Sed
  1. 128 páginas
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  4. Disponible en iOS y Android
eBook - ePub

Descripción del libro

Una apasionante y nothombiana reelaboración de la Historia Sagrada, reelaborada por una de las escritoras más geniales de nuestro tiempo.

El Testamento según Jesucristo. O el Testamento según Amélie Nothomb. La novelista belga se atreve a dar voz al protagonista y es el propio Jesús quien nos narra su Pasión.

Aparecen en estas páginas Poncio Pilatos, los discípulos de Cristo, el traidor Judas, María Magdalena, los milagros, la crucifixión, la muerte y resurrección, las conversaciones de Jesús con su padre divino... Personajes y situaciones de todos conocidos, pero a los que aquí se da una vuelta de tuerca: se nos cuentan con una mirada moderna, un tono lírico y filosófico con toques de humor. Jesús nos habla del alma y la vida eterna, pero también del cuerpo y del aquí y ahora; de lo trascendental, pero también de lo mundano. Y aflora un personaje visionario y reflexivo que conoce el amor, el deseo, la fe, el dolor, la decepción y la duda. Esta novela reinterpreta y humaniza una figura histórica con una mirada acaso transgresora, tal vez iconoclasta, pero que no busca en absoluto la provocación por la provocación ni el escándalo fácil.

¿Un sacrilegio, una blasfemia? Simplemente literatura, y de la buena, con la fuerza y capacidad de seducción a las que nos tiene bien acostumbrados Amélie Nothomb. Si en algunos libros anteriores la autora jugaba a reelaborar fábulas y antiguos cuentos de hadas con un toque contemporáneo, aquí se atreve ni más ni menos que con la Historia Sagrada. Y su muy humano Jesucristo no dejará indiferente a nadie.

