Un invierno en Filadelfia
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Un invierno en Filadelfia

(Juan de la Cierva y su autogiro)

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Un invierno en Filadelfia

(Juan de la Cierva y su autogiro)

Descripción del libro

Juan de la Cierva viaja por segunda vez a los Estados Unidos en diciembre de 1931 para encontrarse con su socio en la Autogiro Company of America Harold Pitcairn, que le acoge en su mansión de Bryn Athyn, en las afueras de Filadelfia. Estando allí recibe una invitación para asistir a una fiesta en Michigan, en la que conoce al fabricante de automóviles Henry Ford, que le convence para que escriba unas memorias. En ellas, dictadas a un periodista y con Pitcairn como testigo, el inventor narrará toda su vida, describiendo primero cómo ya desde niño se despierta en él la vocación por la aviación para después ir evolucionando sus trabajos hasta la invención del autogiro y su perfeccionamiento posterior.Tras ese invierno en América y ya de regreso en Londres, ciudad en la que vivía entonces, se cuenta cómo Juan de la Cierva —un personaje conocido y admirado en aquellos momentos en todo el mundo— fue consiguiendo sucesivas mejoras en el autogiro hasta hacerlo despegar verticalmente, y de qué manera sus estudios sobre las alas giratorias permitieron, tras su prematura muerte, el desarrollo del helicóptero.En la obra se relata la época convulsa que le tocó vivir al inventor español, así como las relaciones de Juan de la Cierva y Codorníu con algunos personajes célebres de la época como el rey Alfonso XIII, Alberto Santos Dumont, Leonardo Torres Quevedo, Guglielmo Marconi y otros. También se cuentan las opiniones que manifestaron acerca del autogiro grandes inventores como Thomas Alva Edison y Henrich Focke (inventor del primer helicóptero con certificado de aeronavegabilidad).

