Obra maestra
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Obra maestra

  1. 328 páginas
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Obra maestra

Descripción del libro

¿Cómo pudo desaparecer de un almacén del Museo Reina Sofía una enorme escultura de Richard Serra de treinta y ocho toneladas?

La historia que narra esta novela es del todo inverosímil... y sin embargo sucedió. Es increíble, pero es verdad: un museo de primer nivel internacional ?el Reina Sofía? encarga para su inauguración en 1986 una obra a una estrella de la escultura, el norteamericano Richard Serra. El escultor entrega una pieza creada ad hoc para la sala en la que iba a exhibirse. La escultura en cuestión ?Equal-Parallel/Guernica-Bengasi? consta de cuatro bloques de acero independientes de grandes dimensiones. Inmediatamente se eleva la pieza a obra maestra del minimalismo. Finalizada la muestra, el museo decide guardarla, y en 1990, por falta de espacio, la confía a una empresa de almacenaje de arte, que la traslada a su nave en Arganda del Rey. Cuando quince años después el Reina Sofía quiere recuperarla, resulta que la escultura ?¡de treinta y ocho toneladas!? se ha volatilizado. Nadie sabe cómo ha desaparecido, ni en qué momento, ni a manos de quién. Para entonces la empresa que la custodiaba ya ni siquiera existe. Cero pistas sobre su paradero.

La misteriosa desaparición queda elevada también a categoría de obra maestra. Como el escándalo adquiere resonancia mundial, Serra acepta replicar la pieza y darle rango de original, y el Reina Sofía, sumarla a su exposición permanente. Entre la novela de no ficción y la crónica novelada, entre el disparate y lo alucinógeno, Obra maestra reconstruye a ritmo de thriller trepidante un caso que lleva a hacerse algunas preguntas perturbadoras: ¿cómo es posible que algo así sucediera? ¿Cómo se convierte en original una copia? ¿Qué es arte en el arte contemporáneo? ¿Cuál fue el verdadero destino de la famosa, enorme y pesada escultura de acero convertida en aire? ¿Es posible que un día aparezca?

Para responder a estas y otras preguntas, las páginas de la novela acogen una sucesión de voces muy dispares: las de la fundadora del Reina Sofía, algunos de sus directores, los policías de la Brigada de Patrimonio que investigaron la desaparición, la jueza que instruyó el caso, personal del museo, ministros, el empresario que custodió la obra, galeristas americanos, el propio Richard Serra, su amigo ?y antiguo ayudante? Philip Glass, marchantes de arte, críticos, artistas, concejales, coleccionistas, un coreógrafo que danzó alrededor de la escultura, ingenieros, periodistas, historiadores, vigilantes, políticos, una terrorista, un jubilado, un camionero, un chatarrero, un taxista, una agente de la Interpol, el propio autor del libro, en tratos con una editora para escribirlo, o César Aira, que propone una teoría tan loca como deliciosa sobre el verdadero destino de la escultura.

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Información

ISBN de la versión impresa
9788433999412
ISBN del libro electrónico
9788433944078

