La Europa eslava
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La Europa eslava

Descripción del libro

El mundo eslavo, poco accesible durante muchas décadas a los europeos occidentales, es, más allá de guerras y tópicos, un escenario en movimiento y apasionante. El autor, nunca solo, recorre en coche, autobuses, trenes o barcos, siete de estos países, se adentra en sus ciudades, navega por sus caudalosos ríos, se sienta a su mesa. Cuatro de ellos son católicos –Polonia, Eslovenia, Croacia y la República Checa– y beben mucha cerveza; tres son ortodoxos –Rusia, Ucrania, Crimea en medio, y Bulgaria– y se inclinan al vodka. Tienen magníficos escritores que apenas conocemos al oeste, gentes sufridoras y trabajadoras que tardan un poco en abrirse al viajero, ciudades radicalmente transformadas en pocos años, mucha historia detrás, alguna que quiere olvidarse, otra que se rescata. De todo ello se habla en unas páginas con preguntas y reflexiones, pero llenas también de descripciones incisivas sobre paisajes hermosos, a veces como en Rusia inmensos, a veces como en Eslovenia, íntimos.

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Información

Año
2020
ISBN del libro electrónico
9788478988648
Categoría
Viajes
1. DE RUSIA A EUROPA: BULGARIA
1.1. Sofía, el cambio
1.1.1. Sin Dimitrov ni Zhivkov
Viajé a Bulgaria en el verano de 2001. Tres semanas escasas en un microbús ocupado por apenas una quincena de españoles que recorrían el que por entonces era, probablemente, el país más barato del continente, a punto de entrar en la Unión Europea. Visitamos una veintena de ciudades y pueblos y media docena de monasterios y lugares singulares. Creo que aprovechamos el tiempo.
Mala coyuntura, sin embargo. El país atravesaba una profunda crisis económica una década después de la caída del comunismo. No había siquiera líneas aéreas nacionales y el vuelo lo hicimos vía Suiza, con una Swissair antaño prestigiosa, pero que, paradojas, desaparecería a los pocos meses. La crisis búlgara se palpaba de inmediato por el visible desmantelamiento de muchas grandes empresas, obsoletas e inviables, por tantas largas naves industriales cerradas, rotos los cristales de sus ventanas, los muros atiborrados de grafiti, en la periferia de las grandes ciudades; luego esa crisis era ratificada por datos más humanos, se constataba en los mercados y comercios, en el transporte público, y estaba el dato elocuente del desempleo y de la intensa emigración, con un declive de población confirmado por cada censo; cundía el pesimismo, y eso se notaba aun sin saber búlgaro. En las elecciones que acababan de celebrarse había triunfado el partido que encabezaba Simeón de Bulgaria y se daba la circunstancia, probablemente sin precedentes, de que el país iba a ser gobernado por un rey proveniente del exilio, perteneciente a una monarquía destronada más de medio siglo antes, que lo iba a hacer como jefe de Gobierno de una República. Gobernó cuatro años y preparó el ingreso del país en la Unión Europea, pero perdería el poder en las elecciones siguientes, las de 2005.
Mientras organizaba el viaje constaté, con alguna sorpresa, la escasez de publicaciones sobre Bulgaria en el mercado español; alguna discreta guía turística y poco más. Los escritores búlgaros eran desconocidos —siguen siéndolo— y naturalmente la historia, el arte o su proceso democrático parecían interesar bien poco. Una película búlgara de 1972, Cuerno de cabra, dirigida por Metodi Andonov, tuvo, por excepción, cierto eco en España, era una historia de venganza rural tras una violación. El único escritor conocido —Todorov, premio Príncipe de Asturias en 2008—, es un intelectual residente en Francia que lleva fuera de su país casi más de medio siglo (el internacional Elías Canetti, aunque nace en Bulgaria de familia sefardí, solo vive en el país hasta los seis años). A finales del mismo año de nuestro viaje aparecería Bulgaria: cambio social y transición a la democracia, de Manuel Roblizo, y en 2007 —el año del ingreso del país en la UE— una traducción de la Historia de Bulgaria del profesor de Oxford R. J. Crampton. En 2003 se editaba en español El misterioso caballero del libro sagrado, de Antón Dónchev, varias veces candidato al Nobel de Literatura, que tuvo poca repercusión. Y su obra más relevante, Tiempo de elegir, sobre la obligada «bulgarización» de la minoría turca a finales del periodo comunista, permanece, que sepamos, inédita.
