Pasos firmes
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Pasos firmes

Taking Hold (Spanish Edition)

  1. 224 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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Pasos firmes

Taking Hold (Spanish Edition)

Descripción del libro

En este ultimo libro de su premiada serie de memorias, Francisco Jiménez deja todo atrás en California—una familia cariñosa, una novia devota, y la cultura que lo formó—para asistir a la Universidad de Columbia en Nueva York. Rara, honesta y auténtica de la experiencia de los latinos en los Estados Unidos de América, Pasos firmes ahora esta disponible en Español.

In this final book in his award-winning series of memoirs, Francisco Jiménez leaves everything behind in California—his loving family, devoted girlfriend, and the culture that raised him—to attend Columbia University. Singular, honest, and an authentic portrayal of the Latinx experience in the USA, Pasos firmes is now available in Spanish.

Llevando consigo recuerdos sobre años de pobreza y prejuicios sufridos, Francisco Jiménez entra en un mundo culturalmente diferente al suyo, uno que le hace cuestionarlo todo. ¿Podrá sobresalir entre sus compañeros de la Ivy League? ¿Cómo apoyará a su familia en casa, y a su padre en México, que está demasiado enfermo para trabajar?

Esta serie autobiográfica, honesta y conmovedora, ha encontrado un gran número ascendente de lectores. La obra de Jiménez cobra vida con detalles acerca del cariño y la resistencia de la familia y la búsqueda de la identidad contra todo pronóstico aparentemente imposible.

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Información

Editorial
Clarion Books
Año
2022
ISBN del libro electrónico
9780358621225
ISBN de la versión impresa
9780358621270