Cuarta parte

¿Lo encontraste?
RAMÓN TALLÓN
Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres.
LOUIS-FERDINAND CÉLINE,
Viaje al fin de la noche
Ya sabes, es de esas personas que tienen que hacer muchas cosas antes de empezar.
ESTHER GARCÍA LLOVET, Sánchez
La venganza es un procedimiento técnico, casi burocrático, ni triste, ni feliz, ni divertido.
ÁLVARO ENRIGUE,
Ahora me rindo y eso es todo
Ramón Souto, taxista. Junio de 2005. No hay muchos taxistas en Bilbao que dominen el inglés, así que habitualmente trabajo para empresas, hoteles, instituciones. Nada que ver con esperar clientes en las calles o las paradas. Nací en Newark, por eso hablo inglés. Mi padre era gallego y emigró con unos tíos a finales de los sesenta a Estados Unidos. Allí conoció a mi madre, que es de Donostia, y a su vez había emigrado con dos hermanos. Se conocieron. Se casaron. Nací yo. Nació mi hermana. Nevó muchísimo. Nació mi hermano. Ganó Reagan. Murió mi padre en un accidente laboral, en una cantera. Al año siguiente, dos días antes de mi decimoséptimo cumpleaños, regresamos a España. Fin. De vez en cuando yo volvía a Estados Unidos, porque mis tíos y primas decidieron quedarse. Así que hablo inglés perfectamente, sí. Además, mi mujer es irlandesa.
Hace seis años me hice con una licencia de taxi. No fue nada planeado, sino más bien una carambola. Se presentó una buena oportunidad, y yo, que no me caracterizo por aprovechar mis oportunidades, esa vez estuve despierto. Nunca, ni como posibilidad remota, pensé que mi destino pudiese pasar por conducir un vehículo y ganarme la vida con eso. No sé si alguien se dice, a los quince años, que quiere ser taxista, por otra parte. Quizá sí. No fue mi caso. Hasta que, de pronto, me convertí en taxista. Pero desde el principio fui un taxista un poco particular, gracias al inglés, que me ahorraba muchos de los sacrificios casi inherentes a esta profesión. Empiezas a colaborar un día con una empresa, y después con otra, y luego con un hotel, y se va corriendo la voz de que hay alguien a quien puedes recurrir cuando tienes que trasladar a clientes extranjeros. Un día, sin más, empecé a colaborar con el Guggenheim. Me llaman cada vez que hay que trasladar a artistas, intelectuales, conferenciantes, etcétera.
A mediados de abril me avisaron de que necesitarían mis servicios durante mes y medio para mover a un escultor norteamericano por Bilbao. Les dije que sí. Me gusta llevar a artistas, aunque a veces tienen un carácter especial, o directamente malo.
El día y a la hora acordada me presenté en el aeropuerto de Loiu. Llevaba conmigo un cartelito con su nombre: Richard Serra. Apareció con dos enormes maletas, acompañado por una mujer que resultó ser su esposa. Él llevaba una gorra y unos pantalones vaqueros azules. Nos saludamos cortésmente. Al principio mantuve una distancia prudente. Hay clientes que no necesitan que hables con ellos más que lo imprescindible. Yo los prefiero. Puedes permitirte ser amable sin ser un pesado. Un taxista no es un animador. No me incomoda en absoluto el silencio dentro del coche. Suelo llevar encendida Radio Clásica, a un volumen muy suave. Prefiero que me pidan que lo suba a que lo apague.
Pero empezó a hacerme preguntas, como por qué hablaba un inglés tan fluido, dónde lo había aprendido, y cuando le conté una parte de mi vida, para ponerlo en contexto, pasó a preguntarme por el trabajo de mi padre, por mi estancia en su país, por mi regreso a España, etcétera. Le di mi tarjeta. Me dijo que dos días después tenía que ir al puerto, porque se suponía que estaban llegando en barco sus esculturas, y me pidió que lo recogiese en su hotel.
Aquel día estaba gris, pero no llovía. Me dijo si me apetecía ver cómo descargaban sus obras. Eso es lo que me fascina de los artistas, que de pronto se convierten en personas de una generosidad poco común, dispuestas a tratarte, aunque solo seas un taxista, como a alguien mucho más importante. «Mantente a mi lado, ¿de acuerdo? Y pregúntame lo que quieras.» Yo había acordado con el museo estar a disposición de Serra durante el tiempo que durase su estancia en la ciudad, así que no perdía nada si lo acompañaba.