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Información

Año
2020
ISBN del libro electrónico
9788478988792
PRIMERA PARTE
LA MANSIÓN DE BRYN ATHYN
Solo quiero saber qué cosas puedo hacer en el aire y
qué cosas no. Nada más. Solo quiero saberlo.
Juan Salvador Gaviota. Richard Bach
Fin de año en Pensilvania
Aquel amanecer brumoso y frío del 23 de diciembre de 1931, el buque Aquitania, más conocido en el mundillo de la navegación como el Beautiful Ship, la perla más preciada de la Cunard Line, arribaba al puerto de Nueva York tras la larga travesía del Atlántico desde Inglaterra. Esta había resultado tediosa, con escasos momentos en los que el mal tiempo permitiese al pasaje salir a tomar el aire. Mientras la mayoría de los más de dos mil quinientos viajeros terminaban de preparar sus equipajes, ansiosos por bajar a tierra en cuanto atracase el barco, alguien en cubierta miraba expectante hacia el cielo. Era un hombre espigado, envuelto en un largo abrigo cruzado, con las amplias solapas desplegadas para protegerse del viento gélido. El horizonte lo cubrían Nueva Jersey a la izquierda, el perfil de los enormes edificios de Manhattan al frente y Brooklyn a la derecha. Había recibido un cable en altamar un par de días antes, en el que su amigo y colaborador James Ray le pedía que subiese sin falta a cubierta a la llegada del barco, porque le esperaba una sorpresa. Mientras fumaba de su pipa, lanzando por la boca un humo que se fundía en el aire con el frío vaho, reflexionaba Juan suponiendo que la sorpresa habría de ser parecida a la que tuvo en noviembre del año anterior. Por aquel entonces, el transatlántico Bremen, poco antes de atracar en el mismo puerto, fue sobrevolado por cuatro autogiros en formación con la frase «Welcome Cierva» pintada en el fuselaje. El recuerdo le arrancó una sonrisa.
Había pasado casi todo el viaje trabajando en su camarote. Apenas salió de él, con excepción de las comidas y una media hora por las mañanas para dejar que las camareras lo arreglaran. Durante ese tiempo, paseaba habitualmente sin rumbo por el barco, pensativo, dándole vueltas y más vueltas a la solución de los problemas que se iban planteando en la evolución de su invento. Estaba a punto de presentar en Londres el C.19 Mark V, el primer autogiro con mando directo sin alas, ni timón de altura ni alerones. Era de crucial importancia mantenerlo en secreto para no perjudicar las ventas del modelo anterior, el Mark IV, y las de los autogiros que había diseñado y lanzado al mercado en los Estados Unidos con su socio Harold Pitcairn.
Con la mirada perdida en un horizonte plagado de rascacielos, sonrió pensando en la magnífica decisión que tomó el día en el que aceptó asociarse con Pitcairn. La sociedad que habían formado llevaba constituida menos de tres años y ya era frecuente ver los cielos de América surcados por autogiros. Incluso se empezaba a utilizar ya la terraza de la Estación Central de Correos de Filadelfia como sitio de aterrizaje para autogiros entre esta ciudad y los aeródromos públicos de Camden. En Estados Unidos, pensó, todo adquiría un ritmo vertiginoso. Era otro mundo, uno mucho más dinámico que el europeo en el campo de los negocios y la innovación.
Echaba amarras el barco y comenzaban a agolparse los impacientes pasajeros en cubierta cuando empezó a escucharse cada vez más cerca el ruido de un motor que parecía venir desde Nueva Jersey. Poco a poco, se acercaba por el horizonte un aparato que Juan pudo identificar, sin ninguna dificultad, como del modelo PCA-2. La máquina voladora fue aproximándose hasta que dibujó una pirueta en el aire. Luego descendió verticalmente, ante el asombro de todo el mundo, y se posó en un muelle.
Tras pasar los trámites en la aduana, Juan se dirigió hacia el autogiro junto al que James daba explicaciones a los curiosos que se habían ido acercando. Un coche con conductor esperaba aparcado cerca del aparato.
—Bienvenido, Juan. Espero que hayas tenido un viaje tranquilo —dijo James Ray mientras le estrechaba firmemente la mano.
—Más que tranquilo, lo correcto es decir que ha sido bastante aburrido. Pero merecía la pena soportar el tedio para encontrarme con tantos buenos amigos como tengo aquí.
James señaló el equipaje que un mozo, al que Juan entregó una suculenta propina, acababa de dejar junto a ellos. El muchacho se alejó con rapidez hacia la pasarela del barco con un brillo en el rostro.
