz de corresponder puede morirse de pena. Un peul, me contó, es capaz de desnudarse por mostrarse agradecido a un griot adulador si no le queda otra cosa que su ropa para darle. Un peul digno de tal nombre, me dijo, puede llegar a cortarse una oreja para recompensar a un griot adulador cuando no le queda otra cosa que un pedazo de su cuerpo para darle.
Para Yoro Ba, que era viudo, aparte de su rebaño de vacas blancas, rojas y negras, lo que valía más era su hija de entre sus cinco hijos varones. Por la verdad de Dios, para Yoro Ba, su hija Penndo Ba no tenía precio. Para Yoro Ba, su hija habría merecido desposarse con un príncipe. Penndo habría podido valerle una dote real, como mínimo un gran rebaño equivalente al suyo, como mínimo treinta dromedarios entre los moriscos del norte. Por la verdad de Dios, fue mi madre quien me lo contó.
Entonces Yoro Ba, dado que era un peul digno de tal nombre, anunció a mi padre, aquel hombre anciano, que le daría a su hija Penndo Ba en matrimonio a la trashumancia siguiente. Yoro Ba no le pidió dote por su hija. No quiso más que una cosa: que mi padre fijase la fecha de la ceremonia de su boda con Penndo. Yoro Ba lo proveería todo, compraría los trajes y las alhajas de oro trenzado de la novia, sacrificaría veinte reses de su rebaño el día de la boda. Pagaría a los griots aduladores con decenas de metros de telas caras, pesado bombasí bordado e indianas ligeras fabricadas en Francia.
No se le dice «no» a un peul digno de tal nombre que te entrega a su hija adorada en matrimonio para devolver la hospitalidad concedida a su rebaño. Se puede preguntar «¿por qué?» a un peul digno de tal nombre, pero no se le puede decir «no». Por la verdad de Dios, mi padre preguntó «¿por qué?» a Yoro Ba, que le respondió, y esto me lo contó mi madre: «Bassirou Coumba Ndiaye, tú eres un simple agricultor, pero nobilísimo. Como dice un proverbio peul: “Mientras el hombre no esté muerto, no está terminado de crear.” He visto a muchos hombres a lo largo de mi vida, pero ninguno como tú. Me aprovecho de tu sabiduría para crecer en sabiduría. Dado que tienes el sentido de la hospitalidad de un príncipe, al entregarte a mi hija Penndo mezclo mi sangre con la de un rey que no sabe que lo es. Al entregarte a Penndo en matrimonio reconcilio la inmovilidad y la movilidad, el tiempo que se detiene y el tiempo que pasa, el pasado y el presente. Reconcilio los árboles arraigados y el viento que agita sus hojas, la tierra y el cielo.»
No se puede decir «no» a un peul que te da su propia sangre. De modo que mi padre, ese anciano que ya tenía tres mujeres, dijo «sí» a la cuarta, con el consentimiento de las tres primeras. Y la cuarta mujer de mi padre, Penndo Ba, es la que me dio la vida.
Pero siete años después del casamiento de Penndo Ba, seis después de mi nacimiento, Yoro Ba, sus cinco hijos y su rebaño no aparecieron en Gandiol.
Durante dos años seguidos Penndo Ba no hizo sino vivir a la espera de su regreso. El primer año, Penndo siguió siendo amable con las otras esposas, con su marido, conmigo, su hijo único, pero no era feliz. No soportaba la inmovilidad. Penndo había aceptado a mi padre, aquel anciano, recién salida de la infancia. Había aceptado casarse con él por respeto a la palabra dada, por respeto a Yoro Ba. Penndo había acabado amando a Bassirou Coumba Ndiaye, mi padre, porque era justo su opuesto. Era viejo como un paisaje inmutable, ella era joven como un cielo cambiante. Él era inmóvil como un baobab, ella era hija del viento. A veces los contrarios se fascinan de tan alejados que están el uno del otro. Penndo acabó por amar a mi padre, aquel anciano, porque en él se concentraba toda la sabiduría de la tierra y las estaciones que se repiten. Mi padre, aquel anciano, idolatraba a Penndo porque era lo que no era él: el movimiento, la inestabilidad jubilosa, la novedad.