Lo que vi en el puerto me dejó en un estado de pasmo y admiración. Un enorme buque de See-Transit, con el casco azul y blanco, y una única bodega con forma de caja, para permitir una mejor manipulación de la carga, contenía las planchas de acero de tamaño monumental llegadas desde Alemania, me había explicado en el taxi. En el puerto, una grúa móvil de nueve ejes, tan grande como nunca antes había visto ninguna, estaba preparada para retirarlas del barco y dejarlas en tierra. Me sobrecogió que, pese a la envergadura de la que todo parecía estar revestido –el puerto, el buque, la grúa, las esculturas–, las maniobras resultasen casi silenciosas, y estuviesen ejecutadas por muy pocas personas, e insignificantes en su tamaño. Apenas un solo hombre, provisto de un casco y una escalera, iba enganchando las cadenas de la pluma a los asideros provisionales que habían colocado en las planchas de las esculturas. Cuando el gancho quedaba sujeto, retiraba la escalera, y otro par de empleados acompañaban el movimiento de las planchas mientras la grúa las alzaba para que no se golpeasen contra el carguero.
«Una escultura como esta, todavía sin montar, consta de ocho planchas que pesan unas doscientas cuarenta toneladas», dijo. «Es un peso difícil de imaginar para cualquiera que no esté acostumbrado a tratar con el acero, ¿verdad?»
Me contó que una faceta de su trabajo, tan divertida como pensar sus esculturas y diseñarlas, era montarlas para que después el mundo pudiese verlas expuestas. El verdadero reto era unir todos aquellos segmentos tan pesados, una vez trasladados al interior del museo desde el puerto, para que formasen una única escultura. «No es nada fácil, porque en este caso no trabajamos con planchas rectas, sino con segmentos curvados. Además, hay que tener en cuenta que se instalarán en un museo cuyo suelo no está preparado para soportar un peso de doscientas cuarenta toneladas. ¿A que parece una locura?»
Le dije que no conocía a artistas como él. Tenía la impresión de que en su trabajo estaba en contacto no con otros artistas, sino con ingenieros, constructores, aparejadores, transportistas. «¡Exactamente! Casi soy un industrial. Para completar mis obras necesito que colabore mucha gente. No soy un pintor, que solo se necesita a sí mismo y quizás a un modelo, o un paisaje, o una idea dentro de su cabeza. Yo soy un catalizador de personas. No podría ser el escultor que soy sin la ayuda de muchísima gente. Necesito una conexión con los demás. Incluso con un taxista de Bilbao», dijo, y me golpeó la espalda con afecto y energía.
Hasta el día de la inauguración estuve llevándolo a diario. Me pareció que se alegraba cuando me veía, aunque también me pareció que, en general, no era un hombre que se mostrase alegre de un modo explícito. Era una alegría escondida, que tardas en detectar, y que puedes confundir con circunspección. Pero yo tengo cierta habilidad para penetrar en las máscaras que nos colgamos los humanos para no exhibir la persona que realmente somos, o lo que sentimos. Y por eso, aunque no lo pareciese, sabía que se alegraba de verme.
Un día se puso a contarme que su mejor amigo, un compositor influyente, que había compuesto más de veinte óperas, y había estado nominado al Oscar a la mejor banda sonora en tres ocasiones, había trabajado como taxista en los años sesenta y setenta en Nueva York. En realidad, en esa época era muy común que artistas, actores, escritores, fotógrafos o músicos que empezaban trabajasen como taxistas unos pocos días a la semana en la Gran Manzana. «No podían ganarse la vida haciendo lo que más les gustaba, así que se aseguraban un sustento conduciendo un taxi.» Trabajaban prácticamente todos para la misma empresa. «Se peleaban por conseguir el turno de noche, el que acababa a la una de la madrugada, cuando