Una letra femenina azul pálido
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Una letra femenina azul pálido

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Una letra femenina azul pálido

Descripción del libro

Un libro que se lee como un amargo gesto de despedida de Viena y de toda la civilización centroeuropea.

Viena, 1936. Una mañana, un alto funcionario del ministerio, casado con una bella y rica dama vienesa, abre una carta. Reconoce la letra azul pálido del sobre. Y esa caligrafía se hunde en su vida rutilante como la hoja de un cuchillo y la disloca de inmediato.

En unas pocas líneas sumamente formales, la firmante solicita ayuda del poderoso funcionario para trasladar a una escuela vienesa a un muchacho alemán de dieciocho años. Sin embargo, para el destinatario, en esas líneas cifradas aflora un amor de muchos años, un amor enterrado con sumo cuidado. Y ese muchacho desconocido, ¿no será quizás un hijo ignorado? Las tremendas presiones a la hora de conjugar la propia vida con las exigencias de la sociedad han alejado a este hombre –al elegante, impecable y cortés Leónidas– de todos los elementos auténticos de su existencia, tanto de sus humildes orígenes como de aquella pasión inaceptable.

Werfel consigue que confluyan el estudio psicológico y el análisis social de un modo perturbador de puro preciso, en este libro que se lee hoy como un amargo gesto de despedida de Viena y de toda la civilización centroeuropea.

