Los viejos amigos
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Los viejos amigos

  1. 224 páginas
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Los viejos amigos

Descripción del libro

Un grupo de viejos camaradas son convocados a una cena. Un día estuvieron unidos por un proyecto común: la revolución. Ahora, tantos años después, hacen repaso de sus existencias. Miran sus vidas como algo provisional, cuyo vacío se llena de culpa, desengaño, rencor o traición. Escrita desde un punto de vista en el que no caben los discursos complacientes, Los viejos amigos propone una reflexión sobre la condición humana y las posibilidades del individuo de intervenir en el curso de la historia. Novela de voces obsesivas que responde a un tiempo de crisis de valores y de renuncia de los seres humanos a llevar las riendas de su destino. «Crónica devastadora de las ruinas de la utopía y la revolución» (Santos Alonso, Reseña); «Su realismo es del mismo tipo que el defendido por el pintor Francis Bacon» (Fernando Valls, Quimera); «Una sutilísima inteligencia narrativa puesta al servicio del testimonio y los senti-mientos» (Juan Antonio Masoliver Ródenas, Culturas).

Información

Año
2015
ISBN del libro electrónico
9788433935724
Categoría
Literatura
Pienso que mientras que, aquí, los dedos del frío nos esperan a la salida del restaurante para pellizcarnos, siguen creciendo las plantas y se abren las flores delante de mi adosado en Denia a pesar de lo avanzado de la estación, mediados de noviembre; o que el aire fue tenue la pasada mañana y me envolvió con su respiración templada y húmeda mientras Pedrito aparcaba el coche ante mi casa y cargábamos el maletín que yo había preparado con un par de camisas, ropa interior, la bolsa de aseo, lo necesario para la excursión de dos días, al tiempo que él, de pie junto al coche, apoyando la mano derecha en la superficie de la puerta abatible del portamaletas, decía: «Es verdad que la casa es pequeña, pero tienes una vista grande.» Anotar en el cuadernito la sensación que me ha producido ese cielo azul intenso recorrido por nubes, como si hubiera un filtro en el paisaje y todo compusiera una secuencia de película: las ramas de los pinos pasando junto a la ventanilla del coche, la sierra pedregosa, pero en la que las primeras lluvias del otoño han puesto manchas verdes y en la que aún quedan pinedas que a simple vista apenas se distinguen, pero que, si uno se fija, descubre que ocupan buena parte del paisaje, no se sabe muy bien dónde, en huecos en recodos en sitios a contrapelo, a trechos tan escondidas que uno sólo las ve cuando el camino rodea un roquedal y ya las tiene encima. Ramas, rocas, arbustos, unas matas de aulaga, palmitos salvajes que crecen en colonias; un grupo de chumberas repletas de higos que nadie coge, algarrobos que han sobrevivido a los sucesivos incendios intencionados: resistentes del mal. Me digo, mientras me limpio con la servilleta los labios después de llevarme la copa a la boca y tomar un sorbo de vino, que recuerdo y anoto cosas que sólo me interesan de refilón, cosas que esta cena inyecta artificialmente en mi memoria, y que son quizás innecesarias. Seguramente deseo que el ruido de unos pensamientos tape el gemido de otros. Guzmán y Taboada discuten de la política posible y de la que no se puede hacer. «Los políticos en activo, los de hoy, yo los conozco», se burla Pedrito, «¿qué os voy a contar?» Y luego, tras una pausa: «¿Qué hemos ganado?, ¿qué hemos perdido? Puta vida, ¿verdad? Nuestras ilusiones», concluye zumbón. Guzmán se defiende: «En la historia no hay pausas, no se baja y se sube el telón. No hay entreactos. Es una sesión continua.» Y se han puesto a hablar los tres de lo que hicieron el día en que murió Franco, del veintitrés efe, de la utopía comunista, de Rusia desmantelada, de China metida en el frenesí del consumo, de América zapateando sola sobre la mesa del mundo. Discuten ante la mirada atenta de los hijos de Guzmán, mientras Pedrito, desentendiéndose por un instante de lo que