Moldavia en los años más grises del comunismo. La anciana Tamara Pavlovna rescata a la pequeña Lastotchka de un orfanato. Lo que en principio puede parecer un acto de piedad esconde una realidad terrorífica. Lastotchka ha sido comprada como esclava, para ser explotada durante casi una década recolectando botellas por la calle. Aprender. a sobrevivir robando y mendigando, rechazando las solicitudes de hombres demasiado insistentes, en un ambiente de violencia y miseria. Basada en la propia historia familiar de la autora, El jardín de vidrio es, ante todo, un ejercicio de exorcismo doméstico, una carta imaginada por una ni.a hacia sus padres desconocidos donde el dolor a causa de su abandono, el desamor y la ausencia de ternura y emoción se muestran como heridas que quiz. nunca lleguen a cicatrizar del todo. La falta de piedad del mejor Dickens y la escritura caleidoscópica de Agota Kristoff hacen de esta segunda novela de Tatiana Tîbuleac una tragedia tan cruel y compasiva como reveladora de aquello que nos depara el destino y su belleza.

- 360 páginas
- Spanish
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El jardín de vidrio
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Literatura general1
Nazco de noche, tengo siete años. Me llevaría en brazos, dice, pero tiene las manos ocupadas. Arriba brilla una lámpara azul, sujeta a un árbol con un cable. Se balancea. Echo la cabeza hacia atrás y la veo mejor: es redonda, como una hogaza entera. Atravesamos las Puertas como si fueran un vientre de piedra. Así es en la ciudad, pienso. Cuesta abajo, siempre cuesta abajo, el camino. El hielo se nos pega a las plantas de los pies, la calle se acorta. Me ofrece su bolsillo para que no me resbale. ¡Y que mire a mi alrededor, que vea también yo la belleza! Esa luz tamizada. Ese cielo con estrellas errantes. Bloques, bloques, bloques. Ninguno más alto que cuatro. Ninguno más ancho que cuatro. Su bolsillo está forrado de piel, mi uña comienza a arder. En las ventanas, gente sencilla que vive bien. Miles de cuadrados con una llama en el centro. Unos junto a otros, unos sobre otros. Los de abajo sostienen a los demás sobre los hombros. Son fuertes los de abajo. Un perro —azul— empieza a seguirnos con sus huellas menudas. En la ciudad todo es cuatro y azul, pienso. Y que no me quede atrás, que no me quede rezagada jamás. Nos detenemos junto a un cercado. Зakproй глаза и забудь всё. «Cierra los ojos y olvida todo.» No entiendo nada, olvido todo en un segundo.
2
Tamara Pavlovna lo llamaba «nuestro hombre» y no pasó jamás a su lado sin dirigirse a él como a un ser vivo. Largo como una canción, nuestro cercado Cercado. Nuestra fuerza, nuestro golubcik, nuestro pichón. A él nos aferrábamos cuando volvíamos a casa con los hombros magullados y las manos llenas de escupitajos. Junto a él nos agachábamos, agotadas, para dejar de temblar. Allí lloramos muchas veces. Pero también reímos: fuerte, con ganas, como las cornejas en invierno. «¡Cuánta alma en un trozo de hierro!», decía ella cada vez, y yo la creía a pies juntillas. Porque no había nada en el mundo que Tamara Pavlovna no supiera mejor que nadie. Al cabo de los años, cuando lo encontré devorado por el óxido y con los barrotes sueltos como costillas, lo lloré como a un muerto. Matar un hierro no es fácil, pero si te empeñas, puedes.
