Cien cartas a un desconocido
«EREWHON - RETORNO A EREWHON»,
DE SAMUEL BUTLER
Heredero de Swift y precursor de la ficción científica, outsider enconado en la Inglaterra de finales del siglo, Samuel Butler gozó de una extraordinaria fortuna póstuma. Su novela El destino de la carne está considerada la obra maestra de la reacción antivictoriana; sus Diarios se revelaron como una mina de aforismos afilados, anécdotas memorables, perfidias y paradojas.
Pero su libro más rico, sorprendente y actual resulta, hoy más que nunca, Erewhon, que fue publicado de forma anónima en 1872 y cuya continuación fue, casi treinta años más tarde, Retorno a Erewhon. «Puse en Erewhon todo lo que pensaba», escribe Butler en una carta. De hecho, en este libro, más que en ninguno de los suyos, Butler da rienda suelta a su capciosa e irreverente inventiva teológica y moral, a su incontenible impulso para combinar e hibridar las ideas, para deformar los paradigmas de la vida social.
Erewhon, anagrama de Nowhere, es un mundo imaginario, un «Ningún lugar» en el que encontramos la versión moderna de una antigua figuración mitológica: el «mundo al revés». En Erewhon los enfermos son encarcelados y procesados; las víctimas son consideradas inmorales; los delincuentes van al hospital o bien son atendidos a domicilio por médicos del alma llamados «enderezadores»; las máquinas han sido destruidas hace siglos, desde que un libro revolucionario demostró que ellas eran el prototipo de una nueva especie superior, perfecta y feliz, destinada a suplantar al hombre según la ley de la evolución. A lo largo de la novela conocemos instituciones fascinantes: los Bancos Musicales, los Colegios del Desatino, el lenguaje hipotético. Hilarantes mitologías ilustran la vida prenatal.
En Retorno a Erewhon (que publicamos en italiano por primera vez), la sátira de las ideas y de las instituciones occidentales es llevada al extremo y todos los temas de la novela anterior son renovados. Así asistimos a la progresiva y sorprendente transformación del «Ningún lugar» en el «Por doquier», y la parábola concluye con sufrida ambigüedad.
Ambos libros nos muestran las dos caras de la utopía de un gran misántropo. A través de una serie de escenas, intrigas y divagaciones de irresistible comicidad, Butler nos somete a una tan sutil como saludable deseducación: nuestro mundo, visto con mirada extrañada gracias al artificio del viaje imaginario, se revela en sus apetitos más absurdos y malignos. Pero probablemente lo que más sorprenderá a los lectores de hoy será la clarividencia de Butler sobre el futuro de una civilización tecnológica que se ha vuelto ya, para nosotros, una realidad presente.
1965
«PLANILANDIA»,
DE EDWIN A. ABBOTT
El potencial novelesco de la geometría, como el de cualquier otra disciplina rigurosa, es enorme. El reverendo y pedagogo Edwin Abbott Abbott (1838-1926), que en más de un aspecto nos recuerda a su contemporáneo Lewis Carroll, ofrece una demostración memorable de ello en el cuento que aquí presentamos. Mundo bidimensional habitado por segmentos, triángulos, cuadrados, polígonos varios o círculos sublimes, Planilandia (o País del Plano) nos es presentado con pericia etnológica y nítido humour por uno de sus habitantes, un excelente Cuadrado. En ese mundo, las jerarquías son inmediatamente evidentes: se pasa de los vulgares y angulosos Triángulos (los obreros) a los más respetables Cuadrados y Pentágonos (los profesionales) y a los nobles Polígonos, que se aproximan indefinidamente a los Círculos (los sacerdotes), en los que la fea naturaleza angular queda del todo anulada. Las mujeres son Segmentos, y su naturaleza baja e infiel está implícita en su forma, que resulta sin embargo de un supremo y temible poder, como se demuestra en algunas páginas de hilarante misoginia. Se nos introduce así en la compleja legislación y en los irresueltos problemas de Planilandia; y conocemos la historia con frecuencia dramática del país. Asistimos a los emocionantes encuentros del Cuadrado narrador con el mundo unidimensional de la Linelandia (o País de la Línea) y con la conmovedora realidad del espacio tridimensional, descubierta a través del diálogo con una Esfera.