Información

Año
2006
ISBN del libro electrónico
9788433936479

VI. VERA APARECE Y DESAPARECE

Nada más terminar de comer, Leónidas salió de casa y se dirigió al ministerio. Sentado allí en su despacho, la cabeza apoyada en ambas manos, a través del alto ventanal dejó vagar la mirada más allá de los árboles del Volksgarten que, envueltos en un fino velo de lluvia nacarada, se erguían hacia un cielo algodonoso. Sentía el corazón lleno de estupor y admiración por Amelie. Las mujeres que aman poseen un sexto sentido. Están provistas de un olfato certero como el de los animales de caza contra el enemigo. Su clarividencia detecta las culpas masculinas. Amelie lo había adivinado todo, aunque exagerándolo, distorsionándolo e interpretándolo mal, según su costumbre. Podía casi conjeturarse la existencia de una inexplicable confabulación entre esas dos mujeres: una de ellas encarnada en la letra azul pálido, y la otra profundamente afectada por la fugaz visión de aquella letra. En las escasas líneas de la dirección, Vera le había susurrado a la otra la verdad, una verdad que Amelie había sentido como una intuición repentina, surgida de la nada. ¡Qué gran contradicción que esa clarividencia quedara luego anulada por el seco tenor de la carta! A él, no obstante, Amelie le había arrancado la máscara a sabiendas y sin saberlo. «¡Seductor dominical de criadas!» ¿No se había él autocalificado de «timador matrimonial» aquel mismo día? ¿Y no lo era realmente en la acepción delictiva del término? Amelie podía leérselo en la cara. Y, sin embargo, él se había mirado poco antes en el espejo y no había encontrado en ese rostro nada vulgar ni despreciable, sino una bien modelada elegancia que llegó a provocarle una extraña conmiseración consigo mismo. Además, ¿cómo explicarse que, sin que él interviniera para nada, su decisión produjese el efecto contrario y fuera ella, y no él, quien acabara confesándose? Aquella confesión había sido una gran prueba de amor inmerecida. Él nunca había poseído ese coraje radical y casi impúdico para buscar la verdad, lo cual se debería probablemente a su origen humilde y a su pobreza de otros tiempos. El miedo, el afán de prosperar y una trémula sobrevaloración de las clases altas habían marcado su juventud. Tuvo que aprenderlo todo a trompicones: a entrar con naturalidad en su salón, a charlar con desenvoltura, a mantener una conversación, a comportarse con soltura en una mesa, a utilizar debidamente las fórmulas de cortesía, en fin, todas esas virtudes sutiles y evidentes con las cuales nacen los integrantes de la casta señorial. El quincuagenario provenía de un mundo en el que las diferencias de clase aún generaban tensiones. La energía que la juventud actual invierte en el deporte él había tenido que dedicarla a un tipo de gimnasia muy particular: a superar su timidez y compensar un permanente sentimiento de inferioridad. ¡Ah, qué instante inolvidable aquel en que, vestido con el frac del suicida, se enfrentó por primera vez a sí mismo, como triunfador, en el espejo! Pues si bien había asimilado a la perfección aquellas artes sutiles y evidentes y llevaba ya varios decenios practicándolas de forma inconsciente, en el fondo no era sino aquello que los romanos denominaban un «liberto». Y un liberto no posee el valor natural para indagar la verdad propio de una Paradini, esa temeraria superioridad situada por encima de toda vergüenza. Además, Amelie había sondeado los abismos del liberto a mayor profundidad que él mismo. Sí, era cierto que temía la ira y la venganza de su esposa si decidía reconocer al hijo de Vera y suyo. Temía que Amelie iniciara en seguida el juicio de divorcio. Y nada temía tanto como perder esas riquezas de las que disfrutaba con tanta indolencia. Él, el hombre noble que «desdeñaba el dinero», el alto funcionario, el educador del pueblo, sabía ahora que ya no podría soportar la estrechez en la que vivían sus colegas, esa lucha cotidiana contra las aspiraciones y exigencias propias de una vida mejor. Estaba demasiado corrompido por el dinero y por la agradable costumbre de no tener que privarse de nada. Ahora entendía perfectamente que muchos de sus compañeros de trabajo sucumbieran a la tentación de aceptar sobornos para poder, de vez en cuando, darle algún gusto a sus ávidas esposas. Agachó la cabeza hasta tocar la carpeta del escritorio. Sintió el ardiente deseo de ser un monje y pertenecer a una orden muy estricta...
Leónidas sacó fuerzas de flaqueza. «No puedo eludirlo», dijo en voz alta lanzando un profundo suspiro. A continuación cogió una hoja de papel y empezó a redactar para el ministro Vinzenz Spittelberger un informe en el que intentaba presentar como una necesidad ineludible para el Estado el nombramiento del catedrático supernumerario de medicina, profesor Alexander Bloch, para cubrir la cátedra vacante de medicina interna y hacerse cargo de las prácticas clínicas correspondientes. Él mismo no sabía por qué persistía en su obstinación y en su deseo de provocar una prueba de fuerza decisiva. Pero apenas había escrito unas diez líneas cuando dejó la pluma y llamó por el timbre a su secretario:
