La caída de Madrid
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La caída de Madrid

  1. 320 páginas
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La caída de Madrid

Descripción del libro

El día 19 de noviembre de 1975, el dictador Franco agoniza y, al compás de su agonía, se van escribiendo las reglas de un juego: el de la lucha por el poder, que por su naturaleza imprevista coloca todo acto al borde de un precipicio. A él se asoman los personajes de La caída de Madrid, y se enfrentan al futuro con el grado de incertidumbre, de certeza o de frivolidad al que lo condena su pasado, en un intento de salvación (o de traición).

Juega aquí un papel primordial, como contrapunto que sostiene una estructura narrativa compleja, la dialéctica de clases sociales, a partir de la cual se narran las vidas de personajes que se entrecruzan a través de diversas tramas que crean esa ilusión de vida a que debe aspirar toda novela. Así, el peso de los estragos del tiempo y el recuerdo de la infancia del empresario don José Ricart; el miedo del comisario Maximino Arroyo cuando contempla su futuro en el de los pides, los policías portugueses, y enloquece, al mismo tiempo, por el amor de Lina; la renuncia del profesor Chacón a una España que ya no es la suya a su vuelta del exilio; las contradicciones del universitario Quini, debatiéndose entre su pertenencia a una clase social y sus devaneos ideológicos; la astucia y el oportunismo de Taboada, subiendo finalmente al barco que llegará a puerto; el descubrimiento de la propia fragilidad por parte del obrero Lucio, sin punta de fusil en la que apoyarse, la tarde de ese 19 de noviembre, abandonado a la intemperie como un «animal sin piel».

La caída de Madrid es un ejercicio de desconfianza, una relectura necesaria de nuestro pasado más inmediato, una novela donde no cabe lo contemplativo y que, al mismo tiempo, propone que solo desde el reconocimiento de la barbarie es posible volver a levantarse.

