Capítulo XVIII. Hurtado de Mendoza: exploración de la región del sur hasta Chiloé. Captura y muerte de Caupolicán; fundación de nuevas ciudades (1558-1559)
1. Don García Hurtado de Mendoza emprende la exploración de los territorios del sur. 2. Los araucanos, engañados por un indio traidor, atacan Cañete y son rechazados con gran pérdida. 3. Marcha de los españoles al través de los bosques del sur; descubrimiento del archipiélago de Chiloé. 4. Practicado el reconocimiento de esa región, don García da la vuelta al norte y funda la ciudad de Osorno; injusticias cometidas contra los antiguos encomenderos de Valdivia. 5. Proclamación de Felipe II como rey de España; don Alonso de Ercilla y don Juan de Pineda condenados a muerte por el gobernador, y luego indultados. 6. Captura y muerte de Caupolicán. 7. Batalla de Quiapo. 8. Repoblamiento de Arauco y de Angol.
1. Don García Hurtado de Mendoza emprende la exploración de los territorios del sur
Dos meses de combates casi diarios en los alrededores de Cañete habían hecho creer a don García que aquellos indios eran indomables; pero confiado en el poder de las armas españolas, pensaba también que los frecuentes desastres que había sufrido el enemigo lo habían reducido casi a la impotencia, y que bastaban pequeñas guarniciones para mantener tranquilas esas localidades. Los últimos triunfos de sus soldados robustecieron esta convicción.
El gobernador, por otra parte, ardía en deseos de partir para la región del sur. Quería visitar los establecimientos que allí tenían fundados los españoles y consolidar la conquista en esa parte, dilatándola más allá todavía de los territorios que en años atrás habían explorado Valdivia y sus capitanes. En el campamento español se hablaba con entusiasmo de la riqueza de ese país, donde, según se decía, abundaban los lavaderos de oro, y había indios más sumisos y dispuestos al trabajo de las minas. Don García esperaba hallar allí un teatro de gloria para su nombre de conquistador y un campo abundante para premiar los servicios de sus capitanes.
Por otra parte, los indios del sur de Valdivia comunicaban que en las costas más australes de Chile se habían visto algunos buques europeos, cuyo número hacían subir a siete u ocho. Probablemente, esta noticia tenía su origen en la expedición del piloto Ladrillero, enviada por el mismo don García a reconocer el estrecho de Magallanes; pero se exageraba tanto el número de las naves, que el gobernador llegó a persuadirse de que eran portugueses que pensaban establecerse en los dominios españoles. Dando cuenta de sus sospechas sobre el particular, el gobernador, con aquella arrogancia castellana tan frecuente entre los capitanes de ese siglo, escribía al rey que estaba dispuesto a marchar al sur y a arrojar de esa región a los extranjeros, «para que sepan, agregaba, que en cualquier tiempo y parte tiene Vuestra Majestad criados y vasallos que saben bien defender su tierra, pues tengo aquí soldados y municiones no solamente para echar de ahí la armada del rey de Portugal, pero la de Francia que estuviera con ella».
A fines de enero de 1558, don García, persuadido de que por entonces los indios no se hallaban en estado de acometer nuevas empresas militares, se dispuso para marchar al sur con el mayor número de sus tropas. Confió el mando de Cañete y de su comarca al capitán Alonso de Reinoso, puso bajo sus órdenes una reducida guarnición que, sin embargo, se consideraba suficiente para su defensa, y le dejó víveres para dos meses. Reinoso debía no solo conservar la tranquilidad de la comarca contra las agresiones de los indios sino atender al establecimiento definitivo de la ciudad.
El gobernador emprendió su viaje atravesando la cordillera de la Costa por la cuesta de Purén, y recorriendo enseguida el valle central hasta las márgenes del Cautín y la ciudad de la Imperial. En toda su marcha no halló la menor resistencia de parte de los indios que parecían vivir en la más completa tranquilidad. En la Imperial comenzó a ocuparse en los trabajos administrativos para poner orden en la desorganización consiguiente al abandono en que aquella ciudad había estado durante cuatro años de incomunicación casi absoluta con el resto de la colonia.
