La previa muerte del lugarteniente Aloof
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La previa muerte del lugarteniente Aloof

  1. 184 páginas
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  4. Disponible en iOS y Android
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La previa muerte del lugarteniente Aloof

Descripción del libro

Ésta es una novela de aventuras, un texto popular que el lector disfrutará desde la primera página hasta la última. Contiene además una meditación acerca de la aventura que forma parte de la trama misma de las aventuras que aquí se cuentan. Meditar acerca de sus aventuras no es lo propio del aventurero, que se limita a llevarlas a cabo.

Aquí tenemos un aventurero peculiar que es, además, reflexivo y que trata de entender por qué hace lo que hace, por qué se aventura en sus aventuras. El carácter, entonces, de este personaje sin nombre que atiende por un mote, «Aloof», se duplica porque, al preguntarse por el significado de sus aventuras, acaba preguntándose por el significado de su propia identidad. Pero la identidad de Aloof no queda clara, ni para él mismo ni para el narratólogo que, al cabo de los años, encuentra el manuscrito donde Aloof dejó registrada una de sus aventuras. 

La trama de esta novela es, pues, en parte aventura y en parte filosófica gracias no sólo a la actividad del narratólogo que comenta lo que ocurre sino también gracias a que el otro protagonista de la novela, Lord Redkins, es también un aventurero reflexivo que sólo a medias cree que el correr aventuras signifique algo más allá de la propia acción de llevarlas a cabo. Queda finalmente el texto, la ficción, como el resultado objetivado de la experiencia de estos personajes, que quizá pueda arrojar algo de claridad sobre su pasado. 

Este «diálogo» entre el texto del lugarteniente Aloof y el narratólogo, un «francotirador académico», es un sorprendente, magnífico, fascinante hallazgo de Álvaro Pombo, que se reafirma, una vez más, como uno de los mejores escritores en lengua española de nuestro tiempo.

