Gestos de vida
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Gestos de vida

  1. 320 páginas
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Descripción del libro

«Gestos de vida» (1922) es una recopilación de novelas cortas de José María Vargas Vila. Incluye «El rescate», «La gloria», «La sembradora del mal» y «Desiderio», historias por las que desfilan los temas habituales de Vargas Vila: el pesimismo, las pasiones desatadas, la soledad y el mal del siglo.

Información

Editorial
SAGA Egmont
Año
2022
ISBN del libro electrónico
9788726680614
Categoría
Literatura
Categoría
Clásicos

LA GLORIA

Era un trinar de pájaros bajo los cielos de oro;
paisaje primaticio, lleno de beatitud;
el mar, como una copa de añil que desbordara sobre las playas de ocre;
cantaba su canción;
sonora, polifónica, profana a la armonía, como un gran grito lleno de una embriaguez de Sol;
el beso formidable de la ola con la playa, hacía franjas de espuma sobre la arena estéril, dormida en la infinita quietud languideciente;
de la tarde vencida;
bajo el Arco de Triunfo de la cercana Noche;
que surgía coronada de ópalos;
un sol agonizante, palidecido y triste era en los altos cielos como un nenúfar muerto, en un desfolio lento sobre un campo de azur;
misterios errabundos perlaban las estrellas, sobre el miosotis lívido de la copa del mar;
la hora apaciguante, de una molicie tierna, tenía vértigos lentos de voluptuosidades, como un vago deseo, que enfermara las cosas, ávidas de caricias;
sobre el jardín, la sombra hacía como un remanso en el cólchico ardiente de la tarde estival;
la casa, blanca, se diría una gardenia enorme caída entre el follaje, que más que verde, con un color de herrumbre aparecía;
el viento se hacía acariciador en los ramajes y, sobre la tapicería de las gramíneas que eran como un reposorio de paz para los ojos, fatigados de aquel deslumbramiento de olas y de púrpuras;
rosas como arrancadas a los Misales Góticos, o a viejos Libros de Horas, abrían sus lindos cálices, un poco versallescos, en el verde cambiante de los parterres, que la hora moribunda hacía densos de sombra;
las unas eran blancas, de una blancura anémica, y, el oro del crepúsculo, nimbaba firmemente su palidez claustral;
otras, el rojo vivo de pétalos de sangre mostraban orgullosas en actitud triunfal;
feria de los geranios la fronda se diría; tanto las bellas flores se abrían a la caricia de la hora sensual;
a los besos dementes del aire los lirios se doblaban;
como cuerpos amantes a los besos de amor;
en formas arácnidas las plantas trepadoras tendían cortinas densas, que la suave cadencia de la tarde hacía musicales;
las madreselvas, el índigo pálido y el rosa evanescente de sus hojas, abrían en el bruno follaje;
como obedeciendo al culto de un rito misterioso el múltiple incensario de los bosques cercanos esparcía el olor de sus resinas;
un surtidor cantaba;
en el naufragio palideciente de la Tarde;
cerca a un pretil de piedra, lindero del camino, sentados en un banco rústico, dos adolescentes dialogaban en el fasto doliente y los oros extintos de la hora vesperal;
al frente, en perspectiva, una gran roca obscura y granítica diseñaba su perfil dentellado, que el fondo rojo del crepúsculo hacía trágico;
el adolescente la contemplaba con ojos pensativos, brumosos de Ensueños, ávidos de visiones y, en los cuales, como un estandarte desplegado, reinaba la sombra de un gran Dolor;
y, decía, con una voz aun insegura, que parecía cautiva de sus emociones internas:
—¿No ves el gesto de la roca?
la roca ríe;
¡qué bella boca desdentada la boca de la roca!
el cincel de los siglos la ha esculpido así;
parece un formidable anaglifo tallado por Titanes en el corazón de la montaña;
es vieja como la Tierra su madre, de la cual surgió forjada así;
la Belleza de las cosas antiguas es sagrada;
ella es la Belleza Vencedora;