Guzmán y Taboada recuerdan, ha girado ligeramente la cabeza para poder contemplar mejor el escote de Amalia. Me doy cuenta del movimiento de sus ojos, y siento una punzada de celos retroactivos; o una punzada de nostalgia, y, por eso, para curarme de los celos o domesticar la nostalgia, como movimiento defensivo («nunca llegarás a ser un revolucionario, te gusta demasiado la literatura», me dijo Pedrito por entonces, «ni serás un buen amante. La literatura está reñida con el amor y con la revolución»), pienso en mi casa, en que he salido esta mañana de casa y ya tengo ganas de volver. Al llegar a Contreras se ha nublado y unos kilómetros más tarde ha empezado a llover. Ya no ha parado de llover hasta Madrid. Recuerdo el movimiento del limpiaparabrisas, las gotas estallando contra el cristal, y lo recuerdo a él cuando éramos niños, amigos de infancia, unos cuantos años antes de que me expulsara de la revolución. La infancia es un bálsamo: los tebeos que nos cambiábamos; yo coleccionaba Pantera Negra, y él, Pequeño Pantera Negra. Los dos comprábamos ejemplares de El Capitán Trueno y El Jabato. Nos poníamos en la cabeza, sujetándolas con cintas de color negro que él le robaba a su madre modista, coloreadas plumas de gallina, plumas de pavo que encontrábamos en los basureros: éramos Sitting Bull y Gerónimo, enfrentando sus estrategias, su capacidad para volverse invisibles tras un vagón, para sorprender al enemigo al borde de una acequia; recuerdos infantiles, veloces, alucinados, giran en la cabeza como tiovivos. Recuerdos: cuando llegó a la escuela una epidemia de tiña y nos raparon a cero y nos pintaron con azufre (¿o era yodo?) las cabezas; cuando cerraron durante una semana la escuela porque un niño murió de meningitis; recuerdos: el miedo a los tuberculosos, al sacamantecas. Hombres cargados con un saco que cruzaban el pueblo, no sabíamos de dónde venían ni adónde iban. A veces los seguimos de lejos. Hacíamos paquetes con los periódicos viejos que conseguíamos pidiendo de puerta en puerta por las casas de las mejores familias del pueblo y también recorriendo los vertederos de las afueras. Esos periódicos viejos se los vendíamos al trapero para pagarnos las entradas del cine. Películas de Gary Cooper, de James Cagney, Alan Ladd, Linda Darnell, Virginia Mayo, Shelley Winters o Janet Leigh. Los desmontes en las afueras, con su olor de materia orgánica en descomposición, las redes tendidas bajo las palmeras desmochadas en la explanada del puerto, el hedor de pescado podrido junto a la lonja, olor también de excrementos de animal; la playa llena de algas y los insectos que saltan entre ellas con un crujido seco, lluvia de arena. Los carros, tirados por pesados mulos, cargan las algas y se las llevan a algún lugar tierra adentro. Me gusta ver esos carros tirados por animales e intento imaginar el lugar adonde se dirigen y que yo no conozco, lugares que imagino distintos de los que frecuento y quizás parecidos a los que veo en el cine. Están detrás de las montañas. El olor de humedad: de bodega hasta la que llega la humedad del mar; olor de salitre, de carburo, de petróleo. El crujido de las algas secas cuando las pisamos, el rumor opaco del mar, como un telón sonoro. También más allá del mar hay lugares desconocidos que se parecen a los que vemos en el cine. Hay un par de putas que esperan la caída de la tarde para esconderse entre las piedras de la escollera, sombras de hombres que las siguen a cierta distancia y que se desploman sobre las sombras de ellas, emborronándose unas con otras: los niños, escondidos, miramos de lejos en dirección a esas sombras, qué harán; los cañaverales a las afueras del pueblo forman una doméstica selva en la que al anochecer también se oyen crujidos, susurros, pasos. La infancia, la confusa selva original me llega con el sabor del vino y el rumor de la conversación. Me llega con el gesto de Pedrito cuando le sirve vino a Amalia. Todos hablan en voz alta, pero yo los oigo lejos. Me protege el telón de la confusa selva original. Amortigua