Desde la colinita, como desde un Everest nuestro, el patio se veía como en la palma de la mano. Veíamos el castaño con las ramas en forma de velero y a Polcovnic entre las flores. Veíamos el cohete rojo con una punta brillante y el avión de cuatro plazas, ocupadas por unas cabezas blancas, mofletudas. Veíamos sábanas azules ondeando en las cuerdas, rígidas por el almidón como placas de pizarra. A Şurochka en el balcón, frotándose la pierna con el cepillo de las alfombras. A Pavlik, «el-que-no-jugaba-pero-estaba». Veíamos además, diseminadas por las ventanas, a unas mujeres gordas con vestidos y collares, siempre collares, terminando de guisar y de freír. A Bella Isaakovna y a Roza, con unas caderas como peras, cuchicheando en medio de la calle. Secretos, siempre secretos. A Zahar Antonovich, con su única mano apoyada en la medalla. Algo inconcebible perder una medalla, ¡pero qué vergüenza! Todos, todos, todos estaban allí. Marina, fea, Lioncik, borracho. Ekaterina, como una luna. Todas nuestras vidas bajo una tapa de vidrio. Y en aquellos segundos, breves y luminosos, como un juego de espejos, nos sentíamos felices hasta la médula. Por todos a la vez y por cada uno por separado. Por ellos, por nosotras, por haber tenido un día más adónde regresar. «Tener un hueco entre la gente no es poca cosa», decía Tamara Pavlovna, que lo sabía todo. También sobre los lugares sabía, y sobre la gente… más de lo que podía sobrellevar.
Desde el cercado hasta la casa había otra cuesta. Veinte pasos de una mujer mayor y treinta y dos de una niña. Los recorríamos despacio, sin prisa, sobre todo sin prisa. Para no causar un estropicio precisamente entonces. Luego nos dejábamos ver. «¡Ya vienen las botelleras!», cuchicheaban las judías, pero lo oía, por supuesto, todo el mundo: ¡cómo si los judíos supieran susurrar! Y eso era todo. Después de sus palabras, ay, aquellas palabras como una sentencia, no se podía hacer nada más. Nuestro precioso día, por el que habríamos pagado felices para que se alargara, que durara, que nos envolviera, empezaba a fundirse. Contemplábamos cómo se estremecía cálido, con todo lo que nos había entregado y nos había traído, y lo despedíamos como desde una estación de tren hechizada de la que solo podías partir. «¡Ya vienen las botelleras!» era el final. Nosotras éramos el final.
3
Ninguna otra mañana fue como aquella, la primera, cuando me desperté en su cama. Había dormido justo en el medio, como un relleno. Cinco niñas habrían cabido a mi lado si nos hubiéramos acostado de través. Así viven los bombones, pensé. Envueltos en capas crujientes hasta que los engulle alguna boca. En el orfanato tenía tan solo una manta. La mía olía a ratones, pero podría haber sido peor. A mi alrededor la luz brotaba de las cosas como no había visto nunca antes. Incluso de las sillas, incluso de las paredes. En la ventana, un mundo nuevo. Una rama con gotas como perlas. Un animal encantado. En el cielo, mezclados, las copas de los árboles y los pájaros. Una voz se dirigió a mí. Ты проснyлась? ¿Te has despertado ya? Me abrió como una llave, y se hizo un hueco entre mis costillas, a la izquierda. Cuando me levanté de la cama tenía una madre. ¡Qué milagro dejar de ser huérfana, qué miedo volver a serlo en un segundo! «Ласточка», me dijo, y así empezó a llamarme. Su golondrina.
Comí en tres tandas y entonces llegó el mediodía. Su té tenía aroma, el pan, mantequilla, la mantequilla, miel. De tanto comer empezó a dolerme el lado izquierdo. El gas ardía como un nenúfar azul. En la radio se oía todo el rato любовь, любовь, любовь; se oía: amor, amor, amor. Tamara Pavlovna escuchaba con una leve sonrisa, la habitación se llenaba de calor. Me enseñó la casa y cayó la tarde. Ese día lo llevo conmigo a todos los países, a todos los estados de ánimo. No he encontrado nada parecido ni en el dinero ni en el amor. Nadie me ha querido más. Ni siquiera vosotros.
4
Era lunes y era diciembre. Desde entonces todos mis meses empiezan en lunes y los años, en diciembre. Había nevado toda la noche, las juntas del patio se habían redondeado. El verde y el negro se habían vuelto blancos. Solo las ramas del reabinka, las ramas del serbal, brillaban rojas, y los ojos de Morkovka centelleaban naranjas en el tubo de las cañerías. Estaba guapa como no lo he vuelto a estar nunca. Y, si lo hubiera comprendido entonces, si hubiera sabido lo que pasa en la vida, habría guardado toda esa belleza para más adelante. Pero no lo sabía. Era una niña, aunque estuviera a punto de dejar de serlo.
