Amores de Antón Hernando
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Amores de Antón Hernando

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Amores de Antón Hernando

Descripción del libro

Amores de Antón Hernando es una novela de corte lírico del escritor Gabriel Miró. En ella, el autor ahonda en las relaciones sentimentales de su protagonista, Antón Hernando, para desarrollar la idea de que incluso del amor colmado y satisfecho puede surgir la tragedia.

Información

Editorial
SAGA Egmont
Año
2022
ISBN del libro electrónico
9788726509083
Categoría
Literatura
Categoría
Clásicos

- III -

Mi madre y yo siempre estábamos solos en nuestro casal. Sebastián Reyes acudía algún domingo y nos aconsejaba que debíamos trasladarnos a La Mancha, al amor de los únicos parientes que de los Hernando quedaban, y al cuidado de otros bienes que poseíamos. Y abandonamos la apacible vega murciana, vendiendo antes la hacienda a mi padrino.
De noche llegamos al pueblo manchego, elegido para nuestra residencia.
Sobrecogiome el silencio, soledad y tristeza del lugar. En el espacio, negreaba el fantasma de la torre con su farol, guía de andariegos de ganados y yuntas; su luz melancólica parecía una lágrima desprendida de una estrella.
Por la mañana corrí el pueblo; vi que era grande, y de día también silencioso. Las calles largas, empedradas rudamente, tenían soledad y ambiente de campo; las formaban dos, cuatro casas viejas y encaladas, siempre alguna con escudo en su dintel, y luego todo el recinto era de tapias de corrales, donde se recogían los mozos y mulas de labranza, que llegaban al acabar la tarde, arrastrando el arado con mucho estruendo. Los gorriones saltaban y picaban descuidados por esas calles, como en senderos desiertos.
Era lugar de hidalgos y labradores.
En la cercanía, los campos daban promesas de frescura de huertas y frondas muy viciosas; pero después seguía majuelo y la rojiza inmensidad de las sembradas hazas bajo un azul denso y raso, oscurecido, de tiempo en tiempo, por el reposado volar de las grajas. Frente a la iglesia parroquial se espaciaba el paseo con olmos, tablado para la música, y bancos para solearse los mendigos.
A espaldas del templo vivíamos nosotros. Las sombras de sus muros apagaban nuestra casa; sólo por la mañana penetraba la alegría del sol. Desde la reja de mi cuarto oía las voces de los chicos misarios y campaneros, el órgano, el canto llano del coro.
Los entierros pasaban todos delante de nuestro portal, y como las campanas doblaban por ricos y menesterosos, creíamos vivir en un eterno día de las Ánimas. Mi madre siempre estaba rezando padrenuestros por difuntos. Muchas veces cerraba yo mis libros o interrumpía las obras de un palomar que me estaba labrando en el patio, patio enorme y rudo, orillado de matas de dondiegos, y salía mezclándome a los entierros; sentía un invencible prurito de ver muertos; y como nunca los conocí vivos, cuando en el cementerio destapaban las cajas, no me despertaban una idea o memoria de dulzura, de enojo, de mirada, de vida. Los muertos eran para mí esos, los desconocidos. Parecíame que siempre debieron estar así: enlutados, rígidos, con las manos cruzadas apretadamente... muertos...
Del pueblo sólo trataba entonces a un hombre de bien y miserable cuya casa estaba frontera a la nuestra; y a un caballero rico y tacaño, seco y viejo, que traía peluca azafranada y gafas azules. De aquél fui amigo porque ayudome a dolar las maderas de mi obra, y le dio mi madre ropas mías y antiguas para su chico. Pasé a la confianza del hidalgo, porque le devolví un ganso que se le había escapado saltando por la leña amontonada de su huerto-corral, paredaño de nuestro patio.
Muy temprano le veía, con su parda anguarina y gorra de piel, salir de sus bodegas a los solares. Me saludaba con mucha complacencia.
Al poco tiempo de nuestra llegada, la esposa del caballero habló con mi madre a la salida de la parroquia, y la amistad y comunicación de ambas familias se hizo muy solícita.
Doña Francisca, que así se llamaba aquella señora, aunque había pasado de la mocedad, parecía hija del señor Maroto, su marido.
Vestían luto de rigor de un hermano de él, cuya herencia creció su caudal, ya sano y grande.
La señora era alta, rubia, muy blanca, sin mudas ni artificio alguno; y más de una vez, al ceñirse o volársele el manto, descubrí lo elegante y brioso de sus formas; tenía verdes los ojos, la boca gruesa, y siempre húmeda; la risa fácil y sonora, y el enojo también, según las voces que daba a las criadas y aun al señor Maroto. Decían que era impresionable, antojadiza y piadosa.
El matrimonio no tuvo hijos; y bandadas de primos y sobrinos del marido aojaban y acechaban la salud del tío.
Doña Francisca los aborrecía; decía que eran señoritos baldíos, llenos de vicios y ruindades y que sólo pensaban en la muerte de su señor Maroto.
Cuando visitamos al matrimonio, hasta los criados nos hicieron su cumplimiento y agasajo. Nos dieron chocolate con almendras; y para luego, leche de oveja.
