Capítulo VII. Del poder nacional
Hay condiciones especiales para los gobiernos de la América del Sur, que por no haber sido comprendidas hasta hoy, en unos países se mantiene el atraso por el conato de legislar sobre lo que existe, imitando en esto a los gobiernos antiguos de Europa, o se destruye todo por espíritu de antipatía a lo europeo, por americanismo. Lo primero conduce al quietismo; lo segundo, a la barbarie. La América del Sur se encontraba en 1810 bajo condiciones únicas en la historia de los pueblos civilizados o cristianos. Con un continente inmenso y una población escasa; con ríos navegables, sin naves, ni el hábito de navegarlos; con una tierra fértil y sin ciencia para cultivarla; con ciudades en el interior sin comunicación fácil con los puertos; con un pueblo habituado a los usos y necesidades de la vida civilizada y sin industria para satisfacerlos. Dados estos antecedentes, cuya verdad nadie pone en duda, el tiempo por sí solo no puede producir una mejora de situación sensible; porque no hay progreso sino donde hay rudimentos que desenvolver, como ciencia, industria, etcétera. La independencia conquistada no podía ser un bien sino a condición de darnos libertad para corregir los defectos que había negado la colonización; la independencia, para perpetuar el mal existente, podría traer por consecuencia la destrucción de lo que existía, por la pereza y las pasiones desencadenadas. Estos principios sencillos, pero de una aplicación muy general los limitaremos aquí a unos cuantos casos de una experiencia práctica. La República Argentina, por ejemplo, es un país despoblado desde el estrecho de Magallanes hasta más allá del Chaco. En el interior hay una población reducida en número y nula en cuanto a capacidad industrial, porque no ha heredado de sus padres ni las artes mecánicas, ni las máquinas que las auxilian, ni el conocimiento de las ciencias que las dirigen y varían. Los gobiernos americanos nacidos de la independencia debían, pues, ocuparse exclusivamente en hacer de esta inmensa extensión de país un Estado; de los ríos, medios de comunicación y exportación; de la población tan reducida, una nación. Pero si hubiese un gobierno de esperar que el tiempo le trajese estos resultados, para que la población actual reproduciéndose pueda llegar a componer una nación de millones de hombres, dos serían los resultados: primero, que se necesitarían quinientos años para obtenerlo, y en seguida que se reproducirían los mismos hombres con su escasez actual de conocimientos, su falta de nociones industriales, etc. Esto es lo que sucede hasta ahora poco en la España europea; se continúa así en Marruecos, en África, y otros países. La población crece después de siglos; pero la civilización de los habitantes no está hoy más avanzada que lo que estaba quinientos años antes. ¿Por medio de qué prodigio, pues, podría un gobierno acelerar la obra del tiempo y mejorar a la vez la condición inteligente, industrial y productiva de la población actual? La emigración europea responde a todas estas cuestiones. Hágase de la República Argentina la patria de todos los hombres que vengan de Europa; déjeseles en libertad de obrar y de mezclarse con nuestra población, tomando parte en nuestros trabajos, disfrutando de nuestras ventajas. Esto es lo que sucede hoy en Norte América, que tenía tres millones de habitantes cuando se hizo independiente, y cuenta hoy veinticinco; que se componía solo de trece Estados, y hoy se compone de veintiocho, entre los cuales hay muchos poblados casi exclusivamente por los emigrantes. De Inglaterra han emigrado en 10 años medio millón de hombres, y de Europa entera emigran por año igual número de almas, de las cuales la mitad se dirige a los Estados Unidos y la otra se dispersa por todos los países nuevos del mundo, llevando a todas partes industria, medios nuevos de adquirir y con frecuencia fortunas hechas. He aquí una estadística de los emigrados que han desembarcado en Nueva York en 1849:
| 112.591 | | Procedentes de Irlanda. |
| 55.705 | | de Alemania. |
| 28.321 | | de Inglaterra. |
| 8.890 | | de Escocia. |
| 3.830 | | de Noruega. |
| 2.683 | | de Francia. |
| 2.447 | | de Holanda. |
| 1.782 | | del País de Gales. |
| 1.007 | | de Suecia. |
| 1.045 | | de Suiza. |
| 602 | | de Italia. |
| 449 | | de las Indias Occidentales. |
| 287 | | de Portugal. |
| 214 | | de España. |
| 172 | | de Cerdeña. |
| 150 | | de Dinamarca. |
| 141 | | de la Nueva Escocia. |
| 133 | | de Polonia. |
| 118 | | de Bélgica. |
| 59 | | del Canadá. |
| 38 | | de Rusia. |