—No te preocupes por tus maletas. Las llevarán en este coche mientras tú y yo volamos hasta Bryn Athyn. Allí nos espera Harold, que está ansioso por verte. Quiere informarte cuanto antes de todos los actos que tiene organizados para estos días.
Juan se quitó el sombrero y se lo entregó al chófer del coche. Después se ajustó el casco de piloto que le pasó James y se puso unos recios guantes de cuero. Con ese viento helado, tenía que abrigarse bien para volar en una cabina abierta. Aunque estaba acostumbrado a hacerlo en invierno, la temperatura de Londres no solía ser tan fría como la de la Costa Este.
—Me han llegado algunas noticias sobre los compromisos que ha concertado Harold —dijo sonriendo—: entrevistas con la prensa, un encuentro con Henry Ford y hasta una visita a la Casa Blanca. Espero estar a la altura —añadió con una sencillez que sabían apreciar sus colaboradores.
Casi tres años antes, en febrero de 1929, se había constituido la Pitcairn-Cierva Autogiro Company of America, a la que correspondían los derechos de las patentes del autogiro para los Estados Unidos. El capital social inicial con el que echó a andar la compañía fue de un millón de dólares. Se acordó que la Cierva Autogiro Company recibiera la tercera parte de las acciones y cincuenta mil dólares en metálico. Cuando se produjo la firma, el inventor fue consciente de que asumía la obligación de visitar periódicamente los Estados Unidos para colaborar en la difusión y venta de los autogiros. Harold Pitcairn se encargaría, entre otras cosas, de conseguir actos con los que publicitar el aparato, y Juan se comprometía a asistir a los más importantes.
—No me vengas con esas, Juan. Un perfecto caballero español como tú sabe estar en cualquier sitio y con cualquier persona —añadió sonriendo—. ¿Te apetece pilotar esta maravilla? —preguntó James Ray, cuya mano señalaba el muelle donde estaba el autogiro rodeado de curiosos.
—Prefiero que lo lleves tú, para poder disfrutar de estas tierras desde el aire sin estar pendiente de los mandos.
Los dos se cerraron bien los abrigos antes de saltar a la cabina. Tras despegar, sobrevolaron Nueva Jersey hasta Trenton y, desde allí, después de penetrar en Pensilvania, llegaron hasta el pueblo de Bryn Athyn, donde estaba la mansión familiar de Pitcairn. Poco antes de aterrizar, Juan pudo atisbar en el horizonte los rascacielos del centro de Filadelfia. James dejó posar suavemente el aparato en el césped, frente al imponente edificio, ante la atenta mirada de Harold Pitcairn y su esposa Clara; Joel, su hijo mayor, de once años, y Agnew Larsen, el socio de Harold desde hacía bastante tiempo, cuando ambos iniciaron la tarea de intentar construir un helicóptero. Los otros dos hijos del matrimonio, Duncan, de cuatro años, y Robert, de apenas uno, se encontraban dentro de la casa.
Juan se apeó del autogiro y ambos socios se abrazaron. Nada más conocerse, tiempo atrás, se habían dado cuenta de que conectaban con facilidad y entre los dos se estableció una amistad auténtica.
—Querido Juan. Amigo —añadió en español—. Parecía que no iba a llegar nunca este día. Aquí está Clara, que también ha querido venir a recibirte.
—Qué gran alegría saludarte otra vez, Clara —dijo Juan, que se inclinó para besarle la mano—. Y, por lo que veo, Joel ya está hecho todo un hombrecito.
Después estrechó con fuerza la mano de Agnew, al que atrajo hacia sí para darle un fuerte abrazo.
—Os dejo enseguida para que habléis de vuestras cosas, pero antes me tienes que decir cómo está tu encantadora familia —dijo Clara.
—Gracias a Dios, todos están bien. En junio, María Luisa y yo volvimos a ser padres y, afortunadamente, no hubo ningún contratiempo. —El rostro de Juan se ensombreció—. La pena es no poder estar en España para pasar las Navidades con los míos, pero Harold me convenció de la importancia de esta visita. En todo caso, después de mi casa, este es el segundo lugar del mundo en el que querría estar en estas fiestas.
—Intentaremos hacerte pasar una Navidad lo más feliz posible —intervino Harold—, aunque me pongo en tu lugar y sé que no podrás evitar sentir nostalgia tan lejos de tu familia.
Tras las celebraciones de la Navidad, incluidos los oficios religiosos en el templo construido por Pitcairn para la secta swedenborgiana, a los que fue invitado el inventor, este, Harold y Agnew visitaron la factoría de los PCA-2 en Willow Grove. 1931 había sido un gran año, en el que se construyeron multitud de autogiros en la factoría. Pitcairn le informó de las negociaciones que mantenía con el Ejército americano —en septiembre habían testado oficialmente los militares un autogiro— y algunas empresas privadas. También se mostró muy entusiasta al informarle de cómo el Detroit News había adquirido un aparato desde el que los periodistas tomaban ya fotografías aéreas de los eventos importantes que tenían lugar en Míchigan.