ha vencido la Muerte;
. . . y, la flor de esa Victoria se llama: el Arte;
inmarcesible y maravillosa, como esa roca;
como esa roca, que ahora cambia de expresión y se hace triste bajo el juego de sombras y de luz que hace esa nube negra que se proyecta sobre ella, y, se diría que la hace llorar;
¿no ves llorar la roca?
esas dos grandes cavernas son sus ojos; ojos de los cuales la mano brutal de los siglos ha extraído las pupilas;
esos largos musgos que penden de sus bordes, en los cuales los helechos hacen veces de pestañas, son sus lágrimas;
es triste ver llorar la roca;
¿por qué llora la roca?
¿es la tristeza de la Noche esplendente y naciente lo que la hace llorar? . . .
¿es el recuerdo de las cosas que ha visto en su vida solitaria de siglos?
de los siglos que ha visto morir;
algo conmueve el alma de la roca;
porque la roca tiene un alma, como todas las cosas;
expresar el alma de las cosas;
he ahí el deber del Arte . . .
he ahí el Dolor del Artista, que no sabe aún encontrar esa expresión;
y, a quien la forma innata de esa próxima Revelación tortura;
¿sabes tú lo que es el Dolor del Arte por nacer?
ese que es mi propio Dolor;
¿lo sabes tú? . . .
Y, el joven que así hablaba, y que era casi un niño, volvió a mirar a su bella compañera, a quien interrogaba;
ésta, indiferente al monólogo declamatorio del joven, o contrariada por él, fingía no oír y se entretenía abstraída en limpiarse y limarse las uñas con un instrumento de manicura, y con las cejas contraídas, inclinaba la cabeza, proyectando la tiniebla profunda de su cabellera, sobre la blancura inmaculada de sus manos;
el silencio exasperó al joven, que la miró entonces con semblante severo;
ella, se apercibió por ese silencio, de que el monólogo — que en vano había tratado de ser diálogo—, había cesado, y volviendo a mirar a su interlocutor, le dijo:
—¿Has acabado tu discurso?
razón tienen en el pueblo, de decir que eres loco;
¿a quién se le ocurre imaginar que esa piedra llora?
sólo tú puedes con esas cosas hacer reír las piedras, y hacerme reír a mí.
Y, así diciendo, ensayó reír, con una risa forzada y en el fondo mala; risa de mujer celosa;
¿celosa de qué?
de la roca;
él, la miró con un desprecio colérico, que no era fingido:
—Tú, no comprenderás nunca nada — le dijo, con una voz en que temblaba el rencor—;
el Arte, no es tu reino;
la Incomprensión de las cosas sutilmente bellas, es tu dominio;
tú tienes el alma del Pueblo, o mejor dicho, de la Parroquia, de esta Parroquia en que nacimos;
alma pequeña, vulgar, enredadora;
alma bárbara;
alma de Incomprensión;
por mucho que quieras distanciarte de las otras mozas de la aldea, vistiéndote a la última moda y, puliéndote las uñas, te conservas al mismo nivel mental de ellas;
tienes el alma aldeana;
piensas como la Aldea, y hablas como ella;
por eso repites sus decires;
y, los aplaudes;
¿qué me puede importar lo que este pueblo diga contra mí, si yo estoy espiritualmente lejos de él, y, mi alma no vive en él?
¿qué dice el pueblo contra mí?
¿que soy loco?
¿por qué?
porque soy un solitario, porque no tengo amigos, porque no voy a la taberna y no me embriago como los otros;
¿solitario? sí;
pero, no solo, porque mis visiones me hacen compañía;
¿amigos?
tengo mis libros y mis grabados, y los útiles de mi Arte, en cuya compañía, tejo la red luminosa de mis ensueños y me declaro prisionero de ellos;
¿vino?
el vino que yo cato es el del Ideal, y, me embriago, como Noé, a la sombra de sus vides florecidas;
soy un solitario, porque la Soledad, es la única muralla posible contra la Vulgaridad;
contra la Vulgaridad, que es el alma de la Aldea;
contra la Vulgaridad, que me cerca y amenaza ahogarme en su lenta invasión, como las aguas de una marisma mefítica y fatal;
¿cómo escapar a ella sino aislándome?
me falta una alma hermana a quien confiar la grandeza y la tristeza de mis sueños;
