MASCARILLA (2012)
–¿Diga?
–Hola. ¿Doctor Carradori?
–Sí, soy yo, doctor Carrera. Hola. ¿Qué tal está?
–Pues no muy bien.
–¿Y eso?
–...
–...
–No sé cómo decírselo, la verdad. Quiero decir, sin que suene brutal.
–Pues dígamelo aunque suene brutal.
–...
–...
–Adele...
–...
–...
–¿Adele?
–Se mató.
–¡Dios mío, no...!
–Sí, por desgracia. Hace ocho días.
–...
–...
–...
–En un accidente que tuvo en los Alpes Apuanos, uno de esos accidentes que no tendrían que ocurrir, según los escaladores...
–...
–... y que, en el caso de Adele, impresiona realmente. Seguro que a usted lo impresiona, doctor Carradori.
–¿Por qué lo dice?
–Porque se le rompió la cuerda, por eso; en plena escalada, por rozamiento con la roca. ¡Ras! Rota. Pero es que esas cuerdas no se rompen, nunca. Están hechas de poliéster y tienen un núcleo muy resistente. ¡No se rompen, maldita sea! ¡Y aún menos debía rompérsele a Adele, porque ya sabe usted lo que era una cuerda para ella! ¡Lo que representaba!
–El hilo...
–¡Eso mismo! Se pasó la mitad de la infancia cuidando de ese hilo, ¡joder!, de que no se enredase, de que no se rompiera. Y de pronto...
–Es terrible.
–...
–...
–Entendámonos: no es que si se hubiera matado en un accidente de coche me habría parecido mejor. Pero así, la verdad...
–...
–...
–Se podría demandar al fabricante de la cuerda, por...
–Es lo que han hecho sus amigos, los que iban con ella. Quieren llevar a juicio a la empresa que fabrica la cuerda, demandarla. Pero yo les he dicho que no quiero saber nada, que me dejen en paz y se vayan al diablo.
–Por eso digo que «se podría», dando a entender que...
–Encima están los jueces, que investigan, piden cosas, tocan los huevos. La fiscal de Lucca me ha citado, pero yo le he dicho que no pienso acudir, no quiero ni oír hablar del accidente.
–Hace bien, doctor Carrera.
–Ya, lo sé. El caso es que...
–¿Sí?
–El caso es que yo lo llamaba por otra cosa, doctor Carradori.
–Dígame.
–Se trata de la madre de Adele, mi exmujer, su expaciente. No sé cómo comportarme con ella.
–Entiendo. ¿Cómo está, por cierto?
–Pues no muy bien.
–¿Sigue en Alemania?
–Sí. Está ingresada en una clínica privada, una especie de psiquiátrico de lujo. Su enfermedad se ha vuelto crónica, al parecer. Aunque últimamente parecía que...
–...
–...
–Perdone, no le he oído. Decía usted que últimamente parecía que...
–No, no es que no me haya oído, es que no he terminado la frase.
–Ah, vale.
–El caso es que aún no se lo he dicho y no sé qué hacer. ¿Cómo decírselo sin que...?
–Es que no tiene que decírselo usted, doctor Carrera. Tiene que decírselo el colega alemán que la trata.
–Ya, pero no nos conocemos.
–¿Quién paga la clínica?
–El piloto. El padre de la hija que tienen en común. Esa es otra. Habrá que decírselo también a Greta, la hermana de Adele. Y será otro problema, porque de un tiempo a esta parte las dos habían intimado mucho.
–Yo creo que hay que hablar con ese hombre. ¿Lo conoce?
–¿Al piloto?
–Sí. ¿Lo conoce?
–No. Bueno, nos vimos cuando fui a buscar a Adele, hace trece años, porque la recogí en su casa, pero no hemos vuelto a vernos. Además, Marina se separó también de él.
–Pero sigue pagando la clínica.
–Sí.
–Pues entonces debe de ser un buen hombre. Habría que hablar con él.
–Pero es que no tengo ganas, doctor Carradori. Esa es la cosa. Por eso lo llamo a usted. No quiero hablar con nadie. No quiero informar a nadie. Además, ¿cómo? ¿Por teléfono? ¿O tengo que ir a Múnich a decirle al hombre que me quitó a la mujer que mi hija se ha matado? No puedo.
–Lo entiendo perfectamente.
–Aún no me han dado el cuerpo, que sigue en manos de los jueces, y apenas me siento con ánimos de ocuparme del entierro cuando me lo den. ¿Cómo voy a decírselo a esa gente?
–Pues no lo haga. No haga nada que no sienta que puede hacer.
–Por otra parte...
–¿Qué?
–...
–...
–Perdone...
–...
–Hay otra cosa, pero...
–...
–...
–...
–Estoy un poco... Perdone, me tomo unos tranquilizantes.
–No se preocupe.
–Decía que hay otra cosa.
–...
–...
–Dígame.
–Resulta que Adele tuvo una hija hace dos años. No sabemos quién es el padre, Adele no nos lo dijo. La niña es una maravilla, doctor, de veras, no lo digo porque sea su abuelo, es que es una persona nueva, distinta: es morena, mulata, vamos, con rasgos japoneses, pelo rizado y ojos azules. Es como si las razas se hubieran unido en ella, no sé si me explico...
–Se explica perfectamente.
–No quiero parecer racista, ojo, digo «razas» para que me entienda.
–Claro.
–Es a la vez africana, asiática y europea. Aunque es muy pequeñita, va muy adelantada: habla, lo entiende todo, dibuja estupendamente, y tiene dos años. La criamos su madre y yo, porque vivíamos juntos. Soy su abuelo pero a la vez una especie de padre.
–Ya.
–Y, desde luego, si sigo luchando es por ella, doctor Carradori. De no ser por ella me habría arrojado al río.
–Bueno, por fortuna está ella.
–El caso es que Marina la conoce, Adele se la llevaba siempre cuando iba a verla, en verano, estos últimos años. ¿Recuerda antes, cuando me he interrumpido sin acabar la frase?
–Sí.
–Iba a decirle que últimamente parecía que a Marina le sentaba bien ver a su nieta. Mejoraba. O al menos es lo que me decía mi hija. Por eso ella había decidido llevársela más a menudo, empezando por esta Navidad, que íbamos a verla todos, porque me pidió que las acompañara y yo accedí. O sea, que aunque yo no le dijera nada, porque no me apetece, porque no estoy de ánimo, ella preguntaría sin duda y tendría que decírselo, que Adele se mató y yo no se lo dije...
–Ya veo, doctor Carrera.
–Esa mujer me ha hecho daño, pero ha sufrido y sigue sufriendo mucho, incluso más que yo, y esta tragedia podría serle...
–...
–... en fin, que no puedo desentenderme de ella, aunque, al mismo tiempo, tampoco tengo fuerzas ni ganas de hablar con ella, ¿entiende?
–Sí, entiendo. ¿Y sabe una cosa? Ha hecho bien en llamarme, porque voy a ayudarle. Voy a hablar con el colega alemán que trata a su exmujer, y con ella también, si es posible. Y voy a hablar con el padre de la niña, y con la niña. ¿Cuántos años dice que tiene?
–¿Quién, Greta?
–La hermana de su hija.
–Greta, sí. Doce. Pero usted no tiene que...
–No hablo alemán, pero ellos hablarán inglés, supongo. Él es piloto de avión, seguro que lo habla. Si está de acuerdo, yo me encargo de todo y no tiene usted que preocuparse.
–Pero ¿cómo va a hacerlo? Usted está en Lampedusa, t...