En Siete Picos hay siete cumbres de roca brava;
de roca estéril como la estéril, siniestra lava;
gigantes picos; ingentes muestras del mismo anhelo,
donde el anhelo de todo el monte por fin acaba,
desengañado de la locura con que intentaba
surgir del bosque, rasgar las nubes, tocar el cielo.
Surgir del bosque, sobre sus pinos, tan seculares,
que va trepando como treparan alpinas tropas;
en tanto ondulan, cual densas aguas en largos mares,
tan apretadas y estremecidas, sus verdes copas.
Rasgar las nubes, con ir alzando la recia frente
por un impulso, del cuerpo todo, tenaz, creciente...
Llegar al cielo, por un sublime poder titánico,
que concentrara las fuerzas todas, intensamente,
del más intenso, del más profundo temblor volcánico.
Las altas rocas en que termina la firme tierra
que en convulsiones inenarrables formó la Sierra;
que allí saltaron, quizás lanzadas desde el abismo;
que en tales cumbres, que en tal reposo quedaron luego,
no bien cesaron las magnas horas del cataclismo,
con tales furias, con aguas tales, con tanto fuego;
las siete cimas, que conocieran sus convulsiones;
sin una fuente que las anime con sus canciones;
las siete cumbres, de torvas trazas, de negros hados,
que á veces fingen, en mar de nieblas, los murallones
que en pie quedaran de sus castillos desmantelados;
los Siete Picos, ingentes, hoscos, desnudos, fieros,
por fin a solas y al cabo libres de matorrales,-
regiones agrias en que se formen los ventisqueros,
quebrados muros en que se estrellen los vendavales,-
sus crestas rizan, que ya recorran los pasajeros,
cual cien tumultos, que se cuajaran de peñascales.
Y así, presentan, y representan, despedazados,
los mil suplicios, las mil torturas, en mil pasiones...
y son ejemplos maravillosos.., y desolados
de las supremas, inconsolables desolaciones.
En estas horas, -las más jocundas en claros dias,-
la gran montaña refulge siempre con luz de fuego.
Con sus picachos, sus murallones, sus cresterías.
En un profundo, silente, grave, letal sosiego.
Con tornasoles de tornasoles en pedrerías.
Con cientos, miles, y a cientos miles, de chispas locas,
por los pinares, sobre las matas, sobre las rocas...
Con un alarde maravilloso de resplandores,
alborozados, y repetidos, y cegadores;
que van y vienen, allá deslumbran, aqui fascinan;
mientras corriendo sobre las cumbres las iluminan
con caprichosas fosforescencias multicolores...
Allá se quedan, allá constriñen sus recios flancos,
-en lueñas rocas, -las prietas matas, los torvos pinos;
allá los bosques, impenetrables a los caminos,
que ciegan luego las hondonadas de los barrancos,
Allá, lo...