Una precuela que nos presenta a Angélico en sus tiempos de estudiante. El futuro doctor se ha instalado en Madrid para aprender y estudiar. Acogido por amigos en una residencia, y por su mentor en una de las casas más adineradas de la capital, Angélico empieza bien su andadura por la ciudad. Sin embargo, el fracaso y el destino llevarán al narrador a ser testigo de una tragedia terrible. Con un estilo claro y cargado de reflexiones filosóficas, Valdés escribe una novela realista y, a la vez, con un dramatismo de folletín.

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Años de juventud del doctor Angélico
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ClásicosSEGUNDA PARTE
I
EL MUNDO DE LOS SUEÑOS
Han transcurrido diez años. Graves mudanzas en ellos. «Todo arde y se consume, decía el viejo Heráclito; no se baja dos veces en el mismo río; es otra agua sobre la cual bajamos.» La vida, como el agua, se disipa y se junta, busca y abandona, se aproxima y se aleja. Y a la postre todo, todo se olvida.
¿Quién se acuerda ya del bravo general Don Luis de los Reyes? Dos años después del matrimonio de su hija, al entrar en casa llegando de una cacería, al poner el pie en su dormitorio, cayó al suelo víctima de una apoplejía fulminante. Su viejo criado Longinos vino a darme la noticia. Cuando llegué, la casa estaba llena de amigos. Don Luis no recobró el conocimiento y falleció en la madrugada.
La hermosa Guadalupe dejó a Madrid y se fué a París a vivir con su madre. Algunos meses después tuve noticia de su matrimonio con Grimaldi.
¿Quién se acuerda de aquella famosa casa de huéspedes de la calle de Carretas, mansión deliciosa donde, como en el Olimpo, la risa era inextinguible? ¿Qué se hicieron los primos Mezquita y Albornoz? Salieron de Madrid y los unos deben de estar tomando pulsos y recetando jarabes en algún lugarón de Andalucía y el otro trazando carreteras y erigiendo puentes por algún otro rincón apartado.
¿Adónde había llegado Pasarón? Muy alto. Era ya un hombre célebre. Después de unas resonantes oposiciones que los periódicos comentaron largamente, donde logró aplastar, bajo el peso de su erudición, a hombres encanecidos en el estudio, obtuvo una cátedra en la Universidad Central. Aquel portentoso joven fué al poco tiempo el ídolo de la Prensa. Escribió algunos libros de crítica retrospectiva que produjeron verdadero asombro entre los doctos. Dondequiera que iba se le acogía con señales de respeto y admiración. Tal vez no existiese a la sazón hombre más festejado en España.
¿Qué se hizo de Doña Encarnación, la simpática y bondadosa patrona que tantos maternales cuidados nos prodigaba? Su misma generosidad la perdió. Quedó arruinada, arrastró después algunos años una vida miserable y hambrienta, durante los cuales tuve ocasión de favorecerla, y, por fin, murió en un pueblecito de la provincia de Guadalajara donde había nacido.
¿Quién se acuerda de aquella gentil Natalia, tan bella, tan franca, tan impetuosa? Nadie más que Sixto Moro. La herida de éste nunca había logrado cicatrizar por completo. Tres o cuatro años después de haberse casado aquélla le vi salir de un portal de la calle de la Montera donde un fotógrafo exhibía sus retratos. Yo sabía que allí había uno grande y perfecto de Natalia, y se lo dije riendo. Se puso un poco encarnado y me respondió:
—Es verdad, querido, cuando paso por esta calle no puedo resistir a la tentación de hacer una visita a su retrato.
—Para decirle cuánto la quieres todavía.
—Justamente... ¡Qué le vamos a hacer! Comprendo que es una locura, pero es una locura inofensiva. Soy un romántico digno de haber vivido en los buenos tiempos de Larra y Espronceda... No me falta todo, pues ya poseo la melena, que tanto preocupa a la atención pública.
En efecto, había logrado pronto alcanzar un pueto envidiable entre los abogados de Madrid; pronunciaba discursos en el Ateneo y en otras reuniones públicas, por lo cual empezaba a ser conocido del público. Pero lo que le iba haciendo más popular era su romántica melena. En nuestra nación, exageradamente apegada a la uniformidad, cualquier discrepancia excita la curiosidad. Moro era objeto en la calle de las miradas sorprendidas de los transeuntes. Unos, los que conocían su mérito, le miraban con respeto, pero los más reían. Con el tiempo creció su fama y adelantó en su posición. A la hora presente poseía uno de los bufetes más lucrativos de la capital, acababa de ser elegido diputado y vivía con lujo exagerado, como suele acontecer a los que han atravesado días de penuria y necesitan desquitarse. Ocupaba un magnífico aposento en la calle Mayor, tenía varios criados y recientemente había puesto coche.
