5. ¿Podemos curarnos a nosotros mismos?
La verdad sobre el placebo
Cuando empezamos a preguntarnos por el papel de la Consciencia y la espiritualidad en la curación, es difícil no preguntarse si no se tratará de lo que los científicos llaman el efecto placebo.
Los placebos, aunque bien conocidos, son quizá el área más misteriosa, si no incomprendida, de la ciencia mente-cuerpo. Aunque la mayoría de nosotros ha oído hablar de los placebos, todavía estamos descubriendo lo que el efecto placebo nos dice sobre el poder que tenemos para curarnos a nosotros mismos.
Para empezar a comprender el papel que desempeñan los placebos en nuestra salud y bienestar y cómo pueden ayudarnos a fomentar nuestra propia curación, tenemos que examinar tanto la ciencia como la historia de los placebos. Lo fascinante es que el diseño de la investigación controlada por placebos surgió en gran parte como un método ¡para desacreditar la curación energética!
La fascinante historia de los placebos
La palabra placebo proviene de la frase «complaceré», o más bien «complaceré al Señor», tomada de una traducción del latín errónea que data del siglo XVI. En aquel entonces, se quejaba tanta gente de estar poseída por espíritus malignos que el clero tuvo que abordar el tema. Para aliviar la ansiedad de las mujeres y los hombres que se sentían poseídos, el clero comenzó a utilizar reliquias falsas para «complacer al Señor» y a sus feligreses en peligro, ¡y por lo visto funcionaban!1
Pero podemos atribuir a Franz Mesmer, un médico del siglo XVIII, el mérito de ser el principal instigador de la popularidad del ensayo controlado con placebo en medicina. Puede que hayas oído hablar de Mesmer como el padre de la hipnosis. Lo que quizá no sepas es que este médico alemán era esencialmente un autoproclamado sanador energético.
Mesmer fue sin duda un héroe improbable (y a menudo inoportuno) en la medicina. Rebelde con causa, estaba claramente insatisfecho con el paradigma médico de la época, que incluía el uso generalizado de terapias de sangrado, purgantes y opiáceos. Creía que estas terapias causaban más daño que beneficio a los pacientes, por lo que buscó nuevos métodos de tratamiento que fueran menos dañinos e igualmente eficaces.
En su búsqueda de tratamientos, Mesmer se dio cuenta de algo que describió primero como gravitación animal y después como magnetismo animal. La primera vez que escribió sobre la gravitación animal en su tesis doctoral para la escuela de medicina, postulaba que era un campo de fuerza que conectaba a los seres vivos entre sí e incluso con los planetas y las estrellas. Más tarde, como médico, empezó a centrase en la naturaleza de este campo en los seres humanos y describió el magnetismo animal como un tipo de fluido magnético. Cuando una persona tenía el equilibrio adecuado de este fluido, se creía que conducía a una salud positiva, y cuando el fluido estaba desequilibrado, conducía a una mala salud.2
El proceso terapéutico inicial de Mesmer consistía en mover imanes sobre el cuerpo del paciente para equilibrar el magnetismo animal. Más tarde decidió que el uso de imanes era innecesario, y que el médico podía equilibrar el campo del paciente a través de su propio campo magnético. Esta hipótesis le llevó a empezar a practicar los «pases de manos», en los que no tocaba al paciente, sino que pasaba sus manos por encima de su cuerpo, completamente vestido, como una forma de percibir y alterar sus campos magnéticos. No era diferente de lo que muchos terapeutas de biocampo o sanadores energéticos hacen hoy en día.
Más tarde, Franz Mesmer se convenció de que ni siquiera necesitaba pasar sus manos sobre el cuerpo del paciente. Comenzó a creer que poseía suficiente fuerza magnética para poder alterar la energía de una persona sin tener que usar sus manos en absoluto. James Braid, un médico escocés, bautizó más tarde esta técnica como «hipnosis».
Mesmer se hizo famoso, pero en muchos círculos se le menospreció por las recuperaciones milagrosas de sus pacientes. No obstante, los informes sobre su éxito en el tratamiento de pacientes en Austria y Alemania comenzaron a difundirse y pronto tuvo una larga fila de pacientes esperando ser curados por él. Creó clínicas para atender a ricos y pobres y buscó la legitimidad de la ciencia en la que se basaba su método clínico entre las comunidades científicas vienesas y parisinas.
Pero Mesmer obtuvo poco apoyo entre las instituciones científicas y médicas y, de hecho, pronto se convirtió en un lastre. Hacía gala de un excesivo sentido del espectáculo en torno a su método. Sus pacientes, a menudo mujeres de clase alta, solían responder dramáticamente a sus tratamientos con lamentos y desmayos. Él contextualizaba esta reacción como una «crisis de curación» relacionada con el movimiento de fuerzas durante la cura. Debido a la dramática muestra de emoción y catarsis que mostraban sus pacientes, muchos en las altas esferas de la sociedad encontraron de mal gusto las afirmaciones de Mesmer sobre el magnetismo animal y su talento para el dramatismo. Mesmer también hizo lo que muchos consideraron afirmaciones extravagantes sobre la transferencia de su energía para la curación. Afirmó, por ejemplo, que podía magnetizar un árbol y que los pacientes se recuperarían de graves dolencias médicas simplemente tocándolo.
