La decadencia Cubana
Conferencia de propaganda renovadora pronunciada en la «Sociedad Económica de Amigos del País» la noche del 23 de Febrero de 1924.
Por Fernando Ortiz.
Señores:
Esta secular «Sociedad Económica de Amigos del País» no puede permanecer callada e inactiva en este gravísimo período que atraviesa nuestra patria, sin renegar de su luminoso pasado y sin afrentar la memoria de sus fundadores, grandes gobernantes y patricios cubanos, que en las tinieblas de una colonia negrera y absolutista supieron encender la llama de !a cultura nacional, y avivarla, y sostenerla cuando los embates de la tiranía y de la corrupción querían humillar y rendir la conciencia naciente de Cuba.
Así hubo de entenderlo esta corporación cuando hace próximamente un año acordó que se confiara a quien entonces era su entusiasta presidente, el doctor Raimundo Cabrera, la iniciativa de una alocución a los compatriotas, que animara las energías latientes por la cultura y las vacilantes fuerzas de la fe cubana.
Obedeciendo a tal idea hubo de redactarse y ser dado a la publicidad, en Marzo de 1923, un llamamiento a los cubanos, cuyos eran estos párrafos que vais a oír:
Nuestra patria está atravesando una pavorosa crisis. No es la crisis de un gobierno. No es la crisis de un partido, no es la crisis de una clase, es la crisis de todo un pueblo.
Con causas muy complejas que no toca analizar ahora; pero cuyas principales raíces son harto claras cuanto dolorosas, han ido socavando los cimientos de nuestras instituciones culturales con grave e inminente riesgo para todas las de la República.
El analfabetismo aumenta en proporción terrible. La universidad se agita en convulsión de medular dolencia. Los demás antros de educación no responden a las exigencias de la civilización contemporánea. El porvenir de Cuba está, pues, minado por su base, y el mero dinamismo que rigen la vida de las naciones, bastaría para poder asegurar con doliente certeza el aciago derrumbe de las libertades cubanas, si la acción de los elementos extraños que entrechocan sus impulsos en nuestros mares, no hiciera aún más peligrosa una indefensión nacional debida a la incultura.
La debilitación de nuestras energías para las ineludibles contiendas que impone la conquista del progreso, va trascendiendo a otros órganos vitales de la Nación; y si el abandono de la cultura nos llevaría fatalmente a la pérdida del futuro libre, no puede silenciarse que ya en el presente ha carcomido instituciones troncales y nos lleva desechos algunos jirones de libertad. Civilización y libertad son ideas que se compenetran y es inconsciencia creer que la libertad de un pueblo puede asegurarse sin el acrecentamiento de su cultura; como no es cierto que no se alcanza un alto nivel de civilización sin un heroico amor a la libertad.
En Cuba, más que otros pueblos, defender la cultura es salvar la libertad.
La «Sociedad Económica Amigos del País», depositaria del culto a los grandes patricios que nos dieron civilización, cree que en Cuba aun alientan poderosas fuerzas vitales, bastantes para que los cubanos podamos mostrar nuestra enérgica decisión de vivir como nación, sabiendo, queriendo, pudiendo conquistar nuestro porvenir por nuestra sola voluntad.
Solo es preciso que los elementos cultos de nuestra nación abandonen la pasividad infecunda del pesimismo y la desconfianza, y que fuera de toda idea partidista que desviaría los más nobles propósitos, organicen una regeneradora propaganda: avivando una fe, que el pueblo no ha perdido; implorando de las autoridades republicanas la creación de las escuelas que la libertad de nuestros hijos exige; llevando hasta las clases más abandonadas al anhelo de la cultura; reclamando la mayor eficiencia en todos los servicios públicos; robusteciendo en nuestra sociedad, por la fuerza incoercible de la opinión, el imperio del derecho y la efectividad de las sanciones jurídicas; y, en fin, dando a la sociedad cubana, y aun al extranjero que nos contempla, la sensación real de que Cuba tiene energías propias para asegurar su propio progreso y de que nuestra nación no ha de morir.
El porvenir de Cuba está hoy, como estuvo siempre, en poder de sus propios hijos. La fraternidad extranjera ha podido antaño y puede hoy día atenuarnos obstáculos y brindarnos colaboraciones estimables; pero no se salva pueblo que no se salva solo; ni puede nadie dar vida a una nación si ésta, en inconsciencia suicida, no quiere animar todas las energías de su ser.
La «Sociedad Económica de Amigos del país» suplica a todos los cubanos unos instantes de meditación, cuando allá en la santidad de los hogares, junto a la esposa que se ama y a los hijos que mañana serán nuestros jueces, puedan pensar, serenos y lejos de influencias y pasiones insanas, sobre lo que hemos hecho del gran legado nacional de nuestros padres y de si podremos trasmitirlo íntegro a nuestros hijos.
Y si el cubano medita acerca del triste futuro que a todos nos espera sin una inmediata acción salvadora surgirán de su ánimo vigores íntimos e insospechados y habrá, sin duda, de sentir impulsos hacia un movimiento renovador de las energías nacionales.
Este llamamiento resonó en todos los ámbitos de Cuba y personalidades de las más representativas en el campo de la intelectualidad, las religiones y de la economía nacional respondieron con aplausos. Catedráticos y escritores, prelados y estudiantes, obreros y rentistas, y las más cultas de las mujeres cubanas, testimoniaron sus adhesiones y su advertencia del peligro.
Los temas referentes a nuestro retraso cultural fueron haciéndose de actualidad; nuevas organizaciones cívicas fueron surgiendo; y más y más estudios técnicos demostraron el retroceso bochornoso de la instrucción en Cuba; otros analizaron aspectos no menos transcendentales de esta crisis; y llegó a formarse el convencimiento tristísimo de la creciente decadencia cubana; del pavoroso riesgo de disolución que corre la patria, y, lo que es más...