Pero Penndo solo había soportado la inmovilidad durante siete años con la condición de que su padre, sus hermanos y su rebaño volvieran cada año a verla a Gandiol. Ellos llevaban encima el olor del viaje, el olor de los campamentos entre la maleza, el olor de las vigilias para defender el rebaño de los leones hambrientos. Llevaban en los ojos el recuerdo de los animales extraviados por el camino y siempre encontrados, vivos o muertos, nunca abandonados. Ellos le hablaban de la ruta perdida bajo la polvareda del día y reencontrada a la luz de las estrellas. Ellos le contaban en el idioma cantarín de los peul, el fulfulde, todo el año de vida nómada cada vez que volvían a pasar por Gandiol para reconducir su gran rebaño de vacas blancas, rojas y negras hacia las llanuras eternamente herbosas de los Niayes.
Penndo, que solo soportaba Gandiol esperando que volviesen, empezó a marchitarse a partir del primer año de su ausencia. Penndo Ba dejó de reírse definitivamente la segunda vez que no acudieron. Todas las mañanas durante la estación seca, cuando deberían haber estado allí, me llevaba a ver los pozos donde Yoro Ba abrevaba a su rebaño. Contemplaba con tristeza la ruta trazada para ellos por mi padre en medio de sus campos. Aguzaba el oído, esperando oír el lejano mugido de los animales de Yoro Ba y de sus hermanos. Yo le miraba a hurtadillas los ojos enloquecidos de soledad y de remordimientos al volver los dos lentamente a Gandiol tras horas de espera en secreto en las fronteras del norte más alejadas del pueblo.
Yo tenía nueve años cuando mi padre, que amaba a Penndo Ba, le propuso que partiese a buscar a Yoro Ba, sus hermanos y su rebaño. Mi padre prefería que se marchase a que se muriese. Sé, he comprendido, que mi padre prefería saber que mi madre estaba con vida lejos de él antes que muerta a su vera, tendida en el cementerio de Gandiol. Lo sé, lo comprendí porque mi padre se volvió un anciano cuando Penndo nos dejó. De un día para otro se le puso el pelo blanco por completo. De un día para otro se le encorvó la espalda. De un día para otro mi padre se quedó inmóvil. Tan pronto como Penndo se marchó, mi padre empezó a esperarla. Por la verdad de Dios, a nadie se le ocurrió burlarse de él.
Penndo quiso llevárseme con ella, pero mi padre, aquel anciano, se negó. Mi padre dijo que yo era demasiado joven para salir a la aventura. No sería fácil encontrar a Yoro Ba cargando con un niño pequeño. Pero yo sé, he comprendido, que en realidad mi padre tenía miedo de que Penndo no volviera nunca si yo me iba con ella. Conmigo en Gandiol se aseguraba de que tuviera una razón muy muy importante para volver a casa. Por la verdad de Dios, lo que mi padre llegaba a amar a su Penndo.
Una tarde, poco antes de marcharse, Penndo Ba, mi madre, me estrechó entre sus brazos. Me dijo en su idioma cantarín, el fulfulde, que ya no entiendo desde que dejé de oírlo hablar, que ya era un niño mayor, que podía contarme sus motivos. Necesitaba saber qué le había pasado a mi abuelo, a mis tíos y a su rebaño. No se abandona a quien te ha dado la vida. Por la verdad de Dios, las palabras de mi madre me hicieron bien y mal. Me apretujó entre sus brazos y no dijo nada más. Igual que mi padre, en cuanto se fue empecé a esperarla.
Mi padre, aquel anciano, le pidió a mi medio hermano Ndiaga, el pescador, que llevase a Penndo en piragua lo más lejos posible por el río hacia el norte, luego hacia el este. Mi madre consiguió que la acompañase medio día. Ndiaga ató una pequeña piragua detrás de la grande que nos transportaba a mí, a mi madre y a Saliou, otro de mis medio hermanos, que debía llevarme consigo a Gandiol llegado el momento. Sentados uno al lado del otro en el banco de proa de la piragua, en silencio, nos cogimos de la mano mi madre y yo. Miramos juntos el horizonte del río sin verlo realmente. El balanceo, al azar de sus caprichos, me hacía apoyar a ratos la cabeza en el hombro desnudo de Penndo. Notaba los destellos de calor de su piel contra mi oreja derecha. Acabé por colgarme de su brazo para que la cabeza no se me separase de su hombro. Soñé que la diosa Mame Coumba Bang nos retenía en el centro del río, a pesar de las libaciones de leche cuajada que le habíamos ofrecido al dejar las orillas de nuestro pueblo. Yo rogaba que rodease nuestra piragua con sus largos brazos líquidos, que sus cabellos de algas morenas dificultasen nuestro avance a pesar de los golpes de remo con que mis medio hermanos le golpeaban la espalda para remontar el curso caudaloso. Sofocados por su labor de agricultores de río que trazan surcos invisibles en el agua, Ndiaga y Saliou callaban. Estaban tan tristes por mí como afligidos por que mi madre se separase de su hijo único. Hasta mis medio hermanos querían a Penndo Ba.
