Las colonias penales de la Australia y la pena de deportaciones un ensayo de la escritora Concepción Arenal. Se articula como un estudio penitenciario centrado tanto en el aspecto penal e histórico. En él, la autora hace un recorrido histórico por las colonias penitenciarias australianas, de Fernando Póo a Annonbon, donde señala tanto sus condiciones como el estado de constante abuso al que se somete a sus internos.

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Las colonias penales de la Australia y la pena de deportación
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SociologíaCapítulo II
Salida de los deportados de Inglaterra.-Establecimiento en Australia.-Organización y vicisitudes de la colonia2
Después de haber procurado formar una idea exacta de lo que debe ser la pena, vamos a examinar lo que ha sido la deportación a Botany-Bay, y veremos si los procedimientos del Gobierno inglés están conformes con los principios de derecho. Para hacer esta especie de confrontación, es indispensable un resumen histórico de la colonización penal de la Australia, que aunque sea, como será, breve, ha de bastar para que pueda apreciarse en vista de los hechos, si la práctica de la deportación se ha inspirado en la teoría de la justicia.
Inglaterra, aunque sin un sistema de deportación bien determinado, tenía el propósito y la práctica de deportar sus criminales, y saneaba la atmósfera moral enviándolos a sus colonias de América. El objeto no era más que deshacerse del mayor número con el menor coste posible, y el modo de conducirlos a las Barbadas, a Jamaica y la situación que allí tenían, forman una de las páginas más ignominiosas de que debe avergonzarse un pueblo honrado.
El suelo que hoy forma los Estados Unidos, cuando era colonia inglesa, recibía de la madre patria periódicamente un gran número de penados a deportación, y la provincia de Maryland, sobre todo, se veía todos los años invadida por falanges de malhechores. La verdadera causa de la insurrección de las colonias inglesas de la América septentrional fue que, cuando un pueblo, en todas las esferas, ha llegado a su mayor edad, no puede permanecer bajo la tutela de otro que no es más fuerte que él. Entonces, y aun después, se presentan como causa del movimiento, agravios que no han sido más que ocasión de él: toda revolución es la resultante de un gran número de fuerzas, aunque sea muy común no tomar acta más que de las que se presentan en primero y último término.
Seguramente ni el impuesto sobre el té, ni la deportación de los criminales de Inglaterra a sus colonias de América, determinaron a éstas a sacudir el yugo; pero en un pueblo predispuesto a rebelarse debía causar una impresión profunda la voz de Franklin cuando apostrofaba a los ingleses, diciéndoles: «Vaciando vuestros presidios sobre nuestras ciudades, haciendo de nuestro suelo la cloaca de los vicios de que no pueden libertarse las viejas sociedades europeas, nos habéis hecho un ultraje, del cual debieran habernos puesto a cubierto las costumbres patriarcales y puras de nuestros colonos. ¡Oh! ¿Qué diríais si os enviáramos nuestras culebras de cascabel?»
La insurrección primero, y después la emancipación de las colonias inglesas de la América septentrional, puso a la Inglaterra en la necesidad de levantar presidios o buscar otro país a donde arrojar sus penados. El gran gasto que la primera de estas medidas exigía, y al lado de este motivo, y aun acaso más poderosa que él, la costumbre y la comodidad de enviar a otra parte los hijos de Inglaterra que no le hacían honor ni le servían de provecho, la determinó a buscar un país remoto, a donde sin obstáculos ni reclamaciones diplomáticas pudiera fundar una colonia penal: ese país fue la Australia. Reconocida muy de paso por Cook y sus compañeros, parecían necesarias nuevas exploraciones para establecer una colonia penal; pero Inglaterra no quería aplazar por más tiempo la evacuación de sus prisiones asoladas por el tifus, durante once años de una aglomeración de criminales, para la cual no estaban preparadas, y en Diciembre de 1786 se señaló la Nueva Gales del Sur para establecimiento de una colonia penal.
Salida de Inglaterra.-El día 13 de Mayo de 1787 zarpó del puerto de Plymouth la primera expedición de penados. Componíase de once buques, dos de guerra y nueve mercantes, de los cuales tres llevaban provisiones de todas clases, instrumentos, aperos, etc., y los seis restantes penados. El número de éstos, según los datos más fidedignos, era de 565 hombres, 192 mujeres y 18 niños, que por condescendencia se dejaron a sus padres: 200 soldados próximamente iban para custodiarlos, de los cuales 40 llevaron consigo a sus esposas. Habiendo corrido voces de que en alta mar los penados se rebelarían, se añadió otro buque de guerra a los dos de la escolta; pero habiendo llegado a cierta altura y considerando el capitán gobernador Arturo Phillip que no hacía falta, se volvió a Inglaterra.
