¡Tierra mía! ¡Madre mía,
de mi amor! ¡Andalucía!
¡Oh, verjel de los verjeles!
¡Encantada fantasía
de cristianos y de infieles!
¡Hija hermosa,
en un rapto de poesía,
de una diosa
caprichosa...
y del sol del Mediodía!
¡Oh, venero
de riquezas! ¡Oh, tesoro
de bellezas! ¡Oh, mi encanto!
¡Yo te quiero!
¡Yo te adoro!
¡Yo te canto! ¡Pobre canto!
No lo acojas con desvío
porque es mío
y en mi amor á ti confía.
¡Con el alma te lo envío,
madre mía!
Pienso en ti y en tus amores
mientras sufro los rigores
de un invierno
que parece que es eterno;
y me abruman los pesares,
me traspasan los dolores,
en las márgenes sin flores
del humilde Manzanares.
...Y en el fondo de la inmensa
y letal melancolía
que en el alma se condensa,
como bruma, gris y fría,
cada día
más intensa;
evocada
por la fuerza del anhelo
con que el hombre que padece
busca un rayo de consuelo,
á mis ojos aparece
tu visión maravillosa
de improviso, y crece y crece...
¡dilatada y luminosa!,
y al conjuro
de tu mágica belleza,
toda el alma con mi canto
á vibrar, de pronto, empieza;
como al rayo de la aurora
que colora
desde lejos,
con la luz encantadora
de sus límpidos reflejos,
la enramada
por mil aves habitada,
desde el fondo de los nidos
removidos
por amantes aleteos,
de repente
se difunde en el ambiente
un torrente
de gorjeos!!
Ya no lloro, no suspiro.
Ya te miro,
con el gozo del amante
que, después de la jornada
fatigosa y prolongada,
torna al seno palpitante
de su amada.
Ya te miro,
y en mi amor á ti me inspiro,
—¡oh, verjel de los verjeles,
encantada fantasía
de cristianos
y de infieles!,—
desde el árido paraje
de las cumbres de la sierra
que dan fuentes á tus ríos
y linderos á tu tierra,
poderosos y bravíos,
hasta el fondo, siempre en guerra,
de arrecifes y bajíos,
en las costas de tus mares,
¡al través de tus campiñas,
salpicadas de olivares
y de viñas!
¡Salve, reina destronada,
hermosísima Granada,
tú, la hurí de las huríes,
que enloqueces
á los míseros mortales
si amorosa les sonríes,
entreabriendo los corales
de tus labios carmesíes!
Salve, Córdoba, sultana,
musulmana,
que dormitas
á la sombra
de la cruz de tus ermitas,
en la alfombra
de tus campos, y despiertas
á los cánticos de amores
de los pájaros cantores,
moradores
de las frondas de tus huertas!
Salve, Cádiz, desgraciada,
tú, la fiel enamorada
y el amor del mar grandioso,
que te arroba los sentidos
con arrullos reprimidos
y rugidos
de coloso;
que sedienta de los besos
de sus olas,
que se rompen á tus plantas,
te adel...