El castillo de la carta cifrada
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El castillo de la carta cifrada

  1. 112 páginas
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El castillo de la carta cifrada

Descripción del libro

Mal asunto escribir cartas, mal asunto. Al enarbolar la pluma, el riesgo que se nos presenta es doble. Primer riesgo: no saber qué decir, a pesar de nuestra frenética urgencia de decir algo. Segundo riesgo: que los destinatarios de la carta no participen de nuestras ideas y, al recibir el mensaje, puedan negarnos su comprensión o, lo que es peor, zaherirnos con una sonrisa desdeñosa. ¿Qué hacer entonces? Si la necesidad de comunicación persiste, hay que encontrar una solución. Por ejemplo, amañar la carta, de tal suerte que el destinatario, por mucha que sea su buena voluntad, no pueda descifrar su contenido. Partamos, pues, de una pregunta capciosa. Ahí tenemos a las ranas, esas ancianas damas vestidas de verde de piel rugosa y mirada hipnótica. «¿Son fundamentales las ranas?», preguntamos. (Ahí te espero.) Pero ni con este ni con otros interrogantes agotamos todas las posibilidades, pues disponemos también del recurso de enmascarar la caligrafía transformando astutamente la pregunta en un jeroglífico, capaz de devolver al lector más presuntuoso la conciencia de sus limitaciones. Bien lo sabe nuestro admirado Marqués: «Escribamos cartas dice, pero hagámoslo con la secreta esperanza de que nuestros destinatarios no entiendan ni una sola palabra de lo que escribimos.» No caben aquí mociones parlamentarias, solicitando aclaraciones. Estos problemas, hermanos, no pueden resolverse dentro del dorado marco de la Constitución. Con esta novela, extraordinaria en tantos conceptos y escrita con un humor que, a menudo, evoca una inesperada colisión entre Kafka y Buñuel, el escritor aragonés Javier Tomeo inició una brillante trayectoria internacional que le ha convertido en uno de los novelistas españoles más traducidos de los últimos tiempos. La crítica española fue unánime: «Una obra maestra» (Rafael Conte), «Un prodigio de lenguaje» (Luis Suñén), «Se lee de un tirón. Nada le sobra ni nada le falta a sus cien páginas» (Manuel Cerezales), «Inolvidable» (El País), «Lo insólito: una novela española seria con humor» (Cambio 16). La crítica internacional reaccionó también con gran entusiasmo, en especial en Alemania, donde Javier Tomeo se ha convertido en lo que se denomina un «escritor de culto»: «Un libro melancólico y a la par altamente divertido» (Deutsches Allgemeine Sonntagsblatt), «Un libro maravilloso para días tranquilos» (Pfalstertrand), «Hace tiempo que no he leído una obra en prosa que a la vez me haya conmovido y divertido» (Suttgarter Zeitung).

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Información

Año
1988
ISBN de la versión impresa
9788433917607
ISBN del libro electrónico
9788433944375
Categoría
Literatura