Se revela en este punto la sutileza especulativa del libro. El lector tridimensional ha partido desde una posición de superioridad omnisciente: lo que para los habitantes de Planilandia es oscuro e inextricable resulta para ellos una absoluta evidencia, así como nuestro mundo, oscuro e inextricable, podría parecerle un juguete imperfecto a una maligna divinidad que lo hubiese creado. Pero este mecanismo de mundos concéntricos, incompatibles e incomunicados, en verdad pone en duda nuestros propios puntos de referencia, y el libro se cerrará con la inquietante hipótesis de una Cuarta Dimensión. En un juego de espejos, esta última suposición nos da a entender que nuestro mundo tridimensional es probablemente observado por un mundo ulterior con la misma superioridad e indiferencia que nosotros mostramos hacia los habitantes de Planilandia, y la perspectiva se abre así a una multiplicidad de mundos, cada uno ciego e insensible a su manera, encapsulados uno en el otro.
No falta quien haya querido ver en el cuento de Abbott una sorprendente anticipación de la teoría einsteniana, y de hecho el libro se ha convertido en una apetitosa lectura para matemáticos y científicos. Pero Planilandia es un universo fantástico, minúsculo y perfecto y, como tal, resulta ante todo un ejercicio inagotable de imaginación. Nos lo demuestra, con el calor y la penetración de quien descubre un parentesco inesperado, el ensayo de Giorgio Manganelli que publicamos como apéndice.
1966
«EL RELATO DEL PEREGRINO»,
DE SAN IGNACIO DE LOYOLA
En el relato de su vida, San Ignacio pasa por alto los acontecimientos anteriores a 1521, año de su conversión. Como en otras grandes autobiografías religiosas, nos es presentada la imagen de una existencia dividida en un antes y un después inconmensurables y discontinuos. Nacido en 1491, Ignacio fue hombre mundano durante la primera parte de su vida. Hombre de corte y caballero, sus máximas ambiciones radicaban en el ejercicio de las armas. No faltan en ese período de su juventud los episodios oscuros, como el proceso al que se le somete en 1515 por un delito grave, cuya naturaleza permanece oculta. En 1521 participa en la defensa de la fortaleza de Pamplona, asediada por los franceses. Herido en una pierna por un disparo de mortero y hecho prisionero, más tarde se le permitió volver a su tierra. Durante la larga convalecencia, que lo redujo a la inmovilidad y a la soledad, pidió novelas caballerescas, a las que era aficionado; pero sólo le dieron dos libros de devociones, una Vita Christi y la Leyenda áurea. En el origen de su conversión se encuentran, de hecho, la lectura de estos dos libros o, más precisamente, la experimentación radical de su acción sobre el alma, primer y muy personal ejemplo de esa «discreción de los espíritus» que se volverá el fundamento de la prodigiosa ciencia psicológica de los Ejercicios espirituales. Una vez curado, Ignacio abandona su casa y rompe con la vida anterior, encaminándose hacia el sendero que cambiará al caballero mundano Íñigo de Loyola por el estratega sobrenatural Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. El recorrido entre estos dos puntos se cumple a través de una historia tortuosa y violenta que en la narración autobiográfica nos revela progresivamente la excepcional complejidad de la figura de San Ignacio. En él se yuxtaponen, en un nudo inextricable, unas características que parecen incompatibles: el visionario y el estratega, el político y el extático. Es el «contemplativo de la acción», según la perfecta definición de su compañero Jerónimo Nadal. Pero San Ignacio, en su autobiografía, prefiere darse este nombre: el Peregrino. La imagen que quiere mostrar es la de un hombre volcado en seguir hasta las últimas consecuencias un camino ya trazado.
El relato del peregrino, dictado por San Ignacio en sus últimos años (1553-1555) al devoto Gonçalves da Cámara, es precisamente el recorrido de su vertiginoso itinerario: una prosa rápida y áspera, del todo privada de melindres literarios, que conserva el aliento de la narración oral. No se hace diferencia entre hechos e introspección: los casos y los incidentes, las visiones, las gracias y las desgracias se asumen con la misma naturaleza de signos envueltos en el intercambio continuo que tiene lugar entre el Peregrino y Dios: cada dato es un movimiento en un juego absoluto entre dos partes infinitamente desiguales.
