La biblioteca de la piscina
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La biblioteca de la piscina

  1. 456 páginas
  2. Spanish
  3. ePUB (apto para móviles)
  4. Disponible en iOS y Android
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La biblioteca de la piscina

Descripción del libro

Una vasta, compleja, gozosa y a veces amarga crónica de la vida y la cultura gay en Inglaterra.

William Beckwith es un joven de veinticinco años, homosexual y aristócrata. Ligando en unos lavabos públicos salva la vida de Lord Nantwich, homosexual también pero muy viejo, que acudió a recordar pasadas glorias y ha sufrido un paro cardíaco. Vuelven a encontrarse días después. Lord Nantwich, antiguo funcionario de la Corona en África, que conoció a Ronald Firbank y a otras señeras figuras de la cultura gay inglesa, quiere que el joven Beckwith escriba su biografía. Le invita a su casa y le confía sus diarios. La biblioteca de la piscina se despliega como una gozosa y a veces amarga crónica de la vida y la cultura gay en Inglaterra, donde pasado y presente exhiben sus objetos de deseo, fetiches, códigos más o menos secretos, usos y costumbres sexuales y amorosas.

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Información

Año
2020
ISBN del libro electrónico
9788433941091
Categoría
Literatura

1

Volví a casa en el último tren. Ante mí se sentaban dos hombres del servicio de mantenimiento del London Transport, uno de ellos menudo, cincuentón, decrépito, y el otro un negro muy atractivo, de unos treinta y cinco años. Tenían junto a sus botas sendas bolsas de lona, de aspecto pesado, y sus monos de trabajo, desabrochados para mitigar el calor de la atmósfera rancia del metro, dejaban ver las camisetas que llevaban debajo. ¡Estaban a punto de iniciar su jornada laboral! Les miré con una especie de extrañeza difusa, moderada por los vapores del alcohol, asombrado ante la idea de sus vidas invertidas, el hecho de que su ocupación dependiera de nuestros viajes pero solo pudieran realizarla, como comprendía ahora, cuando no viajábamos. Mientras nos dirigíamos a casa para sumirnos en la inconsciencia, grupos de esos hombres, provistos de faroles, sopletes y largas llaves fijas, avanzaban por los túneles, y unos vagones no destinados a los pasajeros, extrañamente funcionales, se deslizaban con lentitud y estrépito desde apartaderos ignorados por el viajero. Un trabajo tan solitario e invisible debía de ocasionar pensamientos curiosos. Los hombres que recorrían cada túnel del laberinto, golpeando los raíles, debían de experimentar una gran tranquilidad al ver las luces de los otros que por fin se aproximaban, al oír las voces que desgranaban su cháchara amistosa y técnica. El negro se miraba las manos, algo ahuecadas: era muy reservado, de porte sereno, con un aire de competencia absoluta aunque apenas consciente. Sentía hacia él algo más que respeto, una especie de ternura. Imaginé su alivio al llegar a casa, quitarse las botas y acostarse, mientras la luz del día se filtraba por los lados de la cortina y los ruidos callejeros se intensificaban en el exterior. Abrió las manos y vi la pálida franja de oro de su alianza matrimonial.
Todas las puertas de la estación excepto una estaban cerradas, y, con otros dos o tres pasajeros, me escabullí como si nos hicieran una concesión especial. Desde allí tenía que caminar diez minutos hasta llegar a casa. El alcohol hizo que la distancia pareciera menor, de modo que al día siguiente no me acordaría lo más mínimo del paseo. Y también la idea de que Arthur me esperaba, idea que había reprimido para que fuese mucho más excitante cuando la recordara, debió de hacerme andar más que deprisa.
