VIII. Del tabaco entre los indoantillanos
Los indios precolombinos de América usaban el tabaco de varias maneras. La mata de tabaco se aprovechaba toda ella, según sus varios usos: las semillas, las raíces, el tallo, las hojas y las flores. Pero las partes preferidas eran las hojas y, después, el tallo, como ocurre hoy día. Por el estado en que consumían el tabaco pueden reconocerse cinco maneras principales: a) en rama o sea en hojas al natural o secas; b) en pan, masa o pasta de hojas; c) en líquido, en cocimientos, tisanas y unturas; d) en polvos molidos; y e) en humo de sus hojas. Digamos que lo usaban en rama, masa, líquido, polvos y humo.
Estas cinco maneras daban origen a varias modalidades secundarias. Así, valgan estos casos como ejemplos, el tabaco en rama, o sea en hojas, se usaba ritualmente como símbolo de amistad y comunión mediante la simple entrega de unas hojas secas que hacía el oficiante del rito al comunicante; o bien las hojas, enteras o picadas en trozos, se aplicaban como un emplasto sobre el cuerpo del paciente; y también ocurría que las hojas del tabaco se empleaban como amuletos o espanta-diablos, ya colocándolas bajo de la almohada al dormir, según refiere el padre Bernabé Cobo; o simplemente llevándolas el marido junto al pecho para que no sufra su hijo aún en el vientre materno, como cuenta el padre Bernardino de Sahagún. También se empleaban mucho las hojas secas para quemarlas sobre ascuas, haciendo simples fumigaciones o sahumerios a modo de incensaciones curativas o propiciatorias.
Si el tabaco era utilizado como líquido, con sus cocimientos luego se comía con fines terapéuticos, o bien se mascaba solo para extraerle el jugo bajo el molino dentario e ingerirlo con la saliva.
Si el tabaco era utilizado como líquido, con sus cocimientos se enjuagaban la boca, o lavaban las cavidades nasales, o los ojos, o el cuerpo entero, o su interior, tomándolo como clister o bebiéndolo como tisana. Así curaban el mal aliento, los reumas y «corrimientos» de las narices, las cataratas, la retención de orina, el «empachamiento» del estómago, cualquier «dolor frío» y otras muchas enfermedades. Sobre todo, lo emplearon los españoles en cocimiento contra los «dolores de bubas», o sea contra la sífilis; la cual, hallada en América a la vez que el tabaco, era entonces muy extendida y virulenta entre los conquistadores infectos.
Si el tabaco se empleaba en polvo era para esparcirlo por el aire con el objeto de ahuyentar «la cosa mala»; o para taponar las narices impidiendo las hemorragias y los «corrimientos»; o para absorberlo por la vía nasal, en cuyo caso los polvos se hacían menudísimos, moliendo solo los tallos resecos de la mata y las nervaduras o palillos del follaje, o bien haciendo picadura fina de la masa o pulpa seca de las hojas.
Si el tabaco se consumía en humo, éste se quemaba como sahumerio para que se elevara a los númenes o espantara a «los malos elementos», o impregnara a los enfermos; o bien se inhalaba por multitud de procedimientos que iremos refiriendo (libre aspiración, embudos, tubos, cigarros, cigarrillos, pipas, etc.) y bien por las narices, por la boca o por ambas vías y, probablemente, hasta por la vía trasera.
Además, por cada uno de estos métodos la sustancia del tabaco se consumía sola o mezclada con otras yerbas o sustancias de diversa índole, según los efectos fisiológicos que se deseaban, tales como lograr un simple placer gustativo, una mera estimulación nerviosa, una intoxicación delirante, un vomitivo, un purgante, u otros usos medicinales, mágicos o religiosos.
Por la manera instrumental como se administraba el tabaco, ésta era absorbente o expelente o mixta, según que su uso principal fuese el aprovechamiento interno en el cuerpo humano del sujeto que lo empleaba o su aplicación fuese externa en otra persona o en otro objeto, o de ambos modos. Así, la mascada servía para el propio mascador, quien tragaba la saliva nicotinada o bien aquélla era escupida por el behíque sobre el tumor de un enfermo para que actuara en éste como emoliente. El rapé se absorbía narices adentro por el propio individuo que era gustoso de ello, u otro se lo soplaba narices arriba mediante un tubo para que «le llegara a los sesos» y «perdiera el sentido». El humo uno lo fumaba chupándolo por la boca para que penetrara los meandros de sus vías respiratorias, o simplemente aquél se expelía del cigarro para que se impregnara de su hálito mágico algún paciente; o inhalándolo y exhalándolo sucesivamente por un mismo sujeto se realizaba como el ciclo ritual de una acción fumigadora; etc.
