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El gran sucesor
El destino divinamente perfecto del brillante camarada Kim
- 300 páginas
- Spanish
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- Disponible en iOS y Android
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El gran sucesor
El destino divinamente perfecto del brillante camarada Kim
Descripción del libro
La historia entre bastidores del ascenso y el reinado del tirano más extraño y escurridizo del mundo, Kim Jong Un, de la mano de la periodista con los mejores contactos y conocimientos del extrañamente peligroso mundo de Corea del Norte.
Desde su nacimiento, en 1984, Kim Jong Un ha estado envuelto en mitos y propaganda, desde lo que es una simple tontería -supuestamente podía conducir un coche a la edad de tres años- hasta las sangrientas historias de los miembros de su familia que perecieron bajo su mando.
Anna Fifield reconstruye el pasado y el presente de Kim con acceso exclusivo a fuentes cercanas a él y aporta su conocimiento único para explicar la misión dinástica de la familia Kim en Corea del Norte. La noción arcaica de un gobierno familiar despótico coincide con las penurias casi medievales que ha sufrido el país bajo los Kim. Pocos pensaban que un joven fanático del baloncesto, sin experiencia y educado en Suiza, podría mantener unido un país que debería haberse desmoronado hace años. Pero Kim Jong Un no sólo ha sobrevivido, sino que ha prosperado, favorecido por la aprobación de Donald Trump y el bromance más extraño de la diplomacia.
Escéptico pero perspicaz, Fifield crea un retrato cautivador del régimen político más extraño y secreto del mundo -uno que está aislado pero es internacionalmente relevante, en bancarrota pero con armas nucleares- y de su gobernante, el autoproclamado Líder Amado y Respetado, Kim Jong Un.
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Información
Categoría
LiteraturaCategoría
Ensayos literarios
05
Un tercer Kim
al timón
«Todo el ejército debería depositar su absoluta confianza y seguir a Kim Jong Un, y convertirse en fusiles y bombas humanos para defenderlo hasta la muerte».
Rodong Sinmun, 1 de enero de 2012
El joven tenía una buena razón para estar serio. Su padre había muerto. Kim Jong Un se encontró ocupando el papel de líder del Estado totalitario que prácticamente había inventado su familia. Entraba en el año más importante de su vida, el año que revelaría si era capaz de mantener el control de su estirpe sobre el país, o si, por el contrario, aquel brutal y anacrónico sistema finalmente se desmoronaría por completo.
Tenía que hacer valer su autoridad sobre hombres que llevaban trabajando para el Estado más tiempo del que él llevaba vivo y mantener bajo control a una población que había estado aislada del mundo exterior durante décadas. También tenía que repeler a una comunidad internacional que esperaba —y, en muchos casos, ansiaba— que fracasara.
La primera tarea era elevar el culto a la personalidad a su máxima expresión.
El 17 de diciembre de 2011, Kim Jong Il había sufrido un grave ataque cardíaco, derivado de «una gran tensión mental y física», mientras viajaba en tren para proporcionar orientación sobre el terreno en el norte del país, según anunció la veterana locutora Ri Chun Hee con voz temblorosa durante un boletín especial emitido a mediodía en la televisión estatal dos días después.
También había sido ella quien había anunciado entre lágrimas la muerte de Kim Il Sung en 1994. Entonces, como ahora, había asegurado a su audiencia que los norcoreanos no tenían de qué preocuparse. En esta ocasión tenían a Kim Jong Un, el «Gran Sucesor de la causa revolucionaria», para guiarles.
El joven vástago de veintisiete años, que ahora era «líder del partido, el Ejército y el pueblo», prosiguió la locutora, «triunfaría y completaría brillantemente» el credo revolucionario establecido por su abuelo casi siete décadas antes.
La noticia se extendió por todo el mundo. Corea del Norte entraba en una nueva fase extremadamente impredecible. El régimen intentaba algo insólito: una transición a una tercera generación de poder supuestamente socialista, altamente totalitario y que definitivamente no se había puesto a prueba.
Corea del Sur puso a su Ejército en alerta máxima. Japón activó un equipo de respuesta de emergencia. La Casa Blanca estaba sobre ascuas y se mantenía «en estrecho contacto» con sus dos aliados vecinos del régimen norcoreano.
En Corea del Norte ya se había preparado la propaganda; los altos funcionarios ocupaban sus puestos, y se habían adoptado —aunque apresuradamente— todas las medidas necesarias para garantizar que Kim Jong Un sucediera a su padre.
Solo faltaba que este entrara en escena y desempeñara su papel.
El primer papel, y el más importante, era el de desconsolado heredero. Kim Jong Un se aseguró de que el pueblo norcoreano lo viera como la continuación natural del linaje que había gobernado la nación durante las seis décadas anteriores. Como hiciera su padre diecisiete años antes, se erigía en modelo del tipo de aflicción de rostro ceniciento que esperaba ver en toda la población.
