La Jacoba, que leía el futuro
¡Grabiel!, se escuchaban los gritos por los campos.
Entre los higos chumbos y las palmeras: ¡Grabi! ¡Grabielico mío! ¡Grabielico, ánde estás, que no te veo! ¡Grabiel!, gritaba la Jacoba por lo alto de las cuevas, por los balates.
Chillaba. Gritaba. Lloraba desesperá la Jacoba.
Empezaban los ladridos de los perros. Los llantos de los zagales. Despertando a los currantes de las aldeas, a los desgraciaos de los caminos. Con su voz grave, igualica a la cueva donde más que vivir dormía. Rompiendo las tardes amarillas y las noches negras con esos gritos desesperaos.
Pobretica la loca de la Jacoba, con su pena a cuestas. Abriendo en canal el día, dejando en carne viva la tierra. Así semanas y semanas hasta que llegó una madrugá oscura.
El Fali y Robertico el de Águilas, los dos guardias civiles, la encontraron tirá en mitad de la carreterilla esa que lleva a las Negras. Dejando atrás el desierto. Arrastrándose como un lagarto delante de los faros de la cascarria de furgoneta que conducían los civiles. Ya olía a mar.
Las uñas clavás en la tierra. Arañazos en los brazos y en las piernas. El pelo sucio que le apestaba a vinazo. Y algo que parecía barro o ceniza o pintura negra en la frente y en la cara: palabras escritas con esa mierduza oscura que ni el maestro de la escuela ni el poeta loco de Caniles, ni siquiera los dos cantaores que más letras se sabían pudieron entender cuando les enseñaron las fotos.
¿Qué decían esas letras juntas sin sentío, Jacoba? ¿Qué embrujo escondían? ¿Qué encantamiento, para quién y cuándo, si ya había pasado todo lo que tenía que pasar, Jacoba?
Tenía la cara llena de sangre. Le caía desde los ojos. Como las vírgenes esas que lloran rojo oscuro.
Con lo que le quedaba de voz no dejaba de repetirlo. Grabiel, Grabielico mío, ánde estás.
Nadie sabía su apellido.
Si es que lo tenía.
Porque con esa carica negra escondida entre los pelos a veces parecía más hija de una loba que de una mujer. De esas lobas que había antes por la sierra: algunas veces se habían colado por las noches en las cuevas y se habían llevao a los niños.
O se los comían allí mismo, en la puerta de la cueva, hasta no dejar naíca más que huesos y un poco de carne mal pegá que horas después rapiñaban como podían los cuervos.
La Jacoba recibía en su cueva.
El parné por delante. No vayamos a líos. Una vez bien guardao en el refajo, pasa, ¿quieres un poco de infusión de tomillo? ¿Una botellica de cerveza? Los papaviejos los hago yo y me duran toa la Pascua. El fulano o la fulana de turno le pega un mordisco a la masa frita, bañada bien en azúcar, y se sienta en una silla de anea como las de los tablaos.
En la cueva hace frío cuando afuera hace calina y el calor protege dentro cuando afuera hace un rasca de pelarse.
Al principio, las mismas preguntas: amoríos y chuminás. Una que llega enamoriscá y quiere saber si el otro pues eso; el que no ha catado gachí en años, más feo que Picio, preguntando que si sigue pelando la pava con la zagala del colmao o mejor se cuelga ya de un olivo de los de Fernán Pérez. Esas cosas de la vida. Lo que llaman las cosquillicas del cuerpo.
Luego, temas de lindes y de jorfes, claro: que si cortijos a medio repartir entre hermanos que no pueden ni verse, que si mi primico el mayor me debe cinco pellejos de aguardiente y quiero sabé si me los va pagá, que mis aperos están en casa del señorito y no me los quiere devolvé. La Jacoba llegaba donde no llegaban los curas. Apañaba lo que no apañaban los guardias civiles como el Fali o Robertico el de Águilas.
Algunas veces, que si mi hermana está mu malica de sus fiebres, que qué le doy, pues anda y toma un poco de marrubio; mi Joselico, ay, que me devuelve todo lo que come y por las noches venga a dar vueltas en la cama y por las mañanas cagalera antes de irse al campo o a la obra o a los dos y está consumío y sequico, pues dale una miaja salvia; Jacoba, lo tengo todo comío de caracoles, pues, mujer, quema un trozo grande de madera y tiras la ceniza y ya verás cómo se van los caracoles.
Cosicas del día a día del campo, que es como decir del día a día de todas partes.
Luego había días peores. Días malos. Malos de verdad.
Salían las mujeronas de los cortijos llorando de la cueva, los hombres pálidos, y algunos forasteros a los que no se les veía más el pelo por aquí.
En uno de esos días, la Jacoba te sujeta la mano. Te mira. Se te clavan esos ojos negros como las garras de un lince. Te aprieta bien. Ay, Jacoba, me duele. Calla, niño. No te suelta. Sientes esas uñas largas suyas clavás en la piel.
Y algo ve, en esa mano.
Algo ve, que si es bueno te lo dice; y si es malo, se lo calla. Y si le das más parné, a lo mejor te lo cuenta diciendo siempre lo mismo, esto que sale aquí no me lo invento yo, es lo que hay y no hay naíca que hacer. Y entonces te jode la vida la Jacoba porque ya sabes lo que te va a pasar y sabes que no puedes hacer naíca porque la Jacoba lo ha visto en tu mano y eso quiere decir que va a pasar. Y a veces, por intentar que no pase lo que dice la Jacoba que ha visto en la mano, hay gente que ha acabado peor de lo que se veía en la mano.
Y no se sabe de nadie que haya escapado nunca de lo que decía la Jacoba que leía en la mano.
Eran malos esos días. Eran peores las noches. La Jacoba quedaba mordía por dentro: con una punzá en la cabeza como la que deja el anís después de una noche de jarana, destrozá por un tigre que empezaba a comérsela y dejaba las tripas secarse al sol; con sangre resbalándole por la nariz hasta los labios.
Con ese mismico sabor a sangre en la garganta. En los dientes. En la lengua.
Se tumbaba y no daba un ruido. Se quedaba dormía cuando cantaban los gallos.
Y soñaba que era una loba.
Pesan los años entre cuatro paredes con desconchones. Y si uno entra con veinte parece que sale con cuarenta, aunque salga con veintitrés. Ese tiempo estuvo el cojo Grabiel metido en el penal de Guadix: tres añicos enteros con sus veranos y sus Pascuas. Ni rastro quedó del zagal que era Grabi antes de esos tres años de fatigas.
El cojo Grabiel no era cojo.
Aunque su padre sí. Y se quedó con el cojo Grabiel para toda la vida. Era un hombre guapo. Arrugao por el sol. De zagalico se le veía por los alijares. Retorcío como un olivo viejo, recogía judías y berenjenas con el desgraciao de su padre. Otras veces ayudaba con el tropel de ovejas de un tío suyo que era pastor y al que mató un rayo. O doblando el lomo como un peón caminero de los que cultivan cebada.
A los dieciocho se le hincharon los cojones de tanto sol y tanta espalda reventá y tanta mierda oveja y se fue a Almería con su compadre Rojo el Alparguetero y una escopeta de cañones recortaos.
Pegaban dos hostias, cuatro tiros al aire y salían por la puerta de donde fuera con una bolsa de Deportes Trevenque llena de billeticos ricos. Cuatro tiros al aire y una bolsa con buenos jurdeles que olían a colonia de señora y a cabello de ángel. Para fundírselos en vinazo, gambas ...