El castillo de la carta cifrada

Para Lore y Agustín
–No se preocupe, Bautista, y deje de temblar –me dijo aquella mañana el señor Marqués–. Lo que voy a encargarle es fácil. No soy de los que piden peras al olmo. Vea usted esta carta. En apariencia, una carta como cualquier otra. Para mí, sin embargo, es de gran importancia. Debe entregársela personalmente al señor Conde. Me refiero, por supuesto, al Conde de X, Don Demetrio López del Costillar. Habrá oído hablar de él más de cuatro veces. Su castillo queda al otro lado del valle. Para ir, puede elegir entre dos caminos. Uno de ellos atraviesa el bosquecillo de álamos y, al llegar a la altura del molino, se desvía hacia el pueblo. El otro sigue recto, cruza el río por el puente de piedra y asciende serpenteando por la colina. Este último es más corto, pero preferiría que elijiese el otro. Elija pues el otro. Cuando entre en el pueblo, sin embargo, no permita que le entretengan sus viejos compinches. Mande al cuerno a todos los chismosos que le salgan al paso. Avance con decisión por la Calle Mayor, y después de pasar por delante de la mansión de la Baronesa de O, métase por la primera bocacalle que encuentre a mano derecha. Usted ya conoce el palacio de la Baronesa: un enorme caserón de piedra de alero descomunal. Le envié allí hace apenas un mes, para interesarse por la salud de esa excelente amiga mía, después de su último aborto. Bien, deje atrás el palacio de la Baronesa y siga adelante, hasta llegar a la cruz de piedra que santifica una encrucijada. Sitúese entonces al pie de la cruz y oriéntese hacia el Este. Recuerde que el Este es precisamente el lugar por donde, por lo menos hasta esta mañana, sale el sol. No se me vuelva pues hacia el otro lado. Agudice la mirada y frente por frente, en la ladera de una de las colinas que cierran el valle por su flanco oriental, podrá localizar el castillo del señor Conde. No le resultará difícil, porque es el único que queda por esa zona. Podrá también identificarlo por la gran bandera verde que ondea siempre en la Torre del Homenaje. Tómese entonces un momento de respiro y reanude el camino. Si avanza a buen paso, tardará menos de una hora en llegar a la primera muralla. Cruce la puerta exterior y avance por la calzada que avanza en zig-zag a través del jardín. En un par de minutos llegará a la puerta principal. Una puerta impresionante, se lo advierto. La recuerdo guarnecida de cerrojos y provista de potentes goznes. En mis tiempos inspiraba a todos los visitantes un vago sentimiento de horror. Sobrepóngase a todas sus aprensiones y recurra a la aldaba. Golpee con decisión, pero sin insolencia, y no pasará mucho tiempo antes de que acudan a la llamada. No sé si, durante todo este tiempo, el señor Conde habrá cambiado de mayordomo. Hace cuatro lustros podía ufanarse de contar con el criado más siniestro de la comarca. Un tipo de labio insolente y andar furtivo, que hablaba cuchicheando. Aquel hombre debía de tener entonces alrededor de 60 años, es decir, que, de vivir todavía, pasaría hoy de los 80. Demasiado viejo para continuar en servicio activo. En fin, sea el criado que sea, lo cierto es que le han abierto la puerta. Ya está usted bajo la bóveda gótica del vestíbulo. Pronuncia el nombre del señor Conde y aguarda. Llega otro sirviente y, a través de oscuros y complicados pasillos, empieza a conducirle hacia el gabinete de Don Demetrio. Le adelanto que el camino será largo. Cruzarán salones, bajarán por unas escaleras, subirán por otras, girarán hacia la derecha, luego hacia la izquierda y puede que, después de media hora de marcha, entren en una pequeña estancia iluminada por un par de lámparas de aceite, con las paredes decoradas por hermosos paneles chinos. Saldrán por una angosta puerta disimulada tras una cortina, avanzarán por otros corredores, nuevos giros a derecha e izquierda, y usted podrá empezar a comprender entonces que nunca resulta fácil llegar hasta la persona que buscamos. Los corazones de todos aquellos a quienes necesitamos se sitúan siempre en el centro de un laberinto. Durante el recorrido, de todas formas, verá objetos maravillosos. Trofeos heráldicos, sombríos tapices, mágicas esculturas, hermosísimas pinturas. El criado, por fin, empuja una enorme puerta de caoba y le invita a entrar. Se encuentra ahora en un salón inmenso, muy alto de techo. A través de las policromadas vidrieras de las ventanas, largas y estrechas, penetran débiles rayos de sol. El señor Conde está tendido en un canapé. Levanta un brazo y agita débilmente los dedos, pidiéndole que se le acerque. Usted obedece, le entrega