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Información

Año
2009
ISBN de la versión impresa
9788433972026
ISBN del libro electrónico
9788433932730
Categoría
Literatura
La lluvia era todo lo que había. Y también los de abajo, que no eran del todo.
Esta frase del lugarteniente, anotada en su diario el domingo siete de diciembre, contenía, bajo su simple forma enunciativa, un doble deseo de que las cosas fueran como ahí se enunciaban, y no más bien como realmente son. Había y hay muchas cosas además de la lluvia en este mundo. Y los de abajo eran, y aún son, existentes del todo, valgan mucho o poco. Pero en la medida en que el lugarteniente creía en la verdad de su enunciado, éste funcionaba como una causa eficiente subjetiva que acercaba peligrosamente la vida del lugarteniente al autoengaño. Repleto de frases así, todo su diario. Frases dotadas de una cierta energía poética, a causa, quizá, de su universalidad. Si se hubiera limitado a anotar que el siete de diciembre había tenido la impresión de que lluvia era todo lo que había, porque, en efecto, ese domingo llovió mucho, su frase –aun siendo, sin duda, exagerada– no hubiera despertado mis sospechas. Los problemas comenzaban con la construcción en pasado de ese hecho, sin dotarlo de una referencia cronológica precisa. Según esa primera frase, todo el pasado es lluvia. Y el lugarteniente parece decirnos que se halla en condiciones de afirmar, tras haber tenido en cuenta todo el pasado entero, que ese pasado es todo lluvia. Ahí está la gracia de la frase, que inunda la totalidad del pasado de imprecisión, de emoción y de lluvia. Pero la segunda frase, que, a su vez, arrastra el poderío de la primera mediante una conjunción y un adverbio de modo –el y también–, selecciona brevísimamente a los de abajo para de inmediato negarles la existencia en parte, convirtiéndolos así en entes de ficción –aunque nunca lo fueron–. ¿Se daba el lugarteniente cuenta de la gravedad de este acto? ¿Advertía la peligrosidad de anotar en su diario todas estas frases –un texto, por cierto, que ocupaba dos cuadernos de cien hojas cada uno–? ¿Se daba cuenta de lo que para sí mismo, para su propia vida –aparte la de los demás–, significaba esta irrealización sistemática?
Toda la lluvia ha vuelto, palabra por palabra. Toda la lluvia ha vuelto y atardece. Y no me atrevo a bajar ni sé cambiar de idea. Estoy aquí sentado, calofrío de la estufa de leños, que calienta la mitad derecha de mi cuerpo y deja mi flanco izquierdo congelado, despavorido, como en la retirada de un combate inútil contra enemigos rastreros que no vemos. Entre mi destacamento, muy diezmado, y el tortuoso monte en cuyas cuevas teníamos intención de guarecernos, se alzaba entrechocante un maizal anónimo y reseco que sólo podríamos atravesar zigzagueando de uno en uno, yo el último de todos –los últimos tiroteos procedían del lado del maizal donde aún nos hallábamos, embarrados y creo que acobardados la mayoría de nosotros, incluido yo mismo–. Le hice señas al sargento para que, pegado a tierra, reptara hasta encontrarme para darle instrucciones. Tenía que decirle a la tropa, uno por uno, que atravesaran de uno en uno el maizal zigzagueando y más despacio que deprisa y más deslizándose que andando. Y que, una vez fuera, fueran acercándose a las estribaciones del monte lo mejor que pudieran, con el menor ruido, y, una vez a cubierto, quedaran tumbados como muertos, no fueran a verles si se alzaban y darles muerte de verdad.
Tiene todo el aspecto de no ser un relato de aventuras. El concepto mismo de lugartenencia da que sospechar. Parece haber sido adoptado por su vago aire metafísico, pseudoheideggeriano, como si se deseara indicar que esta persona, este teniente de infantería (ése sería su grado en el escalafón: inmediato superior del alférez y, a la vez, sujeto a las órdenes de un capitán), tuviera un lugar en el espacio/tiempo del mundo, y que el tenerlo le convirtiera en un existente singular, aquí y ahora. Una singularidad, como se sabe, pendiente de su propia finitud, una individualidad minúscula y en trance siempre de no-ser, pero que mientras es, mientras dura, posee de modo eminente la cualidad indefinible de ser un ser y no más bien nada. Dicho esto, el fragmento citado más arriba consta de dos partes claramente diferenciadas: una primera parte (desde «Toda la lluvia ha vuelto...» hasta «enemigos rastreros que no vemos») y otra segunda parte, en la cual el lugarteniente parece ser efectivamente un teniente al mando de un destacamento en una situación bélica comprometida. El hecho de que entre esa primera parte –que parece una prolongación del tono poético de la primera frase del diario, correspondiente al nueve de diciembrese establezca solamente un punto y seguido indica que, en la conciencia del lugarteniente, lo aventurero (remoto) y lo poético (próximo a su corazón, pero a la vez asimismo remoto y absoluto porque pertenece al pasado) van a funcionar indisolublemente unidos a lo largo de todo este diario.