sus voces. Son pegajosos los sentimientos de infancia, por eso uno no acaba de librarse del todo de quienes los compartieron y, por eso, forman parte de ellos: sentimientos como chicles. Infancia y adolescencia, territorios pantanosos para los sentimientos, ni la solidez de la tierra ni la blandura del agua, territorios intermedios, aunque la adolescencia es semillero de desencuentros («no, Carlos, no se puede confiar en ti. Venderías a Lenin por una buena novela, por escribir una buena novela; a tu padre, si viviera, venderías», me dijo; éramos jóvenes, ya no adolescentes. No he vendido a nadie, no he vendido nada que no fueran pisos). La adolescencia: Pedrito leyendo a Baudelaire y unos folletos que le traía en el doble fondo de la maleta y le traducía del alemán una novia de Hamburgo que se echó en Denia; folletos que daban indicaciones acerca de cómo confeccionar explosivos; poesía y revolución, la poesía un arma cargada de futuro; la revolución, un acto de amor: cómo volar un cuartel, la estatua de Franco de la Plaza del Caudillo de Valencia, la Cruz de los Caídos en la Puerta del Mar, el monumento a Calvo Sotelo, protomártir de la cruzada de liberación. Cómo volarlo todo. Ir una noche a la capital, a Valencia, y volarlo todo. Volarlo todo de noche. Decía Pedrito que la revolución es el mal de la noche. «Apréndelo, escritor. Si al menos tuvieras la rabia de Dostoievski», me decía. Le gustaba llamarme así, escritor, y despreciaba lo que yo hacía porque decía que era, sobre todo, bonito. «Estética», decía, y, además de a Dostoievski, me ponía como ejemplo Los siete locos, de Arlt. Decía: «ellos tenían rabia, furor en vez de estética» y, al decirlo, parecía que a él mismo lo invadía una furia extraña, epiléptica. Veíamos amanecer –la luz del sol como una cuchilla que se iba ensanchando por encima de las piedras de la escollera norte del puerto–, y sentíamos que el día apagaba la revolución. Aquellas noches nos bebíamos todo lo que conseguíamos: ginebra, coñac, ponche, whisky, anís, licores de hierbas, ricard, pastis; fumábamos tabaco, maría, hachís, hierbas aromáticas que Pedrito recogía en el Montgó y de cuyas virtudes alucinógenas intentaba convencernos. Cuando ya no podíamos más, vomitábamos sobre las piedras de la escollera y seguíamos bebiendo, fumando, hablando. Los ruidos de las barcas que salían de madrugada a pescar nos servían de fondo antes de que una mancha rosada anunciara el final de la noche. La revolución, un excitante, supremo alucinógeno; y también uno de esos cuadros que representan el fin del mundo, el juicio final, el instante en que la llegada de la justicia lo pone todo patas arriba: se abren las tumbas, la lápida tirada a un lado, y empiezan a salir esqueletos, esqueletos repentinamente en movimiento; o sentados, con las piernas metidas en el hueco rectangular de la sepultura, como si estuvieran al borde de una piscina, tomando el sol; esqueletos en agradable charla los unos con los otros, o, simplemente, dejándose acariciar por la deliciosa dualidad del agua fría que les lame los pies y del sol que les quema la espalda, la cabeza; esqueletos que se han echado a correr, como en un estudio de anatomía (esos grabados anatómicos que se encontraba Baudelaire en los puestos de los buquinistas del Quai Voltaire, junto al Sena, y que compraban los estudiantes de medicina y los alumnos de la Escuela de Bellas Artes: intervenir, representar, manifestaciones del amor); esqueletos que caminan se agachan trabajan para mostrar el juego de articulaciones de los huesos en cada movimiento; que montan a caballo tocan las trompetas empuñan una azada o acarician con sus descarnados dedos una fruta opulenta y coloreada, justo como en un cuadro del Bosco. Pero también cuerpos a medio pudrir, con las carnes agusanadas, más propios del barroco de Valdés Leal (por cierto, Elisa escribió un trabajo sobre los bodegones del barroco, esa opulencia extrema, límite entre la plenitud de la madurez y lo que empieza a marchitarse. «Eres lo que yo fui una vez