Traductores traditores
Lo mismo que en los tiempos en que don Joseph Gómez Hermosilla ponía en versos castellanos los poemas homéricos, discútese hoy sobre la mayor o menor conveniencia de traducir a los poetas en versos. En Francia, país de intensa cultura artística, todos creen (con excepción de dos o tres profesores atrasados) que trasladar los versos de una lengua a versos de otra lengua es convertir el oficio de traductor en obra de traidor. Las estrofas, en efecto, nacen en su forma armoniosa gracias al genio musical de cada idioma, y tratar de pasarlas de un ritmo a otro ritmo es deformarlas. Pero en España la rutina por una parte y por otra la facilidad de versificar, han perpetuado la costumbre de no traducir los poetas sino en lengua poética. En estos mismos días han aparecido varias traducciones, entre las cuales llama la atención la que el notable escritor Marquina ha hecho de las Flores del mal de Baudelaire, y que dentro del género, me parece lo más perfecto que hasta hoy se ha visto. Yo he leído el tomo entero con paciente curiosidad. He admirado la riqueza verbal del traductor. He admirado también la escrupulosa literalidad de la traducción. Pero, por más buena voluntad que he puesto en mi lectura, no he conseguido sentir la sensación de fuerte, de dolorosa, de cruel poesía que palpita en todas las páginas del original. Y no me digáis que esta sensación no se experimenta nunca a través de una versión.
Aquí tengo los poemas de Edgar Poe, traducidos en prosa por Mallarmé y al leerlos toda la poesía del gran yanqui angustia mi alma. El mismo Baudelaire, al traducir El cuervo, tuvo un instante la idea de hacerlo en verso. En una de sus cartas publicadas últimamente dice que le habría gustado ensayar en francés el «raro ritmo del poema inglés.» Y luego agrega: «Solo que no debe nunca bromearse con estas cosas.» Es lástima que mi amigo Marquina no haya leído esta carta antes de emprender su trabajo, pues de seguro habría comprendido lo poco grato que debe ser a los manes del gran poeta doloroso ver sus divinos poemas trasladados a versos que no son sino un pálido reflejo del original.
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Más «avisé» me parece en este punto don Manuel Machado, cuyo elogio ha sido hecho por Rubén Darío. Un editor ofreció efectivamente a Machado una suma importante por la traducción de las poesías de Verlaine.
—Muy bien —contestó el poeta madrileño—; con amor traduciré las obras de mi maestro; pero en prosa, en prosa y literalmente.
El editor, que hubiera preferido una versión en verso, tuvo que aceptar, murmurando:
—Hágalo como quiera, mas no olvide que otros lo harán en verso.
Es cierto. En cuanto se anunció el trabajo de Machado, otro escritor de grandísimo talento, el señor Díez Canedo, publicó, queriendo sin duda hacer ver que el artista lo puede todo, una serie de traducciones en verso de poemas de Verlaine. Lo malo para él es que su labor, por hábil que pueda parecer desde el punto de vista retórico, sirve más bien para dar razón a Machado.
He aquí una de las poesías vertidas al castellano por Díez Canedo:
Llanto en mi corazón
Y lluvia en la ciudad
¿Qué lánguida emoción
Me rompe el corazón?
¡Dulce canción de paz
La de la lluvia mansa
Para el dolor tenaz
¡Oh! qué canción de paz!
¿Qué motiva el sufrir
Del corazón hastiado
Si no le vino a herir
Traición, ¿por qué sufrir?
¡Y el más grave dolor
Es ignorar por qué,
Sin odio y sin amor
Lleno está de dolor!
Ahora bien, vosotros, los que amáis a Verlaine como se ama a un padre sentimental, ¿decidme si reconocéis siquiera el canto original? Yo confieso que sabiendo de memoria casi todas las Romanzas sin palabras, he tenido que hacer un esfuerzo para adivinar que se trata de la divina poesía que reza:
Il pleure dans mon coeur
Comme il pleut sur la ville
Quelle est cette langueur
Qui pénètre mon coeur?
O bruit doux de la pluie
Par terre et sur les toits
Pour un coeur qui s’ennuie
O le chant de la pluie!
Il pleure sans raison
D...