El crepúsculo del mundo
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El crepúsculo del mundo

  1. 184 páginas
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El crepúsculo del mundo

Descripción del libro

La increíble historia del soldado japonés que jamás se rindió (porque no sabía que la Segunda Guerra Mundial había acabado).

La primera novela de Herzog, nuestro mayor genio vivo.

Blackie Books continúa con su Biblioteca Werner Herzog, dedicada al pensador más intrépido, divertido y profundo de los últimos tiempos. Todas y cada una de sus historias las podría contar cualquiera en un bar, frente a una chimenea, en una sala académica, y atraparían la atención del público. Pero el caso es que, cuando las narra Herzog, se convierten en únicas y mágicas y nos hablan del alma del ser humano. De quiénes somos en realidad.

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Información

Editorial
Blackie Books
Año
2022
ISBN de la versión impresa
9788418733925
ISBN del libro electrónico
9788419172044
Categoría
Literatura

Lubang, confluencia Wakayama

21 DE FEBRERO DE 1974
Bajo el tupido techo de la selva hay un río estrecho. El agua clara fluye sobre las rocas planas. Por la izquierda, al pie de las empinadas laderas cubiertas de vegetación, recibe las aguas de un arroyo. El paisaje se ensancha bajo la confluencia. Bambús, palmeras, juncos altos. En la zona donde convergen los dos arroyos se extiende un banco de arena plano. Onoda lo cruza caminando de espaldas para que sus huellas conduzcan a un posible perseguidor en la dirección equivocada. Reconoce una pequeña bandera nipona a través de los juncos que se mecen lentamente. Onoda levanta con cautela sus gastados binoculares, en los que se notan los años en la selva. Pero ¿todavía tiene binoculares? ¿No se habían vuelto inservibles hace mucho tiempo por culpa de un hongo? ¿O es que Onoda simplemente es inconcebible sin binoculares? El viento de la tarde hace ondear y aletear la bandera. La tela es tan nueva que se pueden ver con claridad las dobleces.
Junto a la bandera hay una tienda de campaña recién estrenada, como las que usan los turistas los fines de semana. Onoda se incorpora con cautela. Ve a un joven agachado en el suelo, de espaldas, intentando encender un hornillo portátil. Está solo. En la entrada de la tienda hay una mochila de plástico. Cuando el joven alarga la mano hacia ella en busca de un cortavientos para proteger el fuego, se le ve la cara: es Norio Suzuki.
Onoda sale con brusquedad de su escondite. Suzuki se levanta sobresaltado, sin perder de vista el fusil que lo apunta directamente.
—Soy japonés... Soy japonés —acierta a decir cuando al fin recupera el habla.
—De rodillas —le ordena Onoda. Suzuki se arrodilla despacio—. Quítate los zapatos y tíralos lejos de ti.
Suzuki obedece. Las manos le tiemblan ligeramente y le cuesta aflojar los cordones.
—Estoy desarmado. Esto es solo un cuchillo de cocina. —Onoda hace caso omiso del cuchillo en el suelo. Suzuki lo aparta con cuidado—. ¿Es usted Onoda? ¿Hiroo Onoda?
—Sí, soy el teniente Onoda.
Onoda dirige el cañón del rifle contra el pecho de Suzuki con un gesto estoico, impenetrable. Al mismo tiempo, el rostro del joven se ilumina.
—¿Estoy soñando? ¿Es real lo que veo?
La luz del día ha dado paso a la noche. Onoda y Suzuki están agachados junto al fuego, a cierta distancia de la tienda. Las cigarras nocturnas empiezan a cantar. Onoda ha escogido una posición que le permite escudriñar el entorno con su atenta mirada. Es receloso, siempre está alerta y sigue encañonando a Suzuki con el rifle. Deben de llevar un rato hablando. Después de una pausa, Suzuki retoma la conversación.
—¿Cómo voy a ser un espía americano? Solo tengo veintidós años.
Onoda no se deja impresionar.
—Cuando vine aquí para luchar en la guerra, yo era solo un año mayor que tú. Cualquier intento de disuadirme de mi misión era una artimaña de los espías enemigos.
—No soy su enemigo. Mi única intención era conocerle.
—Otras personas han venido a la isla vestidas de civil, con todos los disfraces imaginables pero con un objetivo común: neutralizarme, hacerme prisionero. He sobrevivido a ciento once emboscadas. Me han atacado una y otra vez. No soy capaz de contar cuántas veces me han disparado. Todos en esta isla son mis enemigos.