Kim Jong Un acudió al Palacio Memorial de Kumsusan, un mausoleo de 35.000 metros cuadrados y cinco plantas de altura, situado en el noreste de Pyonyang, donde yacía su abuelo desde hacía diecisiete años.
El palacio se construyó originalmente para ser la residencia oficial de Kim Il Sung, pero más tarde se convertiría en un monumento permanente con un coste que, según se rumoreaba, alcanzó los novecientos millones de dólares; un dinero que se gastó justo cuando la hambruna estaba en su punto álgido. Sin embargo, la prioridad del régimen no era alimentar a su población hambrienta, sino crear un gigantesco tributo al máximo responsable de la mala gestión que había contribuido a tantas muertes.
El cuerpo embalsamado de Kim Il Sung yacía expuesto en una vitrina, como una presencia amenazadora incluso en la muerte. Todos los días, un incontable número de norcoreanos vestidos de domingo se deslizaban al interior del enorme edificio en largos pasillos rodantes como los que generalmente pueden verse en los aeropuertos. También había un flujo constante de turistas de otros países, ya que llevar a extranjeros a rendir homenaje al déspota muerto era importante para mantener la mentira de que el Gran Líder era venerado internacionalmente.
En mis recorridos por los pasillos rodantes a través del mausoleo, siempre me resultaba fascinante observar a los norcoreanos que se desplazaban en dirección opuesta. Mientras se cruzaban conmigo, yo me preguntaba qué debían de pensar de aquel lugar. Tal vez les disgustara el hecho de que se destinaran tantos recursos a un cadáver, o puede que se sintieran realmente conmovidos al ver a un hombre que les habían dicho que era un semidiós. Muchos de ellos lloraban. Para otros, cuando menos representaba una oportunidad para ponerse sus mejores galas y pasar un día lejos del ajetreo de la vida cotidiana.
Ahora, Kim Jong Il yacía allí también.
Cuando entraron en el mausoleo, Kim Jong Un y su hermana, Kim Yo Jong, se pusieron a la cabeza del grupo de altos funcionarios vestidos de negro que iban a presentar sus respetos ante el cuerpo de su padre. Ambos iban enjugándose las lágrimas.
Su padre estaba tendido sobre una plataforma, vestido con su habitual chaqueta de cremallera, con la cabeza apoyada en una almohada redonda y el cuerpo cubierto con una sábana roja. El féretro estaba rodeado de flores: concretamente, una variedad de begonia roja que se había cultivado expresamente para que floreciera en su cumpleaños, denominada Kimjongilia en su honor. En Corea del Norte, hasta la Madre Naturaleza se veía obligada a inclinarse y servir al mito de la gloria de los Kim.[72]
Luego, once días después de la muerte de Kim Jong Il, se produjo su despedida pública.
Kim Jong Un organizó el último viaje de su padre, un largo y negro cortejo fúnebre que completó un circuito de cuarenta kilómetros por las blancas calles de toda Pyonyang. El trayecto estuvo acompañado de una densa e intensa nevada, una muestra de «la aflicción del cielo», como describiría más tarde un locutor de noticias norcoreano.
La procesión incluía dos automóviles Lincoln Continental de fabricación estadounidense: uno portaba el retrato de Kim Jong Il, cuyas dimensiones superaban las del propio vehículo, mientras que el otro llevaba su ataúd, envuelto en la bandera del Partido de los Trabajadores: la hoz y el martillo, los símbolos comunistas tradicionales, unidos por un pincel de caligrafía que representa la erudición.
Mientras el coche fúnebre se desplazaba lentamente por la plaza de Kim Il Sung, ocho hombres iban caminando al lado. En la parte delantera derecha del vehículo estaba Kim Jong Un, sujetando el retrovisor como para hallar un apoyo en su aflicción o tal vez para aferrarse a su amado padre todo el tiempo que pudiera. Su expresión era tan oscura como su abrigo. Pero no se veía a ninguno de los otros hijos de Kim Jong Il. No había señales del hermanastro mayor de Kim Jong Un, Kim Jong Nam, ni de su hermano Kim Jong Chul.
En cambio, en aquel grupo de ocho personas sí figuraba Jang Song Thaek, tío de Kim Jong Un, un personaje gregario que desempeñaba un importante papel en la gestión de las relaciones económicas de Corea del Norte con China. Jang formaba parte del círculo de allegados del líder gracias a su matrimonio con la h...
Índice
- Portada
- El gran sucesor
- Nota de la autora
- Mapa de la península de Corea
- Árbol genealógico de la familia Kim
- Prólogo
- Parte I. El aprendizaje
- Parte II. La consolidación
- Parte III. La confianza
- Epílogo
- Agradecimientos
- Índice
- Sobre este libro
- Sobre Anna Fifield
- Créditos
Preguntas frecuentes
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