El convoy llegó el 3 de Junio a Tenerife y el 4 de Agosto a Río Janeiro; durante el último mes había sido preciso reducir la ración de agua; el número máximo de enfermos llegó a 95.
Permanecieron los deportados en Río Janeiro durante un mes. Este tiempo se empleó en renovar los víveres y reunir una colección de gramíneas y vegetales del Brasil para la nueva colonia: la expedición llegó el 23 de Octubre al cabo de Buena Esperanza, donde se embarcaron más víveres, diversas especies de animales, aumentándose también la colección de vegetales.
A poco de separarse de la costa de África se desarrolló entre los deportados una epidemia que se comunicó a las tripulaciones; duró mes y medio, no siendo tan mortífera como general. Los buques de transporte que no estaban convenientemente preparados para tan larga navegación, empezaron a tener grandes averías, que hubieran producido una catástrofe si por cualquier causa se hubiera dilatado la llegada a Botany-Bay, verificada felizmente el 20 de Enero de 1788. El viaje había durado ocho meses.
El primer suceso fue, un terrible desengaño. El capitán Cook, generalmente tan exacto, no lo había sido al describir a Botany-Bay y sus inmediaciones; la bahía tenía poco calado y estaba rodeada de tierras estériles o pantanos formados por aguas salobres. La orden terminante de desembarcar los penados tan pronto como se anclase en Botany-Bay no pudo cumplirse, y fue necesario explorar la costa en busca de mejor puerto y terreno más apropiado para la nueva colonia. Esta exploración dio a conocer una inmensa y profunda abra, indicada ligeramente por Cook con el nombre de Puerto Jackson, en una de cuyas ensenadas anclaron los buques, desembarcó la gente y se empezaron los trabajos del nuevo establecimiento, al que en honor del lord que había dirigido la expedición, se llamó Sydney.
Imprevisión del Gobierno.-Al embarcar los penados que en los antípodas y en una playa desierta habían de formar una colonia, el Gobierno inglés no tuvo en cuenta las necesidades de ella, y la primera de todas, brazos útiles y hombres que tuvieran algún conocimiento y práctica de los oficios que proporcionan seguridad y techo. Gran número de penados, por su edad y sus achaques, eran incapaces de ningún trabajo; otros tenían la práctica de las artes que alimentan el lujo de las grandes poblaciones, pero no de aquellas de primera necesidad, indispensables para fundar un pueblo; el mayor número eran inútiles: se formará idea del abandono que hubo en este punto con saber que había un solo albañil, sin que constase su oficio, que se supo por casualidad.
Mala disposición de los penados para trabajar.-Dada semejante imprevisión y descuido, se comprende las dificultades con que habría que luchar, aumentadas por la mala voluntad de los penados, a quienes las recompensas no servían de estímulo para el trabajo, que sólo hacían por temor al castigo.
En vano el Gobernador, en la medida de sus escasos medios, acudiendo al mismo tiempo a las indispensables construcciones para procurarse techo, y a los trabajos agrícolas, señalaba a los penados tarea, terminada la cual, podían trabajar para sí; la pereza era más fuerte que la perspectiva de una segura ganancia.
Hubo que suspender los trabajos agrícolas porque el invierno se acercaba, sin que hubieran podido levantarse construcciones un tanto sólidas que guareciesen de la intemperie a los nuevos pobladores. A las causas que reducían el número de obreros, vino a unirse otra más temible: las enfermedades. En una población de 1.000 personas hubo día en que pasaron de 200 los enfermos; imagínese lo triste de este cuadro, más desconsolador por la dificultad de una buena asistencia. Interrumpiéronse los trabajos empezados para dedicar los obreros a la construcción de un hospital.
Observaciones científicas.-Es de notar, que al mismo tiempo, el teniente Dawes, encargado de hacer observaciones científicas, dirigía la instalación de, un observatorio astronómico, en donde colocaba los instrumentos suministrados por el Almirantazgo: rasgo notable de un pueblo, que al enviar sus malhechores a los antípodas, llevaba también su ciencia como noble necesidad o como generosa aspiración. La obra científica rivalizaba en actividad con las necesidades en la naciente colonia, y al mismo tiempo que los edificios más indispensables, se hacían exploraciones y se levantaban planos que pronto había de utilizar la Geografía.
