¡Oh, Sol!, ¡oh, Padre Sol! ¡Principio y causa
de la existencia terrenal! ¡Oh, foco
rutilante, magnífico, de fuerza,
de calor y de luz! ¡Ah, reyezuelo
de tribu de planetas, parte breve,
breve y fugaz, del Universo todo,
que en espacio infinito se dilata
y en un tiempo infinito, renovando,
sobre apariencias tristes y engañosas,
de trastorno y de muerte, las eternas
formas, universales, de la Vida!. . .
¡Cómo te admiro, padre Sol!
¡Oh, luna;
dulce y serena, y blanca, sigilosa,
cándida luna, que al través del cielo
solitaria prosigues tu camino;
bien, ante el hombre, cual bajel de plata,
que entre las ondas de su luz navega;
bien como rosa de encendida nieve;
bien, tétrica, menguante, con reflejos
de funerales luces!. . . Vaga, triste,
pálida, leve luna, ¡yo te adoro!
Mas, ora, no lucís ante mi vista.
Ora es la noche, en apacible tiempo
de nueva luna; sosegada noche
de un Otoño feliz; pródigo en frutos
y en nieblas caprichosas. Mansa brisa
mueve, lenta, los álamos del soto,
que allá lejos, muy lejos, interrumpen
con densa masa, de movibles sombras,
la vaga paz del horizonte vago,
y llega á mí después, con blando soplo,
llena de aroma penetrante, henchida
de un deleitoso y trémulo murmullo.
El habla, nada más, en torno mío.
El habla, nada más, en este grave
silencio de la noche. Paz augusta
de los aires desciende, y al influjo
de su tranquilo y bienhechor halago,
como flor á la luz, ábrese el alma. . .
¡Abrese el alma, y en el cielo fija
los extáticos ojos, largamente!
¡Oh, libro de los cielos, en que el hombre
jamás termina su febril lectura!
¡Oh, cánticos de gloria, de homenaje,
para su Dios, mi Dios, esos que escriben,
temblando de placer; esos que cantan,
en los célicos ámbitos, millones
de estrellas á la par! ¡Todo es un himno
de amor, en la amplitud del Universo!
¡Toda luz es amor! ¡Amor la enciende!
Todo amor, toda luz, son testimonios
de la ley de los mundos: ¡la Harmonía!
Como ramo de flores celesti...