Hubimos, pues, de recurrir a obras en inglés. O a la traducción al francés de Bajo el yugo, la popular novela de Ivan Vazov que narra la insurrección búlgara contra los turcos. Ya en 2012, una década después de nuestra visita, leí Al este de occidente, conjunto de alabados relatos cortos de Miroslav Penkov, que escribe bien y escribe sobre los búlgaros. Pero Penkov emigró con 18 años de Bulgaria a EE.UU., donde vive, y su lengua literaria es el inglés. Habla de los búlgaros del siglo XX, incluso de los gitanos búlgaros y de la minoría turca.
No es una falta de recepción cultural solo española. Claudio Magris, que la visita en 1986, en los últimos años del comunismo, constata: «de todos los países del Este, Bulgaria sigue siendo hoy el más desconocido, un lugar en el que rara vez se ponen los pies y que parece un escenario de intrigas improbables e inverificables».
Tres lustros después de nuestro viaje, Bulgaria sigue siendo a mi juicio poco conocida y valorada por los españoles, aunque tantos búlgaros —360000 en 2008— hayan buscado trabajo en la península ibérica antes de la crisis desencadenada en ese año. Pero Bulgaria, aun con su crisis a cuestas, estaba cambiando a fondo cuando la visitábamos. El hotel de Sofía en que nos albergamos era bien reciente y cómodo y en la habitación podía disfrutar de un generoso número de canales de televisión, incluida TVE internacional y, para mi sorpresa, Canal Sur, de Andalucía. Cerca del hotel, la vieja estación de ferrocarril, todavía con sabor a otros tiempos, aunque pronto —se anunciaba, y así fue— habría una nueva y muy funcional. Eran también muchos los síntomas de cambio, de nuevos tiempos, en el comercio y en la publicidad, en los periódicos, en el transporte, mientras las ciudades remozaban fachadas y cobraban color. Sofía se mostraba como una ciudad que mudaba de relevante pero triste núcleo industrial y burocrático a metrópoli de servicios, donde viven uno de cada siete búlgaros, notaba la crisis mucho menos que el resto del país y crecía mientras el conjunto de Bulgaria perdía población. Advertía mucha gente leyendo prensa, herencia, positiva en este caso, de los años del comunismo. A ojos de latinos, el pueblo búlgaro puede parecer retraído o incluso algo hosco. A poco que te acerques a él constatas que el retraimiento tiene su parte de timidez, que son gentes sencillas con ganas de agradar, un pueblo baqueteado al que pocas veces han dejado mostrarse como es.
Sofía resultó ser, además, una ciudad mucho más grata y accesible de lo esperado, barata en general, llena de jardines y bosquecillos donde descansar mientras se la recorre, también de ruidosos tranvías. Entenderse en lo básico con los búlgaros, pese a mi mínimo dominio del idioma y de los caracteres cirílicos, fue factible, una vez también que asimilas que el sí y el no a menudo se gesticulan de forma opuesta al resto del mundo (pero qué país no va en algo contra el resto del mundo, que se lo pregunten a los conductores británicos). El búlgaro es amable, sin exceso ni servilismo, y hace un esfuerzo por entenderte, lo que comienza a ser raro al otro lado de Europa. Empero, los contrastes entre el centro de la ciudad, lleno de palacios y palacetes, heterogéneas iglesias, alguna mezquita, estatuas y glorietas, con muchos edificios restaurados con buen gusto o en trance de cambio, y la monótona periferia configurada por nueve lustros de arquitectura sin gracia resultaron brutales.