Información

Año
2015
ISBN del libro electrónico
9788433935731
Categoría
Literatura

La mañana

1

Don José Ricart se había levantado de mal humor. A las seis de la mañana había encendido la luz de la lámpara de la mesilla con la sensación de que la noche se le estaba haciendo muy larga, y, al ver que aún era temprano para vestirse, se había incorporado en la cama, doblando la almohada para que le protegiera la espalda, y, en esa posición, había vuelto a tener unas irresistibles ganas de fumar, algo que lo había perturbado notablemente porque no guardaba tabaco en la habitación. Hacía casi veinte años que, por prescripción médica, no fumaba cigarrillos, pero periódicamente se acordaba de ellos como si se hubiera fumado el último diez minutos antes. Se permitía un puro en la sobremesa de algunos días señalados, como el de hoy, diecinueve de noviembre, en que se fumaría un buen cohibas con su amigo Maxi, en Jockey, para celebrar el cumpleaños. Setenta y cinco años: una comida con Vega Sicilia, café (otro viejo placer casi abandonado), copa y cohibas en compañía de Maxi. Llevaban celebrándolo así desde hacía una eternidad. Él invitaba a Maxi en Jockey, y Maxi, el día en que cumplía años, lo invitaba en Edelweiss a comerse un buen codillo con chucruta. Era la única celebración de aniversario que, para él, tenía verdadero sentido. Todas las demás celebraciones se limitaban a lo que llamaba «compromisos sociales», empezando por la reunión de empleados en la sala grande de la oficina, con la entrega del regalo por parte del trabajador de más edad. Ni siquiera le hacían feliz las celebraciones en familia. De hecho, en los últimos cinco años –desde que Amelia empezó a perder la cabeza– no había aceptado que le organizaran ninguna fiesta en casa, pero este mil novecientos setenta y cinco no iba a poder librarse de la que se habían empeñado en montarle entre su hijo y la cursi de su nuera. Mientras permanecía sentado en la cama, con la luz encendida, mirando la pared de enfrente y luchando contra las ganas de fumar, pensó con desagrado en el sarao de la tarde. Setenta y cinco años, ¿quería decir algo eso? No. Sólo que había durado un año más; que el azar lo había preservado un poco más de tiempo que a su hermano Tomás, muerto tres años antes; que a su primer hijo, a quien puso su propio nombre, Pepito (Josín, le llamaba su mujer), y que murió de una tos ferina cuando aún no había cumplido tres años. El azar le había regalado tiempo, un poco más de tiempo; y también la capacidad para pensar acerca del tiempo, que su mujer, Amelia, ya no tenía. A Amelia ahora el azar le regalaba un tiempo inconsciente. A él, tiempo y conciencia. Eso era todo. Ni bueno ni malo. Cerró los ojos y vio los días azules y el sol de su infancia en Valencia. Vio el mar, las viejas casas de colores ocres, la palmera que asomaba por encima de los tejados que había más allá de la galería posterior del piso en que vivía con sus padres, la cúpula azul de una iglesia, cuyo nombre no pudo recordar, ¿qué iglesia era aquélla? Se acordaba perfectamente de todo; más que acordarse, lo veía, olía a geranios, a albahaca, a humedad, a albañal, pero no podía recordar el nombre de la iglesia cuya cúpula había dibujado el horizonte de los juegos infantiles en la galería con su hermano Tomás, y ese vacío –el vacío de un nombre– volvió a ponerlo de mal humor, así que, para librarse del pensamiento que lo hacía sufrir, de la repentina manía que le dio por acordarse del nombre de aquella iglesia, y también por romper el silencio que ocupaba la alcoba, encendió la radio con intención de escuchar las noticias, pero las emisoras ya habían concluido sus espacios informativos (miró el reloj, eran las seis y ocho minutos) y en su paseo por el dial sólo se encontró con música melódica y con un locutor que hablaba de fútbol. En cualquier caso, aquella música y la voz del locutor le dijeron lo suficiente; le dijeron que Franco aún vivía, puesto que, de no ser así, y según habían previsto los ministerios de Gobernación y de Información y Turismo para cuando llegara el momento, todas las emisoras habrían conectado con Radio Nacional y estaría sonando música clásica, la misma en todas ellas. El día anterior había hablado con Maxi, siempre enterado de primera mano de cuanto ocurría en el Pardo y en el Hospital de La Paz. Su amigo le había asegurado que a Franco ya no iban a poder mantenerlo con vida otras cuarenta y ocho horas; al parecer, permanecía entubado y conectado a una máquina que se limitaba a proporcionarles a los médicos la argucia de no mentir del todo cuando leían ante los periodistas unos partes en los que se afirmaba que el Caudillo seguía con vida. En el último comunicado que había emitido el equipo médico el día anterior, apenas se habían atrevido ya a