Di con este diario por casualidad, en un lote de libros que adquirí recientemente en una librería de viejo. Venían a ser unos veinte volúmenes en un pobre estado de conservación, con unos cuantos bien encuadernados. Y pensé que me compensaría comprar el lote entero para desechar luego lo insignificante. Al llegar a casa descubrí estos dos cuadernos manuscritos. El título de ambos cuadernos, indicado en la primera página de ambos, es, en efecto, La previa muerte del lugarteniente Aloof. La palabra inglesa «Aloof» va entrecomillada en el manuscrito y da la impresión de ser un mote con el que se designó en su día al lugarteniente, o que él mismo eligió para designarse al componer su diario, que vienen a ser unas memorias. «Aloof» es un adverbio y un predicado adverbial que significa away, apart (literal y figuradamente), como en las expresiones: stand, keep, hold... aloof. Y tiene un giro náutico, que es away to windward. Y hay por supuesto el adjetivo sustantivado aloofness, cualidad de mantenerse aparte de una persona o una cosa.
El lugarteniente Aloof no se designa a sí mismo de ninguna manera: no nos da, que se me alcance a ver de momento, en ninguno de sus dos cuadernos, un nombre propio o un apellido. Es de suponer que es un español, un viajero, un aventurero que, en algún momento de su vida, desempeñó un cargo de oficial en un ejército de momento también innominado. En estos comentarios yo le designaré siempre como el lugarteniente o el teniente, porque parece ser que esa cualidad (pseudometafísica) y ese rango militar fueron dos cualidades que, intercaladas, tuvieron gran importancia para este hombre un tanto irreal. Me impresiona su clara caligrafía, la firmeza de su caligrafía, pero no soy perito en esto y no creo que del análisis grafológico emerja nada que no haya de surgir del simple relato de una vida. Contagiado de este impreciso y sobresaltado Yo del lugarteniente, considero ahora que yo mismo debo decir acerca de mí mismo alguna cosa: soy un profesor universitario, jubilado, que di clases y escribí algunos libros y un centenar de artículos de narratología. Mi vida carece en cierto modo de exterior. Nada hay que yo, en persona, pueda decir de mí que resulte significativo (salvo que, a lo largo de estas páginas, la copiosa significatividad de la vida del lugarteniente impregna la mía y me vuelvo yo significativo e interesante a mi vez).
Este joven que conocí, con quien hablaba mucho (hablaba yo más que él y él me escuchaba con atención) quería que hubiese acción en mis relatos. Cualquier clase de acción con tal de que pudie ra resbalar su atención fácilmente por los aconte cimientos, entreteniéndose con ellos. Y, en cierto modo, yo mismo también deseaba dar con la acción e introducirla en mi vida, porque temía el poderoso efecto de la impotente lasitud que me desmoronaba quitándome conciencia de mí mismo más allá de ese inmediato estar siendo afectado por mi entorno y el responder yo a esta afectación de tal manera que obtuviese, al responder, el máximo placer o bienestar o lo que llaman felicidad. (Y que quedara excluido, al mismo tiempo, cualquier dolor o malestar.) Y esto es más fácil lograrlo en movimiento que en reposo (porque acabé descubriendo que en reposo emergía desde mí mismo una intensa desazón que podía llamarse malestar, aunque no pudiese, en general, localizarla, y no tuviese una razón de ser muy definida). E inventé, por eso, una buena parte de lo que contaba, guiándome por cosas que he leído y también por cosas que hice en tiempos, medio gestas, que en realidad no recordaba ni me importaban mucho, ni creo que hayan tenido demasiada importancia o relevancia en mi vida, ni siquiera entonces, pero que ahora, al enhebrarlas en los cuentos, cobraban su importancia, su prestigiosidad, del propio estar siendo contadas, aunque sólo a medias recordadas, como si el contarlas fuese una fuente que mana y corre por sí misma y se incrementa por sí sola a medida que se habla, quitándote incluso la respiración al oírtelas decir y al ver que encantan a quien se las cuentas. De tal manera que toda la morralla devaluada de mi troceada experiencia semihundida en mi recordadera se revalorizaba al exponerla y hacía que me latiera el corazón más rápido en ocasiones, de puro que parecía haber sido verdad y estarlo siendo, a la vez que al contarlo lo inventaba. ¿Quién no quiere ser o haber sido militar en tiempos? Incluso un simple oficial de infantería como yo tiene eso a gala para siempre, tanto si ha entrado en combate como si no y sólo le han tenido en retaguardia o en reserva, siempre y cuando –en el desuso de esa posición del resguardo– él quisiera y prefiriera ardientemente combatir y morir a verse a salvo. Así que, de la atención de aquel joven, a quien después perdí de vista y nunca he vuelto a ver, saqué gran parte de la energía (si no toda) con que conté entonces para narrar lo que me había pasado en varios sitios o pudo haberme pasado, aunque no llegara, por desgracia, a sucederme nunca nada que valga la pena reseñarse.
