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—¿Debemos entender que el Acorazado nos está pidiendo que actuemos de modo deshonesto? —preguntó Richard.
El Acorazado asintió, contento de que le hubieran entendido con tanta facilidad.
—Solo para poder hacer la venta. No se me ocurre otra solución. Me gustaría que todos los presentes accedieran a no mencionar la filtración principal o, mejor dicho, a no sacar el tema de la filtración principal, salvo que se les pregunte directamente.
—Lo que nos estás pidiendo en realidad es que digamos que el Acorazado no tiene filtraciones, ¿no es así? —preguntó Richard con infinita paciencia.
—Esa es una manera un poco fuerte de decirlo.
Todas las reuniones de los propietarios de los barcos, debido a un movimiento tan natural como el de las mareas, tenían lugar en el dragaminas de Richard, un Ton-class reformado. El Lord Jim constituía una buena reprimenda para los aficionados: con una inmaculada capa de pintura gris que siempre lucía como nueva, eclipsaba a los demás navíos y casi duplicaba su tonelaje, así como Richard, con su elegante chaqueta azul marino, dominaba las reuniones, pese a que no tenía el menor interés en asumir tal responsabilidad. Vivir en Battersea Reach, observados por casas de gran esplendor y bajo la vigilancia de las autoridades del puerto de Londres, implicaba, desde luego, ciertas normas de conducta. Y probablemente Richard fuera, de entre todos los hombres que puedan hallarse en tierra firme o en alta mar, uno de los menos deseosos de imponerlas. Pero alguien tenía que hacerlo. Un deber es aquello de lo que nadie más se va a ocupar en un determinado momento. Por suerte, él no necesitaba ninguna definición. Por su condición de reservista voluntario en la Marina Real, había servido durante la guerra, lo cual, unido a su temperamento, le había proporcionado una noción clara del deber.
Richard ni siquiera quería encargarse de aquellas reuniones. Habría preferido que se formara un comité, pero los propietarios —de los cuales muchos en realidad no eran tales, sino meros arrendatarios de los barcos en que vivían— no estaban hechos para participar en comités. Entre el Lord Jim, que se encontraba atracado casi a la sombra del puente de Battersea, y las antiguas barcazas de madera del Támesis, que se hallaban doscientos metros río arriba, cerca de los muelles donde se deshacían de la basura y donde se situaba la fábrica de cerveza, se abría un gran abismo. A los moradores de las barcazas, criaturas que no eran ni de tierra ni de agua, les hubiera gustado ser más respetables de lo que eran. Aspiraban a instalarse en la orilla de Chelsea, donde, a comienzos de los años sesenta, miles de personas vivían dedicándose a actividades razonables, con una adecuada cantidad de dinero. Pero a causa de la imposibilidad de ser como los demás, que a ellos les resultaba verdaderamente perturbadora, se quedaron encallados, junto a tantas otras cosas arrastradas por la corriente, en los embarcaderos enlodados del canal de marea.
Desde un punto de vista biológico, podía decirse que, como la mayor parte de las criaturas que vivían en la costa, habían «triunfado». No resultaba fácil librarse de ellos. Pero, en realidad, vender el navío para después marcharse de Battersea se consideraba un acto de desesperación, similar al que realizaron los anfibios cuando, en un pasado remoto, salieron a la tierra. Muchas de aquellas especies perecieron en el intento.
Richard, tras echar un vistazo alrededor de su elegante mesa, adornada con detalles metálicos, tuvo la impresión de que todo el mundo se estaba comportando lo mejor que podía. No había forma de evitar aquello, y como, al fin y al cabo, Willis había solicitado que se tratara su caso, comenzó a recoger opiniones con meticulosidad.
—¿Rochester? ¿Grace? ¿Pájaro azul? ¿Maurice? ¿Tiempo de reposo? ¿Dunkirk? ¿Incansable?
Richard hacía lo correcto al dirigirse a ellos empleando el nombre de sus navíos, ya que, siendo rigurosos, se encontraban en el puerto. Maurice, un hombre joven y cordial, había comprendido nada más llegar a Battersea que Richard siempre haría eso y que, por lo tanto, él sería conocido como Dondeschiepolschuygen IV, nombre que estaba inscrito en letras doradas a ambos lados de la proa de su barco. Fue por eso que lo rebautizó como Maurice.
A nadie le gustaba ser el primero en hablar, y Willis, un artista de unos sesenta y cinco años especializado en pinturas marinas y el propietario del Acorazado, estaba sentado con las manos apoyadas sobre la mesa y la cabeza ligeramente inclinada, de modo que solo se le veía la parte superior de la coronilla, con unos alborotados pelos negros y canosos a modo de aureola. Río abajo, la bocina de un barco soltó un largo gemido y acabó con aquel incómodo silencio. Se trataba de una señal particular del Támesis: «estoy a punto de zarpar». La marea estaba subiendo, aunque los barcos seguían descansando sobre el lodo.
Al oír un leve pero significativo ruido procedente de la cocina, Richard se disculpó educadamente y salió. Tal vez pudieran decir algo más sobre aquel extraño asunto cuando regresara.
—¿Qué tal vas, Lollie?
Laura estaba cortando algo en trozos pequeños y tenía un libro de cocina abierto delante de ella. Le echó una mirada cansada y provinciana, con los ojos muy abiertos, una mirada cuyos horizontes deberían hallarse limitados por hectáreas de labranza y pastoreo. Richard sabía que la lealtad que ella le profesaba se traducía en que nunca, hasta el momento, se había quejado ante nadie más que él por tener que vivir, en lugar de en una bonita casa, en un barco en medio de Londres. Visitaba a sus padres una vez al mes para enfrentarse a su familia, que esgrimía argumentos de aquella índole, a lo que ella siempre respondía que había gente muy agradable viviendo en el Támesis. Pero entre ellos dos no había necesidad de fingir. Y aunque Richard era un hombre que, siempre que concluía una etapa de su vida, la dejaba atrás con discreción; y a quien le gustaba poder darle una explicación racional a todo, no era capaz de justificar ese apego que sentía por el Lord Jim. Podría permitirse una casa sin mayor problema; de hecho, la reforma del Jim le había salido bastante cara. Y aunque el río apelara a su parte soñadora más que a su yo diurno, creía que no tenía por qué prestarle atención.
—Ya casi hemos terminado —dijo.
Con un movimiento de cabeza, Laura se echó hacia atrás su húmedo pelo largo. En teoría, su aspecto dependía de los servicios de diversos empleados, mi peluquero, mi último peluquero, mi médico, mi otro médico al que empecé a ir cuando descubrí que el primero no me atendía bien, pero la verdad es que, con sus atenciones o sin ellas, Laura siempre estaba preciosa.
—Esta cocina, con el nuevo...