Decisiones

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Cuando apenas sentía que mi vida era más segura y menos estresante en mi segundo semestre, recibí una carta de la oficina de ayuda financiera de Columbia informándome que sólo me aprobarían la colegiatura de mi solicitud de ayuda financiera para el próximo año. La beca no incluía fondos para mis gastos básicos ni alojamiento. Yo dependía de una subvención para la vivienda no sólo para ayudarme a mí, sino también para ayudar a pagar el alquiler y la comida de mi familia. ¿Qué haría? Afortunadamente, Hans Rosenhaupt, director de la beca de la Fundación Nacional Woodrow Wilson, debió de haber anticipado este problema porque me aconsejó que mandara una solicitud a Stanford. “Stanford tiene más fondos para becas que Columbia”, escribió. Esperé ansiosamente la respuesta de Stanford.
El 8 de marzo, Stanford me notificó que me habían aceptado en su división de posgrado para estudiar en el Departamento de Lenguas Europeas Modernas y ofreció pagarme la colegiatura, pero por solo un año. Me entró el pánico, e inmediatamente le llamé a la oficina de la Fundación Woodrow Wilson y le dejé un mensaje al señor Rosenhaupt, explicándole el problema. Dos días después, me mandó una carta diciéndome que la fundación complementaría la beca con dos mil dólares para gastos básicos, ya fuera en Columbia o Stanford, y me sugirió que aceptara la oferta de Stanford. Escribió: “Otra razón más a favor de Stanford: ya han invertido en usted, lo cual es una buena señal de su interés, y parece pronosticar un apoyo en el futuro después del primer año. Respecto a los méritos relativos de ambos departamentos, no podría decir”.
Me sentí eufórico al oír la buena noticia. Pero ahora tenía que decidir entre continuar en Columbia o trasladarme a Stanford. Mi primer instinto fue irme a Stanford. Estaría más cerca de mi familia y Laura. Por otro lado, a finales de primavera en Columbia completaría mis clases para la maestría, y en el otoño, empezaría mi tesis de maestría bajo la dirección de Andrés Iduarte, el especialista en la literatura latinoamericana a quien yo tanto estimaba. Tampoco me gustaba la idea de mudarme otra vez y tener que empezar de nuevo. Seguí dándole vueltas al asunto y rezaba por una solución. Le llamé a Roberto y le expliqué mi problema.
—Nos gustaría que fueras a Stanford para que estés cerca de nosotros, pero tú sabes más sobre estas cosas que yo —dijo él—. Confía en tus instintos.
Decidí llamarle a Laura por un consejo. También confiaba en sus consejos. Además, fue en parte por ella que recibí la beca Woodrow Wilson y asistí a Columbia.
Cuando la Universidad de Santa Clara me nominó para la Beca Woodrow Wilson durante mi último año de la universidad, me sentí honrado pero convencido de que no tenía posibilidades de recibirla. Cuando le dije a Laura que no estaba seguro si debería solicitarla, que no tenía ninguna posibilidad de recibirla, me dijo:
—¡Claro que la tienes! Si no, ¿entonces por qué te nominaron? Si no mandas la solicitud, seguro que no recibirás la beca.
Así que llené la larga solicitud y la entregué por su apoyo y la confianza que tenía en mí. Para mi sorpresa, me aceptaron en los finales de la región, y después de una extensa entrevista con un panel de tres jueces, me notificó Hans Rosenhaupt que el comité de la selección nacional me había otorgado la Beca Woodrow Wilson.
Laura y yo no nos habíamos hablado desde enero, cuando le había llamado para decirle sobre mis notas en mi primer semestre. Con algo de nervios, le llamé por la tarde de una cabina telefónica pública en la residencia Hartley Hall y esperaba impacientemente para que se conectara. Cuando Laura contestó, su voz dulce y tierna me hizo sentir completamente tranquilo. Mientras le explicaba todos los pros y los contras de mi dilema, ella me interrumpía cortésmente con preguntas y comentarios que me hacían aclarar mis propios pensamientos. Cuando terminé, hubo una larga pausa. Luego me preguntó:
—¿Qué opinas?
Quería decirle que una de las ventajas de asistir a Stanford era que estaría más cerca de ella. Sin embargo, resistí porque pensando en la experiencia de cuando rompió conmigo sabía cuál sería su reacción.
—Si Stanford me garantizara una financiación cada año hasta que completara mi doctorado, yo optaría por asistir allí —respondí.
—Lástima que no lo hizo —dijo, simpatizando conmigo—. Pero en este caso, deberías basar tu decisión en lo que ya tienes en frente de ti. ¿Te tomará más tiempo completarlo en Columbia o en Stanford?
—Probablemente en Stanford . . . porque para el final de este semestre habré completado dos unidades de residencia en Columbia, y esas unidades no se transfieren.
—Entonces, ¿qué piensas que es lo mejor?
Después de un breve silencio le dije:
—Creo que . . . es mejor quedarme aquí en Columbia.
—Está bastante claro, ¿no?
—Supongo que sí.
Al final de nuestra breve conversación, le di las gracias por ayudarme a aclarar este asunto.
Unos días después de haber informado a Hans Rosenhaupt de mi decisión y mis razones, me escribió: “Después de examinar todas las ventajas y desventajas, finalmente he concluido que sí te convendría continuar en la Universidad de Columbia”.
Justo después de leer su respuesta, le mandé una carta a Laura.
“He recibido la carta de aprobación de la Fundación Woodrow Wilson. ¡Ya no hay más presión . . . ! Y después de colgar el teléfono el otro día, pensé en las tantísimas cosas que quería contarte, no de mucha significancia, sólo cositas que me gustan compartir contigo”.
Mi conexión con Laura me dio un sentido de confianza en mí mismo y un alivio de mi soledad. Me sentía ansioso por establecer un vínculo más fuerte con ella, así que con el paso del tiempo, mis cartas y llamadas eran cada vez más personales e íntimas. Pero Laura me paró los pies. En una de sus cartas me escribió: “No apresures nuestra relación. Déjala crecer por sí sola y disfruta de su belleza”. Sabía que tenía razón, pero mi corazón era impaciente.
A finales de mayo, Laura me envió su foto de graduación y una larga carta con sus planes para el próximo año. Ella iba a asistir a la Universidad Estatal de San José, comenzando en el verano, para obtener una acreditación de maestra de español en la escuela secundaria. También mencionó que había recibido una mención honorífica por la Medalla Saint Clare, el más alto reconocimiento que la Universidad de Santa Clara le puede otorgar a una alumna. No me sorprendió. Laura se esforzaba en todo lo que hacía y lo hacía bien.