Casi todo lo relevante es históricamente reciente en ella, del XX —sobre todo los fructíferos tres o cuatro lustros anteriores a la primera guerra mundial— o de finales del XIX. No extraña. Es una ciudad milenaria e importante desde los tracios a hoy, pero es la capital de un Estado consolidado apenas a partir de finales del XIX. Una ciudad que multiplica por ocho sus habitantes entre la independencia y el inicio de la Segunda Guerra Mundial, poco más de medio siglo. Lo esencial, además, está en torno a un eje de unos dos kilómetros, en gran parte a uno y otro lado del bulevar Osvoboditel. Pero no busque el viajero un estilo dominante, una definición fácil, cada edificio responde a una época, y junto a los pesados y uniformes bloques de los años del comunismo están los palacios o teatros neobarrocos y neoclásicos, las iglesias de cúpulas doradas, los oscuros memoriales a héroes y ahora los edificios de cristal de los nuevos bancos y los centros comerciales. Los contrastes son fuertes y continuos. Pero ya no hay mausoleo a George Dimitrov, el nombre que resume la historia del comunismo búlgaro, décadas de oscuridad, ni sus sucesores, como Chervenkov, el símbolo del estalinismo, o el eterno Zhivkov. El de Dimitrov estuvo situado frente al viejo Palacio Real, hoy Museo Nacional de Bellas Artes. Hasta 1990. Ya no queda monumento alguno en su memoria. Sofía, como toda Bulgaria, ha pasado esa página. Ha cambiado.
1.1.2. Tres culturas
Se suele iniciar la visita a Sofía por el amplio espacio de la plaza Sveta Nedelya, que es el corazón de la ciudad. Yo llegué a ella desde la Knyaginya Maria Luiza y al bajarme del repintado tranvía me llamó de inmediato la atención el Mercado Central, que no es muy grande, pero sí agradable. Es, también aquí, como en tantas ciudades europeas, un edificio de traza entre modernista y neobizantina, con interior de hierro, construido en 1910-1911, que ha sido restaurado recientemente con sencillez y mucha alegría. En uno de los puestos, una carnicería, domina un gran cartel taurino español. Da que pensar. Tras ese elegante mercado, más caro, claro, que los del resto de la ciudad, está la sinagoga, otro edificio de principios del XX; lo sorprendente aquí, además de la amplitud, es su estilo, de un vago aire hispanoárabe. Sefardí, dice un guía. Seriamente dañado en la Segunda Guerra Mundial, luce ahora una buena restauración. Bulgaria presume hoy de que durante la Segunda Guerra Mundial los 50 000 judíos residentes en el país por entonces consiguieron eludir los campos de concentración nazis.
Enfrente del mercado está la mezquita de los Baños, la principal de la ciudad, vuelta al culto tras décadas cerrada. Es del XVI y toda una clásica mezquita turca, casi un cubo macizo, aunque con estilizado minarete. Es obra de Sinán, el más relevante arquitecto otomano del XVI, y el más prolífico, pues se dice que construyó más de 300 edificios, que deja en Sofía otra notable huella, la antaño mezquita y hoy iglesia ortodoxa de San Cirilo y San Metodio. Mezquita fue también, y se nota, pues era nada menos que la mezquita mayor, el actual Museo de Arqueología, no lejos.
Pero la presencia musulmana en Sofía, se advierte, es menor que en el conjunto del país y sobre todo que en el sur. Quizá porque aquí la represión contra los musulmanes, sobre todo la última oleada, la de 1980-1985, fue especialmente dura.
Junto a la mezquita de los Baños se extienden unos pequeños pero muy concurridos jardines y al otro lado están precisamente los baños que dan nombre al área, antiguas termas y hoy otra ancha construcción de estilo secession y sabor neobizantino, con sus pequeñas cúpulas laterales, obra del arquitecto Petko Momchilov (1906-1912). Dentro, barandillas modernistas, blancos azulejos, techos de alegres colores, pero despintados y con grietas, todo denuncia que hubo tiempos mejores. La historia de tantos balnearios europeos. Este al menos, según medio traduzco, camino de convertirse en museo del agua.
Cerca, los macroedificios con las sedes del Gobierno y la presidencia de la República, uno frente a otro, dos bloques supuestamente clásicos. Cuando pasamos ante el segundo es el momento del cambio de guardia. No hay mucho público para verlo, sencillamente, supongo, porque hay pocos turistas y el ciudadano búlgaro ya se ha familiarizado con la breve ceremonia. Entre los dos bloques está la que fuera imponente sede del Partido Comunista, con la columnata y la misma solemnidad arquitectónica que sus vecinos.
