Las mujeres de Troya
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Las mujeres de Troya

  1. 360 páginas
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Las mujeres de Troya

Descripción del libro

LA GUERRA DE TROYA FUE SIEMPRE LA GUERRA DE LAS MUJERES. Helena y su inigualable belleza, que resultó ser solo un hueso que los perros rabiosos se disputan; Casandra, cuyas profecías nadie atiende a menos que un varón las enuncie; la obcecada Amina, con la mirada fija en las ruinas, decidida a vengar la muerte de su rey; Hécuba aullando de dolor en la silenciosa orilla, como si sus gritos pudieran alcanzar los pasillos del Hades y despertar a los muertos; y Briseida, que lleva en su vientre al hijo del héroe caído... ¡Ay, las mujeres de Troya, atrapadas de nuevo en la ciega lucha de los hombres! Una mirada magistral desde la perspectiva de las no combatientes; una novela memorable y poderosa sobre el más grande de los mitos griegos por la autora de El silencio de las mujeres. Troya ha caído. Los griegos han ganado su amarga guerra. Ahora solo necesitan un buen viento para levantar velas y regresar victoriosos a casa. Pero los vengativos dioses mantienen el mar en contra, por lo que los guerreros permanecen en el limbo, acampados a la sombra de la ciudad que destruyeron, acompañados por las mujeres que raptaron. «En la Ilíada, esa oda a la destrucción causada por la agresión masculina, las mujeres son el objeto a través del cual los hombres luchan entre sí para afirmar su estatus. Las diosas siempre tienen algo que decir, pero las mortales suelen permanecer en silencio y si hablan es solo para lamentarse: por la caída de Troya, por sus hijos, padres y esposos muertos, y por su propia libertad, tomada a la fuerza tanto por los vencedores como por los vencidos».   The Guardian

Información

Editorial
Siruela
Año
2022
ISBN de la versión impresa
9788418859564
ISBN del libro electrónico
9788419207210
Edición
1
Categoría
Literatura