Doña Francisca nos enseñó la casa; era muy anchurosa, rica y mueblaje rancio y entreverado de lo moderno. Nos mostró hasta el cuarto de baño. No lo había yo visto nunca tan lindo; todo blanco de reluciente estuco y zócalos de mármol; la pila de porcelana; las llaves del agua y el aparato de duchas semejaban de plata, y el tocador un trono de blancura y resplandores; las paredes con grandes lunas opuestas para la entera y refinada contemplación de la desnuda, y en fin, todo muy oloroso de colonias, esencias y jabones finísimos.
Miré a doña Francisca, y sin darme cuenta, me detuve en el pensamiento de los cuidados y exquisita limpieza que tenía para su espléndido cuerpo.
Es verdad que en mi casa había baño, y que naturalmente soy limpio; pero nuestro baño se reducía a una tina vieja con su cañón para los encendidos carbones. Si nosotros éramos naturalmente limpios, doña Francisca nos aventajaba en serlo, además con primoroso arte.
Y la idea de la limpieza me llevó a encumbrar a doña Francisca, viéndola como la espuma de todos los hidalgos del lugar.
Comparé su lozanía y hermosura con la sequedad y senectud del señor Maroto y la atribuí abnegación de santa y mártir.
Enfadábame y contendía con mi madre porque no la juzgaba de mi ardiente manera, aunque la quisiese y se apiadase creyéndola mal avenida y hasta enferma.
Una tarde, sacó llorando doña Francisca de un rico y oloroso armario pañales, ropas, gorritos blancos, leves, espumosos, que había preparado gozosamente, todavía recién casada, porque creyose haber concebido... Y no resultó maternidad.
Doña Francisca nos hizo la confidencia de que era desventurada. Sí, ¡faltábale un hijo! ¡Qué soledad la suya si el señor Maroto falleciera!
Doña Francisca, al decirlo, cayó acongojada en los brazos de mi madre.
Yo me estremecí de compasión.
Después de esto ¿qué pensaba mi madre de la gentil y atribulada señora? La salud del señor Maroto ya me pareció sagrada, preciosísima.
A un licenciado en Farmacia, con quien solía hallarme por los majuelos, pregunté frecuentemente qué le parecía de la salud del señor Maroto; me dijo que le tenía sin cuidado.
Tales palabras me enojaron mucho; pero las olvidé por el sobresalto que recibí de la noticia que añadió:
El señor Maroto padecía mal de asma. Y me contó el origen de su enfermedad.
Años atrás el señor Maroto aguardaba en el Casino la hora de la cena leyendo periódicos, o platicando con sus amigos.
Una noche de invierno que regresaba a su casa, cuando penetró por la negrura que proyectaba la Parroquia, saliole un hombre y le pidió que lo socorriese, pues estaba sin trabajo, y él y su familia tenían hambre. El señor Maroto, apresurando el paso, le gritó con desabrimiento: «Si no tiene trabajo ni dinero, ande y robe».
Pasó algún tiempo y olvidose el hidalgo de ese encuentro.
Y otra noche, dentro de las mismas tinieblas, el señor Maroto se sintió bruscamente sujeto por los brazos y la garganta, y en el pecho le pusieron el cañón de una pistola.
Por la voz reconoció en el salteador al pordiosero, que le dijo: «Suelte usted cuanto lleve; si grita le mato, y si luego me denuncia, le mataré también antes de que me prendan».
El señor Maroto no resistió y entregó dineros, reloj, cadena y hasta el anillo nupcial.
Llegó a su casa enfermo, y solo dijo el lance a doña Francisca.
Ya estaban acostándose, cuando se escucharon recias aldabadas. Abrieron el postigo; ladraron los perros, y la voz del alguacil avisó que luego se presentase en el juzgado el señor Maroto. El cual, imaginando espantables peligros y protestando de la violencia que con él cometía la justicia sin miramientos a su condición de rico caballero, obedeció al mandato. Hubo de ir en su galera y acompañado de un criado.
Recibiole el juez con mucha severidad y en su estrado. Y desde allí le dijo:
-Acérquese, señor Maroto. ¿Conoce usted esta bolsa?
Y el señor juez presentole una larga, de seda verde con anillos de plata.
Negó el amedrentado hidalgo, jurando que no sabía cuya era.
-No jure, no jure -dicen que habló el juez-. Esta es su bolsa. Y ahora cuente sus dineros.
Las trémulas manos del viejo palparon todas sus monedas; la suma estaba cabal.
Mostrole el juez el reloj, la hermosa leontina, la sortija de boda.
El señor Maroto trasudaba; y ya iba a tomar sus bienes, cuando recordó la amenaza de muerte que le hiciera el forajido, y negó la propiedad.
Entonces moviose el rojo repostero del dosel, y apareció el hombre de las tinieblas que, altivo y bizarro, acusó al caballero de mandamiento de robo.
El señor Maroto, afrentado y rendido, recibió muy severa amonestación de la Justicia; y prometió al generoso hombre un seguro jornal vitalicio.
...Me dijo el farmacéutico que e...

Índice

  1. Amores de Antón Hernando
  2. Copyright
  3. - I -
  4. - II -
  5. - III -
  6. - IV -
  7. SobreAmores de Antón Hernando

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