A pesar de haber completado exitosamente mi primer año de la escuela de postgrado, sentí que necesitaba tiempo libre durante el verano para estudiar y leer en preparación para los exámenes escritos y orales requeridos para la maestría en humanidades. Pero también necesitaba trabajar a tiempo completo para ayudar a mi familia, como lo había hecho todos los veranos durante la escuela secundaria y la universidad. Mandé una solicitud a la Fundación Ford para una beca de verano de quinientos dólares para poder ir a casa, estudiar y trabajar a tiempo parcial. Recibí los fondos y ahora tenía que buscar empleo a tiempo parcial. Le escribí a la compañía de gas en Santa María, con la que había trabajado los tres veranos anteriores, y me rechazaron. No contrataban a tiempo parcial. Después me comuniqué con la señora Marian Hancock, una mujer elegante, fina y generosa que me había contratado durante las vacaciones de Navidad en mi segundo año de la Universidad. Me encargaba de entregar regalos a sus amigos que vivían en Santa María y en la Base Aérea Vandenberg, cerca de Lompoc. Ella me había dado un reloj de pulsera redondo y dorado para mi graduación. Me respondió en menos de una semana, dándome la buena noticia que sus amigos Tollie y Marie Golmon habían ofrecido contratarme a tiempo parcial para trabajar en su pequeña imprenta familiar, el Paramount Printing Company, en San José, California. Acepté el trabajo.
Aunque no pude estar con mi familia en Santa María ese verano, estaba contento de vivir cerca de Laura, quien iba a clases de verano en La Universidad Estatal de San José y trabajaba a tiempo parcial en la oficina de High Continental, una compañía de servicio alimentarios en la Universidad de Santa Clara. “Todo pasa por algo”, pensé.
Laura y su amiga compartían un apartamento en el segundo piso por la Calle 8 Sur en San José. Con la ayuda de los Golmon, encontré y alquilé un apartamento de una habitación con una cocina detrás de una antigua casa victoriana en el sur de la Calle 3 que estaba a sólo cinco cuadras del apartamento de Laura y a pocas cuadras de la biblioteca de la Universidad Estatal de San José, donde yo iba todas las tardes después del trabajo.
Disfrutaba trabajar cinco días a la semana para los Golmon en la Paramount Printing Company, desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde. Contestaba llamadas telefónicas y surtía pedidos de toda el área de la bahía.
Marie Golmon era bajita y rellenita, y tenía alrededor de sesenta años. Tenía una cara redonda angelical, piel pálida, labios delgados, ojos cafecitos y pelo corto y pintado de negro. En cambio, Tollie Golmon era alto y delgado, y tenía casi setenta años. Tenía una sonrisa pícara, piel bronceada por el sol, ojos azules y pelo gris. Su cuerpo me recordaba a Don Quijote. Marie y yo trabajábamos uno al lado del otro en la oficina de enfrente, y Tollie trabajaba en taller detrás de la oficina, supervisando un equipo de tres impresores. Cuando el trabajo era lento en la oficina de enfrente, Tollie me llevaba al taller y me explicaba en detalle cómo funcionaba la imprenta. “Te voy a enseñar los secretos de la impresión”, me decía. Toda la gente que trabajaba para él, incluyéndome a mí, se sentía como un miembro de la familia.
En las tardes, después de trabajar, Laura y yo nos dábamos una vuelta por el campus de La Universidad Estatal de San José y el parque cercano. Conversábamos de nuestras familias, nuestros estudios, y del trabajo, y parecía que con cada paso que dábamos me acercaba más y más a ella. Un día hasta le confesé que sus razones para terminar nuestra relación me dolieron, pero me hicieron quererla aún más.
—Me alegro de que me hayas dicho —dijo ella—. Tenemos que ser honestos y ayudarnos a crecer. Nuestra ruptura me dolió a mí también.
A finales del verano, sabía con todo el corazón que quería casarme con ella.
Antes de pedirle a Laura que se casara conmigo, tomé un autobús a casa ese fin de semana para decirles a mi madre y a Roberto y Darlene cómo me sentía. Este era el tercer fin de semana que había visitado a mi familia ese verano. No se sorprendieron cuando les dije. Habían conocido a Laura en mi graduación de la universidad y sabían que ella y yo habíamos sido buenos amigos por dos años antes de empezar a salir y que habíamos estado saliendo juntos todo el verano.
—Ya me lo esperaba —dijo Roberto, con alegría en sus ojos.
—Es una muchacha encantadora y lista —dijo Darlene, con una sonrisa de agrado.
—Ella es linda y muy buena gente, mijo. Merecen casarse —dijo mi madre.
—¿Cuándo piensan casarse? —preguntó Roberto.
—Pensaba que el próximo verano, pero . . . No estoy seguro de que pueda pagar los gastos. ¿Crees que debería esperar?
—Si te esperas hasta que tengas con qué pagar, nunca te vas a casar —dijo Roberto—. Mira el caso de Darlene y yo. Nos casamos y ninguno de nosotros tenía dinero. Su familia era igual de pobre que la nuestra. Pero trabajamos duro y lo logramos. Nos amamos y nos respetamos el uno al otro y tenemos dos niñas hermosas . . . La familia . . . esto es lo que importa, la familia. Así que comprométete de una vez y cásate el próximo verano. Todo saldrá bien, confía en mí.
—¿Y qué piensa usted, mamá? —pregunté—. ¿Está de acuerdo? No voy a poder apoyarla con mucho.
—Ay, mijo —dijo mi madre—, todo se puede con la ayuda de Dios. Mira, Trampita y Torito ya están trabajando. ¡Así que don’t worr...

Índice

  1. Cubrir
  2. Pagina del titulo
  3. Dedicación
  4. Reconocimientos
  5. Epígrafe
  6. Índice
  7. Dentro del campus
  8. Afuera del campus
  9. La separación
  10. Primeros encuentros
  11. Una revolución
  12. Días de soledad
  13. Altibajos
  14. Harlem al lado
  15. Decisiones
  16. Una sorpresa
  17. Concentración
  18. Rebelión interna
  19. Tan lejos, pero tan cerca
  20. Hoy he nacido
  21. Nuestro propio hogar
  22. La vida en Grymes Hill
  23. Un paso más adelante
  24. Un novato
  25. A mi alcance
  26. Una nueva vida
  27. Traspasar los límites
  28. En mano
  29. Una maravilla
  30. Pasos firmes
  31. Nota del autor
  32. Sección de fotos
  33. Sobre la autora
  34. Anuncio trasero
  35. Derechos de autor
  36. Sobre el editor