–Tenga la bondad, mi estimado amigo, de llamar al Parkhotel de Hietzing y avisarle a la doctora Vera Wormser, no sé si es señora o señorita, que iré a verla personalmente a eso de las cuatro...
Como siempre en sus momentos de nerviosismo, Leónidas había hablado con una voz opaca y difuminada. El secretario puso ante él una hojita en blanco:
–Señor jefe de sección, ¿tendría usted la amabilidad de escribirme el nombre de la señora? –dijo.
Leónidas se quedó mirándolo medio minuto sin decir palabra, luego guardó en su carpeta el informe recién empezado, acomodó los objetos dispersos sobre su escritorio como quien se dispone a irse y se puso en pie.
–No, gracias. No hace falta. Iré ahora mismo.
El secretario consideró su deber recordarle que el señor ministro era esperado allí hacia las cinco, pero la noticia no pareció ejercer efecto alguno sobre Leónidas, que en ese instante estaba descolgando su sombrero y su abrigo del perchero.
–Si el ministro pregunta por mí, no le diga nada. Dígale simplemente que he salido...
Tras lo cual abandonó su despacho con paso elástico, pasando junto al joven secretario.
Una de las costumbres más inveteradas del jefe de sección consistía en no detenerse jamás con su gran coche ante el portón del ministerio, sino en bajarse de él ya en la Herrengasse si alguna vez lo utilizaba. Más que temer la envidia de sus colegas, consideraba una «falta de tacto» (sobre todo durante las horas de trabajo) hacer gala de su prosperidad material y transgredir a ojos vistas las espartanas limitaciones del cuerpo de funcionarios. Los ministros, políticos y actores cinematográficos sí podían pavonearse tranquilamente en sus relumbrantes limusinas, pues eran criaturas de la publicidad. En cambio, un jefe de sección tenía el deber de demostrar, sin menoscabo de su elegancia, cierta sobria parquedad, una parquedad ostensible que acaso sea una de las formas más intolerantes de la arrogancia humana. Cuántas veces había intentado convencer a Amelie, con toda la cautela del caso, de que esa festiva e inagotable ostentación de alhajas y vestidos no se correspondía del todo con su situación de funcionario. ¡Vana prédica! Ella se reía en su cara. Era aquél uno de los conflictos vitales que más solían inquietar a Leónidas... Esta vez cogió el tranvía, del que se apeó en las proximidades del palacio de Schönbrunn.
La lluvia, que empezara a amainar una hora antes, había cesado por completo. Pero sólo fue como una lánguida pausa en el curso de una enfermedad, como la turbia suspensión del dolor entre dos accesos. El nuboso día colgaba a media asta húmedo y laxo, y cada uno de esos minutos extrañamente retrasados parecía preguntar: hasta aquí hemos llegado, ¿y ahora qué? Leónidas sintió en todos sus nervios el cambio decisivo que el mundo había experimentado desde aquella mañana. Pero sólo advirtió la causa de ese cambio mientras recorría a paso vivo la ancha calle flanqueada de plátanos que bordeaba el muro del palacio. Bajo sus pies cedía penosamente una gruesa alfombra de hojas secas empapadas de agua. Las descoloridas hojas de plátano se habían esponjado tanto y chasqueaban tan fuerte bajo cada pisada que era como si un chubasco de sapos se hubiera precipitado desde lo alto. En unas cuantas horas el viento había arrebatado a los árboles más de la mitad de su follaje, y el resto aún colgaba, mustio, de las ramas. El día, que se había iniciado como una precoz mañana de abril, concluía súbita y prematuramente envejecido como un atardecer de noviembre.
En la floristería de la esquina siguiente dudó Leónidas más de lo debido entre llevar rosas blancas o rojo sangre. Por último se decidió por dieciocho rosas de té de tallo largo y un amarillo pálido, atraído por su aroma suave y un tanto marchito. Más tarde, cuando se hizo anunciar a la doctora Wormser en la recepción del hotel, se asustó de pronto ante la reveladora cifra «dieciocho» que había elegido sin querer. ¡Dieciocho años! Y entonces recordó aquel ominoso ramo de rosas que él, ridículo enamorado, llevara una vez a la pequeña Vera sin hallar el valor necesario para entregárselo. Y tuvo la impresión de que esa vez fueron también rosas de té de un amarillo pálido, con un perfume igual de suave y directo, como la flor de algún vino paradisíaco que no existiese en la Tierra.
–Madame ruega al señor jefe de sección que la espere aquí –dijo el portero en tono sumiso y acompañó al visitante hasta uno de los salones de la planta baja. No cabe esperar nada mejor del salón de un hotel, se consoló Leónidas, a quien la semipenumbra y el mobiliario de la habitación le crisparon los nervios. Es horrible que uno vuelva a ver el amor de su vida en la pública intimidad de una sala de estar común y corriente, cualquier bar hubiera sido mejor, o incluso un bullicioso café con música. Que Vera hubiera sido realmente el «amor de su vida» era ya para Leónidas una certeza absoluta, aunque carente de todo fundamento.
