Guatemala
Prólogo
¿Quién no conoce a José Martí? ¿Quién no le ha visto en la tribuna arrebatando al auditorio con el fuego de su palabra? ¿Quién ha dejado de leer esos brillantes artículos con que ha solido engalanar las columnas de irás de un diario de esta capital?
Joven, de una reputación literaria justamente merecida y de quien nadie ignora que, así en la república de las letras como en el mundo de la política, todo lo que es bello y todo lo que es bueno encuentra en su corazón un eco sincero del más puro entusiasmo, ¿necesita, acaso, de que un amigo suyo venga a poner su nombre al frente de un libro por él escrito? Ciertamente que no. Ni, en tal caso, sería a mí a quien este honor correspondiera; que allí están los Peón Contreras y los Chavero; los Altamirano y los Mateos, los Sierra y los Ortiz, que son legítimo orgullo de la literatura mexicana y amigos y admiradores entusiastas del autor.
Pero hay prólogos obligados y los hay también espontáneos. El mío pertenece a la categoría de los últimos. Yo he tenido en mis manos el manuscrito de Martí en los momentos de ir a la prensa, y me he dicho, como Lleras, recogiendo el primer tiro de los versos de Posada: yo quiero acompañar a mi amigo.
Sí, porque las buenas compañías honran, y faltaría a los deberes de la caballerosidad si no recomendase a todo el mundo la lectura de ese precioso folleto en que su autor, con mano maestra, se ocupa de estudiar los actuales elementos de la prosperidad de mi país, sus adelantos en el orden físico y moral, sus fuentes de riqueza y sus halagüeñas esperanzas para lo porvenir.
Las repúblicas latinoamericanas, en general, son poco conocidas en Europa; pero, por un lamentable error de nuestra política internacional, lo son menos todavía entre ellas mismas. Felizmente ese error va pronto a subsanarse; México, la hermana mayor de las hijas de Bolívar y de Hidalgo, ha dado el primer paso votando por unanimidad, en su Congreso, la ley que en proyecto le presentó uno de sus más distinguidos hombres de Estado, el señor Vallarta. La iniciativa será también por unanimidad correspondida desde las playas del Golfo mexicano hasta la Tierra del Fuego. Pero en esta obra dEl Progreso, urgentemente demandada por el espíritu del siglo, no es solo la política la que con tesón debe trabajar; también a la literatura le está reservado un papel muy importante, y —preciso es decirlo en su elogio— ella es quien hasta ahora ha suplido, en cuanto le ha sido posible, la falta de esas fraternales relaciones que harán del Continente de Colón un todo respetable. A este efecto se necesitan libros como el de Martí, escritos con imparcialidad y no por lo que se sabe de oídas, sino por el estudio filosófico que de lo que se escribe se ha hecho.
Muy poco hace que en uno de los diarios más acreditados de esta capital vieron la luz pública unas Cartas sobre Centro América, en que se juzga de la cultura actual de aquellos países por lo que eran hace cincuenta años. Aquella sección del Continente no podía ser, en consecuencia, conocida. El folleto de Martí sobre Guatemala servirá por sí solo para refutar aquellas cartas. No es una obra completa que abarque en todos sus pormenores cuanto de un país puede decirse. Obras de este género no pueden escribirse en las pocas horas de que el autor ha podido disponer.
Tampoco surten resultado, porque pocos son los que tienen la paciencia de leerlas; estamos en el siglo de la hoja suelta y del periódico, y no del libro, como ha dicho un célebre escritor contemporáneo.
Guatemala debe estar agradecida al señor Martí por el servicio que positivamente le hace con la publicación de su trabajo. Como uno de sus hijos, yo me honro en hacerle esta pública manifestación de reconocimiento, porque estoy convencido de que publicaciones de este género son las que más poderosamente influirán en el incremento de la inmigración inteligente y trabajadora, que es el medio de que todos los pueblos hispanoamericanos deben valerse para hacer efectivas las inmensas riquezas depositadas por la Naturaleza en sus vastas cuanto fecundas soledades.
R. Uriarte México, 20 de diciembre de 1877
I
¿Por qué escribo este libro?
Cuando nací, la Naturaleza me dijo: ¡ama! Y mi corazón dijo: ¡agradece! Y desde entonces yo amo al bueno y al malo, hago religión de la lealtad y abrazo a cuantos me hacen bien.
Yo llegué, meses hace, a un pueblo hermoso; llegué pobre, desconocido, fiero y triste. Sin perturbar mi decoro, sin doblegar mi fiereza, el pueblo aquél, sincero y generoso, ha dado abrigo al peregrino humilde. Lo hizo maestro, que es hacerlo creador. Me ha tendido la mano y yo la estrecho. Guatemala es una tierra hospitalaria, rica y franca: he de decirlo.
Me da trabajo —que es fortaleza—, casa para mi esposa, cuna para mis hijos, campo vasto a mi inmensa impaciencia americana. Estudiaré a la falda de la eminencia histórica del Carmen, en medio de las ruinas de la Antigua, a la ribera de la laguna de Amatitlán, las causas de nuestro estado mísero, los medios de renacer y de asombrar. Derribaré el cacaxte de los indios, el huacal ominoso, y pondré en sus manos el arado, y en su seno dormido la conciencia.
Y entretanto, vuelvo bien al que me ha hecho bien. Y en la tierra de México, noble y entusiasta, donde prende toda idea amorosa, donde arraiga todo extraordinario sentimiento, diré con mi palabra agradecida cuánto es bella y notable, y fraternal y próspera, la tierra guatemalteca, donde el trabajo es hábito, naturaleza la virtud, tradición el cariño, azul el cielo, fértil la tierra, hermosa la mujer y bueno el hombre.