Me estaba aficionando a los nombres de los negros, nombres antillanos, que eran una especie de viaje a través del tiempo; las palabras que la gente susurraba a sus almohadas, garabateaba en los márgenes de sus cuadernos escolares, gritaba con pasión cuando mi abuelo era joven. Antes pensaba que esos nombres eduardianos eran la negación de la fantasía: Archibald, Ernest, Lionel, Hubert daban una sensación de impasibilidad risible, reflejaban personalidades sin las máculas del sexo o la malicia. Sin embargo, aquel año había conocido a muchachos con esos nombres formales, aunque no podía decirse de ellos que lo fueran, como tampoco lo era Arthur. Probablemente ese nombre me parecía el menos apropiado para un joven, me evocaba la tez pálida, el traje sofocante, las gafas de montura metálica de un contable de otro tiempo, o así fue hasta que encontré a mi guapo, petulante y desaliñado Arthur, un Arthur al que era imposible imaginar viejo. Su rostro suave, con enormes ojos negros y mentón delicado, estaba siempre cubierto por la luz y la sombra de la incertidumbre, y encajaba tu mirada con esa injustificada confianza en sí misma de la juventud.
Arthur tenía diecisiete años y procedía de Stratford East. Me había pasado todo el día fuera de casa, y mientras cenaba con mi viejo amigo James estuve a punto de decirle que ese muchacho me esperaba, pero me mordí la lengua y experimenté el placer del secreto realzado por el calorcillo de la bebida. Además, James era médico, rebosante de cautela y sentido común, y habría considerado una locura dejar en casa a una persona prácticamente desconocida. Sin embargo, en mi familia, chapada a la antigua y pertinaz en sus opiniones, existía una arraigada tradición de confianza, y era posible que hubiese heredado de mi madre el hábito de probar la honradez de criados y limpiadores de ventanas exponiéndoles a la tentación. Sentía un placer levemente morboso al imaginar a Arthur solo en el piso, absorbiendo una riqueza para él extraña, mirando los cuadros, deteniéndose, naturalmente, en la fotografía de Whitehaven, en la que aparezco con mi sucinto bañador, la sombra ocultándome los ojos... Era incapaz de sentirme inquieto por esos aparatos eléctricos que son el objetivo general de los ladrones, y dudaba de que los discos valiosos (entre ellos el Tristan de Rattle) llamaran la atención de Arthur, a quien le gustaba la música bailable a la vez excitante y atemperada, como la que restallaba y arrullaba en la pista de baile del Shaft, donde le había conocido la noche anterior.
Entré en casa y le vi mirando la televisión. Había corrido las cortinas y hurgado entre los trastos hasta dar con una estufa eléctrica medio rota. El calor en el piso era excesivo. Al verme se levantó del sillón, sonriendo nerviosamente.
–Estaba mirando la tele –me dijo.
Me quité la chaqueta, sin dejar de mirarle, sorprendido al descubrir cómo era. A causa del recuerdo repetido numerosas veces de uno o dos de sus detalles, me había olvidado de su aspecto general. Pensé, asombrado, en el trabajo que debía de costarle marcar en su pelo las ondas estrechas que iban desde la frente a la nuca, donde terminaban en tiesas coletas juveniles, tal vez ocho, que no llegaban a tres centímetros de longitud. Le besé y deslicé la mano izquierda entre sus nalgas altas y rollizas, mientras con la otra mano le acariciaba la cabeza. Ah, esa suavidad de los labios negros, siempre entreabiertos, y la extraña sequedad de los nudos de sus coletas, que crepitaban cuando las restregaba con mis dedos, y parecían a la vez muertas y semierguidas...
Hacia las tres me desperté con ganas de orinar. Por embotado y semiconsciente que estuviera, el corazón me latió con fuerza cuando regresé a la habitación y vi a Arthur dormido, bajo la suave luz de la lámpara que se derramaba sobre las almohadas, con un brazo que sobresalía del edredón desmañadamente, como si quisiera protegerse los ojos. Me tendí a su lado y le observé atentamente, mi rostro inclinado sobre el suyo, y aspiré de nuevo el olor infantil de su aliento. Cuando apagué la luz, noté que él se volvía hacia mí y sus manos enormes se deslizaron bajo mi cuerpo, casi como si quisiera cogerme en brazos. Le abracé y él se me aferró más todavía, como si se sintiera en peligro. «Pequeño», murmuré varias veces, antes de darme cuenta de que seguía dormido.
