Richard Novak ha realizado algunos de los deseos claves de la contemporaneidad. Ha ganado mucho dinero y muy pronto, y se ha procurado un retiro en una espléndida mansión de California. No tiene más contactos con el mundo que la asistenta que limpia su casa, la nutricionista, la masajista y la entrenadora personal que le ayudan a realizar otro mito de nuestra época: la inmortalidad mediante el cuidado del cuerpo. Cada mañana, Richard compra y vende acciones mientras se mantiene en forma. Piensa muy poco en lo que ha dejado atrás: una mujer obsesionada por su carrera y un hijo. Un día aparecen en su universo dos grietas: un intenso dolor que le lleva al hospital y un misterioso agujero en el suelo. Dos fisuras por donde se colará la vida, violenta, desordenada, imprevisible...

- 400 páginas
- Spanish
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Este libro te salvará la vida
Descripción del libro
Información
Editorial
Editorial AnagramaAño
2007ISBN de la versión impresa
9788433974457
ISBN del libro electrónico
9788433943842
Categoría
LiteraturaCategoría
Literatura generalMira por el ventanal. La ciudad se extiende a sus pies, envuelta en un sopor nebuloso. Baja presión. Las nubes ruedan sobre las colinas, emanando de grietas y fisuras como si la geografía misma enviara señales de humo.
Allá abajo, al final de la cuesta, una mujer nada y su larga melena castaña flota en el agua. Su bañador es un precioso punto rojo vivo, un ave tropical rara en una superficie de un azul celestial. Nada crawl todas las mañanas; bracea como una olímpica. Se solaza nadando, se recrea en su determinación, el ritmo, la rutina, en el hecho de estar despierta cuando él está despierto. Bracea con urgencia; no puede no nadar. Ella, la nadadora, es su confidente, su musa, su sirena.
Él está en el ventanal; no suele estar ahí, al menos a esas horas. Normalmente se levanta y se sube a la máquina: él corre mientras ella nada. Corre observando cómo circula la teleimpresora electrónica, negocia desde un teclado atado a la cinta rodante, teclea mientras corre, hace sus apuestas, ajusta posiciones, juega a corto y a largo, calcula cuánto se puede jugar al alza y a la baja, a lomos de una onda electrónica invisible.
Él suele, suele. Hoy nada es igual y sin embargo es exactamente igual y nunca volverá a ser lo mismo.
Está delante del ventanal. Los sonidos mecánicos de la casa le pillan desprevenido. El hielo cae en el cubo del congelador, la cafetera empieza a llenarse de agua, el aire que sale zumbando del ventilador le hincha la pernera de los pantalones. Se estremece.
–¿Hola? –llama–. ¿Hay alguien en casa?
Normalmente no lo oye. Se asegura bien de que no oye nada, no siente nada. Despierta, se pone los auriculares que anulan el ruido, va al ventanal, mira a la mujer que nada y monta en la máquina.
Está en un vacío de silencio; la vida está cancelada.
Ni siquiera sabía que la máquina de café fuera automática: no toma café; el que hace la cafetera es para Cecelia, el ama de llaves, que viene entre las siete y media y las ocho. Respira hondo; agradable, el olor del café.
Después de años cerciorándose de que le dejen tranquilo, de pronto tiene miedo de quedarse solo, miedo de no oír, no sentir, no enterarse. Aprieta el oído contra el cristal. Música. En lo alto de la cuesta, unos hombres instalan un césped donde de lo contrario no habría nada: matorrales. Han construido un mamparo, un bastidor para la hierba y están extendiendo césped. Están haciendo un pequeño putting green: un hoyo.
Arriba y abajo, una cadena de casas trepa por la pared del cañón: una cadena social, económica, alimenticia. La meta es estar en la cumbre, ser el rey de la colina: ganar. Cada persona mira a la que está debajo, pensando que en cierto modo está en una situación mejor, pero siempre hay alguien que presiona desde abajo o te mira desde arriba. No hay manera de ganar.
Se coloca en el punto de la casa donde dos gruesas lunas de cristal se juntan y una esquina afilada sobresale por encima de la cuesta, como la proa de un barco. Se yergue: capitán, dueño y señor, jefe, prisionero de sí mismo.
Enfrente, a lo lejos, hay algo anaranjado y humeante; tarda un momento en decidir: ¿un incendio de maleza o sólo el amanecer en Los Ángeles?
Ayer parece más real que la realidad, un sueño, un accidente, como una especie de ataque o suspensión. ¿Sucedió algo?
Hay una depresión en la tierra, una gran hendidura blanda y circular que no recuerda que estuviera el día anterior. La mira y calcula mentalmente: unos dos metros cuarenta de diámetro, y a unos quince metros de la casa. ¿De dónde ha salido? ¿Desde cuándo está ahí? ¿Cómo la describiría? Como la marca que dejaría un cucharón enorme al hundirse en la tierra. ¿Ocurren estas cosas de la noche a la mañana?