Llegó el momento de separarnos. Mudos, con la cabeza y los ojos bajos, tendimos las manos juntas hacia mi madre para que nos bendijese. La escuchamos murmurar unas plegarias desconocidas, unas largas plegarias de bendición de un Corán que conocía mejor que nosotros. Cuando se calló, nos pasamos las palmas de las manos juntas por la cara para aprovechar hasta el último atisbo de sus plegarias, como si bebiésemos de la fuente original. Luego Saliou y yo pasamos a la pequeña piragua que Ndiaga había desatado con un gesto brusco de cólera contenida contra sí mismo, contra las lágrimas que le subían a los ojos. Entonces mi madre me miró intensamente una última vez para fijar mi imagen en su memoria. Y luego, mientras a mi piragua se la llevaba el suave chapoteo de la corriente, me dio la espalda. Yo sé, he comprendido que no quería que la viese llorar. Por la verdad de Dios, una mujer peul digna de tal nombre no llora delante de sus hijos. Yo lloré mucho mucho.
Nadie sabe qué le sucedió realmente a Penndo Ba. Mi medio hermano Ndiaga la llevó en piragua hasta el pueblo de Saint-Louis. Allí se la confió a otro pescador llamado Sadibou Guèye, que debía conducirla a cambio de un cordero, en su piragua de comercio, hasta Walaldé, en el Diéri,2 donde normalmente acampaban por aquella época del año Yoro Ba, sus cinco hijos y su rebaño. Pero como el río tenía tan poco caudal, Sadibou Guèye le confió a Penndo a uno de sus primos, Badara Diaw, para que la acompañase a pie hasta Walaldé siguiendo la orilla del río. Algunos testigos los vieron poco más allá del pueblo de Mboyo antes de que se evaporasen entre los matorrales. Badara Diaw y mi madre no llegaron jamás a Walaldé.
Nos enteramos cuando mi padre, al cabo de un año, cansado de esperar noticias de Penndo y de Yoro Ba, envió a mi medio hermano Ndiaga a interrogar a Sadibou Guèye, que, de inmediato, se presentó en Podor, donde vivía Badara Diaw. La familia de Badara Diaw, al mes de no tener noticias suyas, lo había mandado a buscar por el camino que anunció que tomaría con mi madre. Llorando lágrimas de sangre contaron a Sadibou Guèye la desgracia que creían que había tenido lugar. Seguramente, a Badara y Penndo se los habían llevado, poco más allá de Mboyo, una decena de jinetes moriscos de los cuales los aldeanos habían encontrado huellas en las márgenes del río. Los moriscos del norte secuestran negros para convertirlos en esclavos. Sé, he comprendido que al ver a Penndo Ba tan hermosa decidieron llevársela para vendérsela a su gran jeque por treinta dromedarios. Sé, he comprendido que se llevaron a su compañero de camino Badara Diaw para que nadie supiera de quién había que vengarse.
De manera que, en cuanto se enteró de la noticia del secuestro de Penndo Ba a manos de los moriscos, mi padre entró definitivamente en la vejez. Siguió riéndose, sonriéndonos, bromeando sobre el mundo y sobre él, pero ya nunca fue el mismo. Por la verdad de Dios, perdió de golpe la mitad de su juventud, perdió la mitad de su alegría de existir.
XVII
El segundo dibujo que le hice al doctor François fue un retrato de Mademba, mi amigo, mi más que hermano. Ese dibujo era menos bonito. No porque me saliera peor, sino ...