Aquel verano, que iba a ser el último de esa clase de veranos, mi vida había tomado un rumbo extraño. Mi actividad sexual era tan intensa como mi amor propio, estaba en mi apogeo, aquella era mi belle époque, pero sin que en ningún momento dejara de percibir un leve aleteo de calamidad, como llamas alrededor de una fotografía, algo que uno ve por el rabillo del ojo. No tenía trabajo... oh, no se trataba de penuria ni era una víctima de la recesión económica ni, así lo espero, formaba parte de una estadística. Había dejado de trabajar a propósito, o por lo menos sabiendo lo que hacía. Me distinguía por mi fortuna excesiva, pertenecía a esa minúscula franja de la población que realmente lo posee casi todo, y me había rendido a la perspectiva de no hacer nada, aunque eso me mantenía bastante ocupado.
Durante casi dos años había colaborado en el Diccionario de Arquitectura de Cubitt, un proyecto grandioso, pero lastrado por los retrasos y las envidias. Su director era amigo de mi tutor de Oxford, al cual le preocupaba que, sin ninguna clase de cortapisas, me dedicara a recorrer bares y clubes, entregado a un ocio pernicioso, y juzgó conveniente decirme un par de cosas, una de esas meras sugerencias que, al tocar la fibra de la culpabilidad, adquieren la fuerza de una orden. Así pues, me vi un día tras otro en St. James’s Square, sentado en un despacho minúsculo, disimulando mi resaca como una especie de estremecida abstracción estética, mientras daba forma a los montones de material de investigación.
El primer volumen debía cubrir de la A a la D, y podía trabajar en algunos de los temas que más me interesaban: los Adams, Lord Burlington, Colen Campbell. Corregía los ensayos de corifeos repetitivos, iba a la Biblioteca Británica o al Museo de Sir John Soane en busca de planos y grabados. Me permitían escribir sobre temas de poca monta, y presenté un artículo ejemplar acerca de los jarrones de Coade Stone. Pero aquel diccionario era una excentricidad, un negocio mal administrado, un pozo sin fondo que era tanto más profundo cuanto más trabajábamos en él. Telefoneaba a la gente, asistía a cócteles y luego, atiborrado de alcohol, iba a cenar y, normalmente, recalaba en el Shaft y hacía cosas en las que la influencia de los órdenes arquitectónicos, la cúpula y el pórtico era apenas discernible.
Cuando dejé el diccionario de Cubitt experimenté el exultante alivio de no ser ya un híbrido de profesor y meritorio de oficina, alguien cuya presencia allí se explicaba tanto por su apellido como por su interés en las artes. Al mismo tiempo, eché en falta, con una leve tristeza, la desordenada rutina oficinesca, la explicación, mientras tomaba el primer café detestable de la mañana, de adonde había ido con fulano o mengano, y cómo era esa persona en cada uno de sus detalles. Era la clase de mundo que te convierte en un personaje y que seguiría manteniéndote así, alegre y pesadamente, durante toda tu vida. Y estaba el tema, claro, de los órdenes arquitectónicos, la cúpula, el pórtico, las líneas rectas y las curvas, que me gustaba y significaba para mí más de lo que significa para algunos.
Al día siguiente dejé a Arthur durmiendo y paseé por el parque. Tal vez las líneas rectas de sus avenidas ejercían una atracción sedante sobre mí. Cuando era niño y visitaba Marden, la casa de mi abuelo, todos los días paseaba por el camino bordeado de hayas que se extendía sin la menor desviación a lo largo de kilómetros por un terreno montuoso y terminaba en un campo abierto. En invierno podías ver a lo lejos a la izquierda los gallineros y los retretes exteriores de una aldea que en otro tiempo formó parte de la finca. Entonces mi hermana y yo dábamos la vuelta y regresábamos a casa, donde los abuelos nos mimaban y nos sentíamos realmente nobles y separados del común de los mortales. Tuvieron que pasar varios años para que comprendiera lo reciente y artificial que era aquella nobleza. La propia casa había sido comprada a bajo precio en la posguerra, cuando estaba medio en ruinas tras haber sido usada como escuela de adiestramiento de oficiales y luego como hospital militar.