Suzuki no dice nada. Onoda mira en la dirección donde aún queda un poco de luz en el cielo.
—¿Sabes cómo se ve un proyectil disparado contra ti bajo la luz del atardecer?
—No. La verdad es que no.
—Tiene un brillo azulado, casi como una bala trazadora.
—¿De veras?
—Si el arma está lo bastante lejos, lo ves venir directamente hacia ti.
—¿Y nunca lo han alcanzado? —pregunta Suzuki, admirado.
—Una vez estuvieron a punto de darme, pero rodé por el suelo y el proyectil pasó de largo.
—¿Las balas silban?
—No, suenan como una vibración. Un zumbido profundo.
Suzuki está impresionado.
Una voz se inmiscuye. El cielo nocturno centellea a lo lejos. La voz canta una canción.
—¿Quién es ese? —Suzuki no ve a nadie.
—Es Shimada, el cabo Shimada. Murió aquí.
—A principios de los cincuenta, ¿verdad? Conozco la historia. En Japón la conoce todo el mundo.
—Murió hace diecinueve años, nueve meses y quince días. Aquí, en la confluencia Wakayama, en una emboscada.
—¿Wakayama? —pregunta Suzuki—. Es un nombre japonés.
—Al principio, cuando empezó nuestra lucha en Lubang, mi batallón decidió ponerle ese nombre en honor a la prefectura donde nací.
Las cigarras se animan y sus chirridos llenan el ambiente. Ahora son ellas las que llevan la voz cantante. Suzuki reflexiona durante un buen rato. Ahora las cigarras cantan a pleno pulmón, todas al unísono, estridentes, como una muchedumbre indignada.
—Señor Onoda.
—Teniente.
—Teniente, pues. Prefiero que vayamos directos al grano.
Suzuki calla. Onoda le roza suavemente el pecho con el cañón del rifle, pero no para amenazarlo, sino para indicarle que avive el fuego.
—Si no eres un espía, ¿quién eres?
—Me llamo Norio Suzuki. Antes estudiaba en la Universidad de Tokio.
—¿Antes?
—Lo dejé.
—Nadie renuncia a estudiar en la mejor universidad del país porque sí.
—Me asusté al ver todo mi futuro extendiéndose ante mí, como una carrera. Vi todos los pasos que me conducirían hasta la jubilación.
—¿Y qué? —Onoda no lo entendía.
—Quería disfrutar de unos años de libertad antes de sacrificar toda mi vida en ser un oficinista.
—Continúa.
—Empecé a viajar haciendo autostop. He estado en cuarenta países.
—¿Qué es «autostop»?
—Consiste en detener a los coches y pedirles que te lleven. Sin rumbo. Hasta que encontré mi objetivo.
—¿Y cuál es?
—En realidad tengo tres. El primero era encontrar al teniente Onoda, es decir, a usted.
—A mí nadie me encuentra. Nadie lo ha conseguido en veintinueve años.
Suzuki se siente alentado.
—Pues yo llevo aquí dos días y ya lo he encontrado.
—He sido yo quien me he topado contigo y te he encontrado, y no al revés. Si te hubiera visto más preparado para afrontar el peligro, probablemente te habría matado.
Suzuki no lo tenía claro. No respondió.
—¿Y cuáles son tus otros dos objetivos?
—Encontrar al yeti...
—¿A quién?
—Es el monstruo del Himalaya. El abominable hombre de las nieves, que tiene el cuerpo cubierto de pelo. Han encontrado sus huellas, existe de verdad. Y mi otro objetivo es ver a un oso panda en su hábitat natural, en las montañas de China. En ese orden: Onoda, yeti, panda.
Por primera vez vemos un atisbo de sonrisa en el rostro de Onoda. Asiente con la cabeza, animando a Suzuki a continuar.
El joven se envalentona.
—La guerra terminó hace veintinueve años.
El rostro de Ono...

Índice

  1. Portada
  2. El crepusculo del mundo
  3. Créditos
  4. Lugang, sendero en la jungla
  5. Lubang, confluencia Wakayama
  6. Aeródromo de Lubang
  7. Lubang
  8. Lubang, Tilik
  9. Selva de Lubang
  10. Lubang
  11. Lubang, cerca de Tilik
  12. Lubang, mirador de Looc
  13. Jungla de Lubang, río Agcawayan
  14. Selva de Lubang,
  15. Lubang, cumbre del Quinientos
  16. Arrozal en la llanura norte
  17. Lubang
  18. Lubang, margen de la selva
  19. Lubang, costa oeste
  20. Lubang, colina Quinientos
  21. Lubang, tierras bajas junto a Looc
  22. Lubang, costa sur
  23. Lubang, colina Quinientos
  24. Lubang, sendero en la jungla
  25. Lubang
  26. Lubang, confluencia Wakayama
  27. Lubang, colina Quinientos

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