Sin reparar en gastos, Tamara Pavlovna me había comprado ropa nueva. Tanto, de golpe, gastaban solo los novios o los muertos. «He comprado lo mejor», me dijo, que no lo olvidara, me dijo. Cuando haga el bien, que no sea con cosas viejas. Giré sobre un talón y ella rio contenta. Por primera vez en la vida, quería que me miraran. ¡Habría aguantado en medio del frío, me habría convertido en un carámbano solo porque me vieran las chicas del orfanato! Tenía un abrigo con cuello, habrían empezado las mayores, tan maliciosas y soñadoras. Tenía botas forradas, habrían seguido las pequeñas, tan tristes y enfermas. Con el tiempo, lo sé, la historia se habría diluido, como cualquier historia. No habría nevado más, tal vez. Morkovka se habría convertido en perro, y yo, en chico. Incluso con eso me habría conformado. Incluso con eso. En el orfanato tenía un único sueño: un vestido de novia ajeno.
Junto a la pared, junto al castaño, junto al jardín muerto de frío, echamos a andar. En medio de la calle, un hombre alegre, con una pala nueva, arrojaba sal. ¡Miles de medias lunas de sal brillante! «¿A trabajar?», le preguntó a Tamara Pavlovna. «A trabajar», respondió ella y ambos asintieron. Señal de que todo iba bien —el trabajo y todo lo demás—, y también yo asentí con ellos. Ante nosotras, la ciudad empezó a moverse como un gigante tras una borrachera. Había llegado a un lugar extraño, lleno de cosas, pero sin gente. Al revés de lo que había vivido hasta entonces. En los patios se veían coches, pero ningún guardián. En las ventanas se veían flores, pero ni un alma. El aire, mezclado con gasolina. Los perros, gordos y obedientes. Por las calles, brillando, cientos de lámparas. ¿Dónde estaba el interruptor? ¿Quién había dejado la luz encendida?
Bajo un abedul, unas cuantas botellas vacías, como olvidadas. Tamara Pavlovna se agachó y las metió en la bolsa. Alrededor, nadie, otra mentira. Sabía, sé, que todas las cosas tienen dueño. Y que todos los dueños tienen puños. ¡Una trampa! Quería ponerme a prueba. Quería desconcertarme. La ciudad no era un sitio, sino un castigo. Había venido a llevarme las palizas de todo el mundo.
Detrás de una esquina, un hombre como una montaña salió a nuestro encuentro y me detuve asustada. Памятник. Un monumento. Сергей Лазо, герой! ¡Serghei Lazo, héroe! Entiendo que los héroes tienen que sufrir si quieren que les levanten un monumento. Lazo murió calcinado en una locomotora, pero podría haber sido peor. Era guapo, Serghei el héroe. Tenía la mano derecha extendida, como si quisiera pedir silencio, y un rostro triste, como si supiera desde pequeño que iba a morir calcinado. «Podría caber en una de sus manos», me dije. Tamara Pavlovna lanzó una risita y me empujó para que siguiera caminando. Entonces observé que su abrigo de bronce estaba desabrochado por delante. Eso es lo que más me sorprendió, porque no soplaba ni pizca de viento. No tenía miedo, pero me preguntaba qué eran en realidad los habitantes de la ciudad.
5
Una bañera llena llena. La sopesé de un vistazo. No había gastado jamás tanta agua limpia. La primera agua, la llamábamos en el orfanato y la utilizábamos para lavar la cara y lo de abajo. De la ropa, solo las bragas se lavaban con la primera agua. El resto se lavaba con la segunda, los suelos, con la tercera. Los zapatos, con lo que quedaba. El agua llena de roña la vertíamos en los arbustos de escaramujos de la directora. Tenía un hijo la directora, Ruslancik, que solo tomaba té de escaramujos. Crecía bien el escaramujo regado por los huérfanos, Ruslancik, sin embargo, no tanto. Se le abultaban los ojos, se le hinchaba la barriga. Nosotros le llamábamos «Pompa» y le sacábamos la lengua.
Tamara Pavlovna tenía un baño de cerámica azul, de flores azules con el centro azul. Era demasiado bonito, me sentía como en un dibujo. Que no rayara la bañera, que no ensuciara el agua, que me remojara con cuidado. Cuando entró con la esponja, me puse en pie de un salto. Me dio vueltas y más vueltas, como si fuera un vestido nuevo, en busca de defectos. Vi sus ojos redondos y amarillos, sin pestañas. Las orejas delgadas, la cabeza entrecana. No era gran cosa, pero era la única que me había querido. Y con jabón, y con jabón. Y también ahí, también ahí.
