Aquí vivió Nefertiti
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Aquí vivió Nefertiti

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Aquí vivió Nefertiti

Descripción del libro

A Mary Chubb se la conoce como «la arqueóloga accidental» porque, como cuenta al principio de estas memorias, ella lo que quería ser era escultora y a esta vocación dedicó sus estudios. Sin embargo, un trabajo de secretaria adjunta en la Sociedad para la Exploración de Egipto, que empezó siendo una forma de llegar a fin de mes, acabó convirtiéndose una pasión. En 1930 se unió a una expedición, dirigida por el arqueólogo John Pendlebury, al yacimiento de Tell el-Amarna, los restos de Aketatón, la efímera capital que fundó el herético faraón Akenatón (esposo de Nefertiti, padre de Tutankamón). Allí, además de las labores administrativas que en principio le fueron asignadas, tuvo que hacer de «escayolista, química, enfermera, delineante, pintora, arqueóloga, restauradora, carpintera y, sobre todo, ¡diplomática!». Aquí vivió Nefertiti (1954) es el recuento de «su ración de polvo y calor», su amor por el trabajo y sus evocaciones románticas de los hechos históricos, que parecen reproducirse delante de ella. Es también la crónica excepcional de la vida cotidiana en un campamento arqueológico británico de la década de 1930: cinco veinteañeros laboriosos, entusiastas, con sentido del humor, cinco románticos aún con una mentalidad colonial que se verá superada por lo que significa «recuperar y restaurar un pequeño fragmento de la historia de Egipto».

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Información

Año
2022
ISBN de la versión impresa
9788490658413
ISBN del libro electrónico
9788490658444
Categoría
Literatura