1

En las entrañas del caballo: calor, oscuridad, sudor y miedo. Parecen aceitunas en un tarro a rebosar. Él odia ese contacto con los otros cuerpos. Lo ha odiado siempre. Incluso la carne humana limpia y perfumada le da ganas de vomitar —y estos hombres apestan—. Sería mejor que se quedaran quietos; pero no. Todos se mueven. Cambian de postura continuamente intentando ganar un poco más de espacio para sus hombros, entrelazándose y retorciéndose como gusanos en una mierda de caballo.
Gusanos.
La palabra lo hace remontarse atrás, muy atrás en el tiempo hasta la casa de su abuelo. De niño —lo que algunos piensan que todavía es—, solía bajar a las caballerizas todas las mañanas, corriendo por el camino que había entre los altos setos, respirando el denso aire mientras las ramas desnudas resplandecían bajo la luz rojiza. Al doblar la curva, veía al pobre viejo Rufo de pie junto a la valla del primer potrero —casi se diría, más bien, apoyándose en ella—. Había aprendido a montar con Rufo; igual que casi todos, porque Rufo era un caballo extraordinariamente tranquilo. Bromeaban con que, si te empezabas a caer, él extendía una pezuña y te empujaba hacia atrás para impedirlo. Todos sus recuerdos de cuando aprendía a montar eran felices; él saltaba la valla e iba a darle un buen rascado a Rufo en todos los sitios a los que él no llegaba, y luego le soplaba en los ollares, y el aliento de ambos se mezclaba produciendo un cálido sonido de aspiración. El sonido de la seguridad.
Dios, cuánto quería a aquel caballo —más que a su madre, incluso más que a su niñera, de la que lo habían apartado en cuanto cumplió los siete años—. Rufo. Hasta el nombre había creado un vínculo: Rufo y Pirro. Ambos significan «rojo»—, y allí estaban los dos, con su pelo espectacularmente rojo, aunque la verdad es que, en el caso de Rufo, su color era más castaño que caoba. Cuando era un caballo joven, su pelaje resplandecía como los primeros castaños del otoño, pero por supuesto ya era viejo. Y estaba enfermo. El último invierno un mozo de cuadra había dicho: «Se le empiezan a ver las costillas». Y desde entonces todos los meses había ido perdiendo peso, los huesos de la pelvis se le habían ido marcando cada vez más y los hombros se le habían vuelto puntas afiladas —empezaba a parecer un esqueleto—. Ni siquiera la abundante hierba del verano había podido hacerlo engordar. Cierto día, al ver a un mozo de cuadra recogiendo un montón de excrementos sueltos con una pala, Pirro había preguntado:
—¿Qué es eso?
—Gusanos —le respondió el hombre—. Se están comiendo a la pobre criatura.
Gusanos.
Y esa sola palabra lo devuelve al infierno.
Al principio tenían permitidas las velas de junco, si bien con la severa advertencia de que estas debían apagarse en cuanto el caballo se empezara a mover. Eran luces débiles y parpadeantes, pero sin ellas se habrían ahogado en la avalancha de oscuridad y miedo. Sí, miedo. Lo negaría si pudiera, pero ahí está, sin ninguna duda, en la sequedad de la boca y en la descomposición del vientre. Intenta rezar, pero ningún dios oye; así que cierra los ojos y piensa: «padre». La palabra resulta incómoda, como una espada nueva cuando los dedos aún no se han hecho a su empuñadura. ¿Había visto a su padre alguna vez? Si fue así, habría tenido que ser cuando era muy pequeño, demasiado como para recordar el encuentro más importante de su vida. Lo intenta con «Aquiles» en su lugar —y la verdad es que resulta más fácil, más cómodo, llamarlo por el mismo nombre que utilizaría cualquier otro en el ejército—.
Observa la fila de hombres frente a él y ve sus rostros iluminados desde abajo, mientras pequeñas llamas bailan en sus ojos. Esos hombres lucharon junto a su padre. Allí está Odiseo: moreno, enjuto, con aspecto de hurón, fue el arquitecto de todo el plan. Él ideó el caballo, supervisó su construcción, capturó y torturó a un príncipe troyano para obtener detalles de las defensas de la ciudad —y finalmente urdió la historia que suponía que iba a abrirles sus puertas—. Si fallaba, todos los líderes del ejército griego morirían en una sola noche. ¿Cómo se soporta esa responsabilidad? Y, sin embargo, Odiseo no parece preocupado en absoluto. Sin proponérselo, Pirro llama su atención y Odiseo sonríe. Oh, sí, sonríe; parece amistoso, pero ¿qué estará pensando en realidad? ¿Querría que Aquiles estuviera aquí en lugar del mocoso inútil de su hijo? En fin, si es así, tiene razón; Aquiles debería estar aquí. Él no habría tenido miedo.
