Achaques a los vicios
  1. 24 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
eBook - ePub

Descripción del libro

Divertida trama de enredo amoroso con la chispa y la agilidad de palabra a la que nos tiene acostumbrados su autor, el dramaturgo Manuel Bretón de los Herreros. La disipada doña Ana vive una vida entregada al ocio y a las fiestas, para desesperación de su marido. Sin embargo, lo que no sospecha el marido es que Ana ve cada vez con mejores ojos al libidinoso don Diego, asiduo a sus fiestas y a su compañía.

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Información

Editorial
SAGA Egmont
Año
2022
ISBN del libro electrónico
9788726654158
Categoría
Literatura

ACTO TERCERO.

ESCENA. I

D. ESTEBAN. D. CIPRIANO.
[Va oscureciendo gradualmente.]
D. Esteb. Espere usted.....
D. Cipr. ¿A qué tengo de esperar? Todo el mundo se ha marchado ya. Demasiada complacencia he tenido. Ahora va de veras. Usted es muy vicioso, D. Esteban. Yo tengo otras ocupaciones mas sérias á que atender. En una palabra, no quiero jugar mas.
D. Esteb. ¡Si yo no digo que juegue usted!
D. Cipr. ¿Pues qué es lo que usted quiere? ¿Que le dé conversacion? Váyase usted al café; con eso, si por casualidad le ha quedado media pesetilla en el rincon de algun bolsillo, puede usted tomar un vaso de naranja y refrescarse la sangre, que por fuerza la ha de tener acalorada.
D. Esteb. ¿Está usted haciendo mofa de mí? ¿Cree usted que la desgracia es capaz de abatirme hasta el extremo de sufrir que me insulten?
D. Cipr. ¿Se ha picado usted? ¡Qué simpleza!
Yo creí que tenia usted mas correa. Vaya; mi ánimo no es irritar á nadie. Soy moro de paz. Una cosa es que yo tenga buen humor, porque he ganado…..
D. Esteb. Ya, pero podia usted reflexionar que no debe de estar para chanzas el que ha perdido.
D. Cipr. Vamos; ¿qué se ofrece?
D. Esteb. Mire usted, D. Cipriano: en dinero efectivo y alhajas he perdido desde esta mañana, sin levantar cabeza, cerca de diez mil reales.
D. Cipr. En efecto. Hoy no ha estado usted de númen.
D. Esteb. Casi todo lo ha ganado usted.
D. Cipr. Mi fortuna me ha valido (y mi industria.) Adelante. (Este me va á atacar.)
D. Esteb. Mis reiteradas y considerables pérdidas me han puesto á veces en la precision de contraer deudas.....
D. Cipr. ¿Deudas? ¿Quién se apura por eso? Yo tengo mas que pelos en la cabeza. Debo á los criados, al sastre, al aguador, al barbero, al tabernero, al tendero, al casero, al carnicero, y á todos los acabados en ero. Todo el dia están llamando ingleses á mi puerta, tanto que ha sido preciso quitar la campanilla porque no ganábamos para tiradores. Pero yo me he llegado á familiarizar tonto con las deudas, que no sé vivir sin ellas. Y luego, ¿será extraño que las tenga un perdulario como yo, que vive sobre el país, cuando tantos señorones de alto copete están entrampados hasta los ojos? Adelante.
D. Esteb. No hace mucho tiempo que tenia mi casa muy bien equipada; pero la maldita suerte me ha obligado á deshacerme de los mejores muebles.....
D. Cipr. ¿Y se aflige usted por esa bagatela? Pues habia usted de ver mi casa. Parece escuela de danzantes. Alli no hay siquiera dónde sentarse, ni sábanas, ni manteles, ni nada. Vamos; ¡casa de jugador! Un dia que se quedaron á comer tres amigos mios, tuvo que sentarse mi mujer en el tajo y uno de mis hijos en el fregadero. En los pocos trastos que hay está siempre de guarnicion el regimiento de Chinchilla. Tengo una mesa perlática, media docena de sillas baldadas, un cofre sarnoso, un espejo virolento donde so peinan las chicas, y dos ó tres camas energúmenas. Adelante.
D. Esteb. (Paciencia. No quiero exasperarle. Todo lo aguantaré con tal de recobrar la repeticion.) Todos mis bienes consisten en la casa donde habito, que si estuviera desempeñada me produciría para pasarlo tal cual; pero me han embargado los alquilores…..
D. Cipr. Pues yo no tengo ni casa, ni hogar, ni viña, ni barbecho. Omnia mea mecum porto. Pero no obstante, yo me la sé buscar...., y si no hago una figura brillante en la sociedad, ni tengo la ventaja de ser un gran propietario, á lo menos cómo y bebo sin fatigarme, y estoy exento de contribuciones. Adelanto.
D. Esteb. Si yo fuera solo, ningun revés de la fortuna me desanimaría; pero tengo mujer, tengo tres hijos…..
D. Cipr. ¿Nada mas que tres? Yo tengo nueve como nueve tigres que me comen un costado, y mi mujer lleva trazas de regalarme otros tantos. La maldita de cocer no tiene habilidad para otra cosa. Adelante.
D. Esteb. Yo estoy ya firmemente resuelto á retirarme del juego. He visto las orejas al lobo, y conozco que la suerte no me llama por este camino.
D. Cipr. Bien hecho. Usted no es para el caso. Adelante.
D. Esteb. Pero como la reputacion es el bien mas aprcciable para el hombre honrado, quisiera…..
D. Cipr. ¿Dinero? Perdono usted por Dios. Yo no presto á un hombre acosado de acreedores, que se ha deshecho de los mejores muebles, á quien le han embargado los alquileres de la única finca que posee, que tiene mujer y tres hijos y que ha visto las orejas al lobo.
D. Esteb. Señor don Cipriano, compadézcase usted de mí. No le pido dinero para alimentar un vicio que ya detesta. Me contento con que me devuelva usted la repeticion, obligándome á pagar.....
D. Cipr. ¡La repeticion! Es cosa muy singular. ¿Quiere usted lucirla ahora que no tiene que comer?
D. Esteb. (Ya se me acaba el sufrimiento.)
No es eso: yo la necesito…..
D. Cipr. Yo tambien. Aqui donde usted me ve, me gusta como á cualquiera el saber qué hora es sin preguntárselo á nadie.
D. Esteb. Si usted no me la da, soy perdido.
D. Cipr. ¿Qué me importa á mí?.... Pero tanto empeño en recobrar esta alhoja….. Me hace usted sospechar…..
D. Esteb. Si, señor: usted sospecha bien.— La repeticion no era mia.
D. Cipr. ¡Cómo! ¿Tiene usted tan poca delicadeza que se juega lo que no es suyo?
D. Esteb. Baje usted la voz.
D. Cipr. No quiero bajarla. Asi perdemos unos por otros. Asi tenemos tan mal concepto los jugadores.
D. Esteb. Baje usted la voz, le digo; ó no respondo de mí.— Yo sé bien que he procedido mal; pero ninguno menos que usted tiene derecho para echármelo en cara.
D. Cipr. ¡Lo que puede el vicio! ¿Y es usted el que blasona de caballero? No vuelva usted á acompañarse conmigo. Le prohibo expresamente que me salude.
D. Esteb. ¡D. Cipriano!