Figuran en este estado otros países por corto número emigrados, hasta componer un total de 220.603. Donde esta masa de población se reúne, se devastan campos incultos, se levantan ciudades, se pueblan de naves los ríos, se recargan los mercados de productos, porque el europeo trae consigo una parte de la ciencia, de la industria y de los medios mecánicos de producir de las naciones civilizadas; de donde resulta que cuantos más europeos acudan a un país, más se irá pareciendo ese país a la Europa, hasta que llegue un día en que le sea superior en riqueza, en población y en industria, cosa que ya sucede hoy en los Estados Unidos. ¿Han obrado en vista de este resultado nuestros gobiernos? Nuestra triste historia está ahí para responder. Veinte años nos hemos ocupado en saber si seríamos federales o unitarios. Pero qué organización es posible dar a un país despoblado, a un millón de hombres derramados sobre una extensión sin límites? Y como para hacer unitarios o federales era necesario que los unos matasen a los otros, las persiguiesen y expatriasen, en lugar de doblar el país ha disminuido la población; en lugar de adelantar en saber, se ha tenido cuidado de perseguir a los más instruidos. Se necesitaba atraer población de otros países para que aumentase nuestro número y riqueza e introdujese el conocimiento de las artes y de las ciencias que nos faltan, y en veinte años no hemos hecho más que gritar contra los extranjeros, e intimidar a los que se dispondrían en Europa a venir con sus familias y su industria a establecerse entre nosotros; y como estas antipatías originan guerras, bloqueos, y que para resistirlos se necesita dinero y ejércitos, mientras nos defendíamos en el Río de la Plata, los indios salvajes despoblaban con sus depredaciones el interior, y reducían aun más que lo que estaba antes la parte ocupada por los cristianos. Así vamos cada día de mal en peor, y continuará el mal en adelante, mientras no organicemos un gobierno nacional que se proponga por objeto único de sus esfuerzos poblar el país y crear riquezas. Este propósito, seguido con tesón por una serie de años, acelerará de un modo prodigioso nuestro desenvolvimiento, pero para llevarlo a cabo se requiere otra organización dada al país, y otro espíritu que el que ha aconsejado y dirigido la política de la nación. ¿Qué hacen, por ejemplo, esos enviados que ganan 10.000 pesos anuales, en Washington, Río de Janeiro, Londres, París? Arrastrarse ante gobiernos que no hacen caso de ellos, o confundirse entre la turba de diplomáticos haraganes, dándose aire de grandes señores y dándose buena vida con nuestras rentas. Estos enviados debían ser hombres laboriosos, ocupados exclusivamente de estudiar los medios que aquellas naciones emplean para enriquecerse; de ponerse en contacto con los hombres que por su ciencia, su industria, nos convendría hacer venir a nuestro país. Nuestras embajadas en Europa deberían ser oficinas públicas, para procurarnos y enviarnos millares de emigrantes laboriosos, para seducir hombres eminentes, para predisponer por la prensa la opinión de la Europa en favor de nuestros países, poco conocidos hasta hoy, si no es por sus guerras y sus desórdenes. Oficinas de este género establecidas en Burdeos, Havre, Cádiz, Génova, Rótterdam, Hamburgo, nos enviarían cien mil emigrantes por año, que en uno solo cubrirían de mieses los campos y ciudades de todo el bello territorio de Entre Ríos. Tenemos un ejército y las disposiciones guerreras de los argentinos los hacen aptos para la vida militar. ¿Qué hemos hecho en diez años con nuestro ejército? Acamparlo en el Cerrito de Montevideo para que destruya ganados y mate hombres extraviados, porque, o no hemos podido, o no hemos querido tomar la plaza; pero en uno y otro caso no hay gloria ni provecho. Y el ejército tiene una grande y larga tarea que desempeñar entre nosotros. Cada diez años se hacen entradas a los indios; los indios se retiran al Sur a la aproximación de nuestras fuerzas, y en cambio de los 100.000 pesos que ha costado la expedición, nuestros expedicionarios vuelven con algunos centenares de ovejas tomadas a los indios y algunos individuos de chusma por trofeos; concluido lo cual, los indios reaparecen en nuestras campañas y siguen sus depredaciones. Un gobierno previsor debe obrar de otra manera. Desde Bahía Blanca hasta la cordillera de los Andes, apoyándose en la margen del río Colorado, debe de diez en diez leguas erigirse un fuerte permanente, y dispuesto de modo que sirva de núcleo a una ciudad. Esto no haría más que quince a veinte fuertes, los cuales formarían un límite final a la República por el Sur. Las tribus salvajes que quedasen cortadas por esta línea de puestos alcanzados, no resistirían largo tiempo a la amenaza de ser aniquiladas, cogidas entre dos fuerzas y diezmadas. Dos vaporcitos echados en el Colorado, telégrafos de brazos elevados sobre los fuertes para dar desde cada uno de ellos la señal de la alarma a los dos contiguos, son suficientes medios de mantener la seguridad y las comunicaciones de la frontera. La guarnición de estos puntos se haría con colonos militares, a quienes se distribuiría el terre...