«Целка?», me preguntó con la boca pequeña, «¿Estás entera? ¿Eres virgen?» Y sentí sus dedos ásperos entrando en mí. No supe qué responderle. Esperaba alguna otra palabra que me tranquilizara, pero no dijo nada más. Целка, цeлka, цeлka?, el dolor se agudizaba. Las palabras caían de su boca como grillos topo y reptaban sobre mí. Sus dedos salieron y se dirigieron a mis talones. Y con jabón, y con jabón. Y también ahí, y también ahí. Бyдешь послyшной, сделаю из тебя челавека. Si me obedeces, haré de ti una persona.
6
Cuando sabes tres cosas sobre un lugar, este ya no te destierra. Le llevé los huesos a Morcovka, fui la primera en saludar al hombre de la pala. Tenía conmigo una bolsa. Aquella mañana la ciudad no estaba desierta. Se notaba la presencia de la gente. Sobre mi ...
Índice
- Portada
- Jardín de vidrio
- Nota de la autora
- El jardín de vidrio
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- Capítulo 37
- Capítulo 38
- Capítulo 39
- Capítulo 40
- Capítulo 41
- Capítulo 42
- Capítulo 43
- Capítulo 44
- Capítulo 45
- Capítulo 46
- Capítulo 47
- Capítulo 48
- Capítulo 49
- Capítulo 50
- Capítulo 51
- Capítulo 52
- Capítulo 53
- Capítulo 54
- Capítulo 55
- Capítulo 56
- Capítulo 57
- Capítulo 58
- Capítulo 59
- Capítulo 60
- Capítulo 61
- Capítulo 62
- Capítulo 63
- Capítulo 64
- Capítulo 65
- Capítulo 66
- Capítulo 67
- Capítulo 68
- Capítulo 69
- Capítulo 70
- Capítulo 71
- Capítulo 72
- Capítulo 73
- Capítulo 74
- Capítulo 75
- Capítulo 76
- Capítulo 77
- Capítulo 78
- Capítulo 79
- Capítulo 80
- Capítulo 81
- Capítulo 82
- Capítulo 83
- Capítulo 84
- Capítulo 85
- Capítulo 86
- Capítulo 87
- Capítulo 88
- Capítulo 89
- Capítulo 90
- Capítulo 91
- Capítulo 92
- Capítulo 93
- Capítulo 94
- Capítulo 95
- Capítulo 96
- Capítulo 97
- Capítulo 98
- Capítulo 99
- Capítulo 100
- Capítulo 101
- Capítulo 102
- Capítulo 103
- Capítulo 104
- Capítulo 105
- Capítulo 106
- Capítulo 107
- Capítulo 108
- Capítulo 109
- Capítulo 110
- Capítulo 111
- Capítulo 112
- Capítulo 113
- Capítulo 114
- Capítulo 115
- Capítulo 116
- Capítulo 117
- Capítulo 118
- Capítulo 119
- Capítulo 120
- Capítulo 121
- Capítulo 122
- Capítulo 123
- Capítulo 124
- Capítulo 125
- Capítulo 126
- Capítulo 127
- Capítulo 128
- Capítulo 129
- Capítulo 130
- Capítulo 131
- Capítulo 132
- Capítulo 133
- Capítulo 134
- Capítulo 135
- Capítulo 136
- Capítulo 137
- Capítulo 138
- Capítulo 139
- Capítulo 140
- Capítulo 141
- Capítulo 142
- Capítulo 143
- Capítulo 144
- Capítulo 145
- Capítulo 146
- Capítulo 147
- Capítulo 148
- Capítulo 149
- Capítulo 150
- Capítulo 151
- Capítulo 152
- Capítulo 153
- Capítulo 154
- Capítulo 155
- Capítulo 156
- Capítulo 157
- Capítulo 158
- Capítulo 159
- Capítulo 160
- Capítulo 161
- Capítulo 162
- Capítulo 163
- Capítulo 164
- Capítulo 165
- Capítulo 166
- Capítulo 167
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- Sobre Tatiana Țîbuleac
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- Índice
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