y serás lo que yo soy ahora», le puso como lema a su trabajo, la frase que aparece en una pintura florentina de Massaccio). La revolución: otros parámetros estéticos, enamorarse de otra forma de belleza, cambiar el canon. Dos esqueletos que se besan, mandíbula descarnada contra mandíbula descarnada; que se abrazan, manos huesudas contra huesudas vértebras; que se mueven con los movimientos del sexo. Revolución: la noche vela el sol con un sudario negro, como se cubrían retablos e imágenes en las iglesias de Denia cuando llegaba el Viernes Santo (¿aún lo harán?), porque Dios había muerto, y el luto y las tinieblas lo ocupaban todo. Paisajes nevados en viejas películas en blanco y negro, manchas blancas, manchas negras que corren como espantadas hormigas sobre la superficie blanca; manchas que, a veces, ocupan toda la pantalla y se convierten en caras humanas, ojos desencajados, bocas que se abren; rostros que expresan nobleza, bondad (rostros anchos de obrero, de campesino), o que revelan corrupción y maldad (rostros de sacerdote, de aristócrata, de militar, cejas hirsutas, narices afiladas, mandíbulas caídas), imágenes de chabolas que se supone malolientes y llenas de humo, ante cuya visión uno siente pudor vergüenza y culpabilidad por vivir en una casa de clase media, incluso (como era mi caso, el de Rita, el de Demetrio, el del propio Pedrito) en una casita de clase obrera en la que, por otra parte, no hay más problemas que los derivados de la necesidad de llegar a fin de mes con un sueldo muy bajo, pequeña penuria incomparable a la suprema injusticia que engendra revoluciones: rostros cubiertos de hollín, de grasa, sólo los ojos rodeados por el halo blanco que han protegido las gafas de soldador o de fogonero y que ahora están en la frente; palacios que parecen fosforescentes sobre la pantalla de temblorosa luz, uniformes, monos oscuros que se supone que son azules o caqui, negras chaquetas de cuero. Esos seres como hormigas espantadas en las escaleras del embarcadero del puerto de Odessa; que suben las del palacio de invierno de Petersburgo; seres que corren bajo las gigantescas lámparas cuyos caireles reflejan luz y lanzan destellos que queman la mirada. Películas de Eisenstein y Pudovkin vistas en cineclubs clandestinos, los horarios de cuyas proyecciones circulaban en el grupo de iniciados, susurros. Pedrito. Aún lo oigo hablar. Había que irse a Shangai a Moscú a París, o, en su defecto, al menos a Madrid, para buscar esos extremos que la revolución exige: los palacios, las escalinatas (los de Madrid, modestos los unos y las otras; eso lo descubrimos luego), las lámparas, los interminables coches de ministros, estraperlistas y banqueros; las mujeres envueltas en suaves abrigos de pieles; y también, los mendigos, las chabolas, las ratas que saltaban a las cunas de los recién nacidos para morder en las partes más blandas. En Denia, la vida era demasiado sencilla, una pobreza sin poesía, privada de cualquier atisbo de epopeya: los vertederos, las playas sucias, las hojas manchadas de los tebeos que buscábamos para leer en disputa con los gitanos, las botellas de penicilina cuyo contenido alguien se había inyectado y que guardábamos para utilizar como cárcel de insectos o como instrumento polivalente en juegos más excitantes y turbios. Piedras acariciadas por el mar entre las que nacen las posidonias como cabellos de ahogado que el vaivén de las olas mueve, excrecencias, seres en el cruce de caminos entre lo animal, lo mineral y lo vegetal, rugosas caracolas envueltas en musgos verdes, y de cuyo interior surgen unas patas nerviosas que se ponen a correr sobre las resbaladizas piedras, a su vez cubiertas por oscilantes y gelatinosas cabelleras; seres a los que la naturaleza parece haber vestido para asistir a un baile de disfraces; playas cubiertas de algas y esponjas secas en las que saltan los insectos y por las que pasean perros abandonados, playas pedregosas, cavidades en las que el agua planta ecos, plataformas de roca pobladas por colonias de erizos