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Información

Año
2022
ISBN de la versión impresa
9788433981103
ISBN del libro electrónico
9788433944092
Categoría
Literatura
Siempre supe que me condenarían a muerte. La ventaja de esta certeza es que pude centrar mi atención en lo que la merece: los detalles.
Creía que mi juicio sería una parodia de justicia. Y efectivamente lo fue, aunque no del modo que había creído. En lugar del trámite apresurado y formal que había imaginado, sacaron la artillería pesada. El fiscal no dejó nada al azar.
Uno tras otro, los testigos de cargo fueron desfilando. No di crédito cuando vi llegar a los recién casados de Caná, los beneficiarios de mi primer milagro.
–Este hombre tiene el poder de transformar el agua en vino –declaró, muy serio, uno de los cónyuges–. Sin embargo, esperó al final de la boda para ejercer su don. Se complacía con nuestra angustia y humillación cuando podría habernos ahorrado ambas perfectamente. Que el mejor vino se sirviera después del mediocre fue culpa suya. Fuimos el hazmerreír de todo el pueblo.
Miré con calma a los ojos de mi acusador. Me sostuvo la mirada, convencido de tener la razón.
El funcionario real también hizo acto de presencia para describir la mala fe con la que había sanado a su hijo.
–¿Cómo está ahora su hijo? –no pudo evitar preguntarle mi abogado, el menos eficaz de los abogados de oficio que uno pueda imaginar.
–Muy bien. ¡Menudo mérito! Con su magia, le basta una palabra.
Uno a uno, los treinta y siete beneficiarios de mis milagros fueron sacando sus respectivos trapos sucios. El que más gracia me hizo fue el exposeso de Cafarnaúm:
–¡Desde el exorcismo mi vida es de lo más banal!
El antiguo ciego se quejó de lo feo que era el mundo; el antiguo leproso declaró que nadie le daba ya limosna; el sindicato de pescadores de Tiberíades me acusó de haber favorecido a una cuadrilla frente a las demás; Lázaro contó hasta qué punto le resultaba odioso tener que vivir con el olor a cadáver impregnado en la piel.
Obviamente, no fue necesario sobornarles, ni siquiera exhortarles. Cada uno acudió a declarar en mi contra por su propia voluntad. Más de uno manifestó hasta qué punto le aliviaba poder desahogarse por fin en presencia del culpable.
En presencia del culpable.
Mantuve una falsa calma. Tuve que esforzarme al máximo para escuchar todas aquellas letanías sin reaccionar. En cada caso miré a los ojos al testigo sin más expresión que una sorprendida afabilidad. En cada caso me sostuvieron la mirada, me desafiaron, me miraron con desprecio.
La madre de un niño al que había curado llegó a acusarme de haberle arruinado la vida.
–Cuando mi pequeño estaba enfermo, se portaba bien. Ahora, en cambio, no deja de retorcerse, gritar, llorar, ya no tengo ni un minuto de tranquilidad, ya no puedo dormir por la noche.
–¿Acaso no fue usted quien le pidió a mi cliente que curara a su hijo? –preguntó el abogado de oficio.
–Curarlo, sí, pero no volverlo tan endemoniado como era antes de ponerse enfermo.
–Quizá debería haber sido más precisa en este punto.
–¿Es omnisciente sí o no?
Buena pregunta. Sé siempre Τι y nunca Πώς. Conozco los complementos directos y nunca los complementos circunstanciales. Así que no, no soy omnisciente: voy descubriendo los adverbios sobre la marcha y me siguen asombrando. Tienen razón los que dicen que el diablo está en los detalles.
En realidad, no solo no fue necesario convencerlos para que testificaran, sino que lo estaban deseando ardientemente. La complacencia con que cada uno declaró en mi contra me llenó de asombro. Más aún por cuanto no era en absoluto necesario. Todos sabían que sería condenado a muerte.
Esta profecía no tiene nada de misteriosa. Ellos conocían mis poderes y podían atestiguar que no los había utilizado para salvarme. Así pues, no albergaban ninguna duda respecto al desenlace del caso.
¿Por qué se empeñaron entonces en infligirme tan inútil infamia? El enigma del mal no es nada comparado con el de la mediocridad. Durante su testimonio, pude sentir hasta qué punto estaban disfrutando. Disfrutaban comportándose como miserables en mi presencia. Su única decepción fue que mi sufrimiento no se notara más. No porque quisiera negarles ese placer, sino porque mi sorpresa superaba con creces mi indignación.
Soy un hombre, nada humano me es ajeno. Y sin embargo no entiendo qué pudo apoderarse de ellos en el momento de soltar semejantes abominaciones. Y considero mi incomprensión como un fracaso, una carencia.
Pilatos había recibido instrucciones respecto a mí y pude percibir su contrariedad, no porque le resultara simpático en absoluto, sino porque los testigos irritaban lo que quedaba en él de hombre racional. Le confundió mi estupefacción, quiso darme la oportunidad de protestar contra aquel torrente de estupideces:
–Acusado, ¿tienes algo que decir? –me preguntó con la expresión de un ser inteligente dirigiéndose a un semejante.
–No –respondí.
Asintió con la cabeza, con expresión de estar pensando que era inútil echarle un cable a quien muestra tan poco interés por su propia suerte.
En realidad me mantuve callado porque tenía demasiadas cosas que decir. Y si hubiera hablado, no habría sido capaz de disimular mi desprecio. Me atormenta sentirlo así. Llevo el suficiente tiempo siendo hombre para saber que ciertos sentimientos no deben reprimirse. Lo importante es dejar que pasen sin intentar llevarles la contraria: así no queda rastro de ellos.
El desprecio es un diablo durmiente. Un diablo que no ejerce no tarda en marchitarse. Cuando estás ante un tribunal, las palabras cobran el valor de actos. No manifestar mi desprecio equivalía a no dejarle actuar.
Pilatos consultó a sus consejeros:
–La prueba de que estos testimonios son falsos es que nuestro hombre no está ejerciendo ninguna magia para librarse de ellos.
–Tampoco es ese el motivo por el cual exigimos que sea condenado.
–Lo sé. Solo quiero condenarlo. ¡Pero me habría gustado no tener la impresión de hacerlo por patrañas!
–En Roma el pueblo necesita pan y circo. Aquí necesita pan y milagros.
–Bueno. Si se trata de política, no me parece mal.
Pilatos se levantó y declaró:
–Acusado, serás crucificado.
