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Proscrita
Descripción del libro
En la década de 1890, en el Lejano Oeste, Ada tiene diecisiete años, está a punto de casarse y el futuro le sonríe: quiere a su prometido y le encanta trabajar como aprendiz de partera. Pero, al cabo de un año de matrimonio, no se queda embarazada. Las mujeres estériles son sospechosas de brujería y condenadas a la horca. Para sobrevivir, tendrá que dejarlo todo e iniciar una nueva vida.
Ada se une a una famosa banda de forajidas liderada por un predicador convertido en ladrón, conocido como Kid, carismático, ambicioso y grandilocuente, que quiere crear un refugio seguro para mujeres marginadas. Sin embargo, para hacer realidad este sueño, la banda trama un peligroso plan y Ada tendrá que decidir hasta qué punto está dispuesta a arriesgar su propia vida y la de sus compañeras.
Proscrita, tercera novela de Anna North, es un extraordinario neowestern feminista. «Ya tenemos una considerable tradición –ha declarado la autora– que se pregunta qué dejaron fuera los libros de Historia de los Estados Unidos que estudiábamos en el colegio. Y creo que los novelistas empezamos a dar respuestas.»
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Información
Tres
Viajé al Agujero en la Pared con doscientos ejemplares de Relato de una joven novia, de doña Eglantine Cooper (una recién casada descubre que su marido tiene cinco hermanos, cada cual más fornido y depravado; muchas de las acciones descritas eran anatómicamente improbables, por no decir imposibles, pero lo devoré), cien ejemplares de Una temporada en las montañas Rocosas, de Geoffrey Cragg (aburrido, a excepción de un capítulo sobre cómo matar y comerse una marmota), un surtido variado de obras de ficción y no ficción menos conocidas y cincuenta y nueve ejemplares de Sobre la regulación del flujo menstrual, todos los había copiado yo misma. En mi morral llevaba un ejemplar del Manual de dolencias femeninas de la señora Schaeffer, que la hermana Tom me había permitido quedarme y que llevaba pegado a mí igual que llevaba Bee una muñeca que madre le rellenó de lavanda y agujas de pino secas para darle un aroma calmante.
Dormí tres noches escondida entre los libros mientras el librero bebía cerveza y comía pastel de carne en las fondas. La mañana del cuarto día me despertó de un sueño en el que aún vivía con mi marido, quien me había encerrado en el gallinero hasta que le diera un hijo. A mi alrededor, las gallinas cloqueaban y se peleaban, destrozándose a picotazos. De una quedaban casi solo los huesos.
–¿Conoces a un tal sheriff Branch? –me preguntó el librero.
El susto de oír aquel nombre me espabiló de golpe.
–¿Por qué? –pregunté.
–Alguien de la fonda de Albertine ha dicho que un tal sheriff Branch ha llegado desde Fairchild ofreciendo quinientas águilas de oro por la captura de una bruja. Dice que se llama Ada. ¿No te llamas tú Ada?
Trate de pensar con rapidez.
–Yo soy de Spearfish –dije–. Y Ada no es mi nombre de pila, me lo pusieron en el convento. Por santa Ada, patrona de las parteras.
No tenía ni idea de si existía santa Ada y confié en que el librero tampoco. Tenía una cara delgada y nerviosa y me miraba con interés renovado y ojos entornados.
–Si yo tuviera que huir de un sheriff, puede que me escondiera en un convento –dijo–. O quizá me iría al Agujero en la Pared.
No tenía dinero que ofrecer al librero, desde luego no tenía quinientas águilas.
–Ya te he dicho que no conozco a ese sheriff Branch –dije para ganar tiempo.
Todo lo que sabía del librero era que le compraba libros a la hermana Tom y que no había muchas personas que poseyeran libros como el Manual de regulación del flujo menstrual y mucho menos que estuvieran dispuestas a copiarlo. Libros como aquel, comprendí, podían ser valiosos, quizá más de lo que cobraba por ellos la hermana Tom.