En aquella ocasión, hubo un momento inmóvil, una agitada balacera a espalda nuestra. Yo hundí la cara en tierra. Sentía el fierro del casco como una mordedura en la frente y un tropel corriendo saltó por encima de nosotros y cruzó gritando victoria o cosa que lo valga, atravesó el maizal entero a la carrera y desapareció en la noche en dirección al monte. Se hizo el silencio entonces. Y estaban todos muertos, menos yo.
Me incorporé a medias, aterrado, se oía cada vez más alejado el vocerío de la soldadesca enemiga. Se hizo el silencio entonces, fresco, campero y profundo. Aspiré agradecido el aire libre de la campa aquella, aliviado a pesar de entrever a mi alrededor los cadáveres recién sembrados de mis compañeros y de hallarme tan aislado como estaba y en peligro. Por un momento pensé en retroceder hacia el lugar de donde habíamos salido aquella tarde. Un poblado de chozas sin apenas gente, situado en los meandros de un sedoso río que, al atardecer, se volvió rubí, color canela. Pero luego pensé que sería más inteligente seguir a los soldados asesinos, pisando sus pisadas, no fuera a haber, detrás de éstos, otros de refresco y aun otros que me apresaran si retrocedía. Así que seguí adelante. Seguí las turbulentas señales de la carrera de los soldados pensando que, siguiéndoles, tal vez lograra, a lo largo de la noche, alcanzarles y aun sobrepasarles, o incluso confundirme con ellos, hablando como hablábamos en aquella guerra la misma lengua amigos y enemigos y siendo fácil confundir mi uniforme, destrozado para entonces, con los uniformes de la tropa enemiga, igualmente destrozados tras meses de marchas continuas, escaramuzas enloquecidas y vida miserable en ambos bandos.
¡Cuánto me ha interesado este ingenuo giro del lugarteniente! ¿O debería llamarlo confesión? Esta aparición de un oyente joven, al recordar cuya atención tan inspirada prosa le inspira. ¿No hay aquí un ingenuo y delicioso platonismo? He hojeado deprisa el primer cuaderno en busca de este rasgo, pero mi búsqueda ha sido hasta la fecha en vano. El lugarteniente se enreda en una tediosa descripción de sus idas y venidas a través de este accidentado campo de batalla tan lluvioso y sombrío, con la niebla monótonamente a horcajadas de los árboles y los grutescos montes del fondo encabritados en cuyas cuevas se tumba a dormir en lo más frío de los amaneceres. No puedo negarle una valía a este inverosímil militar, una elocuencia anticuada yo diría, casi épica a ratos. Y me ha interesado el que sea yo incapaz de decidir, a la vista de lo que llevo leído del texto manuscrito, en qué tiempo o tiempos transcurre todo esto y si la voz del lugarteniente es una y la misma, sólo una, o hay más de una voz en el relato. A veces tengo la impresión de que hay dos voces, como mínimo: una voz narrativa, inconsecuente pero habilidosa, y otra voz meditativa, muy poética pero débil. La aparición del joven oyente correspondería a esta segunda voz. Yo mismo, estos días, al atardecer, cuando todavía está vacía, bajo a La Recalada a echar un trago, un Jack Daniel’s por lo regular, con tres hielos y algo de agua. Y también aquí hay tres jóvenes, por falta de uno, que me conmueven más quizá de lo que yo quisiera: al verlos, a mí también se me va la lengua de los ojos, se me ocurren frases torneadas y pedantes con un tono de sabiduría –postizo, por supuesto– que estos jóvenes israelíes tienden a entender, acostumbrados a escuchar a los rabinos. Yo mismo tengo un poco –yo supongo– un aire trasnochado de rabino. Por eso llevo un gorro de lana que, al ocultar mi calva, mejora mi perfil, tan judaizante. Me miro de reojo en el espejo del aparador de las botellas y parezco lo que soy: un catedrático abolido de narratología que rehúsa tomar patatas fritas y bebe un Jack Daniel’s tras otro hasta llegar a tres. Esto le ocupa aproximadamente una hora, al cabo de la cual nota que pierde el pie y que se acelera: el whisky acaba por subírseme a los pies –como decía mi buen amigo Ángel González–. Y entonces se despide de los chicos y se va.
A pesar del cansancio, anduve sin parar toda esa noche. Debí de desplomarme rendido en unos matorrales, porque ahí desperté al rayar el día. Me asomé a cuatro patas y a lo lejos vi moverse lentamente lo que me pareció ser un pelotón armado que se encaminaba hacia el este, así que les daba el sol de cara. Entre el matorral y el pelotón, habría, a todo tirar, trescientos metros. Avanzaban, muy poco marciales, de dos en dos, de tres en tres, aunque manteniendo más o menos la formación reglamentaria. Iban en paralelo al matorral que, cuando yo les divisé, habían ya dejado atrás. Aun así me refugié asustado en la hojarasca, ásperas hojas y ramajes que me recordaron el sotobosque del monte bajo de mi tierra natal. Agazapado, permanecí hasta dejar de oírles, y, una vez de pie, alzando la diestra y situándola entre el sol y el horizonte, calculé por los dedos que el tenue sol llevaba ya una hora larga en lo alto. Me di cuenta entonces de que no llevaba armamento: ni el Mauser que se usaba en mi destacamento ni mi pistola reglamentaria, que había perdido con el cinturón. Me sentí casi mejor desarmado que armado. Ir desarmado me pareció que serviría de disfraz o camuflaje caso de que por fin me capturara el enemigo: como un pronto pasaporte de inocencia, un trapo blanco, una señal de