En el siglo XIX, el dualismo de Isaac Newton y René Descartes (la idea de que la mente está separada del cuerpo) dominaba fuertemente la medicina. Este paradigma hizo que la mayoría de los científicos vieran a Mesmer como un perturbador o, más bien, como un charlatán. No obstante, se ganó el favor de muchos en Francia, pero no del rey Luis XVI. El monarca envió una comisión científica de alto rango para desacreditar las afirmaciones de Mesmer. Benjamin Franklin dirigió la comisión, que también incluía a Antoine Lavoisier y Joseph Guillotin, uno de los creadores de la guillotina (dos miembros de la comisión científica fueron posteriormente decapitados con la guillotina, pero esa es otra historia).
Los miembros de la comisión sostenían la hipótesis de que podían demostrar que los comportamientos dramáticos de los pacientes no tenían conexión con la habilidad o la técnica de Mesmer si también eran expuestos a una situación «falsa» en la que creían que estaban siendo curados por el médico alemán y seguían teniendo la misma reacción dramática.
La comisión diseñó un conjunto de experimentos en los que se establecieron tratamientos falsos. Dijeron a los pacientes que estaban siendo curados por la energía de Mesmer dirigida a ellos o que estaban tocando el agua que él había magnetizado. En realidad, nadie estaba dirigiendo energía a estos pacientes, y no fueron expuestos al agua magnetizada de Mesmer. Sin embargo, estas personas respondían dramáticamente a estos tratamientos falsos y experimentaban una crisis de curación. Y en algunos casos, cuando fueron expuestos al tratamiento real (el agua que Mesmer había magnetizado), pero no se les informó de su exposición al agua magnetizada, ¡no tuvieron ninguna reacción!
A partir de estos resultados, la comisión llegó a la conclusión de que el enfoque de Mesmer no era válido y que el magnetismo animal no existía.3 Incluso si hubiera un efecto placebo, es decir, que los denominados tratamientos falsos podían fomentar una respuesta curativa como resultado de las expectativas de los pacientes, ¿significa eso que el magnetismo animal, o lo que llamamos biocampo, no existe? Aunque muchos no están de acuerdo con las conclusiones, los experimentos mostraron que la mente humana es mucho más poderosa en su eficacia para fomentar la curación de lo que podríamos haber imaginado.
Sin embargo, en lugar de explorar el poder de la mente humana para curar, los científicos de aquella época (y en gran parte todavía en la actualidad) pensaron en la capacidad de la mente para curar como una variable molesta que debían controlar en futuros estudios médicos. Así, a partir de los estudios de la susodicha comisión, la idea de utilizar placebos en la ciencia médica tomó vuelo. Los diseños controlados con placebos empezaron a aplicarse a estudios que examinaban si determinados fármacos eran eficaces para curar dolencias médicas más allá de los placebos, para determinar si el fármaco activo o la medicina eran más potentes que la capacidad de la mente humana para curarse a sí misma.
Como veremos en este capítulo, sugiero que, basándonos en los datos, tenemos un modelo totalmente al revés. En lugar de tratar de explicar los efectos de placebos, deberíamos considerar los efectos de los elementos curativos fundamentales de los placebos, porque ocurren no solo con el trabajo de Mesmer, sino con los medicamentos para el dolor, la depresión e incluso la cirugía, y activan nuestro circuito cerebro-corporal hasta las neuronas unicelulares de nuestro cerebro. Exploremos lo que sabemos sobre los placebos y lo que nos dicen sobre nuestra capacidad de curarnos.
¿Cómo funciona un placebo?
Muchos de nosotros hemos oído hablar de los ensayos clínicos aleatorios (ECA) controlados con placebo. Se trata de estudios de investigación en los que los pacientes son asignados aleatoriamente a diferentes grupos. Los de un grupo reciben algún fármaco activo (que se cree que tiene algún tipo de acción biológica específica) para ver cuáles son los efectos y si el fármaco ayuda a tratar una enfermedad. A los pacientes del otro grupo se les da un placebo (una píldora «ficticia» que tiene exactamente el mismo aspecto, pero que no tiene ninguna sustancia química conocida que estimule una acción biológica significativa). A continuación, se compara a las personas de esos dos grupos para determinar si el fármaco activo funciona midiendo sus efectos frente a los del placebo.
Si pensamos en cómo se ha explicado el efecto placebo en la medicina moderna, en realidad se enmarca en una teoría basada en el materialismo. Se basa en la idea de que la única forma de curar una enfermedad es tomando una sustancia fisicoquímica, el tratamiento «activo». Por lo tanto, si se proporciona una sustancia física inerte («inactiva») o lo que se supone que es un «tratamiento no activo», no deberíamos apreciar ninguna mejora.