La habitación estaba repleta de muebles pesados que se erguían como las hoscas fortificaciones de una escenografía olvidada sobre el telón de fondo de la incertidumbre. Estaban allí como los objetos de una subasta abandonada por el rematador y en la cual se instalaban, durante una horita o dos, toda suerte de visitantes ocasionales. Suntuosos sillones, armarios japoneses, cariátides portalámparas, un brasero oriental, arcones tallados, taburetes, etc. Junto a la pared se veía un piano de cola púdicamente velado. El paño de felpa que lo cubría de arriba abajo era negro, lo cual le daba cierto aire de catafalco para música muerta. Aquel paño mortuorio estaba, además, cargado con muy diversos objetos de bronce y mármol, alineados también como para la venta: un sileno ebrio que mantenía en equilibrio un tarjetero, una grácil bailarina sin aparente objetivo práctico, un fastuoso conjunto de tintero y pluma, lo bastante grande y serio como para ofrecer sus servicios en la firma de un tratado de paz, y muchas otras cosas que parecían tener la misión de impedir que esa música muerta –o aparentemente muerta– se escapara de su ataúd. Leónidas sospechó que aquél era un piano destripado y no pasaba de ser un honorable simulacro, pues un instrumento vivo hubiera sido utilizado por la dirección del hotel para el té danzante de cada día, cuyos preparativos ya empezaban a oírse fuera. Lo único vivo en ese salón eran las dos mesas de juego desplegadas sobre las que aún se veían unas cartas de bridge, una imagen de grato esparcimiento e inalterable serenidad que atrajo una y otra vez la envidiosa mirada de Leónidas, maestro indiscutible en dicho juego...
Iba éste de un extremo al otro del salón, esquivando como mejor podía los angulosos promontorios de muebles y mesas. Aún llevaba en la mano las rosas envueltas en papel de seda, aunque sentía que los delicados capullos comenzaban a marchitarse con el calor de su cuerpo. No tenía la fuerza de voluntad necesaria para dejarlas en algún sitio, aparte de que el débil perfume lo acompañaba de un lado para otro y le hacía bien. Mientras iba y venía a paso regular comprobó que el corazón le latía con más fuerza que de costumbre. Ya no recuerdo cuándo lo sentí latir tan fuerte por última vez. Esta espera me está poniendo muy nervioso. Pudo comprobar asimismo que tenía la mente en blanco: La espera me colma por completo. No sé muy bien cómo empezar. Ni siquiera sé qué tratamiento debo dar a Vera. Y por último: Me está haciendo esperar mucho. Ningún ministro me ha hecho esperar tanto. Al menos llevo ya veinte minutos recorriendo este horrible salón de punta a punta. Pero no pienso mirar el reloj, para no enterarme de cuánto hace que espero. Por supuesto que Vera tiene todo el derecho a hacerme esperar el tiempo que se le antoje. Es, en verdad, un castigo mínimo. No quiero ni pensar en lo que ella me ha esperado en Heidelberg: semanas, meses, años...
No dejó de caminar un solo instante. En el vestíbulo empezó a sonar una música de baile. Leónidas se estremeció: ¡lo que faltaba! Lo mejor sería que ni se presentara. Yo esperaría aquí tranquilamente una hora, o incluso dos, y después me iría sin decir palabra. Así habría hecho lo que me tocaba y no tendría nada que reprocharme. Ojalá no venga. Para ella tampoco ha de ser muy gratificante volver a verme. Me siento como en vísperas de un examen difícil o de una operación... Seguro que ya ha pasado media hora. Supongo que se habrá marchado del hotel para no encontrarse conmigo. Pues nada, completaré mi hora de espera. Esa música de jazz tampoco resulta desagradable. Parece acelerar el tiempo. Y ya está oscureciendo...
Fuera estaban bailando la tercera pieza cuando una dama grácil y menuda apareció de improviso en el salón:
–Lo he hecho esperar un rato –dijo Vera Wormser sin justificar su frase con una disculpa, y le tendió la mano. Leónidas besó esa frágil mano envuelta en un guante negro, esbozó su sonrisa entusiástico-burlona y empezó a balancearse sobre la punta de los pies.
–Por favor –gangueó–, no tiene ninguna importancia... Hoy me he permitido.... –Y añadió en tono vacilante–: Señora...
Y le entregó el ramo sin haberle quitado el papel.
Con gesto sereno Vera liberó las rosas de té. Lo hizo cuidadosamente y tomándose el tiempo necesario. Después paseó la mirada por aquel salón horrible y extraño en busca de algún recipiente donde ponerlas, y al instante encontró un florero y una jarra con agua potable sobre una de las mesas de juego. Llenó el florero con cautela y fue colocando en él las rosas una a una. El amarillo flameó en la semipenumbra. Aquella mínima tarea parecía absorberla por completo. Sus movimientos eran contenidos, venían desde dentro, como suele ocurrirles a los miopes. Llevó el florero con las tiernas rosas hasta un sillón próximo a la ventana, lo puso sobre una mesita redonda y se sentó en la esquina de un sofá, de espaldas a la luz. La habitación se transformó. Leónidas también tomó asiento después de pedirle permiso con una reverencia bastante absu...

Índice

  1. Portada
  2. I. ABRIL EN OCTUBRE
  3. II. EL RETORNO DE LO MISMO
  4. III. EL TRIBUNAL SUPREMO
  5. IV. LEÓNIDAS INTERVIENE EN FAVOR
  6. V. UNA CONFESIÓN, AUNQUE NO LA DEBIDA
  7. VI. VERA APARECE Y DESAPARECE
  8. VII. EN SUEÑOS
  9. Créditos

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