la carta y le ruega que la lea en su presencia. Formule ese deseo con la debida humildad, haciéndole notar que yo tengo especial interés en que las cosas se hagan de ese modo. Hecha esa petición –de la que, a buen seguro, no recibirá objeciones– contenga la respiración y espere. Muéstrese paciente. Tengo entendido que, durante estos últimos años, el señor Conde ha perdido bastante la vista. Cabe, pues, la posibilidad de que tarde más de dos horas en leer las dos cuartillas manuscritas que le envío. Además, es hombre desconfiado y releerá la carta tres o cuatro veces, tratando de encontrar en el texto alguna injuria oculta, alguna secreta calumnia. Mientras lea y relea la misiva, usted se limita a esperar a pie firme, junto al canapé, con la mirada puesta en el suelo. Su actitud, más que respetuosa, debe resultar decididamente sumisa. No demuestre ningún interés por la decoración de la estancia. Le diré, para que no le coja de sorpresa, que se encontrará en un aposento repleto de muebles a cual más extravagante, con los muros tapizados con hermosas colgaduras y un reloj de prodigiosas dimensiones, del que, en el momento más frívolo, pueden surgir las campanadas del juicio final. Todo eso, por supuesto, suponiendo que, durante este tiempo, el señor Conde no hubiese decidido variar la decoración de su sanctum. De cualquier modo, y pese a su aparente abstracción, usted debe mantenerse siempre en guardia. No se descuide ni por un instante. Sepa que Don Demetrio es hombre aficionado a desconcertar a la gente con las preguntas más inesperadas. Tal vez, apenas haya iniciado la lectura de la carta –cuando parezca ya interesado en el texto– levante la mirada de las cuartillas y quiera saber, por ejemplo, qué es lo que piensa usted de la parcelación agraria. Hace años, en circunstancias parecidas, solía hacer preguntas de ese tipo. Si llegara a verse en ese trance, usted debe mostrarse contrario a cualquier proyecto de ley en ese sentido. Es decir, usted debe reaccionar como si fuese también un gran terrateniente y las tierras a repartir fuesen suyas. Tenga en cuenta que si el señor Conde no advierte en usted una total adhesión al latifundismo, romperá la carta en cien trozos y le despedirá a cajas destempladas. Esa reacción, en cierto modo, resultaría lógica. Sus razonamientos, más o menos, vendrían a ser los siguientes: «¿Qué puede importarme a mí lo que me escriba un señor cuyo lacayo –aparte de ser cojo– no parece convenientemente mentalizado en un problema que a nosotros, los propietarios, nos interesa tan de cerca?» Mucho cuidado, pues, Bautista. Recuerde siempre que el señor Conde es hombre de extrañas reacciones. Y de extraños gustos. Le diré, por ejemplo, que en su juventud le interesaron exclusivamente –fíjese que digo exclusivamente– las mujeres de gran capacidad ovárica. Matronas poderosas, capaces de desmanejar de un manotazo al hombre mejor plantado. Ninguno de sus compañeros de francachela le vio jamás mirar a una mujer que pesase menos de siete arrobas. Todas sus amantes dormían en camas reforzadas. ¡Ah, sí! ¡Todavía hoy me maravillo recordando aquella curiosa obsesión suya! Porque, dígame, Bautista, ¿qué sutil ternura, o qué enloquecidas ansias de amores cósmicos podían justificar semejante debilidad en un hombre que, por aquellos tiempos, pesaría poco más de cuarenta kilos? Don Demetrio tenía además otras muchas manías. Verbigracia, su obsesión por los números impares. O su afición por el color verde, en cualquiera de sus gamas. «No hay color más apacible para la vista», suspiraba, contemplando una lechuga. Sí, claro, sé muy bien que el color verde es el color de la juventud, y que el señor Conde, en aquella época, no había cumplido aún los treinta. Pero no creo que su desmedida afición por ese color fuese solo una cuestión de edad. Ya sabe usted, hay gustos que no nos abandonan hasta la sepultura. Estoy seguro de que Don Demetrio conserva intactas sus preferencias cromáticas. ¿Qué hace, si no, esa bandera esmeralda, ondeando día y noche en lo más alto de su castillo? Tanto es así, Bautista, que usted, para entregar la carta, debería vestirse de verde. Calzas verdes y jubón verde. Medias verdes y zapatos verdes. No perderemos nada haciéndolo. Le diré, incluso, que si se presentase vestido de otro color podría negarse a leer la misiva. Un color equivocado puede echar por tierra todos los pronósticos. Se preguntará usted, ¿por qué el señor Conde prefiere el verde, y no el rojo, el azul o el amarillo? Vaya usted a saber, amigo mío. Recuerde que no debe discutirse jamás sobre colores, ni sobre gustos. Eso