Capítulo XI

Era otro de esos desagradables días ventosos de arena y calima. Yo acababa de copiar el dibujo de un fragmento de una pared pintada, un friso de alrededor de medio metro que representaba un pájaro volando contra un fondo amarillo muy vivo. El ojo aún brillaba como si estuviera húmedo, delicadamente, con un leve destello, tenía las plumas grises del cuello y las alas extendidas, moteadas de verde y púrpura. Resplandecía con una pátina iridiscente que contrastaba con los restos polvorientos de la pared en ruinas. John quería llevarse el original, sacarlo de la pared, si era posible, y trasladarlo a la residencia de la expedición. Hilda y yo estábamos ocupadas en la delicada labor de separar el yeso en el que se había realizado la pintura –no era más que una película de una fracción milimétrica de grosor– de la pared en la que estaba colocada. De hecho, lo que hicimos fue quitar la pared de la escayola, utilizando una técnica ideada por Petrie casi cincuenta años antes.
En primer lugar, hubo que rociar la pintura con una solución de celuloide en acetato de amilo, que es casi lo mismo que un esmalte de uñas; pusimos una película muy fina y transparente, pero reforzante, en la superficie pintada, delicada y extraordinariamente frágil. Luego, trabajando desde la parte posterior del murete, fuimos deshaciendo los adobes y quitándolos poquito a poco. Un gufti joven removía un cubo de yeso para que siguiera líquido y sin cuajar, para el momento en que lo necesitáramos. Cuando empezaron a aparecer las primeras y diminutas grietas entre los adobes y el estuco con la pintura, nos apresuramos a echar por detrás paletadas y paletadas de yeso, hasta que al final la pintura quedó fijada en una nueva pared blanca, como de un par de centímetros de grosor. Después hubo que esperar un buen rato hasta que la escayola se endureciera, antes de empezar con el proceso final de trasladar toda la pieza.
Estábamos esperando a que se secara la escayola cuando oímos el silbato del viejo Umbarak. Como era media tarde, resultaba bastante raro. Miramos hacia el Barrio Norte y vimos a un montón de obreros en una pequeña casa que estaban excavando bastante cerca de la zona de cultivos. Cada vez más trabajadores se dirigían allí para ver qué estaba pasando. La disciplina parecía haberse roto por completo. Creo que Hilda y yo, las dos, pensamos para nuestros adentros: «Accidente». Era relativamente fácil partirse un brazo o una pierna al caer en uno de los fosos o en alguna de las zanjas más profundas. Hilda le dijo al chico que vigilara bien la pintura hasta que volviéramos, y fuimos a ver qué había pasado.
En el centro del tumulto, todo el mundo estaba mirando el suelo de una humilde salita de una casa pequeña, la T.36.63, cuyas paredes casi se alineaban con el verde lindero de grano primaveral que marcaba el borde de los cultivos. Un gufti y otro con un tourieh estaban arrodillados en la arena al lado de una gran vasija; nos dijeron que la habían encontrado en el hueco que se veía en el suelo. También tenían un platillo de cerámica con una gran grieta, que había servido como tapadera hasta que el gufti lo había retirado. Pero no fue ni el agujero del suelo ni la tinaja ni el platillo lo que atrajo nuestra mirada; era lo que había en la arena, junto a la oscura boca de la vasija: unos lingotes brillantes y amarillos. Cuando el gufti movió la tinaja con cuidado y puso la mano para que saliera parte de lo que tenía dentro, fueron saliendo, uno tras otro, lingotes resplandecientes que acabaron formando un montón cada vez más grande y brillaban con dorados reflejos de la luz del sol. Lingotes de oro. Luego vino una cascada de lingotes blancos y mates, anillos y espirales: ¿serían de plata?
Parecía que toda la excavación estaba allí; la mayoría de los obreros guardaban silencio, atónitos, pero de vez en cuando alguien exclamaba «Ma’sh’allah!» o «Wah! Wah! Wah!». Después supimos que, cuando el gufti que estaba al mando vio el primer lingote y supo de qué se trataba, había enviado un mensaje secreto al viejo Umbarak para que le pidiera a John que se acercara sin falta, pensando que era mejor que enviar a uno de los obreros. Pero el viejo Umbarak, oliéndose algo interesante, se había acercado a ver qué era y se había vuelto loco de emoción, y, lo peor de todo, había tocado el silbato. Si hubiera mantenido la calma, se podría haber tapado de nuevo la vasija, y podríamos haberla llevado a casa tranquilamente. Pero, tal y como se desarrollaron los acontecimientos, la noticia corrió como la pólvora por toda la excavación: la cantidad de oro encontrada en la vasija aumentaba, multiplicada por cien, cada vez que la noticia pasaba de un obrero a otro, y ya no había forma de ocultar que habíamos encontrado un tesoro de oro y plata, embarazosamente grande, sin necesidad de exageraciones fantásticas. Debió de esconderlo un ladrón en tiempos de Akenatón; tal vez fuera el tesoro del templo o del palacio, una vez fundido.
Siguieron apareciendo más lingotes y espirales de plata blanca. Al final salió un gran barrote de oro, de más de medio metro de largo, y un fino reguero de arenilla gris. Había algo brillante. El gufti lo cogió y se lo entregó a John. Era un diminuto amuleto, una figurilla humana, como de un par de centímetros, de plata, con una arandelita por detrás para poder meter una cadena. Encima de la cabeza –unos ojos grandes y una nariz aguileña– tenía una especie de gorro redondo de oro. Era como si el amuleto de oro y plata se hubiera dejado allí a modo de talismán, para proteger o vigilar el tesoro de los mismos materiales de los que estaba hecha la figurilla, hasta que llegara el momento en que su dueño pudiera desenterrarlo. Pero, por alguna razón, ese momento nunca llegó. El hombre que había llenado aquella tinaja de oro y plata y había cubierto la embocadura con una tapa de cerámica, y la había enterrado tan cuidadosamente bajo el suelo de su pequeña casa, debió de irse a la tumba con el secreto sin habérselo revelado a nadie.