Establecimiento en la isla de Norfolk.-Conforme a las instrucciones del Gobierno, debía formarse inmediatamente un establecimiento en la isla de Norfolk, y para cumplirlas, a mediados de Febrero salió para ella un buque con algunos deportados, dos soldados, un sargento, un comandante y víveres para seis meses; la colonia donde no había nada concluido ni seguro, y compuesta solamente de algunos centenares de pobladores, empezaba a colonizar; hecho que caracteriza bien el genio inglés.
Salubridad del clima.-Los trabajos más indispensables se hacían con lentitud, como hemos dicho, por falta de brazos, de destreza y de buena voluntad: hubo que apelar a las tripulaciones de los buques de transporte para auxíliarlos, y aplazar la construcción de un fuerte, que parecía imperiosa necesidad en una colonia de penados a tal distancia de la Metrópoli, y donde, la rebelión tenía tantas probabilidades de quedar triunfante. Debieron contribuirá evitarla la degradación del criminal y la depresión de ánimo consiguiente en una población cuya quinta parte está enferma; el orden, pues, tuvo tres poderosos y tristes aliados; la falta de energía, la enfermedad y la muerte. No eran consecuencia del clima, cuya salubridad se pudo notar desde luego, y sin la cual es seguro que se hubiera despoblado la colonia: se comprobó que las causas del mal estado sanitario eran las fatigas del viaje, el uso de las carnes saladas, la inmoralidad y mala conducta de los colonos, y padecimientos inveterados en muchos, que sólo servían para ocupar una cama en el hospital y consumir una ración, en cambio de la cual daban algún mal ejemplo.
Habían transcurrido ocho meses desde la fundación de Sydney, y la pérdida de muchos animales que se esperaba propagar, la mala cosecha, los escasos recursos de la pesca, todo hacía temer el hambre, y la previsión del Gobernador empezó por disminuir algún tanto la distribución semanal. Se envió el único buque de que podía disponerse al Cabo de Buena Esperanza; el socorro era lento y poco eficaz: podía traer víveres solamente para quince días, pero la necesidad iba apremiando de tal modo que no pareció despreciable, y con él se esperaba proveer a las necesidades de la colonia por espacio de cuatro meses sin disminuir la ración.
Ración.-Como se comprende, después de desembarcar, lo mismo que a bordo, todos estaban a ración. Las distribuciones eran semanales, lo cual tenía grandes inconvenientes, dada la imprevisión e inmoralidad de los consumidores, que gastaban o vendían al principio de la semana sus provisiones, quedándose los últimos días sin recurso alguno. Cuando la penuria se hizo sentir más y más, las raciones se distribuyeron dos veces por semana primero, y después diariamente. Alguna parte de los víveres almacenados fueron fraudulentamente sustraídos, siendo autores o cómplices del delito los mismos encargados de evitarle.
La ración varió mucho, no sólo por la escasez de víveres en los primeros años, sino por la arbitrariedad, y hasta el año de 1816 no se fijó legalmente y constituyó una obligación para los colonos libres que tenían penados a su servicio, y por un trabajo moderado de nueve horas debían darles semanalmente:
- 11 libras de pan.
- 7 de carne.
- 4 de tocino salado.
- 1 de azúcar.
- 2 onzas de té.
- 3 ídem de tabaco.
Además, 1.000 reales al año, próximamente, y vestido.
Hambre y abandono.-Inglaterra había prometido que en los almacenes de la colonia penal habría siempre un repuesto de víveres para un año, mas olvidaba su promesa. Hacía dos que no se recibía auxilio alguno de la Metrópoli; el corto número de hombres aptos para el trabajo había sido diezmado por las enfermedades; ni la cosecha, ni la pesca, ni la cría de animales domésticos, habían correspondido a lo que se esperaba, y en aquel desierto apartado, y al parecer olvidado del mundo, a las privaciones se añadía el terror de lo que sería de la infeliz colonia si no venía el socorro, que después de haber sido tanto tiempo esperado en vano, inspiraba poca confianza. Redújose primero la ración de los que no trabajaban, después la de los que se dedicaban a trabajos ligeros, luego la de todos. La primera reducción fue de la tercera parte, y las sucesivas llegaron a dejar el alimento tan escaso, que hubo quien literalmente se murió de hambre.