negros, verdosos, rosáceos, azulados, bajo la sábana de agua quieta y transparente como aceite y que, de repente, se riza, y luego poco a poco se levanta y embravece; arenas amarillas, tierras rojizas, ensangrentadas por el óxido: campos con viñedos, con naranjos, matas de hinojo junto al camino; pescadores, campesinos, modestos comerciantes; eso sí: el cuartel de la guardia civil cuya fachada Pedrito propuso pintar con una hoz y un martillo (nunca nos atrevimos). Demasiado sencilla esa pobreza para que engendrara una revolución, a pesar de que aún quedaban en la fachada de la parroquia restos de una pintada contra los curas que alguien había intentado borrar sin conseguirlo del todo: la piedra rascada y la capa de brea no impedían que pudieran leerse algunas palabras LOS C RAS SON UNOS CAN LLAS. Quedaba el recuerdo en nuestras casas de cómo el hombre que pintó aquellos insultos fue luego detenido, quizás fusilado, susurros en casa. Recuerdos de una guerra: muros arruinados en las traseras del puerto, edificios destejados con las ventanas abiertas como ojos de insomne. Madrid, otra dimensión: obreros en chabolas, al sur; sobre todo al sur, de Atocha para abajo. Instalarse allí, proletarizarse, merodear entre las chabolas con folletos de Lenin aplastados por la correa entre la camisa y el estómago; subir a los andamios envueltos por la fría niebla de las mañanas de diciembre, un halo en torno a las farolas aún sin apagar. Sentir el hambre, el cansancio, el frío; comer con las manos, partir el pan con las manos y pinchar con la punta de la navaja un pedazo de chorizo que se comparte con los compañeros. Justicia, igualdad. Revolución es buscar tozudamente el sufrimiento que no se tiene. Nos fuimos a Madrid. Cambiamos Denia por Madrid. Madrid es Pedrito leyéndome en voz alta a Baudelaire mientras el metro corre en dirección a los barrios del sur: «Enamorarse de una mujer gorda es a veces un encantador capricho, la mujer delgada es un pozo de voluptuosidades tenebrosas. Apréndelo, escritor.» Con la revolución elegimos amar el pozo de voluptuosidades tenebrosas. Leía Pedrito: «La estupidez es, con frecuencia, el ornamento de la belleza, es lo que da a los ojos esa limpieza apacible de los estanques oscuros y esa calma aceitosa de los mares tropicales.» Lo subrayó Pedrito en el libro que guardo en casa. Aún lo tengo a mano: copié en un cuaderno algunas de esas citas que él había subrayado y las traduje al español: «Otros odian a sus mujeres por derrochadoras, republicanos que ignoran los principios elementales de la economía política. Los vicios de una gran nación son su mayor riqueza.» Las obras completas de Baudelaire que Elisa se trajo de París. Pedrito las leía con avidez y las llenó de rayajos coloreados. «Ahí tienes un maestro, amigo escritor», me decía, blandiendo el libro como si fuera una piedra, o una pistola. Un tomo que guardaba sus dos amores: la mujer y el poeta revolucionario de las barricadas de París («Il faut aller fusiller le général Auspick!»). Pedrito, la mujer y el poeta de la revolución, un triángulo escaleno («yo soy el lado menor del triángulo», se reía) que estuvo dibujado en el aire durante algunos meses, que luego se disolvió, pero cuyo recuerdo aún permanece. Esta mañana, mientras atravesábamos La Mancha empapada por la lluvia, me ha hablado, una vez más, de Elisa: «La única, ¿sabes?, la única a la que he querido de verdad en mi vida», y yo pensaba en la casa de la colina frente al mar en la que vive (ha vuelto a enseñármela esta mañana, al paso: «aquella del muro de piedra», ha dicho), en su mujer («no me la merezco», me había dicho un rato antes), en su hija («ésa no dejará la carrera como nosotros, es ambiciosa», me había dicho). Mientras atravesábamos La Mancha, ha dicho: «Creo que me volví de Madrid porque ella no me quería y yo no podía soportar la idea de que estaba allí, en algún sitio, la idea de que tenía su casa allí y la cama en la que se acostaba cada noche.» He pensado: «Buena frase, Pedrito, el país se ha perdido un