Hubo un repentino revuelo de conversaciones y gesticulaciones cuando los hombres volvieron al trabajo. John se encargó del traslado del hallazgo a la residencia; Hilary fue escoltándolo y se quedó vigilándolo todo el día; Ralph ya estaba recuperado y se estaba poniendo al día con los planos, a marchas forzadas; y George hacía las maletas, porque iba a cruzar el río aquella misma tarde para coger el tren nocturno a El Cairo. Cuando Hilary se fue con la tinaja de oro, John volvió al lugar en el que Hilda y yo habíamos estado concentradas en nuestro pajarillo, encantador pero angustiosamente frágil. John estaba preocupado. Los obreros que trabajaban en la excavación eran bastante amigables, y en general bastante ingenuos, espíritus bienintencionados; pero había muchos tipos peligrosos por los alrededores, trabajando en las tierras de cultivo; sobre todo había que preocuparse por unos cuantos descontentos que habían perdido el trabajo en la excavación por una razón u otra.
Era improbable, pero posible –eso pensaba John–, que de la noticia del hallazgo de un montón de oro y de que lo teníamos en casa pudiera derivarse algún contratiempo; lo menos preocupante, un intento de robo de un par de tipos; lo peor, un ataque organizado.
–No va a ser ninguno de nuestros trabajadores –dijo, obstinadamente leal–, estoy seguro. Pero la noticia podría llegar a otras aldeas de los alrededores. La paradoja es que, desde el punto de vista arqueológico, este tesoro no tiene el menor valor, dejando aparte el pequeño amuleto, que yo creo que es un hitita. Lo demás no es más que plata y oro fundidos.
–Todo esto te pasa por buscar tesoros escondidos –dijo Hilda riéndose, mientras envolvía con una gruesa tela de algodón un tablero de dibujo–. Es lo que querías.
–Sí, es verdad: un tesoro de doscientas libras –dijo John entre risas–. Supongo que en El Cairo lo llevarán todo a la comision de distribución y reparto...47 pero si efectivamente lo reparten con nosotros, no sé si podríamos convertir nuestra parte en fondos para la excavación del año que viene: me encantaría excavar con fondos cedidos por un ladrón de la decimoctava dinastía.
La escayola ya se había secado. John llevó el tablero acolchado hasta la pared y con mucho cuidado lo colocó frente a la pintura, casi tocando la película de barniz. Yo cogí los bordes de la escayola mientras Hilda seguía trabajando con un cuchillo en la parte inferior. En un par de minutos vi que la escayola solo estaba sujeta por mis dedos; se balanceaba si los movía. John acercó el tablero un milímetro más; empujé la escayola con muchísimo cuidado hacia delante y entonces, a una indicación de Hilda, él bajó el tablero hasta dejarlo en el suelo, con la pintura boca abajo, sobre la superficie acolchada. Volvimos a respirar. No estaríamos en condiciones de decir si la pintura había sufrido desperfectos hasta que la levantáramos del tablero otra vez, en la casa, pero, si el yeso y el barniz funcionaban como esperábamos, probablemente estaría bien.
El joven gufti se encaminó hacia la casa llevando el tablero con un cuidado infinito.
Hicimos acopio de toda nuestra parafernalia de cuencos de mezclas, cuchillas, espráis, cucharillas, telas de algodón, vendas, etcétera, lo metimos en una caja grande y le dijimos a uno de los chicos cesteros de más edad que nos lo llevara a la residencia después. John dejó a Tommy a cargo de la excavación y se vino con nosotras.
–Al señorito George le fastidiará perderse todo esto –dijo–. Seguramente ahora querrá quedarse... pero se va a tener que ir. Me siento como si estas últimas tres semanas hubiera estado llevando de paseo por la excavación a una medusa gorda e inútil.
–Ha perdido bastantes kilos en el proceso –dije–. Se está poniendo bastante delgado y moreno.
–Supongo que todo es culpa de papá –dijo Hilda–. No es un mal chico: sencillamente ha crecido entre algodones. No te embales, John.
–Estoy seguro de que todo es cuestión de imponer determinada formación a tiempo –dijo, volviendo a acomodarse a nuestro ritmo–. Yo mismo habría sido un perezoso insoportable si mi padre no lo hubiera visto desde el principio.
El esfuerzo de imaginarme a John siendo un perezoso insoportable ocupó mi imaginación todo lo que quedaba de camino a casa.
En la residencia encontramos a Ralph con aire sombrío, dibujando planos y diciéndole de mal humor a Hilary, cada vez que lo veía pasar por la puerta de la sala de dibujo, que no se pusiera melodramático. Porque, fiel hasta la muerte, Hilary había puesto la tinaja del oro en la sala de antigüedades y ahora hacía guardia en el patio, yendo de un lado a otro, vigilando, con un revólver desenfundado. Se lo estaba pasando en grande. Y la familia de Abu Bakr se había congregado en la puerta de la cocina, naturalmente impresionada: o, al menos, exclamaban: «Wah! Wah! Wah!», que parece ser la fórmula egipcia para decir: «¡Vaya, vaya, vaya!».
George ya se había ido.
–Pero el tren de Lúxor no llega aquí hasta las diez de la noche –dijo John–. ¿Cuándo se fue?
–Una media hora después de que llegara yo –dijo Hilary–. Estaba nerviosísimo por el tesoro. Era la primera vez que parecía que no estuviera medio dormido. Reunió a los chicos de la falúa y se largaron. Ralph bajó al río para despedirlo... yo no pude, claro: estaba de guardia.
–Pensé que alguien debería acompañar al chico –dijo Ralph–. Él sabía que no había sido muy útil, vale. Supongo que se fue antes para evitar embarazosas despedidas.