Nuestra amistad no se había entibiado nunca. Aunque nuestras ocupaciones eran diversas, nos veíamos a menudo en el Ateneo y apenas se pasaba una semana sin que almorzásemos juntos. Charlábamos mucho del pasado, poco del presente, nada del porvenir. Sin embargo, alguna que otra vez yo le excitaba al matrimonio. Un hombre de su posición debía casarse para consolidarla. Con su nombre, con sus ganancias y su juventud podía aspirar a todo. ¿Por qué privarse de los goces de la familia y del consuelo de transmitir a otros seres el fruto de su esfuerzo y su talento? Moro se ponía serio y me respondía bajando la voz:
—No puede ser, Jiménez. Tú me llamabas Abelardo en otro tiempo y lo soy en efecto. No he quedado como él imposibilitado materialmente para el matrimonio, pero sí moralmente.
Confieso que tanta fidelidad al amor de su juventud me conmovía y me lo hacía aún más estimable.
De Natalia y su marido escasísimas noticias habían llegado a mis oídos durante aquellos diez años. Supe por casualidad que, al cabo de cuatro o cinco, Céspedes habia vuelto a la Península y había vivido algún tiempo en Barcelona. Después, que se había ido a las islas Filipinas. Y nada más. Sixto no debía de tener otras más precisas tampoco y no imagino que tratase de inquirirlas.
En cuanto a mí, después de haber seguido tres carreras diferentes y hacerme doctor en dos, me hallaba a la sazón de redactor en un periódico importante de la mañana. Fuí empujado a ello por la necesidad. Algunos desabrimientos con mi familia me obligaron a prescindir de los recursos que me proporcionaba. Felizmente, la discordia cesó pronto; pude abandonar el periodismo; no lo hice porque me placía. Es alegre la profesión de periodista cuando se ejercita sin apremio de dinero. Yo tenía lo bastante para darme una vida regalada.
Desde los veinticinco a los treinta años de edad estuve alojado en un hotel de la calle del Arenal, que aún subsiste. No sé lo que es hoy: en aquella época era una una casa de huéspedes confortable y elegante, con mesa redonda a la cual nos sentábamos quince o veinte comensales, casi todos del sexo masculino. Un general de marina de la escala de reserva, un senador, un catedrático jubilado, un rentista con su señora y un hijo, un anciano médico, un capitán de artillería. Estos éramos los fijos; los demás, huéspedes que venían por tiempo más o menos largo.
Como yo era el más joven, y aún puede decirse el único joven, pues el capitán, que era quien más se me acercaba, frisaba ya en los cuarenta, se me trataba por aquellos señores con afectuosa predilección. Podría decir sin jactancia que me mimaban un poquito. Joven y periodista sonaba para ellos así como calavera, aturdido, enamorado y trasnochador. No lo era yo por fortuna, pero me embromaban cariñosamente como si lo fuera.
Yo les daba cuenta de los estrenos de los teatros, de las sesiones del Ateneo, de los sucesos de la calle y alguna vez también les anunciaba con anticipación sucesos políticos que el mismo senador ignoraba. Se me dejaba disparatar con toda libertad y yo usaba y abusaba de ella delante de aquel venerable areópago lo mismo que si estuviera en la mesa del café de Fornos entre mis jóvenes camaradas. Aquellos bondadosos señores se limitaban, cuando mi locuacidad subía de punto, a sacudir la cabeza y sonreir con piadosa ironía.
Fué dichosa aquella época de mi vida, o al menos así se me representa al través de los años. Todavía alguna vez, cuando paso por la calle del Arenal y levanto los ojos a los balcones de aquel hotel, dejo escapar un suspiro y murmuro con emoción los famosos versos de Espronceda:
¿Dónde volaron, ¡ay! aquellas horas
de juventud, de amor y de ventura,
regaladas de músicas sonoras,
adornadas de luz y de hermosura?
Sí; todas las noches me dormía regalado por la música de un piano y un violín. Mi dormitorio tenía una ventana sobre el patio, cubierto de cristales, donde se hallaba establecido un café.
Y mis sueños eran felices también como mis vigilias. Sin haber leído nada de los sueños, había logrado en mi juventud cierto dominio sobre ellos. No que llegase a dirigirlos y conservar dormido mi libertad de espíritu como el ilustre orientalista marqués de Hervey de Saint-Denis, que es quien ha teorizado sobre este asunto; pero sí lograba muchas veces provocarlos apelando a algunos inocentes artificios.