todavía no tenían que pararse a recoger a clientes borrachos, que o vomitaban en el coche, o no encontraban el dinero, o no recordaban dónde vivían.» Me dijo que, en aquella época, los taxistas se quedaban más o menos la mitad de lo que marcaba el taxímetro, más las propinas, que se las llevaban enteras. Y no tenían que pagar ni el seguro, ni el combustible, ni los neumáticos. Lo único malo de ser taxista en aquellos años, añadió, es que te podían matar en cualquier momento. Cada año asesinaban a unos diez taxistas. Era bastante. Y si no te asesinaban podías ser fácilmente víctima de un robo. Había más de dos mil robos al año. «Pero si no te mataban y no te robaban de vez en cuando, entonces el trabajo era un buen trabajo, porque ganabas dinero para dedicarte al arte, a la literatura, a la música o al teatro.»
Jean Nouvel, arquitecto. Mayo de 2013. Las vistas desde lo alto del edificio de la Autoridad de los Museos de Catar son fascinantes. Doha es una ciudad que se adhiere a los ojos. Es chicle para la vista. Me hipnotizó durante unos segundos la disposición de sus edificios. Aunque es fácil que yo me quede pasmado, no necesito que algo sea bello, o complejo, o absurdo, basta que esté delante de mí: lo miro fijamente, absorto, aunque puedo estar pensando en otra cosa, o en ninguna. Cuando regresé al mundo, al oír tacones a mi espalda, hice girar la silla y vi aproximarse a Sheikha Al-Mayassa. Me levanté y avancé hacia ella.
Saludar a Sheikha es como saludar a un reloj. Si pudiese pegarme a su cuerpo quizá oyese un tictac. Resulta en cierto sentido hipnótico contemplar cómo hace acto de presencia en una sala, por una cita de trabajo, y justo después de estrechar tu mano con una desconcertante energía, anuncia: «Tenemos una hora y quince minutos, ¿estás de acuerdo?», y que, al cabo, ni un minuto después ni uno antes, nos levantemos de la mesa. Creo que nunca he visto a nadie capaz de domar el tiempo como ella.
Fue un encuentro rutinario, hasta donde eso era posible. No nos reuníamos porque hubiese surgido un problema, o estallado una crisis, sino porque lo hacíamos cada seis meses. Repasamos en detalle la marcha de las obras del Museo Nacional, incluida una posible dificultad para cumplir con los plazos previstos, y cuando me di cuenta Sheikha Al-Mayassa dijo «setenta minutos». Por supuesto, no se levantó sin más y se fue, sino que, al cumplirse el tiempo oficial, por así decir, nos entretuvimos hablando un rato de Londres y Nueva York, y de algunas exposiciones que iban a celebrarse próximamente en la Tate y en el MoMA. La hermana del emir de Catar acababa de ser nombrada por ArtReview la persona más influyente del arte mundial, y la Autoridad de los Museos de Catar que dirige invierte cada año mil millones de dólares en arte, así que merece siempre la pena prestarle atención. Al margen de eso, es una conversadora excepcional, aunque intentamos no explayarnos, porque esa noche íbamos a encontrarnos de nuevo, para cenar en compañía del emir y de Richard Serra, que se encontraba en Doha para buscar un lugar en el desierto donde instalar una de sus obras. Él también estaba tomando el pulso al poder artístico que exhibe Catar a nivel mundial.
Serra y yo volvíamos a vernos en el mismo sitio con solo unos meses de diferencia. Daba la casualidad de que también yo estaba en Doha el pasado diciembre, cuando él inauguró 7, una escultura de veinticuatro metros de alto, al borde de la bahía, junto al Museo de Arte Islámico de I. M. Pei.