La revelación de Manresa, los viajes a Palestina y a Italia, los estudios en París, las persecuciones y la formación de la Compañía de Jesús –todas las aventuras más notables de la vida de San Ignacio se nos aparecen en esta perspectiva como vistas por una mirada que irreductiblemente se vuelve hacia el interior. Así, el tono y el estilo de la narración no se corresponden en absoluto con los cánones hagiográficos. No existe ningún momento de indulgencia, de comentario, de apología, sino sólo un registro de los hechos, un denso catálogo de particularidades que penetran profundamente en la memoria.
Tras permanecer inédito durante tres siglos y medio, El relato del peregrino fue publicado en su texto original a principios del siglo XX. Desde entonces se ha reconocido cada vez más la gran importancia de esta obra, no sólo en cuanto documento histórico y de devoción, sino como obra maestra de la literatura autobiográfica.
1966
«TEATRO COMPLETO»,
DE CHRISTOPHER MARLOWE
«Christopher Marlowe, padre de la tragedia inglesa y creador del metro poético isabelino llamado blank verse, nació en Canterbury en 1564. En 1587 se licenció en letras por Cambridge; para entonces ya había escrito la primera tragedia digna de tal nombre en lengua inglesa, y dado vida al más excelso y difícil de todos los metros poéticos no líricos, el único que sus compatriotas, a partir de entonces, consideraron adecuado para la tragedia en verso. Su primera obra, en dos partes, fue Tamerlán el Grande; le siguieron Doctor Fausto, El judío de Malta, Eduardo II y La matanza de París. La tragedia de Dido fue probablemente completada, tras su muerte, por Thomas Nash. “Famoso ornamento de los trágicos” lo llamaba aún en vida su contemporáneo Greene. Fue, de hecho, uno de los más grandes poetas ingleses. Acerca de su muerte sólo se sabe que recibió una herida letal en una reyerta de taberna, a la edad de veintinueve años... Marlowe es el mayor descubridor, el pionero más audaz y más inspirado de toda la literatura poética inglesa.»
De esta forma otro poeta, Charles Algernon Swinburne, presentaba a Marlowe a finales del siglo XIX, en pleno redescubrimiento de los isabelinos. Desde entonces, la obra de Marlowe no ha cesado de ser reivindicada. No faltan motivos: muchos componentes, en ese repertorio de la incandescencia y del exceso, corresponden a otros tantos puntos descubiertos y afines a nuestro tiempo. Ante todo su concepción del teatro: el teatro de Marlowe pasa por alto y excluye la reducción de los hechos a una convención psicológica que será, en diversas formas, la línea dominante en el teatro europeo de las épocas posteriores a él, hasta derivar en el naturalismo. A la inversa, en Marlowe la psicología queda totalmente absorbida por los acontecimientos, y la acción, a su vez, está contenida en el poder exorbitante de la palabra. Más que individualidades psicológicas, o caracteres inocuos, sus protagonistas son manifestaciones de poderes naturales –y de ahí su aspecto sobrehumano e hiperbólico. La intriga de sus tragedias parece seguir los choques, las separaciones, los encuentros y la aniquilación de los elementos de la naturaleza.
En este gran poeta, sabio y especulativo, actuaba una poderosa carga arcaica; el fasto de su verso se presenta como un sacrificio desenfrenado, una autocombustión de la palabra, un despilfarro propiciatorio. Su énfasis es prehistórico y ceremonioso. Sólo la rueda del destino marca el tiempo de su teatro y sus invenciones tienden a asimilarse a la vida biológica, a un simple aparecer, culminar y desaparecer. El paradigma de este proceso será la maravillosa aventura de Tamerlán, o la mezcla de las suertes en Eduardo II, así como la prueba de su carácter infalible es La trágica historia del doctor Fausto. Esta idea del teatro y de la literatura, en torno a la cual gravita la obra de Marlowe, sería considerada anticuada e impracticable por sus sucesores, hasta quedar sepultada en las profundidades del olvido. Pero hoy, cuando lentamente volvemos a darnos cuenta de la enorme riqueza de tantas vías abandonadas y excluidas, la obra de Marlowe nos atrae como el camino hacia una literatura virtual que tiene toda la arbitraria complicación del artificio y, al mismo tiempo, la necesidad de un proceso natural.
1966
«NUEVE PUERTAS»,
DE JIŘÍ LANGER
En el verano de 1913 un joven estudiante de Praga abandona a su familia para marchar a un pueblo perdido de la Galitzia orienta...