En una ciudad sitiada, donde por falta de víveres se comen animales inmundos, y que ve diezmar sus habitantes por las enfermedades consecuencia de la miseria, ¡con qué ansia se esperará el socorro! Aun sería mayor la de los colonos de la Australia; allí, ni cabía el triste recurso de rendirse; el enemigo implacable era el hambre, el aislamiento, el abandono, y no había más esperanza que divisar en el mar alguna vela que no se veía. En vano acudían a la playa los míseros desterrados; en vano subían a las alturas; nada descubrían, y al bajar, aumentaban con la suya la consternación general. Se contaban ya los días que podría durar aquella ración tan mermada, que más bien que sostener la vida podía decirse que evitaba la muerte repentina, y las imaginaciones exaltadas y lúgubres creían llegado el momento de ver una muchedumbre en la feroz agonía del hambre, buscar la muerte en el suicidio, o evitarla devorando a los compañeros inmolados.
Toda la energía del Gobernador no bastaba para mantener el orden en tan horrible conflicto. Suspendíanse las construcciones y los trabajos agrícolas, porque los penados se negaban a trabajar y vagaban por los bosques, alegando que la ración que se les daba era insuficiente para sostener la vida.
Un accidente acaecido a un buque de gran porte que llevaba considerable cantidad de víveres, y tuvo que arribar al Cabo de Buena Esperanza con casi todo su cargamento averiado, exime, hasta cierto punto, al Gobierno inglés de la responsabilidad de los últimos meses de penuria, pero no del abandono en que durante dos años tuvo la colonia; y decimos hasta cierto punto, porque la pérdida de un buque o de su cargamento, no es una cosa tan rara que no pueda preverse, y nunca debió hacerse depender de la suerte de uno solo la de los deportados a Botany-Bay y sus guardadores.
Llega socorro.-Al fin, un día se oye el grito salvador de ¡una vela! No era ilusión; luego se distinguió otra, y otra, y hasta cuatro. Era el socorro, tan largo tiempo esperado; pero la alegría que llevó a la colonia fue bien pronto acibarada.
Epidemia.-Con el buque que llevaba víveres iban otros tres conduciendo penados, cuya situación presentaba un cuadro desgarrador. Habíase desarrollado el escorbuto, la disentería, y fiebres malignas y contagiosas entre los deportados; en un solo buque habían muerto 164 durante la travesía; otros expiraban en el bote que los llevaba a tierra, o en la playa. El cambio al llegar, que parecía beneficioso y propio para salvarlos, no los puso a cubierto del mal, que se cebó aún más en ellos después de saltar en tierra; el número de enfermos llegó hasta 500. «La primera labor de la mañana, dice un testigo presencial, era abrir sepulturas para los muertos de la noche».
Criminal descuido del Gobierno.-Esta epidemia y horrible mortandad fue consecuencia de la imprevisión del Gobierno y de la impía sórdida avaricia de los armadores, en cuyos buques se trasladaban los penados, encadenados en la bodega, y cuya ración era tan escasa, que por aprovechar la de sus compañeros muertos, los ocultaban, aspirando las mefíticas emanaciones de los cadáveres en putrefacción. Se había hecho el ajuste de dar 1.700 reales, próximamente, por el pasaje de cada penado que se embarcase, sin estipular ninguna otra condición. El interés de los armadores estaba en que murieran en la travesía, y horror causa decirlo, ¡parece que obedecieron a este interés! Pero la responsabilidad de este hecho no pesa toda sobre los codiciosos mercaderes. A más de la que cabe al Gobierno, que, lejos de tomar ninguna precaución contra su codicia, la estimulaba, por los términos del contrato; al ver la manera de cumplirle, ¿cómo el jefe de la fuerza armada que custodiaba a los deportados, el representante de la ley, como quiera que se llamase, no intervino en favor de aquellas víctimas e hizo cambiar aquel régimen homicida? Se ignora y no se comprende, a menos que el interés fuese a bordo tan contagioso como el escorbuto.
Después de grande mortandad, el estado sanitario mejoró al fin, a lo cual contribuyeron las prudentes medidas adoptadas y la mucha actividad que se empleó para combatir la epidemia: en esta ocasión, como en todas, el Gobernador desplegó sus excepcionales dotes, sin las cuales es dudoso que hubiera podido salvarse la colonia. Anim...
Índice
- Las colonias penales de la Australia y la pena de deportación
- Copyright
- Advertencia
- Capítulo I
- Capítulo II
- Capítulo III
- Capítulo IV
- Capítulo V
- Capítulo VI
- Capítulo VII
- Capítulo VIII
- Capítulo IX
- Capítulo X
- Capítulo XI
- Capítulo XII
- Capítulo XIII
- Capítulo XIV
- SobreLas colonias penales de la Australia y la pena de deportación
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