insinuar esa presencia de vida, y se habían referido a ella con la frágil palabra «indicios». «Indicios de vida», habían dicho los del equipo médico en su parte radiofónico. El presagio de aquella muerte inminente volvió a angustiarlo e hizo más acuciantes sus deseos de fumar. José Ricart elevó el sonido de la radio, con la intención de que la música desalojara esos sentimientos pesimistas y el deseo de tabaco, e intentó leer el periódico que, antes de dormirse, había abandonado abierto a un lado de la cama; pero también en la portada del periódico se referían a Franco y a su enfermedad: no lo llamaban agonía, pero era eso. Agonía. Pensó en sus setenta y cinco años, en su mujer vagando inconsciente por los pasillos de la casa, y en la fiesta de la tarde. Agonía. Cerró otra vez los ojos y volvió a ver la cúpula de la iglesia, pero esta vez la contempló con ojos inocentes, desvanecida ya la angustia por recordar el nombre: la cúpula nada más, azul y reluciente y rodeada de azul; vio las tiendas de comestibles, las mercerías, las ferreterías que sacaban el género a la puerta de la calle, escuchó el ruido de las llantas de las ruedas de los carros contra el empedrado. Todo le llegaba de lejos, pero se ofrecía vivo, colorista y ruidoso ante él. Pensó que si Franco se estuviera muriendo en la Valencia que él conoció y que ahora le llegaba, habrían envuelto en un trapo el aldabón del llamador de la puerta de la casa y habrían extendido una alfombra de hierba fresca y paja delante del portal: así lo hacían las familias que podían permitírselo para amortiguar el estruendo de los carros que cruzaban ante la vivienda, e impedir que el ruido de los aldabonazos de los visitantes y proveedores molestase al agonizante. Vio las ruedas de un carro hundiéndose en la alfombra vegetal, y, fundiéndose con esa imagen, el exhausto lecho del Turia una polvorienta tarde de verano, y las bestias que pastaban en los márgenes del cauce, vio imágenes de un día de lluvia en una plaza pequeña y ruinosa, escuchó voces de niños y el sonido de las campanitas de barro que los niños llevaban en la mano, haciéndolas repicar. Eso quería decir que era el día de los Desamparados. Que hoy no tenía que ir a la escuela y podía quedarse un rato más en la cama. Confortado por el sonido tranquilizador de las campanillas de barro, se durmió otro rato. Después, el ruido del despertador se le mezcló con el de las campanillas.
Salió a la calle temprano, unos minutos antes de las ocho, como acostumbraba a hacer cada día desde casi treinta años antes, y se presentó pasadas las ocho y media en la oficina, situada en uno de los edificios de la Glorieta de Rubén Darío. No estaba lejos su casa de la oficina, y le gustaba efectuar ese trayecto a pie, caminando despacio, al tiempo que ojeaba el ABC que compraba en el quiosco del bulevar de Juan Bravo y que, a veces, leía en parte en la Cafetería Bruselas, ante una taza de té. Hacía tiempo que apenas probaba el café, y cuando se bebía una taza tenía la impresión de estar transgrediendo algo: el café le sentaba mal, le aceleraba el pulso y le subía la tensión, el médico se lo había prohibido (hoy se tomaría un café bien cargado con su amigo Maxi). La mañana se había presentado gris y pesada para tratarse de finales de noviembre en Madrid (hasta la meteorología parecía haberse vuelto loca), y, al traspasar el umbral de la puerta de la calle, don José había tenido una sensación de agobio nada agradable. Poco tiempo después de que naciera su hijo Tomás, el médico le había diagnosticado un enfisema pulmonar, quizá por eso los días húmedos y bochornosos respiraba con más dificultad y lo dominaba antes la fatiga. Si le gustaba el clima madrileño durante la mayor parte del invierno era precisamente porque resultaban frecuentes los días fríos y secos, que a él le daban la impresión de que le purificaban las vías respiratorias. De hecho, siempre había preferido pasar los veranos en la sierra –tenían casa en El Escorialque en la playa, y tuvo que oponerse durante bastante tiempo a las pretensiones de su hijo que, en la ya lejana etapa adolescente, y con la complicidad materna (Amelia era una enamorada del mar), se emperró en que la familia se trasladara durante las vacaciones a Jávea, a la casa de su hermano Tomás. Su hermano, Tomás, ¿dónde estaría ahora? Con los carros que cruzaban ante las casas de los agonizantes, con las bestias que pastaban en las orillas del río, con el sonido de las campanillas de barro. Borró el recuerdo. Volvió a hilvanar el pensamiento. Al final, su mujer y su hijo Tomás –también su hijo se llamaba Tomás, porque lo había apadrinado su hermano– habían aceptado bajar al mar y dejarlo a él en El Escorial, con Roberto, su chófer, y con Elisa, que era la mujer de Roberto y fue la cocinera de la