es, por lo menos, lo que aconsejaban los escolásticos. Yo me he limitado a exponerle un hecho y a sugerirle que es lo mejor que puede hacer. En realidad, me circunscribo a trazarle las líneas maestras de su conducta, en una misión que, para mí, reviste la mayor importancia. Predico, además, con el ejemplo. Vea el sobre y el papel de esta carta. Son también verdes. Para encontrarlo, tuve que indagar entre media docena de proveedores. Pero, ¿y esta satisfacción mía de ahora, al poder enviar una carta escrita sobre papel verde, a un hombre que parece encontrar en ese color la mayor fuente de satisfacciones? Vuelvo a repetírselo, Bautista: contra gustos, no hay disputas. Nadie se atrevió a criticar a Nerón por su afición a contemplar los más feroces combates de gladiadores a través de una esmeralda. Estoy seguro de que, tras ese hábito, aquel emperador escondía algo más que una simple miopía; tal vez, la necesidad de poner ante sus ojos un mundo más amable, sin verse obligado a confesar esa debilidad ni renunciar a la sangre. Vaya pues al castillo de Don Demetrio vestido de verde, Bautista. No lo pensemos más. Y llévese, además, un par de ranas en el bolsillo. Dos ranas verdes, por supuesto. Imagínese la escena. El señor Conde le ha recibido sin demasiado entusiasmo. Empieza a leer la carta y se encuentra con ciertas dificultades, de las que le hablaré más tarde. Su vista, además, flaquea más de la cuenta. Se siente irritado. Establece una pausa, desvía la mirada de las cuartillas y se encuentra inesperadamente con las dos hermosas ranas, que usted, en previsión, había soltado un momento antes. Súbitamente se siente reconfortado. Usted le explica entonces que llevó las ranas por indicación mía y ese detalle acaba de predisponerle a nuestro favor. «Veamos, veamos qué es lo que continúa diciéndome su amable señor», suspira, regresando a la lectura. Capture pues una pareja de ranas, Bautista. Lo que le digo ahora no es ya una simple sugerencia, sino una orden. En el estanque encontrará todas las que quiera. Elija las más graciosas. Que no sean ni muy pequeñas, ni demasiado grandes. Y que croen con delicadeza. Las guarda en el bolsillo y las suelta mientras el señor Conde, absorto en la lectura –tal vez a punto de desistir– mantenga las cuartillas a dos dedos de la nariz. ¿Me pregunta usted por qué he dicho «a punto de desistir»? Tengo razones para suponerlo, Bautista. Muchas razones. Usted, por ejemplo, sabe que mi caligrafía es mala. Escribir me ha fatigado siempre. Me falta constancia para terminar debidamente incluso el trazo de las letras más simples. Sostener el mango de la pluma constituye una tarea superior a mis fuerzas. Así es que, antes de enfrentarme con una cuartilla en blanco, tuve siempre que mentalizarme si no quería convertir mis cartas en un galimatías. Pero es que en esta misiva, Bautista, me propuse ser todavía más complicado. Escribí especialmente mal, con toda premeditación y alevosía. ¿Por qué? Muy simple: me dije, al empezar a escribirla, que no tenía porqué dar al señor Conde la satisfacción de poder leerme sin un esfuerzo adicional. Esa fue, por lo menos, la principal razón de que enrevesase todavía más mi caligrafía. Le diré, por ejemplo, que, en esta carta todas las emes en lugar de tres palitos, tienen cuatro. Y que las enes, por su parte, tienen tres, en lugar de los dos de costumbre. Más todavía: el punto de las íes está colocado siempre sobre la letra inmediatamente posterior o anterior a la que le corresponde. Y, por si todo eso fuese poco, no dejo el menor espacio entre palabra y palabra. De hecho, toda mi carta es una sola e inmensa palabra, que no significa nada. ¿No le parece ingenioso, amigo mío? ¡Vamos, vamos, dígame algo! ¿Cree usted que el señor Conde, por mucha que sea su buena voluntad, podrá leer la carta al primer intento? No, desde luego. Para leer una sola cuartilla necesitará, por lo menos, un par de horas. Cabe incluso la posibilidad de que, antes de terminar, acabe perdiendo la paciencia. ¿Y qué ocurrirá si pierde la paciencia? Correría usted algunos riesgos, Bautista, no voy a ocultárselo. Al fin y al cabo, es usted quien le entrega la carta, y Don Demetrio es hombre colérico. Tal vez, exasperado, le cruce el rostro con su látigo de siete colas. O tal vez prefiera entregarle a sus lacayos –hombres fornidos donde los hayapara que se despachen a gusto con usted y le muelan a palos. Cualquiera de esas dos alternativas es mala. Vea, pues, lo importante que será soltar las ranas en el momento oportuno. Ni antes, ni después, sino en el instante justo. Exactamente cuando vea