Sin embargo, los científicos han observado una y otra vez que un sujeto de investigación que recibe la sustancia inerte o la versión «falsa» –el placebo– mejora por sí mismo sin necesidad de utilizar una sustancia química activa.
¿Cómo es esto posible? ¿Qué fuerza tiene el efecto placebo y qué nos dice sobre el poder que tienen nuestras mentes? Esto es lo que sabemos: los efectos placebo ocurren en muchos tratamientos para la depresión, el dolor, la enfermedad de Parkinson e incluso en la cirugía.
Podríamos pensar que los efectos placebo son mínimos y no tienen importancia. Pero, de hecho, los estudios muestran que los efectos del placebo son increíblemente fuertes para muchas diferentes poblaciones y en muchos entornos. A continuación se presentan algunos de los datos que nos hablan de la potencia de los efectos placebo.
Los placebos representan el 75 % de los efectos de los antidepresivos en la depresión
Has leído bien. Este sólido hallazgo científico no procede de un solo estudio, sino de muchos. La prueba científica de los efectos del placebo en los tratamientos de la depresión empezó a llamar la atención en 1998, cuando Irving Kirsch (entonces profesor del Departamento de Psicología de la Universidad de Connecticut y ahora director asociado del Programa de Estudios sobre el Placebo de la Universidad de Harvard) recopiló y analizó todos los resultados publicados de diecinueve ECA y 2.318 pacientes en un metanálisis.4 En estos estudios, comparó los efectos de los antidepresivos sobre la depresión en quienes recibieron píldoras de placebo en lugar de antidepresivos. Descubrió que en la depresión leve y moderada el efecto placebo y otros «efectos inespecíficos» representaban el 75 % de la reducción de los síntomas depresivos. ¡Solo el 25 % de la reducción de la depresión podía atribuirse a los fármacos activos!
Como puedes imaginar, este metanálisis suscitó bastante controversia entre los médicos y las empresas farmacéuticas estadounidenses. Por ello, Kirsch y sus colegas fueron un poco más allá para comprobar sus conclusiones en todos estos estudios. Consiguieron acceso a todos los estudios sobre antidepresivos recopilados por la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés), incluso los que nunca se publicaron en una revista de revisión por pares. Descubrieron que el 57 % de los ensayos de la FDA eran «fallidos» o «negativos», que no mostraban diferencia entre el placebo y el fármaco «activo». Con los datos de la FDA, los investigadores descubrieron que el efecto placebo representaba el 82 % de la respuesta al fármaco, ¡una prueba más del poder de los efectos del placebo en la depresión!5 El estudio se repitió recientemente con más ensayos de la FDA, con el mismo resultado.6
Estos resultados no se limitan a los estudios estadounidenses. En el Reino Unido, por ejemplo, el Instituto Nacional para la Salud y la Excelencia Asistencial también ha informado de que las diferencias entre los antidepresivos y los placebos son increíblemente pequeñas: solo hay una diferencia de tres puntos entre los placebos y los antidepresivos activos en las puntuaciones de depresión, lo que se considera una diferencia clínicamente insignificante.
Si tomamos los resultados de todos estos estudios en su conjunto, sugieren que nuestra mente podría ayudar a reducir nuestra depresión mucho más que los antidepresivos que tomamos. ¿Cómo podemos seguir maximizando el poder de nuestra consciencia para aliviar la depresión o, mejor aún, para prevenirla? ¿Son los antidepresivos la respuesta? El uso de antidepresivos va en aumento, y, sin embargo, también siguen aumentando los índices de sufrimiento por depresión.
Dada la cantidad de dinero que se gasta en antidepresivos y los residuos químicos que estos fármacos dejan en nuestras aguas, afectando a la vida marina, tenemos que preguntarnos si hay una forma mejor y menos tóxica de resolver la depresión como problema de salud mundial. Los descubrimientos del placebo con los fármacos antidepresivos nos piden examinar más de cerca lo que el efecto placebo nos dice sobre el poder de nuestras propias mentes (en la tercera parte de este libro ofrezco algunas pautas para fomentar el bienestar emocional).
Los efectos del placebo son importantes a la hora de reducir el dolor
Fabrizio Benedetti, profesor del Departamento de Neurociencia de la Universidad de Turín (Italia), y Luana Colloca, ahora profesora de la Escuela de Enfermería de la Universidad de Maryland y profesora honoraria de la Universidad de Sídney (Australia), han llevado a cabo algunas de las investigaciones neurocientíficas más interesantes y sólidas en el ámbito de los placebos y el dolor, o lo que suele llamarse «analgesia por placebo». A través de estudios cuidadosamente controlados con humanos y animales, en las últimas décadas ellos y otros investigadores han e...