casa hasta el año sesenta y tantos, en que se jubiló. Roberto, Elisa, ¿dónde estaban? Roberto había muerto un par de años antes. Asistió a su entierro: filas de nichos idénticos en el cementerio de San Isidro. No podría encontrarlo ahora, aunque quisiera. Elisa se fue con su hija a Galicia. Tampoco podría encontrarla. No era fea Elisa: los pechos blancos asomando por encima del escote cuando se agachaba a coger algo; vistas desde atrás, las pantorrillas sólidas, espesas, como de mantequilla recién sacada de la nevera. El ruido del motor del Hispano, ¿dónde? El ruido de platos que llegaba desde la cocina, el eterno olor de tabaco de Roberto –«dame uno de los tuyos, Roberto, que me he dejado el paquete en casa»–, ¿dónde? Don José se instalaba durante todo el verano en el chalet de El Escorial, practicando lo que él definía como «una saludable vida de monje», que interrumpía varias veces por semana para bajar a Madrid a darse una vuelta no sólo por la oficina. También abandonaba El Escorial los puentes de Santiago y la Asunción, en los que se trasladaba a Jávea y salía de paseo con la familia. A la casa de su hermano, que no tenía hijos, y a quien, a solas con su mujer y con una criada, le sobraba espacio por todas partes, ya que lo que llamaban «el chalecito de Jávea» no era tal sino una vieja casona, siguieron yendo su mujer y su hijo, y luego sus nietos, durante más de veinte años. De hecho, fue allí donde se conocieron su hijo, Tomasín, y la que hoy era su mujer, Olguita, Olga Albizu, cuyos padres, de origen vasco, residentes en Madrid, ocupaban una casa cercana los meses de verano. Podía recordar don José a Tomás y a Olguita –dos niños que apenas empezaban a andar– jugando en la playa del Arenal, por entonces completamente desierta: los cubos metálicos de colores chillones, las palas de madera y latón, a juego el color de la pala con el del cubo, los flotadores de corcho alrededor del pecho. Amelia, la mujer de don José, había guardado en el álbum muchas fotos de aquel tiempo. Y a él, verlas, le había transmitido siempre una sensación de serena continuidad: ver a aquellos dos niños que fueron vecinos durante los veranos, luego empezaron a frecuentarse en Madrid, coincidieron más adelante en la universidad –Tomás hizo Derecho, Olga se matriculó dos cursos en Filosofía y Letras, aunque interrumpió los estudios– y después se casaron. Aquellas fotos eran la prueba irrefutable de que había existido un tiempo en el que la vida podía someterse a un orden. La vida, discurriendo tranquila, dejando que el tiempo cumpliera sus ciclos. Cuántas cosas se habían encadenado desde entonces; al principio –y durante años– fueron cosas agradables: ver cómo aquel niño se ponía pantalones largos para celebrar sus doce años, cómo volvía de la fiesta de fin de curso en el colegio de los jesuitas con una banda que le cruzaba el pecho, y, después, orden, sentido del orden, accedía a la universidad, juraba bandera en el campamento (él estuvo allí, en Monte Jaque, y lo vio desfilar, hacía mucho calor aquel día, zumbaban las avispas en el aire), y, recién concluida la carrera, entraba como economista en el grupo familiar de empresas, que, ajustándose al mismo orden que había marcado la vida del hijo, no había dejado de crecer durante todos aquellos años. Orden. Tomás se casó con Olga, y el matrimonio le dio en poco tiempo dos nietos. Parecía que todo iba a discurrir siempre con ese tranquilo y ordenado paso, pero, desgraciadamente, luego, y de manera casi imperceptible, el horizonte había empezado a ensombrecerse. La muerte de su hijo Josín no había sido un presagio de nada, ni había tenido más trascendencia que la de un lamentable, doloroso y tristísimo accidente: los niños, por entonces, desgraciadamente, morían con demasiada frecuencia. Sólo desde la perspectiva que le había otorgado el paso de los años, le dio por pensar que se había tratado de una advertencia, la primera. Pero eso había sido mucho tiempo después, cuando le había parecido que una lenta lluvia de cenizas caía sobre sus proyectos, tiznándolos, y se apoderaba de él una sensación de quiebra: pensaba en la rueda de un carro que cruje un trecho, y, concluidas varias etapas del viaje, acaba por salirse de su eje, avanza sin rumbo durante un corto trayecto, zigzagueando con movimientos imprevisibles, y a continuación rueda por una cuesta y se estrella al fondo del barranco. La muerte de Josín, el primer crujido de la rueda. Pero él se refería a otra cosa. Porque lo que había ocurrido no tenía que ver exactamente con los avatares de la familia, ni con los de la empresa y los negocios, sino con el conjunto de la vida. Como si primero –con ese primero se refería a los años de la guerra– todo hubiera avanzado al mismo paso, lo de dentro y lo de fuera tumultuosamente