Al seguir recorriendo la fila, ve a Alcimo y a Automedonte, sentados el uno junto al otro; en otro tiempo los ayudantes de Aquiles, y ahora los suyos. Aunque eso tampoco es exactamente así. Ellos tienen el control —protegen a un comandante inexperto, disimulan sus errores, lo hacen quedar bien en todo momento a ojos de los hombres—. Pero hoy, esta noche, todo eso va a cambiar. Después de esta noche mirará a los ojos de los hombres que lucharon junto a Aquiles y no verá más que respeto, respeto hacia lo que él logró en Troya. Y claro que él no iría presumiendo de ello; ni siquiera lo mencionaría. No, porque no le haría falta: todo el mundo lo sabría; siempre es así. Ve que los hombres se quedan mirándolo algunas veces, dudando de él. Pero eso no volverá a pasar después de esta noche... Esta noche él...
Dios, qué ganas de cagar. Se sienta más derecho, intentando ignorar el retortijón en las tripas. Cuando treparon al caballo, hubo muchas bromas sobre dónde iban a poner los cubos de letrina. «En el culo», había dicho Odiseo. «¿Dónde iba a ser?». Aquello arrancó carcajadas a costa de los que iban sentados detrás. Nadie ha usado los cubos todavía y por nada del mundo quiere ser el primero. Los ve a todos tapándose la nariz y moviendo el aire con las manos. Esto no es justo; esto no es justo. Debería estar pensando en cosas importantes; la guerra que termina esta noche con fulgores de gloria —para él—. Se ha entrenado para esto durante años; desde que tuvo edad para levantar una espada. Incluso antes de eso, cuando tenía cinco o seis años, ya luchaba con palos afilados y siempre andaba aporreando a su niñera mientras ella trataba de calmarlo. Y ahora iba a ocurrir, por fin había llegado el momento, y lo único que podía pensar era: «¿Y si me cago?».
El retortijón parecía estar aliviándose un poco. Tal vez se le pasara.
Fuera todo se había quedado muy tranquilo. Durante días se había oído el ruido de la carga de los barcos, los cantos de los hombres, los tambores que sonaban, las bramaderas que rugían, los himnos de los sacerdotes, y todo lo más estruendosamente posible, pues la intención era que lo oyesen los troyanos. Tenían que creer que los griegos se iban de verdad. No podía quedar nada en el interior de las cabañas, pues lo primero que harían sería enviar partidas de reconocimiento a la playa para comprobar que verdaderamente habían abandonado el campamento. No bastaba con mover los hombres y las armas. Mujeres, caballos, muebles, ganado... Todo tenía que desaparecer.
Dentro del caballo crece ahora un murmullo de inquietud. No les gusta ese silencio; los hace sentirse abandonados. Retorciéndose en el banco, Pirro intenta asomarse por una ranura entre dos tablas, pero no ve una mierda. «¿Qué cojones está pasando?», pregunta alguien. «Nos os preocupéis», dice Odiseo. «Volverán». Y solo unos minutos después oyen unos pasos que se dirigen hacia ellos por la playa seguidos de un grito: «¿Todo bien ahí dentro?». Se oye un murmullo a modo de respuesta. Luego, tras lo que parecen horas, aunque probablemente solo son unos minutos, el caballo da un tirón hacia adelante. Odiseo levanta la mano y una a una las luces se apagan.
Pirro cierra los ojos e imagina las espaldas sudorosas de los hombres que se inclinan para tirar del monstruo por la tierra rugosa hasta Troya. Tienen rodillos para ayudarse, pero aun así les lleva mucho tiempo —la tierra está llena de los hoyos y grietas que han dejado diez largos años de guerra—. Saben que se están acercando cuando los sacerdotes empiezan a cantar un himno en honor de Atenea, guardiana de ciudades. ¿Guardiana de ciudades? ¿En serio? Esperemos que no esté guardando esta puta ciudad. Por fin las sacudidas terminan y los hombres que van dentro del caballo se miran unos a otros; sus rostros apenas una mancha pálida bajo la débil luz. ¿Ya está? ¿Ya han llegado? Otro himno a Atenea, y luego, después de tres gritos finales de alabanza a la diosa, los hombres que han arrastrado el caballo hasta las puertas de Troya se marchan.
Sus voces, que aún entonan himnos y oraciones, se diluyen en el silencio. Alguien susurra: «¿Y ahora qué?». Y Odiseo responde: «Esperamos».
Un pellejo de cabra lleno de vino aguado pasa de mano en mano, aunque no se atreven más que a mojarse los labios. Los cubos ya están llenos por encima de los dos tercios de su capacidad y, como dice Odiseo, un caballo de madera que empiece a mear podría levantar sospechas. Hace calor aquí; el lugar apesta a resina de los troncos de pino recién cortados —y algo muy extraño ha empezado a ocurrir, porque puede saborear la resina y oler el calor—. Le quema el interior de las fosas nasales. Y no es el único que lo pasa mal. A Macaón le caen los chorros de sudor; él soporta mucho más peso que los hombres más jóvenes, que están tan flacos como los perros salvajes que ahora andarán olisqueando las puertas de las cabañas vacías y preguntándose a dónde se habrá ido la gente. Pirro intenta imaginar el campamento desierto: el salón al que entró por primera vez una semana después de la muerte de su padre para sentarse en la silla de Aquiles, descansar las manos sobre las cabezas de león de montaña talladas, enroscar los dedos sobre sus bocas abiertas igual que había hecho Aquiles una noche tras otra, y sentirse durante todo el tiempo como un impostor, un chiquillo al que han dejado acostarse más tarde. Si hubiera bajado la vista, habría visto sus piernas colgando a dos palmos del suelo.
