Uno
La higuera infecunda fue talada y arrojada al fuego abrasador.
Pero si el jardinero es benévolo y bondadoso, vela cada primavera por sus verdes hojas y favorece el reverdecer del árbol hasta que las hojas van faltando y al fin solamente quedan las secas ramas mirando al cielo. Finalmente el árbol es arrancado y su lugar desaparece en el jardín. Las otras miles de ramas y millones de hojas continúan creciendo y reverdeciendo sin que ninguna pueda decir: he brotado de sus semillas y produciré dulces frutos como aquel árbol. El sol continúa brillando con sus amables rayos, el cielo azul sigue sonriendo como lo viene haciendo desde hace milenios, la tierra se reviste de su acostumbrado verdor y las especies vivas continúan sucediéndose en su larga cadena desde antiguo hasta la actualidad: pero solo este árbol es verdaderamente eliminado, borrado para siempre, porque su existencia no ha dejado señal y sus huellas no se perpetúan en el curso del tiempo.
Ante una casa, situada en una isla, permanecía sentado un hombre viejo, muy viejo, tembloroso ante la muerte. Se le hubiera podido contemplar durante muchos años, si hubiese habido ojos que le hubieran podido ver. No hubo jamás ninguna mujer que permaneciese junto a él, ni siquiera la sombra de un niño al que él hubiese podido enseñar a correr por la arena de la playa. Todo era silencio en aquella casa. Cuando el viejo entraba en ella, se encargaba de cerrar la puerta tras de sí y, cuando salía, era él quien abría la puerta.
Muy lejos de la soledad del anciano, a varios días de distancia, existía otro lugar muy diferente donde crecían los árboles, donde cantaban los ruiseñores y donde vivían cinco jóvenes que estaban en la efervescencia de sus vidas. Un resplandeciente paisaje les circundaba bajo la sombra de las nubes pasajeras y en la llanura se divisaban las mansiones y las torres de una gran ciudad.
Uno de ellos dijo:
—Está decidido: desde ahora y para siempre no me casaré nunca.
El que pronunció estas palabras era un joven delgado, de dulces ojos. Los demás rieron, no parecieron darle mayor importancia y siguieron caminando.
Al cabo de un rato, otro de ellos dijo:
—En realidad, ¿quién quiere casarse? ¿Quién quiere asumir la ridícula carga de una esposa y ser gustosamente su esclavo, sometiéndose a ella y a quedarse sentado como un pájaro entre las rejas de una jaula?
—Sí, ¡pedazo de estúpido!; pero bailar, ser amado y pelear con tu pareja, sí que te gustaría, ¿no? —contestó un tercero, y de nuevo estallaron las carcajadas.
—A ti no te va a querer nadie.
—Y a ti, tampoco.
—Me importa un bledo.
No se pudo oír el resto de la conversación. Solo se escuchó alguna alegre risa suelta y luego nada más, puesto que los jóvenes subieron enseguida por una empinada cuesta que partía de la plaza, alborotando al pasar las ramas de los arbustos.
Mucho más lejos, mirando hacia la izquierda, más allá de los montes azulados que brillaban en el lejano horizonte, se hallaba la isla en la que vivía el solitario anciano.
Vigorosamente caminaban los muchachos bajo el sol resplandeciente, rodeados del verde ramaje, y en sus ojos y sus mejillas brillaba toda su inquebrantable confianza en la vida. En torno a ellos florecía la primavera con la misma inexperiencia y seguridad que la de ellos.
Y un alegre parloteo brotaba de sus gargantas. Al principio hablaban todos de todo, y lo hacían al tiempo; unas veces hablaban de lo más elevado, y otras, de lo más profundo. Y en ambos casos los temas se agotaban rápidamente. Fueron tratados los temas de la libertad, de la justicia y de la tolerancia sin límites y se aseguró que quien estuviese en contra de ello, sería rechazado y vencido. El enemigo del pueblo sería aplastado y sobre la cabeza de los héroes brillaría la gloria. Entretanto en torno a ellos reverdecerían solos los arbustos, surgiría la tierra fértil y esta empezaría a jugar con sus primeros animalillos primaverales, como si fuesen joyas.
Entonces entonaron una canción; después, se persiguieron unos a otros, se arremolinaron en la hondonada o en la maleza, cortaron palos y ramas, y fueron subiendo cada vez más arriba hacia el monte y más allá de las viviendas habitadas.
¡Ay, qué misteriosa, qué enigmática y qué atractiva es la perspectiva del futuro y, sin embargo, qué claro y cotidiano aparece cuando este futuro se convierte en pasado!
Todos estos jóvenes corren ya hacia ese porvenir, como si no pudiesen esperar más. Uno hace gala de posesiones y placeres que sobrepasan sus años; otro se muestra aburrido como si hubiese agotado ya todas las experiencias, y un tercero habla utilizando términos que ha oído de sus mayores y de sus antepasados más lejanos. Después persiguen a una mariposa que aletea ante ellos y encuentran tirada en el camino una piedra de múltiples colores. El anciano, sin embargo, sigue sentado, mira hacia la nada, y el aire vacío y los inútiles rayos del sol juegan en torno a él.
Y mientras tanto, los jóvenes siguen esforzándose en subir cada vez más y más arriba de una colina. Desde lo alto, en las lindes del bosque, vuelven la vista atrás para mirar a la ciudad, otean en todas las casas y tejados para ver si hay alguien o no, y al final acaban introduciéndose en las sombras del hayedo.