2. Los araucanos, engañados por un indio traidor, atacan Cañete y son rechazados con gran pérdida
Apenas instalado en la Imperial, y cuando sus tropas no habían tomado aún el descanso necesario ni se habían repuesto de las miserias de los días anteriores, supo don García que los indios de las inmediaciones de Cañete estaban otra vez sobre las armas, y que amagaban de nuevo la ciudad. En el acto dispuso que el capitán don Miguel de Velasco y Avendaño partiese por los caminos de la costa con treinta soldados a reforzar la guarnición de Cañete. Caminando sin descanso de noche y de día, y con no pocas alarmas por la actitud de los indios, este destacamento entró a la ciudad a tiempo de prestar muy útiles servicios.
En efecto, los indios se mantenían en pie de guerra en las inmediaciones de Cañete. Impuestos por sus espías de que el gobernador había partido para el sur y de que esa ciudad quedaba con una escasa guarnición, habían concebido el plan de apoderarse de ella. En los momentos en que llegaba ese refuerzo, Reinoso tenía tendido un lazo a los indios de guerra, y se preparaba para darles un golpe tremendo el día siguiente. Los auxiliares que acababa de recibir iban, pues, a tener una buena oportunidad para desenvainar sus espadas.
Un indio yanacona, que los contemporáneos nombran alternativamente Andresillo y Baltasar, salía con frecuencia de la ciudad en servicio de los conquistadores. Cortaba leña en el bosque, segaba pasto para los caballos y llevaba la vida miserable de los esclavos. En esas frecuentes salidas solía verse con los indios de guerra, e instado por éstos para que abandonara el servicio de los españoles, Andresillo concibió un plan de la más negra perfidia con que esperaba, sin duda, alcanzar su libertad. Ofreció al capitán Reinoso atraer por engaño a la plaza de Cañete el mayor número posible de guerreros araucanos, haciéndoles creer que de un solo golpe podrían concluir con toda la guarnición española. Cuenta Reinoso que en el primer momento dudó de la sinceridad de Andresillo; pero conociendo su astucia y su inclinación por toda especie de fraudes, lo alentó en sus propósitos haciéndole los más lisonjeros ofrecimientos si llevaba las cosas a buen término.
Andresillo, en efecto, salió libremente de la ciudad. Fue a buscar las juntas de indios enemigos para alentarlos a caer de sorpresa sobre Cañete. Demostroles que esta empresa no presentaba ninguna dificultad si se elegía una hora oportuna para el asalto. Los españoles, según él, tenían la costumbre de pasar la noche en vela y sobre las armas para estar prevenidos contra cualquier ataque del enemigo; pero a mediodía, rendidos por el insomnio y fatigados por el calor, se entregaban al descanso dejando la ciudad completamente indefensa. Andresillo aseguraba a los suyos que odiando profundamente a los opresores de su raza, deseaba su exterminio y estaba dispuesto a contribuir a él preparando un ataque que no podía dejar de producir el más completo triunfo.
Los indios se dejaron persuadir por los discursos de Andresillo. Se ha contado que queriendo éstos comprobar la verdad de aquellas revelaciones, acordaron que uno de los suyos, fingiendo querer vender a los españoles la fruta que llevaba en un canasto, visitase la fortaleza a la hora conveniente para el asalto. El traidor Andresillo facilitó este reconocimiento para acabar de desterrar toda desconfianza del ánimo de los indios. Reinoso, por su parte, preparaba con el mayor esmero la ejecución de los menores detalles de aquel plan. El emisario volvió al campo enemigo satisfecho de todo lo que había visto. No cabía duda de que a mediodía los españoles se ent...