Capítulo X. Mi destierro
«Es la villa de Oropesa de Cochabamba el granero y el depósito de la abundancia de los pueblos confinantes en las provincias de la Plata, con que su población la ha hecho más grande que a otras ciudades de mayor carácter por el populacho que la habita... En ninguna parte es más nociva que allí esta mala mezcla, aborrecedor de su primer origen.»
Marqués de Castel-Fuerte.
Francisco Nina, arrendatario de Las Higueras, una pequeña propiedad de doña Teresa, con seis colonos, a las inmediaciones del pueblo de Sipesipe, era un hombre de cuarenta años, mestizo, muy alto y grueso, carirredondo, lampiño, de aspecto bonachón, que ciertamente no engañaba. Tenía un gran sombrero de lana de carnero, tapabocas amarillo como el mío, poncho y polainas de alpaca tejidos primorosamente en su misma casa, zapatos de suela raspada, con formidables espuelas de hierro, bien amarradas con largas correas un poco más arriba del talón. Cabalgaba —en montura de dos picos, con pellón de piel de cabra y estribos de madera muy pequeños para sus pies— una yegua blanca, barrigona como una vinchuca, según él mismo decía.
Yo monté como pude un jaco lanudo entre blanco y negro, muy asustadizo, ensillado lo mismo que la yegua, bajo cuya cola metía la cabeza para caminar, o no quería caminar de otro modo.
Tres horas cabalgamos, Pancho delante y yo detrás, a buen paso, pero parando más de trescientas veces, no por culpa mía —que aunque chambón me sujetaba del pico delantero de la silla y dejaba al jaco seguir a la yegua a su manera—, sino por las incomprensibles señas y palabras que iba cambiando mi guía por el camino muy poblado de casas, con los rústicos parados en las puertas o detrás de las tapias de los corrales. Unas veces silbaba, mostrando abiertos el índice y el dedo siguiente de la mano derecha, para cabalgarlos sobre el índice extendido de la izquierda; otras les dirigía después del silbido una pregunta en una sola palabra, como: «¿Y? —¿Tienes? —¿Ya?», recibiendo en respuesta alguna otra seña afirmativa, o palabras muy breves, como: «Sí —Se entiende —Ya —Está por haber —Por supuesto»; de todo lo que yo pude colegir únicamente que se trataba de caballos, de alguna fiesta o expedición a la que todos parecían querer concurrir muy contentos. Por lo demás, los hermosos campos que cruzábamos, aunque agostados, bajo frondosos árboles siempre verdes, como los sauces, molles, naranjos y limoneros que bordaban el camino, distraían mi vista con los cuadros risueños y animados que le ofrecían por todos lados. Tropas de mujeres y niños pelaban el maíz o recogían el trigo en gavillas; reían alegremente; de vez en cuando resonaban ruidosas carcajadas, y más de una llegó distintamente a mis oídos el grito de ¡viva la patria! En los rastrojos pastaban numerosos rebaños. Recuas de asnos, con grandes costales, de cuyas bocas, no bien cerradas por la redecilla de lana, se escapaban las mazorcas más pequeñas, cruzaban en todas direcciones. Sus conductores, enormes y esbeltos hijos del valle, iban por detrás, con el grueso rebenque llamado verdugo en la mano; silbaban, daban gritos, para animar a las fatigadas acémilas; algunos tenían adornados los sombreros o monteras de flores amarillas del sunchu; no pocos llevaban colgado del cuello a las espaldas, el charango con que distraían sus momentos de descanso, a la llora de la sama o de la comida.
Por fin a eso de la una de la tarde llegamos a Las Higueras. El sitio debió haber recibido su nombre de los hermosos y copudos árboles que lo poblaban. La casa estaba situada en un gran claro pedregoso en medio de ellos. Era simplemente una sala con dos cuartos más pequeños a uno y otro lado. Un largo corredor los precedía, dando frente al camino de entrada. La cocina era un sotechado de paja, que se arrimaba al lado de la derecha. Los corrales de bueyes, asnos y gallinas se extendían al otro lado. Los caballos tenían su lugar en el campo, a la entrada de la casa. En el momento en que llegamos había allí dos grandes y relucientes potros amarrados en estacas, los que levantaron las finas cabezas y las largas y pobladas colas, relinchando alegremente.
Una mujer de la misma edad que Pancho, más blanca, robusta como él, vestida de pollera de bayeta de Castilla (que así se llamaba a todo lo que venía de fuera, se hiciese o no en la Península) y camisa de tocuyo, descalza de pie y pierna, como todas las mujeres del pueblo en sus casas, esperaba parada en la puerta. Un joven de dieciocho años, blanco como la mujer, casi tan alto y grueso ya como Pancho, con calzón de barragán, igualmente en mangas de camisa, pero calzado de medias de lana y zapatos de suela, salió precipitadamente de la sala, a tomar la brida del caballo de mi guía y sujetarle el estribo.
—Bueno, Venturita —dijo el arrendatario apenas puso el pie en el suelo, y dio un buen tirón de orejas al joven, que se rió con indefinible satisfacción. Se acercó luego aquél a la mujer, y la saludó con una recia palmada en el hombro, caricia a la que ella le contestó con no menos fineza, con un fuerte papirotazo en las narices.
—¡Mariquita! —gritó Pancho muy contento—; ¡Mariquita! ¿a dónde estás? Te traigo una cosa... ¡oh, qué cosaza!
—Chunco, tatitoi, ya voy con la merienda —contestó una voz fresca de niña, desde la cocina.
Entre tanto Ventura se acercó a mí sin ceremonias; me tomó de la cintura con las dos manos, y me levantó de la silla para ponerme en el suelo.
Entramos en la sala, y tomamos asiento en una banca sin espaldar, arrimada a la pared, tras una larga y ancha mesa de madera toscamente labrada. Dos de los ángulos de la sala estaban ocupados por poyos de adobes, en que se hacían las camas de Pancho y de Petrona, su mujer. En uno de los del otro lado había una mesa muy alta, que sostenía una gran urna de vidrio, en la que se veía una imagen de la Virgen de las Mercedes, contrahecha, con ojos más grandes que la boca, y mejillas más rojas que una cereza, teniendo en equilibrio en la palma de la mano un niño Jesús tan pequeñito, que parecía un juguete con que ella se divertía. El otro ángulo, al frente de éste, servía para depositar las monturas. Los tirantes del techo, que se podían alcanzar con la mano desde los poyos o la banca, tenían colgada en ellos la ropa dominguera.
No bien nos hubimos sentado entró una rolliza joven, con la gran fuente de merienda en las manos; puso ésta sobre la mesa, y colocó a su lado un rimero de platos de barro enlozados, con cuatro cucharas de madera de naranjo y dos cuchillos, que fue a ...