sólo el alma de mi Madre, se inclina sobre la mía, para recibir mis confidencias;
sólo sus divinos ojos ven en el fondo de mi corazón;
sólo sus labios me dicen palabras de consuelo, y, sólo ellos no ríen de mis gestos extraños;
sólo mi Madre me ama:
—¿Y, yo? ¿yo no te amo?—dijo ella, como si hubiese sentido un áspid mordiéndole el corazón.
—No se ama lo que no se comprende;
amar es comprender—replicó él.
La bella niña frunció las cejas coléricas, hondos pliegues surcaron su frente obstinada, y como haciendo un esfuerzo heroico para comprender y para no llorar, dijo:
—¿Comprenderte?;
si hablaras como todo el mundo, y de las cosas que todo el mundo habla, yo, te comprendería;
pero, te empeñas en hablar cosas raras y hacer cosas aún más raras que las que dices;
te aislas de todos, y llamas la atención por tus extraños vagares en los campos aledaños del pueblo, cargado de libros y de papeles, deteniéndote como alelado, ora ante los acantilados de la montaña, ora en los parajes de la costa, a la hora de la baja marea, leyendo o dibujando y, todo eso con aire tan atontado que hace reír las gentes;
te empeñas en no tratar a la mayoría de los mozos, con el pretexto de que son zafios y mal hablados, y sólo te reunes de vez en cuando con aquellos de tu edad que te hacen corro, y, ante los cuales tienes palabras anarquizantes que los predisponen a la revuelta, según dice mi padre, que ha oído esos comentos;
te andas en las noches por las calles desiertas y los parajes extraviados, mirando el cabrillear de las estrellas, como si fuesen bellos rostros de mujeres, y regresas a tu casa como en volandas, huyendo a los teatros y sitios de recreo donde otros mozos suelen hacer holgorios; y, tienes el placer de la vagancia;
abandonaste el taller del Maestro Antonio Fuentes que te había enseñado la talla en madera y del cual eras el más hábil tallista, con el pretexto de que él, no labora sino imágenes de santos, y, tú quieres hacer con tu cincel, otras creaciones;
todo eso te hace odioso a las gentes del pueblo;
y, ellas dicen que no tienes ni nobleza, ni dinero, ni nada que pueda disculpar tu orgullo descomunal.
Los ojos del joven se hicieron aún más tristes, sin perder la violencia de sus miradas; su rostro se melancolizó sin serenarse; se hizo sombrío, como bajo el vuelo de cosas negras y fatales;
—Calla—la dijo, sin poder dominar la violencia de su voz—; calla;
tú eres la voz del pueblo;
yo sé todas las cosas infames, que el pueblo dice contra mí; y de las cuales, las más graves, tú las silencias;
el pueblo dice que yo, no tengo padre conocido, fingiendo ignorar el matrimonio de mi Madre con aquel que la engañó, y, por eso me llaman, el Santaella, no dándome nunca mi apellido paterno de Carmona;
dicen que yo soy un vago, que no quiero trabajar, y, vivo de lo que mi Madre borda con sus preciosas manos de Hada;
yo, sé todo lo que el pueblo dice; y, desprecio ese pueblo y sus decires;
es verdad que para sustentáculo de mi orgullo yo no tengo ni la nobleza que impone a los plebeyos, ni la riqueza a la cual todos rinden homenaje, pero tengo algo superior a todo eso, algo que vale más que todo eso;
tengo . . . (y apretó los labios como si hubiese querido ahogar y devorar la palabra que iba a decir); y contin...

Índice

  1. Gestos de vida
  2. Copyright
  3. PREFACIO
  4. EL RESCATE
  5. Chapter
  6. Chapter
  7. Chapter
  8. Chapter
  9. Chapter
  10. LA GLORIA
  11. Chapter
  12. Chapter
  13. Chapter
  14. Chapter
  15. Chapter
  16. Chapter
  17. Chapter
  18. Chapter
  19. Chapter
  20. Chapter
  21. Chapter
  22. LA SEMBRADORA DEL MAL
  23. Chapter
  24. Chapter
  25. Chapter
  26. Chapter
  27. DESIDERIO
  28. Chapter
  29. Chapter
  30. Chapter
  31. Chapter
  32. Chapter
  33. Chapter
  34. Chapter
  35. Chapter
  36. Sobre Gestos de vida

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