Fue una cena agradable, a la que pusimos fin casi a la una de la madrugada. Tres días después yo tenía que estar en Chicago, pasando primero por Madrid, pero acepté retrasar un día mi regreso cuando al levantarnos de la mesa Richard me propuso que, a la mañana siguiente, lo acompañase al desierto de Zekreet. «Será una pequeña aventura, sin señales, mapas o carreteras con los que orientarnos, solo con las coordenadas de longitud y latitud, la arena, el viento y unos jeeps no demasiado modernos», dijo. «¿Dirías que tenemos edad para eso, Richard?», pregunté. Yo iba a cumplir sesenta y ocho años y, si no me equivocaba demasiado, él no podía estar lejos de los setenta y cinco. Cualquiera de las dos edades es perfecta para creer todavía en los mapas y en las carreteras no asfaltadas. Aunque, a decir verdad, yo siempre he querido morir perdido en el desierto y que muchos años después aún flote la duda de si estoy vivo o muerto, así que me quedé un segundo en silencio, pensándolo rapidísimamente dos veces, y al fin dije: «¿Por qué no?» Desde que había cumplido los sesenta y cinco, y había visto para entonces morir ya a algunos amigos que aseguraban solo un poco antes estar en el momento álgido de sus vidas, me decía a menudo, ante las iniciativas que me despertaban dudas: «Hazlo, Jean, tal vez no vuelvas a tener ocasión.»
Di instrucciones a mis ayudantes para introducir un pequeño cambio en mi agenda, y a las cinco de la mañana, con el equipo que acompañaba a Serra, nos subimos a un par de jeeps y nos adentramos en el desierto en dirección a la Reserva Natural de Brouq. Ya era de día cuando arrancamos. Empleamos algo más de una hora en llegar. Nos detuvimos en mitad de la nada, rodeados de pequeñas mesetas de yeso. «Aquí es», dijo Richard, que abrió la puerta del automóvil antes de que se detuviese del todo.
«¿Aquí es qué? ¿La nada?», pregunté, mirando a mi alrededor en busca de algún punto en el que posar la mirada, sin encontrarlo. Empezó entonces Richard a explicar que un día, almorzando con Sheikha Al-Mayassa, durante la construcción de 7, ella le preguntó: «¿Construirías una pieza para nuestro paisaje?» Serra la miró y le preguntó a su vez: «¿Qué paisaje?» Y ella dijo: «El desierto.»
El lugar donde nos encontrábamos era en efecto el paisaje: solo arena y un horizonte vacío. «Este es mi lugar preferido. Aquí va a ser», dijo Richard, hablando en alto, pero solo para él. No dije nada, solo pensé que aquel era un mal lugar para que se pinchase una rueda. Me pareció que era muy posible que nadie pasase por allí durante semanas, salvo los lagartos o algún camello desorientado. «En un par de meses, la temperatura será de cincuenta grados centígrados; cuando las piezas estén instaladas, solo un loco se atrevería a tocarlas con los dedos, de lo caliente que se pondrá el acero.» Pretendía que la escultura abarcase el área más grande de cualquiera de sus obras hasta la fecha. «Ocupará más o menos un kilómetro.» Su idea pasaba por disponer a lo largo de ese espacio cuatro grandes piezas de acero de la altura de las mesetas de yeso que nos rodeaban, y que se alineasen a su vez entre sí, mientras se oxidaban a una velocidad vertiginosa por las condiciones cálidas y saladas del lugar. «Pasarán de gris a naranja, de naranja a marrón y de marrón a un ámbar oscuro en solo unos meses, y cuando las observes de frente, cada una eclipsará a la siguiente en un efecto de perspectiva deliberado.»
Estuvimos casi dos horas en aquel lugar. Serra y sus colaboradores tomaron todo tipo de mediciones y obtuvieron cientos de fotografías. Producía fascinación contemplarlo, a su edad, hacer semejante inmersión en su trabajo. Exhibía la energía de un escultor de treinta años, solo que se movía más lentamente. De vuelta en los jeeps, por fin se mostró del todo relajado. Me admira su capacidad de concentración aun en un lugar tan inhóspito y de trabajar cuando es eso lo que toca.