ESCENA II.

D. ESTEBAN. D. CIPRIANO. DOÑA GERÓNIMA.
D.a Gerón. ¿Qué gritos son esos? ¡Fuerte trabajo es que no le han de dejar á una descansar un rato y reposar la comida!
D. Cipr. ¡Pero, señora, si ya está anocheciendo!
[Se sienta D. Esteban y manifiesta sumo abatimiento.]
D.a Gerón. No le hace. Hoy necesitaba yo dormir una siesta larga, por dos razones: la primera porque me levanté de la mesa toda inflada. ¡Ya se ve! Como hice bastante ejercicio por la mañana, comí con muy buen apetito, gracias á Dios. Y la segunda porque mañana tengo que madrugar para disponer la comida que pienso dar en celebridad de mi cumpleaños.
D. Cipr. ¡Ah! sí; es verdad. No me acordaba. Mañana se lucirá usted.
D.a Gerón. No tanto como quisiera, Pero nos habremos de conformar con estas circunstancias tan anti–gastrónomas. ¡Oh! en vida de mi difunto era otra cosa….. Como tenia el mismo carácter que yo, y era mayordomo de un duque que no le pedia cuentas, porque no sabia ajustarlas, no le dolia gastar. ¡Pobrecillo! Murió de apoplejía.
D. Cipr. Con todo, usted, que es tan rumbosa, tratará bien á sus convidados.
D.a Gerón. Son todos de confianza. Se trata de una comida frugal. He comprado un par de jamones dulces, tres pavos, dos cochinillos, una docena de perdices, otra de pichones, algunos pescados de los mejores, un lomo de vaca…..
D. Cipr. ¡Don Esteban! ¿Qué hace usted ahí tan cabizbajo? ¡Voto va!.... Es menester tener mas espíritu. ¿Quiere usted jugarse esos jamones, esos pavos, esos cochinillos, esas perdices, esos pichones, esos pescados y esa vaca de doña Gerónima?
D.a Gerón. ¿Qué, qué dice usted? (¡Estoy temblando!)
D. Esteb. Márchese usted, don Cipria...

Índice

  1. Achaques a los vicios
  2. Copyright
  3. PERSONAS.
  4. ACTO PRIMERO.
  5. ACTO SEGUNDO.
  6. ACTO TERCERO.
  7. Sobre Achaques a los vicios

Preguntas frecuentes

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