Era aquel uno de esos días de abril, sereno y encapotado, que dan la impresión de estar preñados con alguna idea magnífica, y, mientras deambulaba de una perspectiva a otra, me sugería que mi estancamiento era momentáneo y solo duraría hasta que estuviera a punto de acontecer algo más. Tal vez se trataría simplemente de la llegada del verano, con la certidumbre del calor, del mundo volcado al exterior, de la vida al aire libre. Los árboles estaban floreciendo, y se producía esa extraña lógica invertida por la que el parque, precisamente cuando, con la llegada del calor, es más popular, se aísla del mundo exterior de edificios y tráfico con la umbrosa densidad de su follaje. Pero también experimentaba la amenaza de alguna revelación acerca de la vida, de algo oscuramente desagradable y, tal vez, merecido.
Aunque no creía en esas cosas, era un Géminis perfecto, un hijo del ambiguo inicio del verano, dividido entre dos versiones de mí mismo, una de ellas la hedonista y la otra –por entonces un tanto en segundo plano– una figura casi erudita, con un rictus ligeramente puritano en la boca. Y existían dicotomías más profundas, historias discrepantes, la de mi «descripción real», mis vagabundeos sexuales por discotecas, bares y urinarios públicos, la pura repetición testaruda, hasta el hartazgo, de mis meses vacuos, y la de mi «descripción novelada», que transformaba todas estas trivialidades, envolviéndolas en un resplandor protector, como si mi destino hubiera estado bajo la influencia de un encantamiento desde mis primeros años, de manera que, al mismo tiempo, pertenecía al mundo y me hallaba más allá de su poder, como el personaje de pantomima que describe Wordsworth, con la palabra «invisible» escrita en su pecho.
En ocasiones, mi amigo James se convertía en mi otro yo, me regañaba e intentaba persuadirme de que no hacía todo cuanto estaba en mi mano. Nunca he encajado bien las reconvenciones, y cuando él insistía en que debería buscarme un empleo, o incluso un hombre con el que compartir mi vida, lo hacía de una manera tan íntima e inteligente que yo tenía la sensación de que la mitad de mi ser acusaba a la otra mitad. Era él, al que quería más que a nadie, quien muy a menudo me ofrecía mi «descripción real». Recientemente, incluso había escrito en su diario que yo era «desconsiderado ». Quería decir que era cruel, pues había rechazado a un chico que se había enamorado de mí y que me irritaba hasta sacarme de mis casillas, pero entonces se le ocurrieron estas ideas: «¿Acaso hay alguien que le importe a Will? ¿Piensa Will alguna vez en serio?», y así sucesivamente. «Claro que pienso, joder», musité, aunque él no estaba allí para oírme. Su diagnóstico fue atroz: «Will se está volviendo cada vez más brutal y, al mismo tiempo, más sentimental.»
Desde luego, era sentimental con Arthur, profundamente sentimental y algo brutal, en un momento determinado cariñosamente atento y un instante después atiborrándole de sexo, negligente y desconsiderado. Aquello era lo más hermoso que podía imaginar, tanto más cuanto que sabíamos que jamás podríamos tener una relación estable. Ni siquiera entre las líneas rectas del parque podía pensar con rectitud; volvía una y otra vez a Arthur, estaba casi abrumado por la necesidad que tenía de él y por la suavidad opresiva del día. Al fin y al cabo, el parque no era más que campo pomposo, y su estanque y sus árboles resultaban meros recuerdos, poco acertados, de los paisajes de verdad, los pequeños valles de Yorkshire, los arroyos y las húmedas praderas de Winchester, cuya influencia se perdía en la inmediatez sexuada de la vida londinense.