–Seguramente –dijo John pensativamente–. Puede ser.
Tommy, al volver de la excavación, dijo que todo estaba tranquilo. Al parecer los trabajadores se habían reído a carcajadas de un pobre desgraciado que era el dueño de la parcela de centeno que estaba al lado de la T.36.63, la Casa de la Vasija de Oro. Tenía un burro, al que durante años había atado a una estaca en un terreno baldío, a un par de metros de sus tierras. Había sido la punta de esa estaca la que había roto la tapa de loza que cubría el tesoro, apenas a un par de palmos por debajo del suelo. Y ahora veía que durante años había estado pisando un increíble tesoro... Los comentarios del pobre hombre, que claramente habían entusiasmado a los obreros, habían sido muy expresivos. Tommy solo lamentaba que la mayor parte de los comentarios hubieran quedado fuera de su respetable conocimiento del árabe.
Después de la cena fuimos a ver la pintura. Lo hicimos colocando un tablero muy ligero sobre el yeso de la parte posterior y, luego, dándole la vuelta con mucho cuidado a todo el sándwich –dos tableros con la pintura en medio–, para ponerla boca arriba. Después de ejecutar esta maniobra, nadie parecía tener el valor de quitar el primer tablero de la pintura, por si daba la terrible casualidad de que hubiera ocurrido lo peor.
–Vamos, ¿nadie se anima? –dijo John–. Vamos a ver este pajarito.
Levantamos entre todos el bastidor y lo dejamos en el suelo. La pintura estaba bien. A la suave luz de la lámpara de petróleo, las plumas grises, verdes y púrpuras aún volaban por el cielo amarillo, con el delicado ojillo aún brillante... un poco más tenue, tal vez, bajo la nueva superficie de barniz, pero completo, redondo y oscuro.
–Precioso –dijo John–. Aunque tendremos que hacer una caja especial para transportarlo. Y creo que el joven Sawag se merece una baksheesh; le habrá costado mucho conseguir que esto llegara aquí entero.
Luego se fue a la oficina para escribir un artículo sobre el trabajo de las últimas semanas, que culminaba con el extraño hallazgo del día. Se enviaría a un periódico de Londres, con copias al Departamento de Antigüedades en El Cairo y a la oficina de la Sociedad en Londres. Entretanto, yo me ocupé del registro diario, donde anoté el tesoro, porque era una norma ineludible –y una buena norma– que todo debía registrarse y etiquetarse el mismo día que se encontraba. En esos momentos los demás estaban febrilmente ocupados lidiando con la actualización de sus propios trabajos especializados, así que era imposible que me echaran una mano. Tardé muchísimo y, mientras ataba con los ojos medio cerrados ya la última etiqueta y registraba el último fragmento, el oro y la plata esparcidos en la enorme mesa parecían fundirse bajo la luz de la lámpara en un charco ondulante y luminoso. Dejé el amuleto del pequeño hitita para el final, lo llevé a la sala de antigüedades y le concedí una pequeña caja de cartón blanca para él solo, forrada con algodón.
Después de tres mil años, por fin lo liberamos de su responsabilidad; porque aquella noche, John trasladó el resto del tesoro a su habitación particular; y, para alegría de Hilary, le preguntó si podía prestarle el revólver. Olvidó todas las burlas que había soportado haciendo de explorador intrépido cuando se dio cuenta de que la causa de todas las mofas –su pequeña pistolilla– por fin iba a tener un papel destacado. Empezó a explicarle a John todas sus características y cómo funcionaba.
–No tengo intención de usarla, ¿sabes? –dijo John amablemente–. Lo único que quiero es asustar a un posible intruso... aunque, en realidad, no creo que vaya a pasar nada.
–Y luego, siempre nos queda Leonard –dijo Hilary, medio orgulloso, medio melancólico–. No dejará pasar a nadie.
No ocurrió nada, ni aquella noche ni después. Leonard ladró como un loco una sola vez, y supongo que Hilary albergaría alguna esperanza en ese momento; pero enseguida volvió el melodioso silencio de Amarna.
A los chicos de la falúa se les había dicho que esperaran al otro lado del río aquella noche, después de llevar a George a la estación, porque así podrían traer el correo al día siguiente. Y efectivamente, a última hora de la tarde del día siguiente, mientras acababa de mecanografiar el artículo y los informes que John había escrito la noche anterior, uno de los chicos del bote se plantó en la puerta de la oficina, empapado por el agua que siempre entraba en el pequeño casco de la falúa cuando hacía mal tiempo, y entregó un montón de correo y un par de paquetes. Se marchó luciendo los dientes blancos: una imagen alegre en la calima polvorienta; incluso cuando el cielo viene cargado de arena y las aguas andan agitadas, los egipcios sonríen.
En el montón de correo, encima de todo, había un telegrama dirigido al director de las excavaciones. Me pregunté qué sería, mientras seleccionaba las cartas dirigidas a mí y abría un paquete de fotografías de El Cairo. No tuve que esperar mucho la respuesta. Pude ver a algunos guftis que se acercaban desde el yacimiento. Poco después entró John en la oficina y vio el correo sobre la mesa. Cogió el telegrama y puso mala cara. Luego lo rasgó para abrirlo y se hizo un la...

Índice

  1. Cubierta
  2. Portada
  3. Nota al texto
  4. Introducción, por Peter Lacovara
  5. Dedicatoria
  6. Capítulo I
  7. Capítulo II
  8. Capítulo III
  9. Capítulo IV
  10. Capítulo V
  11. Capítulo VI
  12. Capítulo VII
  13. Capítulo VIII
  14. Capítulo IX
  15. Capítulo X
  16. Capítulo XI
  17. Capítulo XII
  18. Capítulo XIII
  19. Epílogo
  20. Notas
  21. Créditos
  22. Sobre ALBA

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