paz. Y, desde luego, paz era lo que más falta me hacía en ese instante, exhausto como estaba. Una vez más decidí seguir a los soldados a distancia, temiendo más, supongo, la soledad del páramo y el hambre que el maltrato que habrían de darme o el fusilamiento que me esperaba si llegaban a prenderme. Ahora que pienso en esa decisión, pienso también que, al seguirles en vez de lo contrario, seguí un impulso primitivo de mi carácter y juventud de entonces: no esconderme más de lo necesario nunca, o rehuir el peligro acojonado. Así que, cautelosamente, anduve tras ellos, vigilante, como los perros fugados hacen, que siguen los carros del bálago en el campo con la esperanza de que los agosteros les echen un hueso. Vale la pena por un hueso arriesgarse a una patada o un cintazo. Anduve y anduve tras ellos, tan cansado como ellos, sin pensar en nada. Y al final, acercándome más y más cada vez, perdida la prudencia y la cautela a consecuencia del cansancio, el mal cuerpo. Pensé que tal vez no anduviese ninguno mucho mejor que yo: peor incluso algunos. Y que la común miseria de la caminata y de la guerra nos hermanaría, si llegaba el caso.
Tuve que pararme a mear algunas veces, aunque no a cagar, porque tenía el estómago vacío. Una de las veces (había la tropa atravesado una zona boscosa y ondulada, así que no se les veía, aunque yo les oía e iba más cómodo, menos vigilante, teniendo que ocultarme menos en esta zona que en lo llano), una de estas veces acababa de mear y me di cuenta de que a unos diez pasos, en cuclillas, había uno cagando. Me daba la espalda y el culo renegrido y gordo se le veía desde mi posición en una imagen tan cuartelera y cómica que, sin darme cuenta, agarré una piedra y se la tiré al soldado. No llegué a darle porque no me lo propuse, pero él pegó un grito, iba sin armas, se volvió a mirarme con los pantalones arrollados en las botas, que le impedían moverse aunque quería. Me acerqué a él de golpe en cuatro brincos y él se hincó de rodillas y exclamaba el desdichado: «¡Por Dios, no me mate, no me mate!» «Cómo voy a matarte», yo le dije. «Si soy del bando tuyo. Qué regimiento sois, ¿adónde vais? Yo me he perdido.» Y él, de puro susto que tenía, lo contó todo de un tirón y yo le dije: «Tápate las vergüenzas, joder.» Se limpió el culo lo mejor que pudo con un canto y se subió los pantalones creyendo que yo era de los suyos.
Dio la casualidad –por lo que contó lo pude ver– de que ellos eran los hijosdeputa mismos que acabaron con lo que quedaba de mi destacamento. Contó que fue una balacera afortunada, como tirar al tiro al blanco en una feria, dado que los pendejos, para esconderse, tenían que moverse y, al moverse, se les veían las chepas, las cabezas y fue todo un puro tiro al blanco. Por el cagón que iba a mi lado no sentí el menor odio. Incluso una compasión insuficiente pero clara me atenazaba el corazón por él. El puto chundarata que aprendió a tirar saliendo con su padre a por conejos en su tierra, hasta que los conejos fueron hombres y les reventaba la cabeza a tiros igual que a los conejos. No sentía ningún odio. Sólo perplejidad. Una ingrata sensación de estar afuera y no odiar a ninguno y no amar a ninguno. Igualados los míos y los suyos por el horror igual de las matanzas sin sentido. La inútil sangre que ennoblece los cardos borriqueros, seca y sedienta como mi alma. Yo le dije: «Más vale que no des explicaciones, tú me entiendes: igual creen que soy un desertor.» Y dijo el hijoputa: «Tranquilo, hermano, que en el regimiento aprendí lo primero a trancar la puta boca, contar lo menos que se pueda es lo mejor. Estar como si no estuviese.»
Debo reconocer que mi interés por los relatos de aventuras no es muy grande. En mi opinión, nada cesa de ser interior, por más que el narrador lo exteriorice en idas y venidas exteriores. Así pues, la peripecia del lugarteniente, sin llegar a cansarme, me impacienta a ratos. Además, la encuentro un poco falsa, impostada. Como si imitara de memoria algún modelo. Esto se ve en la crudeza del lenguaje de los milicianos, que combina con la irrealidad de una dicción impersonal: no dan la impresión de pertenecer a ningún sitio. El cagón, como el lugarteniente le llama, habla, lo poco que habla, como un libro. Señal de que el propio lugarteniente o bien no estuvo nunca con quienes asegura haber estado, ni participó en batalla alguna entonces, y en consecuencia no sabe cómo se habla en esas circunstancias, o bien sí estuvo y combatió, pero, más tarde, al escribir estos cuadernos, decidió pulimentar el habla de la soldadesca y la suya propia por un prurito pseudoliterario y anticuado; por más que se intercalen en las prosas hijoputas y pendejos, no suenan a las prosas coloquiales si no se tiene oído natural para la lengua hablada, cosa que no parece que el lugarteniente tenga de verdad. Así que el texto, en la medida en que la peripecia aumenta y disminuye la reflexividad y la meditación, se vuelve más y más impostado cada vez. Por otra parte, debo, sí, reconocerle al personaje cierto vigor verba...

Índice

  1. Portada
  2. La previa muerte del lugarteniente Aloof
  3. Créditos