La muerte es mi oficio narra la vida de Rudolf Lang, alter ego novelesco de Rudolf Höss, comandante de Auschwitz y encargado de afinar la ominosa maquinaria de muerte que acabaría con la vida de millones de judíos. Robert Merle traza, paso a paso, el intrincado camino que llevará a Lang desde una infancia marcada por un padre católico y muy estricto que pretendía hacer de él un sacerdote, hasta los más altos cargos en el seno de las SS y la cúspide misma del horror, pasando por la Primera Guerra Mundial, los Freikorps, la prisión, los duros años de hambre, paro y penuria que el Tratado de Versalles deparó a Alemania, y su afiliación al Partido Nacionalsocialista. Cuando Himmler le encargue personalmente la concepción de una industria de muerte que haga desaparecer al que los nazis consideraban su «enemigo histórico», para Lang tan abominable misión se reducirá a una serie de problemas técnicos que hay que resolver de la manera más eficiente. Escrita con un estilo sobrio y tanto más perturbador por la frialdad y la contención con que rehúye toda estetización o exhibicionismo del Mal, y por preferir ahondar en los abismos psicológicos de sus protagonistas, La muerte es mi oficio, publicada en 1952, es todo un tour de force narrativo, una de las primeras novelas que tuvieron la audacia de meterse en la piel y la mente de los verdugos nazis. Estas páginas nos revelan las monstruosidades que puede llegar a cometer alguien que, lejos de ser un demente o un sádico, «se limita» a cumplir, fría y desapasionadamente, con su deber.

- 328 páginas
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La muerte es mi oficio
Descripción del libro
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Información
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Literatura general1934
En junio recibí la orden de ir a S. con mi escuadrón para participar en un pase de revista de jinetes de las SS. El desfile, por calles decoradas con banderas y cruces gamadas, se desarrolló según lo previsto, en un orden impecable y, rodeado por el entusiasmo general de la población, Himmler, después de habernos inspeccionado minuciosamente, dio un discurso que me produjo una profunda impresión. Las ideas que expuso me resultaban, como a todos en las SS, familiares desde hacía tiempo. Pero escucharlas de la boca del Reichsführer en esa fiesta solemne, me pareció una confirmación luminosa de su verdad.
El Reichsführer recordó primero los meses difíciles para las SS y para el Partido que precedieron a la toma del poder, cuando «la gente nos daba la espalda y muchos de nosotros estaban en prisión». Pero, gracias a Dios, el Movimiento y las SS superaron la adversidad. Y, ahora, la voluntad de Alemania nos había dado la victoria.
Esa victoria, afirmó solemnemente el Reichsführer, no cambiaba nada, y no debía hacerlo, en el ánimo del Cuerpo Negro. Las SS, en los días solares, seguirían siendo lo mismo que fueron durante la tormenta: soldados inspirados por el honor. Desde siempre, agregó, desde la remota época de los caballeros teutónicos, se había considerado que el honor era el ideal supremo del soldado. Pero entonces no se sabía bien qué era el honor. Y, en la práctica, los soldados experimentaban constantemente dificultades para escoger, entre diversos caminos, aquel que les parecía el más honorable. Esas dificultades, el Reichsführer estaba feliz de poder decirlo, no existían en las SS. Nuestro Führer, Adolf Hitler, había definido de una vez por todas el honor de las SS. Había hecho de esa definición el lema de su tropa de élite: «Tu honor», había dicho, «es tu fidelidad». A partir de ese momento, todo era perfectamente simple y claro. Ya no teníamos problemas de conciencia. Bastaba con ser fiel, es decir, con obedecer. Nuestro deber, nuestro único deber era obedecer. Y, gracias a esa obediencia absoluta, aceptada según el verdadero espíritu del Cuerpo Negro, estábamos seguros de no equivocarnos jamás, de estar siempre en el camino correcto, de servir de manera irreprochable, en los buenos y en los malos tiempos, al principio eterno: Alemania, Alemania por encima de todo.
Después de su discurso, Himmler recibió a los jefes del Partido y de las SS. Debido a la modestia de mi grado, me sorprendió que me convocara.
Estaba en un salón de la Alcaldía, de pie detrás de una gran mesa vacía.
–Oberscharführer Lang, usted participó en la ejecución de Kadow, ¿no es verdad?
–Jawohl, Herr Reichsführer.
–¿Estuvo durante cinco años en la prisión de Dachau?
–Jawohl, Herr Reichsführer.
–Y, antes de eso, ¿en Turquía?
–Jawohl, Herr Reichsführer.
–¿En calidad de suboficial?
–Jawohl, Herr Reichsführer.
–¿Es huérfano?
–Jawohl, Herr Reichsführer.
Me sentí decepcionado, estupefacto. Himmler recordaba perfectamente mi ficha, pero no recordaba que ya me la había recitado.
Hubo un silencio, me miró atentamente y siguió:
–¿Nos encontramos hace dos años en casa del barón Von Jeseritz?
–Jawohl, Herr Reichsführer.
–¿El barón Von Jeseritz lo emplea como granjero?
–Jawohl, Herr Reichsführer.
Su binóculo brilló bruscamente y dijo con voz severa:
–¿Y ya le había hecho todas estas preguntas?
Balbuceé:
–Jawohl, Herr Reichsführer.
Me lanzó una mirada penetrante.
–¿Y usted cree que no lo recordaba?
Dije, con esfuerzo:
–Jawohl, Herr Reichsführer.
–Se equivoca.
Me palpitaba el corazón, me cuadré ante él hasta que me dolieron todos los músculos y articulé, con claridad y fuerza:
–Me equivoqué, Herr Reichsführer.
Dijo con dulzura:
–Un soldado no debe dudar de su líder.
Después de eso hubo un largo silencio. Me sentí petrificado de vergüenza. Poco importaba que mi duda fuese insignificante. Había dudado. El espíritu judío de crítica y denigración se había insinuado en mis venas: había osado juzgar a mi líder.
El Reichsführer me miró atentamente y dijo:
–No volverá a ocurrir.
–Nein, Herr Reichsführer.
Hubo otro silencio, y dijo simple y llanamente:
–Por lo tanto, ya no volveremos a hablar de esto.
Y comprendí con un escalofrío que volvía a confiar en mí. Miré al Reichsführer. Miré sus rasgos severos, inflexibles y me invadió un sentimiento de seguridad.
El Reichsführer fijó sus ojos impasibles en un punto del espacio un poco por encima de mi cabeza y...
Índice
- PREFACIO
- 1913
- 1916
- 1918
- 1922
- 1929
- 1934
- 1945
- Índice
- Notas
Preguntas frecuentes
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