Sobre la importancia social del arte
Señoras y señores:
Nunca, como en estos momentos, he deplorado tanto no sentirme a la altura de la situación en que me colocaban las circunstancias, porque nunca se había presentado a mis ojos un espectáculo a la vez tan brillante y tan imponente; y en ocasión alguna me ha parecido tan difícil para mis pocas fuerzas fijar de un modo digno la atención de una concurrencia tan distinguida como la que me honra esta noche, disponiéndose a escucharme. Pues no tengo títulos personales que me recomienden a vuestra benevolencia, permitidme confiar en vuestra galante cortesía, y al mismo tiempo en la importancia del tema que me propongo dilucidar ante vosotros; ya que de ninguna suerte pueda aspirar a cautivaros con la novedad o la brillantez de mis palabras. No necesitaré esforzarme para justificar la elección de mi asunto, pues se desprende, de un modo tan sencillo como natural, del acto mismo que se realiza en este momento, gracias sobre todo a vuestro valioso concurso. Ha bastado que resuene la voz de un padre, a quien la adversa fortuna ha hecho ver comprometido el porvenir hermoso de una hija, ya a punto de realizar las más halagüeñas esperanzas, próxima ya a pisar los umbrales del mundo del arte, donde la aguardan el aplauso y el renombre, presagios de una vida útil y gloriosa; ha bastado que os llame para que el generoso pueblo habanero acuda prestamente a tender una mano firme al que vacila, y allanará la joven artista el camino de la gloria. Este movimiento de tan bella espontaneidad, este como aviso instintivo de que se iba a realizar una obra no solo benéfica sino fructuosa, bien merece que se le analice; pues no ha de perder por eso el sello de nobleza que imprime el desinterés a los actos humanos, antes bien adquirirá la incontrastable fuerza que da a los impulsos el conocimiento cabal de que se ajustan a los dictados de la razón. He aquí por qué me he decidido a exponeros, con la brevedad que requieren las circunstancias, cuanto importa y porqué importa a los pueblos proteger las artes.
Ante la febril y premiosa actividad de que da muestras incesantes nuestro siglo; ensordecidos por el estruendo profundo y monótono de las inmensas manufacturas; deslumbrados por las maravillas que ha producido la ciencia aplicada a la industria, la ciencia que ha puesto alas al sonido articulado y ha alumbrado nuestras noches con luz más intensa que la de los mismos astros; algunos espíritus más sensibles que perspicaces y previsores, gimieron por el abandono de las artes, pronosticaron la irreparable decadencia de toda manifestación artística. El siglo del vapor y la electricidad no había de ser el siglo de la pintura y la poesía; la época que aclama como sus benefactores a los Fulton y a los Edison, no había de consagrar con sus aplausos la inspiración de un Virgilio, el genio de un Miguel Ángel. Y es que en su culto amoroso del arte, habían llegado a idealizarlo de tal suerte, que lo consideraban como algo extrínseco a la naturaleza humana; como algo esencialmente divino, de todo punto incompatible con las otras fortificantes actividades que integran nuestro ser; con lo que desconocían, sin sospecharlo, la mayor, la verdadera excelencia, el grande y legítimo valor del arte, como elemento emocional y expresivo en la vida del hombre, como elemento, por tanto, de comunicación y simpatía en la vida de las sociedades. No vive, ni puede vivir el individuo humano aislado, en la sola conversación de su espíritu, atento solo a las palpitaciones de su corazón, en la contemplación egoísta del ideal luminoso de su conciencia; cuando se siente poseído por una generosa emoción, cuando hiere su ánimo algún bello espect...