A espaldas de la Presidencia está el Hotel Sheraton (y muy cerca la embajada de EE. UU., bien protegida, según observo). Los dos edificios forman un amplio rectángulo en cuyo patio interior están las mejores ruinas de la ciudad, con los restos de la iglesia de San Jorge, a más bajo nivel. Larga historia: templo paleocristiano saqueado por los hunos, restaurado por los bizantinos, luego mezquita turca... La iglesia, redonda, tiene bellos frescos, bien restaurados. Son una sorpresa esa iglesia de ladrillo y esas ruinas romanas a espaldas de dos edificios asépticos con centenares de ventanas, poblados de burócratas y hombres de negocios. Pero no es la única sorpresa del lugar porque cerca, en la misma plaza, bajando unos escalones, está la pequeña iglesia bizantina de Santa Petka, con frescos, y no faltan en un centro comercial subterráneo restos de las viejas murallas. Se agradece la conservación.
La iglesia que da nombre a la amplia y compleja plaza es otra historia de devastaciones y reconstrucciones. No es hoy una iglesia atractiva, pues la última e intensa reconstrucción data de bien entrado el siglo XX, pero el interior es espacioso y gusta por su iconostasio. No deja de resultar significativo que en este espacio y tan próximas se ubiquen la sinagoga, la principal mezquita y varias de las iglesias más antiguas de Sofía. Es un símbolo de tolerancia en la Bulgaria contemporánea. Y lo avala ese aludido hecho, poco reconocido fuera, de que Bulgaria fue, junto con Dinamarca, uno de los pocos países que, bajo el dominio nazi, supieron resistirse al holocausto.
Junto a la iglesia está el amplio edificio del Instituto de Teología (1905), obra de Momchilov, cuyo estilo alegre, realzado por el uso intenso e inteligente de la cerámica vidriada, voy asimilando. Aquí se inicia el bulevar Vitosha, los Campos Elíseos o las Ramblas de Sofía, con sus cafés llenando aceras, sus oficinas de cambio y los restaurantes. Al fondo la montaña boscosa, oscura, muchos meses al año con nieve, que da nombre a la calle. También un parque, de nuevo muy concurrido, ante el Palacio Nacional de la Cultura, una de las últimas construcciones (data de 1981) del periodo comunista, pero ya sin la severidad del estalinismo, aunque impacta también el elevado monolito cercano con el símbolo de la hamburguesería más internacional. Muy fotografiado, según observo —y confirmaré luego viendo las fotos de Sofía que se ofrecen en Internet—, mudaron los tiempos.
1.1.3. La catedral y los rusos
La catedral, que tiene nombre de santo y de héroe popular, Alexander Nevski, es de un ambicioso aunque algo insípido estilo neobizantino, alegrado en su interior por mármoles italianos y con una cripta-museo de iconos. Que la catedral metropolitana lleve el nombre de un héroe-santo ruso y no búlgaro es algo que inevitablemente llama la atención. Pero pronto me acostumbro a esa devoción de los búlgaros por la Rusia eterna, no en balde deben su independencia a la guerra ruso-turca de 1877-1878. Cuatro años después se inician las obras de este templo, que tiene una indudable unidad estilística y se inaugura en 1924. La rusofilia parece estar mucho más en el pueblo que en las elites, conscientes estas de los afanes de muchos dirigentes rusos por convertir Bulgaria en protectorado en bien distintas etapas.
Su situación convierte esta catedral sin altas torres en el otro corazón de la ciudad, junto a la plaza Sveta Nedelya. Delante tiene una amplia explanada, que favorece las perspectivas, y está la basílica de Santa Sofía, que data de la Alta Edad Media, desnudo edificio de ladrillo que ha sufrido muchos avatares, templo que algunos historiadores del arte consideran prerrománico, y que por fuera no anuncia su interior, con bellos frescos. Y están el generoso mercadillo de iconos —a precios muy asequibles— y la iglesia del Santo Sínodo, que es hoy sede del patriarcado ortodoxo. Un edificio de dos plantas y otro encuentro con la arquitectura inconfundible y algo cursi de Petko Momchilov.