político, aunque a este país lo que le han sobrado han sido políticos.» (Esos políticos en activo contra los que él habla ahora.) El volumen con las obras de Baudelaire pasó a formar parte de la biblioteca del piso de detrás del bulevar de Vallecas en el que vivimos con Demetrio, y me tocó en el sorteo que efectuamos para repartirnos los libros, los discos, los escasos enseres mobiliarios de nuestra propiedad que almacenaba la casa cuando, tras las discusiones que siguieron a la detención, se disolvió la célula. Buscamos culpables de lo que seguramente no era más que nuestro propio miedo y desconcierto. Habíamos descubierto la fragilidad y no quisimos aceptarla. Pedrito no hizo ningún esfuerzo por recuperar ese libro que tan importante había sido para él. Podría habérmelo pedido y yo se lo hubiera cedido sin inconveniente, o habérmelo cambiado por otro, pero no lo hizo. Ya no le gustaba Baudelaire, seguramente porque ningunear a Baudelaire era una forma de hacer como que Elisa le importaba menos de lo que le importaba. Esta mañana, en el coche, me ha dicho: «La muerte te enseña que tiene valor la vida. La vida es lo único, el único valor, seguir vivos hoy; y aprendemos que eso vale porque nos lo enseña la muerte de los demás. Hasta ahí la quiero a Elisa, hasta ahí. Después de muerta, me sirve. Es la cota cero que me permite medir la altura de lo que tengo. Vida. Eso me enseña. Y también me enseña que, aparte de eso, no tengo nada, ¿sabes? Nada. Yo hago algo y ella me mira, se ríe, o se enfada, y me dice: “no quiero volver a verte en la vida”, y cuando se lo escucho decir, vuelvo a enamorarme, y no, no te equivoques, por nada del mundo dejaría a mi mujer, ¿eh? No te creas. Por-na-da-del-mun-do. No hablo de eso. Te hablo de lo que me sigue quedando, de residuos, o por decirlo más bonito, de sedimentos. A mi mujer la quiero, o no sé si la quiero, pero la necesito. Si no estuviera en casa cada noche que llego tarde y borracho, me alegraría, pero la echaría de menos si se hubiera ido para siempre. No hablo de que dejaría a mi mujer, te hablo de lo que pasó. Te hablo de una muerta. De muertos. Hay lo que hay y con lo que hay tenemos que jugar, no con lo que querríamos que hubiese. Nosotros, en aquellos años, aprendimos que lo que hay es una mierda, y eso fue una putada, porque ya no hemos podido olvidarnos de la lección que aprendimos. Cuando se sabe eso, estás definitivamente condenado porque no esperas nada.» Pedrito no quiso llevarse el libro, o no se acordó de llevárselo. El triángulo se hacía añicos. La mujer ensimismada, o, mejor, ausente; el revolucionario malherido, y el poeta, de nuevo saludable y libre, dispuesto otra vez a correr de mano en mano, a establecer recientes y fugaces triángulos en otros cafés, en otras habitaciones con olor a humo y a guisos y a prendas de vestir y a ropa de cama dudosamente limpia. ¿Qué año fue aquél?, ¿el setenta y uno?, ¿el setenta y dos? Pocos años más tarde, la ola revolucionaria retirándose de la playa hacia las resbaladizas láminas de piedra del interior del mar: la resaca. Por entonces, aún no: traperos, recogedores de cartones, gitanos noctívagos que bajaban por la avenida de la Albufera, por el bulevar de Vallecas, en sus carros cargados de cartones, de colchones viejos, de electrodomésticos desventrados; tabernas en las que aún no se ha instalado la luz eléctrica y donde un hombre sirve vasos de vino y copas de pegajoso anís a la temblorosa luz de un quemador de gas, o en las que brilla una solitaria y mezquina bombilla alimentada por un generador que esparce una luz mezquina; barras que son viejas puertas, paneles de aglomerado clavados sobre otras maderas que también proceden de algún derribo; jugadores de mus, de póquer, de tute, en habitaciones mal ventiladas, cargadas del humo de los cigarrillos sin boquilla, bisontes, ideales, celtas, rumbo. Madrid, mil novecientos sesentaysiete, sesentaynueve, setentayuno, setentaytrés, tiempo de revolución. Magda (nadie sabe dónde está Magda: se ha ido de Madrid) aún nos ponía