Mis pasos me llevaron al deprimente jardín de estilo italiano en la cabecera del lago, una terraza con balaustrada y senderillos pavimentados que rodeaban cuatro estanques informes, una fría fuente barroca (ahora desconectada) dirigida a la Serpentina que se extendía a sus pies y, en el exterior, con la parte trasera hacia Bayswater Road, un pabellón con un tejado rojo ondulante y bancos salpicados de excrementos de aves. Por deletéreo que aquel lugar siempre me hubiera parecido, pétreo y falso entre el verdor inglés del parque, era una atracción infalible para los visitantes: parejas amarteladas, solitarios aficionados a los patos, familias numerosas del continente y de Oriente Medio, paseaban con su indolencia a cuestas desde sus viviendas en Bayswater y Lancaster Gate. Crucé el jardín, aunque solo fuera para confirmar cuánto me disgustaba. Unos chiquillos afligidos jugaban juntos más por deber que por placer. Algunos maricas de cierta edad exhibían sus personas paseando de arriba abajo. El cielo era de un gris uniforme, aunque un fulgor en los blancos perifollos del pabellón sugería que el sol podría abrirse paso entre las nubes.
Me disponía a marcharme cuando reparé en un chico árabe que deambulaba solitario por allí, con las manos en los bolsillos de su anorak. Nada en él destacaba especialmente, pero había en su porte un no sé qué irresistible, algo que me inspiró el deseo de hacerle mío. Estaba convencido de que se había fijado en mí, y noté una deliciosa sensación de lujuria y satisfacción al pensar en tirármelo mientras otro chico me esperaba en casa.
Para ponerle a prueba, me dirigí a la parte trasera del pabellón, donde hay unos lavabos públicos al abrigo del peralte de la carretera principal, con la fachada cubierta de hiedra y a la sombra de unos pinos, muy frecuentados por hombres solitarios de edad mediana. Bajé las escaleras de baldosas entre los muros también embaldosados, y me envolvió un olor higiénico, sorprendentemente dulce. Todo estaba muy limpio, y ante varias de las casillas bajo las tuberías de cobre bruñido (en cuya pulcritud deben de poner algunos todo su orgullo), había hombres en pie, cuyos impermeables ocultaban al visitante inocente o al policía suspicaz las triviales manipulaciones a las que dedicaban largo tiempo. Sentí una ligera revulsión, no desaprobación, sino el temor a ser algún día como ellos. Sus cabezas, que volvían con automática expectación, me parecían grises y desamparadas. ¡Cuán larga era su inversión para obtener unos beneficios tan miserables...! ¿Se saludaban aquellos veteranos con un ligero movimiento de cabeza cuando ocupaban sus puestos día tras día, uno al lado del otro, en cualquier estación de su circuito subterráneo de servicios higiénicos a la que hubieran llegado? ¿Sucedía algo alguna vez? ¿Desesperaban de encontrar lo que andaban buscando y que sin duda no podía ser sexo, sino como mucho el atisbo de algo memorable? ¿Se conformaban de vez en cuando con satisfacerse entre ellos? Estaba seguro de que no era así y, en un silencio tácitamente acordado, se dedicaban a buscar sin descanso algo que no podían tener. Yo no era tímido, sino demasiado orgulloso y mojigato para ocupar un sitio entre ellos, y tras un breve momento de vacilación decidí no hacerlo.
Fui al extremo del lavabo, donde estaban las picas, y, mirando en el espejo encima de ellas, observé toda la hilera de urinarios y cabinas hasta la puerta. Solo le concedería alrededor de un minuto al chico árabe, y si por entonces no se presentaba, me marcharía y quizá le seguiría, si todavía estaba a la vista. Fingí que me miraba en el espejo, me pasé una mano por el cabello corto y rubio, descubrí que parecía tremendamente excitado, con las mejill...

Índice

  1. Portada
  2. 1
  3. 2
  4. 3
  5. 4
  6. 5
  7. 6
  8. 7
  9. 8
  10. 9
  11. 10
  12. 11
  13. 12
  14. Notas
  15. Créditos