No faltan en el entorno catedralicio monumentos no muy afortunados, como el del poeta Ivan Vazov o el del líder nacional Vasil Levski, este sería el primero erigido en la ciudad tras la independencia. Y está el monumento, de estructura piramidal, a los médicos liberadores, uno de los varios, al menos cuatro, según constato, que mantienen en la ciudad los rusos, que no podrán acusar a los búlgaros de desagradecidos. Este, en el centro de unos jardines, está dedicado a los 531 médicos y enfermeros que perecieron en la guerra ruso-turca defendiendo a Bulgaria. Detrás de la catedral están también el Museo de Arte —arte internacional, no búlgaro—, la Biblioteca Nacional, precedida por la escultura de los dos hermanos santos e inseparables, Cirilo y Metodio, que crean el alfabeto cirílico, la Universidad... No lejos tampoco, a la derecha, el teatro de la Ópera, otra severa construcción de columnas jónicas y, a un lado de la fachada, la estatua de Alexander Stamboliski, dirigente agrario de entreguerras para el que nunca falta una calle —o una plaza, como Shumen— en cualquier ciudad búlgara.
Bajando desde la catedral por suave pendiente hacia Osvoboditel, alcanzo el amplio espacio delimitado por el Parlamento, alegre edificio blanco, a un lado, el funcional y escasamente original Hotel Radisson, casi semicircular, al otro, la Academia de Ciencias, con fachada de tonos pastel, en una esquina, y el monumento al zar ruso Alejandro II (1907) en el centro, obra de un escultor florentino, Arnoldo Zocchi, que aquí ofreció una de sus mejores obras. Siguiendo la avenida hacia la periferia se llega al conjunto monumental a la Victoria, que es en rigor un monumento a la doble liberación de Bulgaria por los rusos en 1878 y en 1944. Pero aquí algo falla. El abandono es manifiesto y no faltan pintadas y carteles poco gratos al mantenimiento del conjunto.
No lejos de la catedral se encuentra la iglesia rusa de San Nicolás, reducido templo de la misma época, inicios del XX, con sus pequeñas cúpulas doradas. Me atrae más que la catedral, acaso por la novedad que, dado mi escaso conocimiento aún de las formas rusas, representa. Tal vez también porque no tenga otra ambición que la de ser una rigurosa imitación de la más clásica arquitectura religiosa rusa. Dicen que la costeó allá por 1912-1914 un embajador ruso que quería cumplir con sus deberes religiosos en un templo con el que sentirse identificado. Y quién le niega en Bulgaria ese favor al embajador ruso si además lo pagan entre él y su comunidad...
Callejeamos al atardecer, con temperaturas agradables y muchos viandantes. Visitamos, un poco a trasmano de rutas turísticas, la ya citada y amplia iglesia de San Cirilo y San Metodio. Desembocamos en una plaza, Slaivekov, con mercadillo de libros; para mi desgracia hay muy poco en idiomas occidentales, salvo guías turísticas. Localizo un anuario muy completo de finales del periodo comunista, en inglés, no oculto mi interés, pido su precio y me dan una cifra disparatada.
Fuera de la ciudad, en las faldas de la montaña Vitosha, está la pequeña i...

Índice

  1. Cubierta
  2. Anteportada
  3. Portada
  4. Página de derechos de autor
  5. ÍNDICE
  6. INTRODUCCIÓN
  7. 1. DE RUSIA A EUROPA: BULGARIA
  8. 2. DESPUÉS DE LAS GUERRAS: CROACIA
  9. 3. UN PAÍS DENTRO DE UN BOSQUE: ESLOVENIA
  10. 4. POLONIA, LIBRE DE LIBERADORES
  11. 5. LA PRIMAVERA DEFINITIVA: REPÚBLICA CHECA
  12. 6. EL PAÍS INMENSO: RUSIA
  13. 7. CRIMEA, DE RUSIA A UCRANIA, DE UCRANIA A RUSIA
  14. 8. REVOLUCIONES A MEDIAS: UCRANIA
  15. ADENDA
  16. LECTURAS