mezclado, la calle y el interior de la casa; y a continuación, concluida la guerra, se hubiera ido separando lo de dentro de lo de fuera; y lo de dentro hubiera estado al alcance de la mano, dócil, moldeable, autónomo, resguardado de lo de fuera. A algo así se refería don José en sus pensamientos. Tenía la sensación de que había empezado a acabarse un tiempo en el que uno dominaba el mundo porque dominaba cuanto ocurría entre las cuatro paredes de su casa, o de su empresa, que, al fin y al cabo, era parte de la casa, y, de repente, resultara imposible abarcar nada, y cada hombre se convirtiera en un juguete en manos de fuerzas desmesuradas. Paradójicamente, se habían mezclado en los últimos años bonanza económica e inseguridad de una manera casi imperceptible al principio y, luego, creciente: la primera huelga en la empaquetadora en el sesenta y siete, el conato de incendio provocado del almacén de artesanía en el setenta, las discusiones cada vez más agrias con los jurados de empresa, los gestos hoscos de los trabajadores más jóvenes, que, en vez de saludar como hacían los veteranos, miraban fijamente hacia la máquina cuando él pasaba a su lado; la silicona tapando todas las cerraduras de la fábrica de muebles la mañana en que se convocó la primera jornada de huelga, y los empleados, quietos, en la explanada, negándose a entrar cuando los bomberos consiguieron abrir las puertas utilizando los alicates. Y, de un modo convergente, la vanidad de Olga, cada vez más snob, caprichosa y exigente; su hijo Tomás, encerrándose en una especie de autismo, dedicado nada más que a la administración de la empresa, y negándose a trazar proyectos fuera del cotidiano mundo que se desvanecía; las discusiones de sus nietos en torno a la mesa del comedor; Quini, listo y altivo, Josemari, servil y violento; y, sobre todo, como si ella sola lo expresara todo, la enfermedad de su mujer. Su progresiva huida de cuanto ocurría fuera de casa al principio; de la propia familia más tarde; de sí misma, al final. Amelia. ¿Qué escuchaba Amelia?, ¿adónde se había marchado? Cuando Tomás y Olga se empeñaron en celebrar su setenta y cinco aniversario («Setenta y cinco años, papá. Las bodas de platino con la vida», había dicho la cursi de su nuera), él se había negado una y otra vez a celebrar nada. ¿Celebrar?, ¿qué? ¿Que hacía meses que Amelia paseaba por la casa a ratos como un fantasma, a ratos como un niño y otros, la mayoría, como un mascarón que precediera al velero de la muerte?, ¿que la empresa atravesaba dificultades por vez primera desde su creación porque todo el mundo estaba asustado, porque Franco se estaba muriendo y la inseguridad se apoderaba de los negocios, y la gente ponía los capitales a resguardo, o, como él mismo había hecho, fiándose de sus asesores, los depositaba en el extranjero? Una tarde, al cruzar la Castellana, se encontró con que, desde el paso elevado de Eduardo Dato, habían arrojado octavillas en las que se pedía la instauración de una república soviética en España, y, otro día, descubrió que, aprovechando la oscuridad de la noche, alguien se había atrevido a colgar una pancarta roja e insultante que nadie se preocupaba de quitar y seguía allí ondeando sobre el río de coches a las ocho de la mañana cuando él pasó. Su nieto Quini, durante las comidas, hablaba de la revolución como si fuera un circo que tuviera la carpa instalada a la vuelta de la esquina y a cuyas funciones se podía asistir cada tarde. En el extremo opuesto, Josemari decía que, agotadas las razones, había vuelto la hora de esgrimir la dialéctica de los puños y las pistolas. Volvía la hora de la primera Falange. Y lo decía a gritos, con las venas del cuello hinchadas por la rabia que, seguramente, le provocaba más que nada sentirse incapaz de rebatir ni uno solo de los conceptos que esgrimía su hermano, más brillante y que, al fin y al cabo, era más joven que él, aunque no mejor. Quizá fuera la edad, su edad. Ojalá las cosas hubieran sido tan claras y sencillas como pareció que iban a serlo en todos aquellos años que siguieron a la guerra, los años en los que lo de dentro era un buque que navegaba sobre el mar de fuera. Y en el barco había cómodos camarotes bien amueblados y climatizados, y el buque era un espacio estanco desde el que poco interés tenía averiguar la fauna que poblaba las aguas de ese mar que atravesaban. Ahora no era así, y cumplido ese ciclo, cuando la seguridad del camarote se veía enturbiada por una brecha de agua que se ensanchaba, José Ricart se descubría murmurando para sí: «¡Qué bueno sería saber dónde buscar ayuda y tener la certeza de lo que nos espera luego. Decir: “Señor, perdóname”, y saber que te llegará el descanso para siempre!» Añoraba a Dios. Su mujer había sido creyente y quizá ese Dios que él buscaba