muchos años después en el tocadiscos de Violette aquellos discos en que Ferrat o Ferré cantaban los poemas de Baudelaire. «Ma femme est morte, je suis libre! Je puis donc boire tout mon soul.» La borrachera del asesino. «Cuando volvía a casa sin un céntimo, sus gritos me desgarraban los nervios. Como un rey soy feliz; el aire es puro, el cielo admirable. Tuvimos un verano parecido cuando me enamoré.» La felicidad del asesino. Una vuelta estética sombría: Pedrito desconfiaba de las películas en color como desconfiaba de la luz del día, de los locales limpios y ordenados, de las casas en las que al caer la tarde se preparaba la cena, aunque fuera una modesta cena, sopa, pedazo de tortilla de patatas, croquetas con las sobras del pollo del domingo; desconfiar de las sábanas limpias, de los frascos de colonia, de las sillas cómodas y acolchadas, de los rostros de hombre demasiado rasurados y de las caras de mujer a las que envolvía alguna crema: una antiestética que ha regresado esta mañana mientras bajaba el cristal de la ventanilla del coche Pedrito, alargaba el brazo para coger el ticket del peaje de la autopista, y dejaba luego el cartoncito junto al teléfono móvil en el hueco que hay bajo el cenicero, donde guarda también el paquete de tabaco, del que, con una sola hábil mano, cogió un cigarrillo y lo encendió antes de salir de la pista de aceleración y poner la quinta. Desde la autopista he podido ver por el retrovisor, allá arriba, en la ladera de la montaña, mi casa. Ha sido sólo un instante. Ha aparecido y enseguida ha vuelto a perderse de vista detrás de la mancha verdosa de un grupo de pinos. Al final de la cinta de asfalto, después del laberinto de curvas, subidas y bajadas, se abría, desolada y enorme, Madrid.
De entrada di por supuesto que no iba a acudir, pero luego lo pensé mejor, llamé, y le dije a Carlos que sí, que cenaría con ellos. Le dije: «Iré. Me hace ilusión.» Un rato antes, había telefoneado a Amalia, y le había matizado el tipo de ilusión que me hacía acudir a esa cita. Le había dicho: «Me hace ilusión volver a ver la vieja carroña.» Así se lo dije: «una última ojeada a esos muertos a medio enterrar en que nos hemos convertido. No me parece mal echarles una ojeada a los cadáveres que hace tiempo que no veo». Entre una y otra llamada, había charlado con Rita, intentando animarla para que me acompañara: «si vienes conmigo, boba, nos sentamos Amalia, tú y yo juntos, y pasamos de los demás», le dije, pero ella dijo que no, que ni pensarlo, en cuanto se enteró de que era seguro que iba a acudir Carlos, aunque yo pienso que asegurarse de la presencia de Carlos fue para ella una excusa con la que justificar su ausencia, porque de ninguna de las maneras pensaba asistir. «Le dices a Pedrito que no voy, porque me parece violento encontrarme con Carlos en público, y pasarnos, así, juntos, viéndonos la cara, tres o cuatro horas seguidas. No lo aguantaría. No lo soporto a él. Sigo sin soportarlo.» Y yo le comenté, para excitarla: «Es noche de Walpurgis. El placer de verlo convertido en muerto viviente, ¿no te excita?» La verdad es que me salió así de espontáneo, sin controlar el tono de voz. Estaba hablando por teléfono en el salón y, en el momento mismo de pronunciar la frase, me di cuenta de que Jorge podía haberla oído desde su cuarto. Me estremecí con un escalofrío. De hecho, planté la oreja un instante para comprobar si cambiaba el ritmo de su respiración, pero no, sonaba acompasada y hueca, como las olas del mar cuando golpean el interior de una cueva, que es como suena las veinticuatro horas del día desde hace un par de meses. Así es la respiración de Jorge: el mar, las grutas oscuras y húmedas, los preámbulos de lo que pronto llegará. Imagino el día: abrir las ventanas, airear la casa, enrollar el colchón y la ropa de cama y tirarlo todo a uno de esos contenedores de objetos voluminosos que pone el Ayuntamiento...

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  2. Los viejos amigos
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