Me gustó su economía de lenguaje. Lo bueno del latín es que nunca comete pleonasmos. Habría odiado que dijera: «Serás crucificado hasta la muerte.» Una crucifixión no tiene otro desenlace posible.
Eso no impide que me impactara escucharlo de su boca. Miré a los testigos y percibí su tardío malestar. Sin embargo, todos sabían que sería condenado y habían llevado su celo hasta el extremo de contribuir activamente a aquella sentencia. Ahora fingían considerarla efectiva y sentirse impactados por lo bárbaro del procedimiento. Algunos intentaban cruzar su mirada con la mía para distanciarse de lo que iba a ocurrir. Miré hacia otro lado.
No sabía que moriría así. No era una noticia menor. Primero pensé en el dolor. Mi mente lo esquivó: no se puede asimilar un dolor semejante.
La crucifixión se reserva a los crímenes más vergonzosos. No me esperaba semejante humillación. Así que eso era lo que le habían pedido a Pilatos. Inútil perder el tiempo en conjeturas: Pilatos no se había opuesto. Tenía que condenarme a muerte, pero podría haber elegido la decapitación, por ejemplo. ¿En qué momento se le acabó la paciencia conmigo? Sin duda al no negar los milagros.
No podía mentir: aquellos milagros eran cosa mía, en efecto. Y, contrariamente a lo que afirmaban los testigos, me habían costado unos esfuerzos inauditos. Nadie me enseñó el arte de llevarlos a cabo.
Entonces tuve un pensamiento divertido: por lo menos, el suplicio que me esperaba no iba a exigirme ningún milagro. Bastaba con dejarme llevar.
–¿Lo crucificamos hoy? –preguntó alguien.
A Pilatos le asaltó la duda y me miró. Le debió de parecer que algo fallaba porque respondió:
–No. Mañana.
Una vez a solas en mi celda, entendí qué deseaba que sintiera: miedo.
Tenía razón. Hasta aquella noche no sabía realmente lo que era. En el Jardín de los Olivos, la víspera de mi detención, fue la pena, el sentimiento de abandono, lo que me llevó a verter aquellas lágrimas.
Ahora lo que descubría era el miedo. No el miedo a morir, que es la más compartida de las abstracciones, sino el miedo a la crucifixión: un miedo muy concreto.
Tengo la firme convicción de ser la máxima encarnación de los humanos. Cuando me acuesto para dormir, ese simple abandono me produce un placer tan intenso que tengo que esforzarme para no gemir. Si no me contuviera, comer el más humilde de los potajes, beber agua aunque no esté fresca me arrancaría suspiros de placer. He llegado al extremo de llorar de placer respirando el simple aire de la mañana.
La contrapartida también es evidente: el más benigno dolor de muelas me atormenta de un modo anormal. Recuerdo haber maldecido mi suerte por culpa de una espina. Disimulo tanto esta naturaleza blandengue como la precedente: nada de eso concuerda con lo que se supone que represento. Un malentendido más.
En treinta y tres años de vida he tenido ocasión de comprobarlo: el mayor logro de mi padre es la encarnación. Que un poder desencarnado tuviera la idea de inventar el cuerpo sigue siendo una gigantesca genialidad. ¿Cómo no iba a verse superado el creador por esta creación, cuyo impacto no podía prever?
Me gustaría decir que ese fue el motivo por el que me engendró, pero no es cierto.
Habría sido un buen motivo.
Los humanos se quejan, con razón, de las imperfecciones del cuerpo. La explicación es evidente: ¿qué valor tendría una casa proyectada por un arquitecto sin hogar? Uno solo destaca en aquello que practica cotidianamente. Mi padre nunca tuvo cuerpo. Para ser un ignorante, creo que se las apañó fabulosamente bien.
Mi miedo de esa noche era un vértigo físico ante la idea de lo que iba a tener que soportar. De los torturados se espera que estén a la altura. Cuando no gritan de dolor, se habla de su coraje. Sospecho que no se trata de eso: ya veré de qué.
Soportaré los clavos en las manos y los pies. Menuda estupidez: seguramente habrá sufrimientos mayores. Pero ese, por lo menos, podía imaginarlo.
El carcelero me dijo:
–Trata de dormir. Mañana necesitarás estar despejado.
Al ver mi expresión irónica, añadió:
–No te rías. Para morir conviene encontrarse bien. Luego no digas que no te avisé.
Es exacto. Además, era mi última oportunidad de dormir, a mí que tanto me gusta. Lo intenté, me tumbé en el suelo, dejé que mi cuerpo se abandonara al reposo: me rechazó. Cada vez que cerraba los ojos, en lugar de sueño encontraba imágenes espeluznantes.
Así que hice igual que todo el mundo: para luchar contra los pensamientos insoportables, eché mano de otros pensamientos.
Reviví el primer milagro, mi preferido. Aliviado, constaté que el terrible testimonio de los novios no había empañado mi recuerdo.
Y eso que la cosa no había empezado muy bien que digamos. Acudir a una boda en compañía de tu madre es una experiencia inquietante. Por más que mi madre sea un alma pura, no deja de ser una mujer normal. Me miraba de reojo, con cara de estar pensando: y tú, hijo mío, ¿a qué esperas para tener una esposa? Yo fingía no darme cuenta.
Tengo que confesar que las bodas no me gustan demasiado. Este sentimiento merece una explicación. Es un tipo de sacramento que me produce una angustia que entiendo mucho menos por cuanto no tiene nada que ver conmigo. No pienso casarme y no siento ningún remordimiento por ello.
Aquella boda era de lo más corriente: una fiesta en la que la gente expresaba más alegría de la que sentía. Sabía que esperaban algo más de mí. ¿Qué? Lo ignoraba.
Banquete de calidad: pan y pescado asado, vino. El vino no era nada del otro mundo, pero el pan, recién salido del horno, crujía al morderlo y el pescado, en su punto de sal, me llenaba de placer. Comía concentrado, con el fin de no perderme ni un solo detalle de aquellos sabores y sus consistencias. A mi madre parecía molestarle que no hablara con los comensales. Dicho sea de paso, me parezco a ella: no es habladora. Soy incapaz de hablar por hablar, igual que ella.
Sentía por los casados la amable indiferencia que se siente por los amigos de tus padres. Debía de ser la tercera vez que los veía y, como siempre, exageraban: «A Jesús le conocimos cuando era pequeño» y «Con barba estás distinto». El exceso de familiaridad de los humanos me incomoda un poco. Ha...

Índice

  1. Portada
  2. Sed
  3. Créditos
  4. Notas

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