Hablamos de lo que íbamos a hacer en los siguientes días. Me preguntó si, en mi parada en Madrid, tenía previsto pasar por el Reina Sofía. No tenía, de hecho, otro propósito mi estancia en España, le confesé. «Siempre me intereso por mis hijos, y en cuanto tengo ocasión, los visito», dije. La ampliación del museo en 2005, con sus tres nuevos volúmenes, parecía demasiado lejana, pero para mí aquel gran proyecto seguía sin estar acabado, así que no podía olvidarlo. Por supuesto, los nuevos espacios de los que había dotado al museo (salas de exposiciones temporales, auditorio, biblioteca, almacenes, librería, despachos y cafetería-restaurante) significaban un gran logro, ampliando en más de un sesenta por ciento la superficie del edificio antiguo de Sabatini. Pero en la actualidad el uso del Reina Sofía sigue sin ser el que mi proyecto contemplaba. «El edificio resiste, se adapta, pero lo que me prometieron en aquel entonces todavía no se ha hecho», lamenté. «Cuando lo amplié, Álvaro Siza debía construir un túnel para que los coches pasasen por debajo de la calle, de forma que detuviese el ruido y proporcionase una dimensión silenciosa al museo de la que por desgracia carece. El ruido se filtra por todas partes. Aquel proyecto se anuló mientras se ejecutaba mi ampliación, pero entonces me prometieron que se realizaría en los años venideros. Considero que los años venideros son estos, hoy, por ejemplo, y, por eso, cuando visito Madrid, me permito recordarles a las personas que podrían ejecutar la obra que no deben olvidar sus promesas.»
Serra señaló que su relación con el museo era particularmente buena. Me quedé de piedra al escuchar que lo era pese a que su escultura perdida, la original, seguía sin aparecer. Por alguna extraña y equivocada razón yo estaba convencido de que sí había aparecido. «¿Seguro que no la encontraron e, inexplicablemente, se olvidaron de comunicártelo? Los españoles, después de todo, son gente muy particular, capaz de lo mejor y lo peor», bromeé, todavía incrédulo por mi confusión.
El Reina Sofía funcionó como mecha, y durante el trayecto de vuelta a Doha no dejamos de hablar de nuestra relación con España. Hasta que llegó la crisis, admití, la mitad de los encargos que recibía mi estudio procedían de allí, así que mis vínculos también eran muy fuertes. «Aunque no tan fuertes como para recibir el Príncipe de Asturias de las Artes, como tú», comenté. Se echó a reír, mirando por la ventana al desierto. «Mis disgustos me costó conseguirlo», dijo sin volverse, supuse que refiriéndose a la obra perdida. «Y, en todo caso, durante los cuatro años anteriores me quedé en la final, con la miel en los labios.» Me hizo sonreír. «También en eso me ganas.» En 2006 yo había estado en la terna, junto a colegas como Tadao Ando, Oriol Bohigas o Moneo, pero ni siquiera pasé a la final, donde se hizo con el galardón Pedro Almodóvar.
En esas estábamos cuando el jeep comenzó a hacer un ruido extraño, y a los pocos segundos advertimos que salía humo del capó. El conductor levantó el pie del acelerador y dejó que el vehículo fuese perdiendo velocidad hasta detenerse del todo, todavía en los márgenes de la nada. «¿Y dices que te gustaría morir en el desierto?», preguntó Serra, con ese aire que solo saben dar a las frases las personas serviciales, dispuestas a casi todo para que se cumplan los sueños de los demás.
Uwe Pickhan, empresario industrial. Mayo de 2006. Sonó el teléfono y era Serra, que llamaba para recordarnos que en dos semanas se presentaría en Siegen. «Estamos preparados, amigo», le dije con entusiasmo alemán. Al día siguiente volvió a telefonear para advertirnos que no iba a llegar en dos semanas, sino en una. Eso era lo que yo llamo improvisación antialemana, pero al parecer tenía prisa y la vida es corta, quizá la mitad de corta que el día anterior. Igualmente estábamos preparados, le aseguré, con fiabilidad nuevamente alemana y con ganas de comenzar la nueva obra y mostrarle la evolución de las esculturas ya en marcha. Dejó entrever que el nuevo encargo no nos iba a complicar tanto la vida como proyectos anteriores, cuando siempre pendía sobre nuestras cabezas el miedo a no conseguir hacer lo que él tenía en mente. Ahora íbamos a producir simplemente bloques lisos, sin curvas. En realidad, solo se trataba de replicar una obra cuyo original, dijo, se había perdido. Calculamos que necesitaríamos cuatro o cinco meses para q...

Índice

  1. Portada
  2. Primera parte
  3. Segunda parte
  4. Tercera parte
  5. Cuarta parte
  6. Nota del autor
  7. Créditos