Eran, pues, y aún son muchas, y a veces nada simples ni elementales, las técnicas de los indios para el tabaco. Con estos antecedentes bien se comprenderá que el tabaco se tenía entre los indios como una medicina. No hay cronista ni viajero de Indias que no aluda a estas virtudes prodigiosas de la planta nicotiana.
No era la medicina exclusivamente lo que motivaba entre los indios el empleo del tabaco. O, por lo menos, ese móvil, real o supuestamente utilitario, venía siempre embebido por los conceptos y ritos religiosos, como era natural en aquella cultura de los indios, donde la medicina todavía no había sido separada de la religión por el racionalismo experimental. Dicho lo que antecede como líneas generales para facilitar el estudio, trataremos de explicar la significación del tabaco entre los indios, ajustándonos a los datos históricos y a los etnográficos. Trataremos principalmente en nuestro trabajo del tabaco entre los indios antillanos, o mejor dicho, entre los taínos o aruacas que dominaban casi todas las islas del Mediterráneo americano cuando llegó Cristóbal Colón. Dicho sea de una vez, no consta que usaran del tabaco los indios aborígenes, los arcaicos o pretaínos, conocidos generalmente, por cibaos, siboneyes, guanajabibes, etc., si bien sería infundado sostener que ignoraban la existencia de esa planta y de sus múltiples aplicaciones. En nuestra investigación rara vez hemos de referirnos a los usos del tabaco entre los indios de la América del Norte porque, aun cuando muy extendido entre ellos, sus costumbres al parecer no influyeron en las islas antillanas y no mucho en las técnicas y en la difusión del tabaco.
Creemos útil recopilar aquí los textos de los cronistas e historiadores de Indias concernientes al tabaco. Su lectura y cotejo ayudarán a dilucidar algunos problemas oscuros; pero tendrán que ser acompañados por algunas glosas y por referencias de etnografía comparada, sin las cuales algunas interpretaciones de los textos habrían de ser difíciles.
Comencemos por el padre Ramón Pané, generalmente llamado Pane. Este se refiere en varias ocasiones de su famosa Relación al uso del tabaco entre los indios de la Española, pero él no empleó este vocablo. En el capítulo XI, titulado De lo que aconteció a los cuatro hermanos cuando iban huyendo de Yaya, aparece el primer mito relacionado con el tabaco.
Yaya fue un hombre a quien quiso matar su hijo Yayael (¿mito del Edipo freudiano?); pero el padre se le anticipó, matando al hijo y metiendo en una güira, o calabaza, con agua sus huesos, los cuales allí se convirtieron en peces. Un día, hallándose Yaya por sus conucos o sembradíos, entraron en su casa cuatro hermanos (¿los cuatro puntos cardinales?), hijos de un solo parto de una mujer Itiba Yahuvava. De pronto llega Yaya y a los cuatro gemelos se les cae al suelo la calabaza con los pececitos nacidos de los huesos de Yayael, derramándose tanta agua que llenó la tierra. Y así se creó el mar poblado de peces. Huyendo los cuatro hermanitos llegaron a la puerta del patriarca Basamanaco (o Ayamaco o Bayamanicoel). Dice textualmente la versión de fray Pané:
Estos, tan luego como llegaron a la puerta de Basamanaco y notaron que llevaba cazabí, le dijeron: Ayacavo Guarocoel, que quiere decir: «Conozcamos a nuestro abuelo». Entonces Dimivan Caracaracol, viendo delante a sus hermanos entró a su casa para ver si podía hallar algún cazabí, que es el pan que se come en aquel país. Caracaracol, entrando en casa de Ayamanaco, le pidió cazabí, que es el mencionado pan; éste se puso la mano en la nariz y le echó en la espalda una «mucosidad llena de cohoba», que hab...