Amar y agradecer.
II
Allá, en horas perdidas, buscan, los curiosos, periódicos de Sur y Centro América, por saber quién manda y quién dejó de mandar, y no se sabe en la una república lo que hay de fértil, de aprovechable y de grandioso en la otra; y hoy, como en 1810, puede decirse con el padre Juarros, pintoresco y cándido cronista del reino guatemalteco, lo que por entonces él decía: «Vemos con la mayor admiración que, después de tres siglos de descubierto este Continente, se encuentran en él reinos y provincias tan poco conocidos como si ahora se acabasen de conquistar». Es ¡ay de nosotros! que el veneno de tres siglos, tres siglos ha de tardar en desaparecer. Así nos dejó la dueña España, extraños, rivales, divididos, cuando las perlas del río Guayato son iguales a las perlas del Sur de Cuba; cuando unas son las nieves del Tequendama y Orizaba; cuando uno mismo es el oro que corre por las aguas del río Bravo y del venturoso Polochic.
De indios y blancos se ha hecho un pueblo perezoso, vivaz, batallador; artístico por indio; por español terco y osado; y como el inglés es brumoso, y el sueco grave, y el napolitano apático, es el hijo de América ardiente y generoso, como el Sol que lo calienta, como la naturaleza que lo cría. De manera que, de aquéllos hubimos brío, tenacidad, histórica arrogancia; de los de oscura tez tenemos amor a las artes, constancia singular, afable dulzura, original concepto de las cosas y cuanto a tierra nueva trae una raza nueva, detenida en su estado de larva, ¡larva de águila! Ella será soberbia mariposa.
Pero ¿qué haremos, indiferentes, hostiles, desunidos? ¿Qué haremos para dar todos más color a las dormidas alas del insecto? ¡Por primera vez me parece buena una cadena para atar, dentro de un cerco mismo, a todos los pueblos de mi América!
Pizarro conquistó al Perú cuando Atahualpa guerreaba a Huáscar; Cortés venció a Cuauhtémoc porque Xicotencatl lo ayudó en la empresa; entró Alvarado en Guatemala porque los quichés rodeaban a los zutujiles. Puesto que la desunión fue nuestra muerte, ¿qué vulgar entendimiento, ni corazón mezquino, ha menester que se le diga que de la unión depende nuestra vida? Idea que todos repiten, para lo que no se buscan soluciones prácticas. Vivir en la Tierra no es más que un deber de hacerle bien. Ella muerde y uno la acaricia. Después, la conciencia paga. Cada uno haga su obra.
Yo vengo de una tierra de volcanes alto, de feraces yerros, de anchurosos ríos, donde el oro se extiende en placer vasto por las montañas de Izabal, donde el café —forma mejor del oro— crece aromoso y abundante en la ancha zona de la Costa Cuca. Allí la rubia mazorca crece a par de la dorada espiga; colosales racimos cuelgan de los altos plátanos; variadísimas frutas llenan la falda de la gentil chimalapeña; obediente la tierra responde a los benéficos golpes del arado. Extraordinaria flora tupe la costa fastuosa del Atlántico; el redondo grano, que animó a Voltaire y envidia Moka, como apretado en el seno de la tierra, brota lujosamente en la ribera agradecida del Pacífico. Aquí, sabino pálido; allí, maíz robusto, caña blanca y horada, trigo grueso y sabroso, nopales moribundos, hule nativo, ricos frijolares en asombrosa mezcla unidos, con rapidez lujuriosa producidos, esmaltan los campos, alegran los ojos y auguran los destinos de la tierra feliz de donde vengo.
La cantó Batres, la historió Marure, la copió en inimitables fábulas Goyena; se exploran los ríos, se tienden los carriles, levántanse institutos, leen los indios, acuden los extranjeros, improvisan su fortuna; vínose a la libertad por una revolución sencilla y extraordinaria, admirable y artística; es esa tierra, más que tierra desconocida, amorosa virgen que regala a los que acuden a su seno. En mí están vivos estos sucesos y bellezas; y ¿no he de hablar yo de aquellos poetas y prosistas, de aquellos agricultores y gobernantes, de aquella tierra ávida de cultivo, de aquella juventud ávida de ciencia?
Para unir vivo lo que la mala fortuna desunió. Más acá ha de saberse lo que más allá se hace y se vale, más allá de la frontera chiapaneca. Las manos están tendidas; ésta es la hora.
Viniendo de Izabal por el ancho camino carretero, que llevará pronto al Norte —¡gran perspectiva!— los azúcares y el café del Oeste, vense a lo lejos, más allá del río, altas iglesias sobre ameno valle, vasto perímetro, diáfana atmósfera, gentil señora, bella y gran ciudad.
Viniendo del puerto, del floreciente San José, pasajero en cómoda diligencia; o jinete en humilde caballo, brota de entre los montes pintoresco pueblo que, a medida que se acerca la distancia, brota de entre su cerco de robustos montes, desafía con su elegante castillo, eleva sus numerosos minaretes y abre luego sus limpias y amplias vías al viajero, admirado de la pulcritud resplandeciente que realza las anticuadas y holgadas construcciones.
Peregrinando vino esta ciudad hermosa desde Almolonga terrible hasta el risueño Valle de las Vacas. Poco memoriosos los conquistadores atrevidos, no temieron que la tierra árida se alzase contra los que la ofendían, y, por fenómeno súbito inundada, pereció entre turbios mares de agua, que bajaban en remolinos del...