A la mañana siguiente podía estar muerto, pero no tenía sentido pensar así: el último día de un hombre llega cuando tiene que llegar y no hay nada que se pueda hacer para retrasarlo. Mira a un lado y a otro y ve su propia tensión reflejada en todos los rostros. Incluso Odiseo ha empezado a morderse la uña del pulgar. Los troyanos tienen que saber ya que los barcos han zarpado y que los griegos han abandonado el campamento, pero ¿se lo creerán? Príamo ha gobernado Troya durante cincuenta años; es un zorro demasiado viejo como para tragarse un truco como este. El caballo es una trampa, una trampa brillante, sí, pero ¿quiénes van dentro?
Odiseo levanta la cabeza y escucha, y un segundo después todos lo oyen: un murmullo de voces troyanas, curiosas, nerviosas. ¿Qué es esto? ¿Qué hace aquí? ¿De verdad los griegos se han ido y han vuelto a sus hogares dejando este regalo extraordinario? «Extraordinariamente inútil», dice alguien. «¿Cómo puedes decir que es inútil si no sabes para qué sirve?». «No sabemos para qué sirve, pero sí sabemos una cosa: no hay que fiarse de los putos griegos». Se oyó un rugido de aprobación. «Además, ¿cómo sabemos que está vacío? ¿Cómo sabemos que no hay nadie dentro?». Las voces bordean ya el límite entre la sospecha y el pánico. «Prendámosle fuego». «Eso es, vamos a quemar esta mierda. Así sí que sabremos si hay alguien dentro». La idea tiene éxito y pronto todos corean: «¡A quemarlo! ¡A quemarlo! ¡A quemarlo!». Pirro mira a su alrededor y ve dibujado en todos los rostros el miedo; no, más que miedo: terror. Son hombres valientes, lo más selecto del ejército griego, pero el hombre que diga que no teme al fuego es un mentiroso o un estúpido.
¡A quemarlo! ¡A quemarlo! ¡A quemarlo!
Una caja de madera atestada de hombres —arderá como una pira funeraria embadurnada de manteca de cerdo—. ¿Y qué harán los troyanos cuando oigan los gritos? ¿Correrán en busca de cubos de agua? Y una mierda. Se quedarán allí mismo riéndose de nosotros. El ejército volverá solo para encontrarse tablones negros y cadáveres achicharrados con los puños cerrados en la postura pugilística típica de los que han muerto a causa del fuego. Y allí arriba, en la muralla, los troyanos estarán esperándolos. Él no es un cobarde; de verdad no lo es; subió a ese maldito caballo dispuesto a morir; pero le jode pensar que va a morir como un cerdo asado en un espetón. Mejor salir de una vez y luchar...
Está a medio camino de ponerse de pie cuando una punta de lanza aparece entre las cabezas de dos de los hombres que tiene sentados enfrente. Ve que sus rostros se quedan blancos de la impresión. Inmediatamente, todo el mundo se dirige hacia el fondo de las tripas del caballo, tan lejos de los costados como pueden. Fuera, una mujer está gritando a pleno pulmón: «¡Es una trampa! ¿No veis que es una trampa?». Y a continuación se oye otra voz, esta vez de un hombre, anciano pero no débil, que transmite gran autoridad. Solo puede ser Príamo. «Casandra», dice. «Vuelve a tu casa ya. Vuelve a tu casa».
Dentro del caballo, los hombres empiezan a dirigir miradas acusadoras a Odiseo, de quien ha sido el plan, pero este se limita a encogerse de hombros y a mostrar las palmas de las manos.
Fuera se oye un nuevo griterío. Los vigías han descubierto a alguien merodeando por las puertas de la ciudad, y ahora lo llevan a rastras ante Príamo y lo obligan a arrodillarse. Y entonces, al fin, tras mucho esperar, Sinón empieza a hablar, con voz insegura al principio, pero que va fortaleciéndose a medida que se lanza de lleno a contar su historia. Pirro mira a Odiseo y ve sus labios moverse al unísono con las palabras de Sinón. Ha estado preparándolo durante tres semanas, paseando ambos arriba y abajo por la arena durante horas, repasando la historia una y otra vez e intentando prever todas las preguntas que los troyanos podrían hacerle.
Cada detalle es de lo más convincente; cómo los griegos creen que los dioses los han abandonado —y en especial Atenea, a la que han ofendido gravemente—. El caballo es una ofrenda y debe ser llevada a su templo de inmediato. Pero la cuestión no está en los detalles. En realidad todo de...

Índice

  1. Portada
  2. Portadilla
  3. Créditos
  4. Dedicatoria
  5. 1
  6. 2
  7. 3
  8. 4
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  10. 6
  11. 7
  12. 8
  13. 9
  14. 10
  15. 11
  16. 12
  17. 13
  18. 14
  19. 15
  20. 16
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  24. 20
  25. 21
  26. 22
  27. 23
  28. 24
  29. 25
  30. 26
  31. 27
  32. 28
  33. 29
  34. 30
  35. 31
  36. 32
  37. 33
  38. 34
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