El día 28, Pitcairn y Juan de la Cierva estaban invitados a tomar el té en la residencia de estilo italiano del empresario automovilístico Russell Alger, en Míchigan, en la mismísima orilla del lago Saint Clair. Juan se encontraba muy excitado porque Harold le había asegurado que allí conocería a Henry Ford, el famoso constructor de automóviles que había revolucionado la industria con la creación de la primera cadena de montaje de coches en su fábrica de Highland Park, a las afueras de Detroit. Había conseguido reducir el tiempo de montaje de cada Ford T desde las doce horas que se empleaban habitualmente hasta poco más de noventa minutos, algo que parecía increíble.
Nada más entrar en la residencia, se les acercó un sujeto rubio, delgado y más bien alto, aunque medía algunos centímetros menos que Juan. Iba acompañado de una dama. De la Cierva le reconoció al instante por las fotografías que había visto en la prensa. Harold Pitcairn se adelantó unos pasos y, tras saludarse efusivamente con Ford, se dio la vuelta e hizo las presentaciones. Se dieron un fuerte apretón de manos y Henry Ford presentó a su esposa, a la que Juan cogió la mano y se inclinó para besársela. Clara Jane Ford, que desconocía las normas de etiqueta en Europa, agachó a su vez la cabeza, pensando que se trataba de una reverencia que deberían hacerse mutuamente, como en algunas ocasiones había tenido que hacer con visitantes japoneses. Ambas cabezas coincidieron en el tiempo y en el espacio y se pegaron un coscorrón. Los cuatro se echaron a reír por la tontería del incidente. Después de las bromas que se cruzaron, Henry Ford cogió a Juan y a Pitcairn para hacer con ellos lo que pensaba que iba a ser un breve aparte, y que al final se convirtió en una conversación de más de dos horas.
—Estaba deseando conocerle, Juan. Soy un fiel seguidor de todos sus logros. Cada vez que leo en los periódicos acerca de usted, pienso que tenemos mucho en común. Creo que los dos somos de esas personas que nunca se rinden y no dan nada por sentado. Y seguramente son las características necesarias que debe tener alguien que pretenda innovar.
—Me halaga de una forma inmerecida, Henry. Simplemente soy un ingeniero que tenía un sueño y tuvo la inmensa suerte de encontrarse con personas como Harold para lograrlo —dijo dirigiendo una sonrisa a su socio, que asistía expectante a la conversación de dos de las personas a las que más había admirado en toda su vida.
—Mire, Juan. Creo que lo que usted ha creado es sorprendente y maravilloso. De la nada, ideó una nueva forma de volar, más segura y diferente de todas las que se conocían. Pero debo admitir que a mí, tanto como su impresionante obra, me interesa la persona que está detrás de ella. Inventar no está al alcance de todo el mundo, ni mucho menos, y creo que es un privilegio poder conocer a gente como usted. Hace un año —continuó Ford—, tuve el gran placer de mantener una conversación con el gran Thomas Alva Edison (que, desafortunadamente, como ya sabrá, nos dejó en octubre pasado) y me aseguró que había quedado impresionado con su autogiro cuando lo vio volar en Newark. Estaba convencido de que su aparato era la solución a tantos y tantos accidentes de los aeroplanos. Recuerdo que sus palabras fueron que era el mayor avance que se había conseguido en aeronáutica desde los hermanos Wright. Y aquí estoy yo, deseando que me cuente cómo empezó todo y cómo pudo lograrlo.
Juan de la Cierva se sintió al principio abrumado ante las palabras del empresario, pero, poco a poco, envuelto en la amabilidad y sencillez de la conversación de Henry, fue sintiéndose cada vez más cómodo y le refirió cómo fue superando los tropiezos de los primeros años hasta conseguir que el autogiro volase. Fue una charla larga en la que Pitcairn apenas intervino y en la que Ford y De la Cierva sintieron que conectaban enormemente. Nacería, así, entre ellos un vínculo de mutua admiración. Años más tarde, Juan se referiría a Henry Ford como un «amigo» y la persona cuya conversación había conseguido despertar en él mayor interés.