que el rostro del señor Conde, congestionado por la ira, empieza a enrojecer. Que ese pobre hombre, cuando esté a punto de estallar, las descubra de pronto saltando graciosamente sobre la alfombra, verde sobre verde. Puede que entonces olvide su disgusto y acabe reconciliándose con todos los jeroglíficos del mundo. Porque debe usted saber, Bautista, que las ranas –sobre todo las de color verdeson además animales con largas e increíbles tradiciones. En ocasiones, salen al encuentro del héroe y le confían maravillosos secretos, que valen un imperio. ¿Y si Don Demetrio pensase, pues, que esas ranas tienen también para él un secreto, capaz de devolverle la juventud perdida? ¿Qué es lo que no daría un anciano por recuperar su juventud? ¿Cómo enfadarse por haber recibido una carta incomprensible, cuando sabemos que, en un abrir y cerrar de ojos, volveremos a ser los que fuimos? Existe, sin embargo, una circunstancia en la que, bajo ningún pretexto, deberá soltarlas. Y usted, que quiere saberlo todo, se preguntará: ¿en qué circunstancia? Muy simple, querido Bautista: no deberá soltar las ranas, en el caso de que el señor Conde le haya recibido en compañía de su esposa, Doña Beatriz. O si Doña Beatriz entra en el aposento, mientras Don Demetrio esté tratando de leer la carta. Resumiendo: usted no debe dejar a las ranas en libertad en presencia de la señora Condesa, porque esa egregia dama no puede soportarlas. No podía soportarlas ya cuando era niña, y no creo que haya cambiado. ¿Por qué razón? Algún extraño complejo freudiano, vaya usted a saber. Lo cierto es que si esa mujer las descubriese de pronto a sus pies, se llevaría un susto de muerte. Y el señor Conde, pese a todo, ama demasiado a su voluminosa esposa para permitir que alguien pueda asustarla impunemente. Ande pues con tiento y quédese con nuestros animalitos en el bolsillo, si Don Demetrio le recibe en compañía de su consorte. No las suelte, aunque le vea crispar los puños y maldecir mi caligrafía, o aunque los batracios, molestos por el encierro, empiecen a morderle en salva sea la parte. Le doy ese consejo porque siempre es mejor soportar cóleras tradicionales que iras metafísicas, de las que puede depender incluso la salvación de su alma. Así que si el señor Conde, al no verse reconfortado por las ranas, decide descargar toda su cólera sobre su pobre cuerpo, no haga ni un solo ademán para protegerse. Reciba los golpes con humildad, sin un lamento. Que sepa ese cretino –porque el señor Conde, a fin de cuentas, es solo un cretino– hasta dónde llega la entereza de mis criados. Más aún: debería usted corresponder a los latigazos, o a las puñadas, con una leve sonrisa, con una sonrisa apenas insinuada. No estoy pensando, por supuesto, en ese rictus altanero con el que algunos condenados a muerte, al subir al patíbulo, insultan a su verdugo. Tampoco me refiero a la lúbrica mueca de los que encuentran en el dolor la más sublime expresión del placer. Su sonrisa, por el contrario, debe rezumar espiritualidad. En cierto modo, debe resultar entre alegre y confiada. Consiga que, mientras restalla el látigo, brille en su semblante la expresión de los que cifran todas sus esperanzas de justicia en el otro mundo. Le diré todavía más, y perdone que me extienda tanto en este punto: lo ideal sería que, si llega el momento de los azotes, usted cayese de rodillas ante el señor Conde y le ofreciese mansamente la espalda. Piense que, al fin y al cabo, lo que está en juego es mi propia reputación. Usted debe, pues, representarme con toda la dignidad posible. Ya sé que es triste bajar y subir siempre por la escalera de otro, pero así son las cosas. Los criados, como decía aquel, deben ser fieles, deformes y feroces. Puesto que usted es ya deforme y feroz –feroz para sus inferiores e iguales– séame también fiel en lo que le pido ahora. Pero, ¿qué es lo que le ocurre, Bautista? ¿Está usted temblando? ¿Tiene miedo? ¿Va a permitir que el riesgo de recibir unos cuantos latigazos –una posibilidad, en definitiva, bastante remota– le robe el placer de saber que va a prestarme un servicio inestimable? ¡Ah, no, mi pobre amigo! ¡No se asuste antes de hora! ¡Sufrir antes de tiempo es sufrir dos veces! Los latigazos no son seguros. Podría también ocurrir que el señor Conde reaccionase con menos virulencia. ¿Quién sabe? Tal vez, por ejemplo, guarde el látigo para otra ocasión y trate únicamente de sonsacarle el contenido de la carta. Quizá ...

Índice

  1. Portada
  2. A MODO DE PRÓLOGO
  3. El castillo de la carta cifrada
  4. Créditos

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