–Escucha –dije–, supongamos que soy la bruja de la que están hablando. Supongamos que encuentras al sheriff Branch y me entregas. Te ganarías diez monedas de oro. Pero ¿crees que la hermana Tom va a estar contenta cuando se entere de que te pagó por llevarme a un sitio y lo que hiciste fue venderme? Hay más libreros aparte de ti. Encontrará otro comprador para sus libros, quizá uno que pague mejor. ¿Tú tienes a alguien más que te haga lo que necesitas?
Intenté disimular el miedo mientras el librero sopesaba sus opciones. Pensé en si podría hacerle daño en caso de que intentara retenerme, si podría sacarle los ojos o clavarle la rodilla en la entrepierna y escapar. Pero ¿dónde iría?
–Vuelve a esconderte detrás del Relato de una joven novia –dijo al fin–. Hoy tenemos mucho camino que recorrer.
Pasé el día entero encogida en la carreta, preocupada. Por un lado, si el sheriff Branch me estaba buscando, quizá significaba que Fairchild seguía pendiente de mí y sus gentes no habían trasladado su ira a mi madre y a mis hermanas. Pero por otro, si el sheriff había ido hasta allí en mi busca, más lejos de casa de lo que ni yo ni mis hermanas ni ninguna de mis amigas habíamos estado nunca, entonces quizá no se detuviera hasta encontrarme. Ni siquiera el Agujero en la Pared estaría lo bastante lejos.
Cuando caía la noche, oí ruido de tablones de madera entre los cascos del caballo, me asomé por la parte trasera de la carreta y vi que cruzábamos un río ancho y de aguas tranquilas. Una vez en la orilla contraria –una gravilla fina que crujió a nuestro paso–, el terreno empezaba a descender. Rocas rojas sobresalían de la pradera en extraños ángulos y pájaros de gran tamaño volaban en círculos entre las colinas, saliendo y entrando de la luz, y mudos. La carretera se estrechó y durante horas la carreta traqueteó por rocas y matorrales en un terreno tan agreste que no vi una sola cerca que indicara presencia humana. Por fin nos detuvimos y el librero se giró en el pescante y dijo:
–Aquí nos separamos.
Miré a mi alrededor. Más allá de la carreta era todo oscuridad, la única luz procedía de una luna con forma de uña de gato.
–Esto es un desierto –dije.
–No dejan acercarse a nadie al campamento –dijo el librero–. Por lo general mandan a un centinela a la carretera a esperarme. Esta noche no. Tendrás que encontrar el camino tú sola.
–¿Y cómo sé por dónde tengo que ir? –pregunté.
–Bueno…, por ahí no es –dijo señalando la carretera a nuestra espalda–. Así que probablemente será por ahí.
Me dejó coger dos tiras de cecina de antílope y un puñado de bayas de búfalo secas.
–Que el niño Jesús te proteja –dijo no sin amabilidad, cuando yo ya había echado a andar en la noche.
Al cabo de un rato se me acostumbraron los ojos a la oscuridad y vi que a mi izquierda la carretera descendía hacia un valle más suave y empinado, cuya profundidad no logré calcular. Me mantuve pegada a la derecha, al borde rocoso donde la carretera se encontraba con la montaña. Oí los cascos del caballo del librero a lo lejos, y a continuación nada, a excepción del chirrido de las langostas de verano y los latidos de mi sangre en los oídos.
La carretera parecía serpentear valle abajo y al cabo de un rato la pendiente dio paso a tierra más llana. Sentí frío en el aire y un cambio en las formas del paisaje; vi las estrellas reflejadas en la superficie quieta de un estanque. No había bebido agua desde que el librero volvió de la fonda aquella mañana. Me arrodillé y junté las manos en forma de cuenco. El estanque sabía a tierra, pero bebí ansiosa. Me senté en la arena blanda de la orilla y me comí las bayas...
Índice
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- Tres
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- Cinco
- Seis
- Siete
- Ocho
- Nueve
- Diez
- Once
- Doce
- Agradecimientos
- Créditos
- ALBA
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