En el suelo de la sala, cerca del sofá, sobre la mesa de café con tablero de cristal, en un mundo por lo demás ordenado, hay desperdicios, chirimbolos, trocitos de plástico, un pedazo de tubo, papel arrugado, una gasa ensangrentada: pruebas.
Piensa en el dolor. Empezó como un calambre nudoso en la espalda, una extraña tirantez que le subía desde la barriga al pecho. ¿La sopa de lentejas del almuerzo? Aguardó. Se tomó un antiácido. Empeoró, se propagó, le produjo una punzada como de un cuchillo a lo largo de la pierna, la presión le ascendió hasta la mandíbula, era un dolor duro como una roca, una aguja de hacer punto larga y aguda que le pinchaba el brazo y se extendía como un reguero doloroso hasta los dedos..., ¿los tenía entumecidos? El cuerpo entero se le hendía como un hacha que corta madera fresca, un espasmo le tiraba de los omoplatos hacia atrás como un arco que se tensa y le doblaba hacia delante, formando una curvatura como una «c» agarrotada y aplastante, un espasmo violento que podría partir en dos a un hombre. No pensó en llamar a alguien, no sabía a quién llamar, qué decir, ¿dónde le dolía exactamente? En todas partes, y se tambaleaba, sudaba, se mareaba.
Antes, cuando aún podía, entró en el dormitorio, se puso un bonito par de pantalones, un cinturón, un suéter, zapatos y calcetines. Se vistió como si fuera a salir con amigos a una cena, una velada morigerada, de colores apagados, telas suaves. Se vistió pensando que quizá tuviera que bajar la cuesta para ir a la consulta de un médico, sin percatarse de que ya era tarde, más tarde de la hora en que allí habría alguien.
Se tumbó en el sofá, algo que nunca había hecho; infringía las normas –las normas privadas, personales, que todos nos fijamos–: no tumbarse, salvo en la cama y nunca durante el día.
Se tendió en el sofá tratando de ponerse cómodo. ¿Era algo que había hecho con el entrenador, algún giro o torsión erróneos? ¿O quizá había atrapado un virus, un resfriado, una gripe? El dolor persistía. ¿Cómo lo había contraído? ¿Acababa de empezar o siempre había estado allí y no lo había notado hasta ahora?
Se levantó, tomó ibuprofeno y se quedó mirando la ciudad por el ventanal, los coches en el bulevar de abajo que giraban y subían hacia las colinas. El cielo comenzaba a apagarse, los automóviles encendían los faros, las casas resplandecían de vida. Los coyotes aullaban. La ciudad a lo lejos parecía a la vez grande y pequeña.
Estaba delante del ventanal, transido de dolor. Se derrumbaba, cada vaso sanguíneo, cada nervio y fibra de su cuerpo se replegaban sobre sí mismos, como famélicos, resecos. Estaba dolorido delante del cristal y lo más extraño era que no sabía dónde le dolía, no sentía nada.
Empezó a llorar. Lloraba sin producir sonidos, y cuando se dio cuenta de que estaba llorando, el acto mismo de llorar o el miedo al llanto le dijeron que algo andaba mal. Y lloró más fuerte.
¿El dolor era «eso»? ¿Cómo sucedía «eso»? ¿Hubo algo antes, algo que debería haber notado, un aviso? ¿O el aviso era esto? O era el aviso o era ESO.
Marcó el 911.
–Policía, bomberos, urgencias.
–Un médico –dijo.
–Policía, bomberos, urgencias.
–Ayuda –dijo.
–Policía, bomberos, urgencias.
Era una grabación.
–Urgencias –dijo.
–Un momento, por favor.
Aguardó a que le conectaran y, en la pausa de silencio, el dolor cesó. El dolor pasó y empezó a pensar que todo había sido una pesadilla, un sueño despierto, alguna porquería que había comido y le había sentado mal.
Cuando iba a colgar, se puso una mujer al teléfono.
–¿Qué urgencia es? –preguntó, y el dolor volvió, se lo recordó.
–Dolor –dijo–. Un dolor insoportable.
–¿Dónde le duele?
–Creo que es ESO –dijo él.
–Señor, ¿dónde le duele?
–Por todas partes.
–¿Tiene alguna herida? ¿Una herida de bala, de una caída, una mordedura de serpiente, un arco y flecha?
–No –dijo él–. No. Estoy en casa. He estado aquí todo el día. Se me está metiendo, es como si el dolor me estuviera empapando.
–¿Desde cuándo le duele?
–No lo sé.
–¿Minutos, horas, días?
–Horas, como mínimo.
Pero podían ser días o años; no lo sabía.
–En una escala del uno al diez, ¿cuánto le duele?
–Diez.
–¿Cómo describiría el dolor: agudo, palpitante, punzante, so...
Índice
- Portada
- Este libro te salvará la vida
- Agradecimientos
- Notas
- Créditos
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