El bosque se extiende un poco más allá. Sin embargo, más a lo lejos ascienden praderas luminosas en donde destacan algunos árboles frutales en un valle que se prolonga hacia abajo, silencioso y escondido entre las laderas de las montañas, y donde desembocan dos arroyuelos de agua cristalina. Las aguas saltan alegremente sobre la clara superficie, en medio de espesos bosques frutales, pasando a través de los huertos floridos y las casas, de un modo tan silencioso que se puede oír a lo lejos —en el claro aire del atardecer— el canto del gallo, y también el aislado sonido de las campanas con que el reloj da las horas. Raras veces un habitante de la ciudad visita el valle y ninguno de ellos ha levantado jamás en él una residencia veraniega.
No obstante, nuestros amigos corren más cuando van pradera abajo, hacia el suave declive del valle. Bulliciosamente descienden por jardines y huertos, avanzan por la primera vereda; luego, por la segunda; caminan junto a un arroyo y llegan finalmente a un jardín plagado de sauces, nogales y tilos. Allí se sientan alrededor de una de las mesas fijadas en el césped, y en cuya superficie aparecen nombres y corazones grabados, y solicitan la comida como si fuesen por una vez los dueños de la casa. Aquel día cada uno comió lo que quiso y después discutieron con el camarero, ordenaron que les trajesen una tarta de frutas y finalmente se marcharon. Luego continuaron el camino, desembocando en la amplia apertura del valle, pasando por encima de la cascada de la que se asustaban las mujeres que eventualmente pasaban por allí. Atravesaron un paraje peligroso sin ser conscientes de ello. Otra vez pidieron ayuda a un hombre para que les condujese en un bote, para luego regresar a por ellos y atracar en el lugar en donde les había dejado.
Después se introdujeron por cañaverales y otros lugares pintorescos hasta que alcanzaron el talud del ferrocarril. Y en tren, sentados en un asiento muy aireado, volvieron a la ciudad. Se apresuraron alegres por las calles solitarias, mientras todavía brillaban las últimas luces del día. Corrieron por los campos, por los terraplenes, atravesando casas, jardines y huertos mientras el sol, que durante todo el día les había acompañado tan alegremente, seguía brillando fuera como una reluciente esfera dorada que iba declinando, extendiendo sus últimos rayos entre los arbustos de los jardines y sumergiéndose cada vez más hasta que finalmente se hundió en el horizonte. Así, los amigos que habían gozado de aquellas montañas en el albor de la mañana, podían observar ahora los lejanos perfiles azulados de las mismas, irguiéndose sobre el cielo dorado del atardecer.
A continuación se dirigieron hacia la ciudad, en cuyas cálidas y polvorientas callejuelas iba ya anocheciendo. Y cuando llegaron al lugar en donde por fuerza tenían que separarse, se despidieron alegremente.
—¡Adiós! —gritó uno.
—¡Adiós! —respondió el otro.
—¡Buenas noches! Saluda de mi parte a Rosina.
—¡Buenas noches! Saluda también de mi parte a Augusto, si le ves, así como a Teobaldo y a Gregorio.
—Y tú, a tu vez, también a Carlos y a Lotario.
—Y a Eduardo y a Teodoro.
Y seguían oyéndose nombres y más nombres. Se acordaban del uno y del otro; de este y de aquel, porque la juventud tiene innumerables amigos y siempre aparecen nombres nuevos. Y todavía en los callejones por donde ya se habían dispersado, seguía resonando el eco de los «buenas noches, buenas noches». Luego se hizo el silencio y cada uno se dirigió a su casa, buscando el descanso y el sosiego para sus fatigados cuerpos.
El anciano de la isla, sin embargo, yacía en su cama, situada en una habitación firme y bien protegida, y cerraba con fuerza sus ojos con intención de dormir.
Pero dos de los jóvenes, al separarse los demás, habían tomado el mismo camino.
Uno le dijo al otro:
—¿Es cierto, Víctor, que no quieres casarte?
—Sí, es verdad —contestó el otro—. Y encima soy muy desgraciado.
Mientras decía esto, sus ojos brillaban y su respiración se agitaba. Su compañero guardaba silencio mientras caminaba a su lado por el callejón. Finalmente entraron también en la misma casa, subieron las escaleras y pasaron a través de diversas habitaciones, repletas de luces y de gente.
—Mira, Víctor —dijo su compañero—. He mandado preparar para ti una cama junto a la mía para que duermas cómodamente. Rosina nos traerá la cena y mañana podrás regresar a tu casa atravesando el bosque. Ha sido un día increíble. No quiero que lo pongamos fin entre más gente. ¿No prefieres tú también cenar aquí arriba conmigo y no abajo, en la mesa con todos? Ya he avisado a mi madre…
—Lo prefiero, desde luego —contestó Víctor—. Es muy aburrido que tu padre nos haga perder tanto tiempo comiendo. Además, habla demasiado. Pero mañana, Fernando, tengo que volver a casa en cuanto amanezca.
—Puedes irte cuando lo desees —dijo el otro—. Las llaves de la casa están siempre en el hueco de la puerta.
Mientras charlaban, comenzaron a desvestirse y a quitarse las pesadas y polvorientas botas. Una prenda de vestir fue puesta en un sitio; otra, en otro. Un criado trajo lámparas y una doncella una bandeja de cenar cubierta con ricos y abundantes alimentos. Cenaron deprisa y con ganas. Después se apresuraron a mirar primero por una ventana; luego, por otra; dieron vueltas por la habitación mientras las nubes se tornaban rojizas, y vieron los regalos que Fernando ...