—Creo —dijo Ford mientras pensaba que debería ir concluyendo la charla, al ver que su esposa le hacía señas desde otra zona del salón— que todo esto que me ha dicho tiene la obligación de contarlo. Su autogiro es una obra que perdurará y evolucionará con los años, pero, para los que vengan detrás de nosotros, tiene que quedar, además, el ejemplo de cómo luchando se puede conseguir todo, hasta lo que parece imposible; de manera que los que ahora son niños o jóvenes se marquen sus propias metas y sean capaces de construir un mundo mejor. ¿Por qué no escribe unas memorias, Juan? ¿No lo ha pensado?
—Me parece una magnífica idea —intervino Pitcairn—. La última vez que Juan nos visitó en Filadelfia, en 1929, lo encerré en mi casa con mi colaborador Paul Stanley y no le permití volver a España hasta que terminaran de escribir lo que, a la postre, considero una joya que quedará para siempre en la historia de la ciencia: la Engineering Theory of the Autogiro, ni más ni menos que todo un manual práctico para el diseño y el cálculo aerodinámico y estructural del autogiro; como unas instrucciones para los constructores. Después de ese magnífico trabajo, estoy de acuerdo con Henry en que lo que correspondería hacer ahora sería escribir una biografía del personaje que logró crearlo.
—Ni lo sueñes, Harold. Ni sé escribir ni creo que les pudieran interesar esas supuestas memorias a nadie.
—Eso es ridículo. Todo lo que me ha estado contando es apasionante y del mayor interés. Además, como hemos hablado, es su obligación servir de modelo a las siguientes generaciones —insistió Ford—. Si no se siente cómodo escribiendo, eso tiene fácil solución. Yo conozco escritores y periodistas que seguro estarían encantados de escucharle y transcribir sus memorias. Podrían ayudarle.
Continuaron presionándole durante varios minutos hasta que Juan no tuvo más remedio que dar su brazo a torcer. Ford y Pitcairn quedaron en hacer unas llamadas a algunos conocidos y ponerse entre ellos de acuerdo en quién podría ser la persona más idónea para escribir la biografía. Antes de volver a España, Juan tenía una tarea nueva que hacer.
Volvieron a Bryn Athyn para celebrar el fin de año. La familia Pitcairn había organizado una fiesta con unos pocos invitados en la que Juan se iba a convertir en el centro de atención. Tras la cena, los hombres fueron a una sala contigua al comedor a fumar y tomar una copa de brandy. Harold se acercó, acompañado de uno de los invitados, hacia el sillón en el que estaba cómodamente sentado Juan de la Cierva hablando animadamente con el marido de la hermana de Pitcairn.
—Antes ya te presenté a Robert McLean —dijo Pitcairn tras echar una bocanada de humo del puro que estaba fumando—. Lo que no te dije es que Robert es el propietario del Philadelphia Bulletin.1 Le comenté lo de tus memorias y me ha dicho que estaría encantado de poder ayudarte.
—Creo que tengo la persona ideal para lo que necesitan —empezó a decir McLean—. En la redacción contamos con un magnífico periodista que dirige la sección científica del periódico. Además, empieza a consagrarse como escritor: ha publicado algunos ensayos e incluso acaba de presentar una novela. Su nombre es Tim Connor2. Es un tipo muy simpático, que maneja muy bien el lenguaje, y también es un gran aficionado a todo lo relacionado con la aviación. Le comenté la llamada que me hizo Harold y está entusiasmado con la idea de colaborar en sus memorias. Le admira muchísimo, Juan, y dice que para él sería un honor tomar parte en algo así.
—Como es normal, primero tendrá que conocer Juan a Connor y dar su aprobación. —Pitcairn se quedó pensativo y se dirigió a De la Cierva—. ¿Qué te parece si viene Connor un día de estos a entrevistarte para el Bulletin y, una vez que lo conozcas, decides si te parece la persona indicada? Evidentemente, para que esto salga bien, tendrá que ser alguien con quien pienses que te vas a sentir cómodo contándole toda tu vida.
—Mira, Harold. Sigue pareciéndome algo pretencioso y exagerado la idea de una biografía mía, y más teniendo en cuenta que aún no tengo ni treinta y siete años, pero, ante tu amabilidad y hospitalidad, ya sabes que no puedo negarme a nada de lo que me pidas.
—Pues, si os parece bien, le ...

Índice

  1. Cubierta
  2. Anteportada
  3. Portada
  4. Página de derechos de autor
  5. Dedicación
  6. Índice
  7. Prólogo
  8. PRIMERA PARTE. LA MANSIÓN DE BRYN ATHYN
  9. SEGUNDA PARTE. DESENLACE INESPERADO
  10. Agradecimientos
  11. Contraportada