en vano y con el que ella había sabido convivir le había concedido el regalo de la inconsciencia y ésa fuera su suerte, gozar, al final, del descanso que Dios le había concedido. Durante años, ella se había arrodillado cada noche al pie de la cama antes de acostarse y había pedido: «Señor, perdónanos nuestros pecados. Ten misericordia de nosotros.» Y Dios, a lo mejor, le había concedido el perdón y la misericordia de la inconsciencia. Pero él ¿a quién iba a pedirle nada? Había momentos en que la palabra descansar le parecía hermosa, porque la vida se le aparecía como algo inmenso, pero tan incomprensible que no admitía respuestas, como había creído su mujer, animada por la fe. La vida sólo aceptaba la mezquindad de las estrategias. Clavar clavos, aserrar maderas, embalar muebles, rellenar impresos, pagar cuentas, cobrar recibos. En eso, tenía una parte de razón su hijo. No podía evitar que lo cercaran los pensamientos sombríos. ¿Era eso la edad? «Creía que todo iba a ser seguro, para siempre marcado por un orden, y descubro a mi edad que, de repente, cambian las circunstancias y la vida te echa a la orilla aun antes de haberte hecho cruzar las contingencias de la enfermedad y la frontera de la muerte», le había dicho a Maxi. Porque José Ricart estaba convencido de que su desazón no la provocaban las circunstancias naturales del paso del tiempo, de la edad, de la vejez, sino esas otras circunstancias que procedían del exterior que volvía exigente a reclamar sus derechos. La brecha de agua amenazando con inundar el camarote. ¿O esa percepción de las circunstancias de fuera sólo la concedía la edad?, ¿era una deformación de la edad? El día en que vio la pancarta colgada del paso elevado, ondeando sobre el Paseo de la Castellana, había pensado en sacar del cajón del escritorio su vieja pistola, dándole por un instante la razón a su nieto Josemari. «Habrá que volver a defenderse», pensó. De hecho, por la noche, se había encerrado en su despacho y había estado acariciando aquel juguete pequeño, reluciente y peligroso, y hasta se había asomado a la ventana y, amparado por la oscuridad, había apretado el gatillo del arma descargada apuntando a los escasos viandantes que circulaban a aquellas horas por la calle Juan Bravo. «Pac, pac, pac.» Había emitido con la boca el sonido de los disparos. Pero aquel gesto lo había hecho sentirse ridículo y había vuelto a dejar el revólver en el interior del cajón, cubriéndolo con un paño, y había cerrado el mueble con llave. Había pensado: «Esto es más fácil y más miserable, cuestión de estrategias. Tengo setenta y cinco años y vendrán nuevas circunstancias que llegarán a ser habituales para los demás, pero yo ya no las conoceré, ya no existiré, qué más puede darme.» A los pocos días, había comido con su amigo Maxi, destinado en la brigada político-social, y que, por su trabajo, conocía bien los intestinos del país. La conversación con él lo había reafirmado en su pesimismo. «Tú has sido un empresario, tú no tienes problemas», le dijo Maxi, «pero, a mí, a lo mejor me toca irme a Brasil, a Argentina o algo así. No estoy dispuesto a que me saquen en las fotos corriendo y apaleado como a los pides portugueses.» Había sido Maxi el que le había recomendado ir sacando dinero fuera y le había proporcionado los contactos para hacerlo. Tras aquella comida celebrada unos meses antes, José pensó que había que preparar a los suyos para que se adaptaran a las nuevas circunstancias que iban a llegar y que él seguramente ya no vería. Se había pasado una tarde entera discutiendo con su hijo, que no entendía nada, que no quería darse cuenta de nada.
–Yo soy un empresario, como tú –respondió Tomás cuando él le planteó que había que tomar medidas para enfrentar las nuevas circunstancias que se avecinaban.
–¿Qué te crees? ¿Que todo va a seguir igual cuando se muera Franco?
–Las decisiones que tome las tomaré porque convengan a la empresa, y no por otras razones, papá. No entiendo más razón que la del beneficio. Es algo que me enseñaste tú. ¿O no es ésa la razón de una empresa, de esta empresa? Me da igual un régimen que otro. Si vienen otros, trabajaré con ellos como he trabajado con éstos.
Don José había tenido que llamar a capítulo a Julio Ramírez, el gerente de Ricartmoble, su hombre de confianza, un tipo cuya delgadez era muy diferente a la de Álvaro Céspedes, el director del grupo de empresas, ya que, mientras que Álvaro era alto, y su nariz aguileña y fino bigote comunicaban a su delgadez una altiva nobleza, en Julio el poco peso se unía a su mezquina estatura y su aspecto más bien parecía producto de una ancestral desnutrición que de otra circunstancia. Julio ...

Índice

  1. Portada
  2. La mañana
  3. La tarde
  4. Créditos

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