A primera vista parece asombroso y aun disparatado que conservemos dentro del sueño nuestro libre arbitrio. Sin embargo, el esfuerzo tenaz de la voluntad puede llegar a conseguirlo. En el libro curiosísimo del sabio marqués se observa paso a paso cómo se va adquiriendo este dominio.
Inútil es advertir que al buscarlo no me guiaba un fin científico como a aquél, sino puramente el de huir alguna preocupación enfadosa o el de experimentar un placer. Mas como todo placer en este bajo mundo parece que lleva aparejado un dolor, mi manía de provocar sueños agradables me ocasionó una desagradable aventura, que no resisto a la tentación de narrar puntualmente.
Acaeció que un día llegó al hotel y se alojó en él por algún tiempo un matrimonio forastero. Al decir matrimonio no he hablado con suficiente propiedad. No fué un matrimonio, sino la mitad de un matrimonio la causa de mi aventura. El marido podía haberse quedado en la calle, podía haber permanecido en París, de donde llegaba gestionando sus negocios, podía haber ido a pasar unos días a Sevilla en el seno de su familia, podía haberse muerto (mucho mejor, por de contado). Todo esto no hubiera producido en mí la más leve emoción. ¡Pero la esposa! ¡Ah, la esposa! Una cosa increíble, una aparición, un milagro. Jamás he visto ni pienso ver en lo que me resta de vida una belleza más esplendorosa. La piel blanca, nacarada; los ojos negros, rasgados, orientales; los cabellos ondeados; alta y majestuosa como una lady; los dientes africanos, los pies asiáticos.
Cómo aquel hombrecillo menudo, calvo, feo y no muy joven había logrado hacerse dueño de tal portento, es lo que se preguntó inmediatamente todo el personal del hotel, desde el viejo general de Marina hasta el mozo de comedor.
Pronto se averiguó que la dama era rusa y su marido andaluz. Desde entonces se la admiró mucho más a ella y se le despreció mucho más a él. Ignoro por qué, pues la Andalucía es una región española donde abundaron siempre los santos, los héroes y los poetas. Pero es cosa averiguada que en el resto de España se habla demasiado bien de las andaluzas y demasiado mal de los andaluces.
Se hicieron muchos y variados cálculos. Unos pensaban que aquella señora era una nihilista rusa, que perseguida por la policía había logrado escapar uniéndose a nuestro compatriota; otros decían que era una artista ecuestre y su marido un empresario de circo; algunos imaginaban que se trataba de una princesa que viajaba de incógnito y que aquel hombrecillo no era su marido, sino un criado; por fin, hubo quien llegó a suponer que la dama era una esclava circasiana que el andaluz había logrado substraer del harem de un bajá turco.
Fuese lo que fuese, es lo cierto que nos tenía a todos hechizados y que se la miraba y se la volvía a mirar y nadie se hartaba de mirarla.
¿Por qué siendo tantos a contemplarla fuí yo el único que logró alterar los nervios del marido? Seguramente porque era el más joven. Sin embargo, el capitán lo era también en cierto modo y, además, lo confieso sin falsa modestia, me aventajaba en la figura.
Pero el capitán se había hecho amigo de Bellido (así se llamaba al marido de la rusa) desde el día siguiente de su llegada. Cuando todos nos levantábamos y nos marchábamos a nuestros cuartos, ellos dos solos se quedaban de sobremesa y departían todavía largo rato. Y en esta sobremesa el andaluz se desahogaba en el seno de su nuevo amigo refiriéndole los mil desabrimientos que experimentaba desde que llegara a España, a causa de la poca educación que aquí había. El infeliz vivía inquieto y sobresaltado. En la calle requebraban descaradamente a su señora, la seguían, la hablaban al oído; en el teatro la enviaban ramilletes de flores; por el correo interior recibía billetes amorosos. Pero si cruzaba por delante de un grupo de albañiles, estos señores no se limitaban a requebrar a su esposa, sino que le injuriaban a él mismo groseramente. Todas estas cosas iban aflojando los lazos que le unían a su patria y hablaba vagamente de romper con ella de una vez y para siempre. Así nos lo contaba riendo el capitán cuando el pobre hombre no estaba delante.
Pues, como decía, el marido de aquella singular mujer me espiaba y apenas podía posar mis ojos sobre ella sin que los de él me clavasen una mirada recelosa. Yo le hurtaba, sin embargo, las vueltas, la devoraba con los ojos y me nutría de sus encantos. Porque los beesfsteaks y los ragôuts del hotel allá se iban casi siempre a la cocina sin que yo los tocase.
Tal régimen alimenticio era muy a propósito para quedar enamorado. Lo quedé a los pocos días de un modo inverosímil y tuve la inocencia de participárselo al capitán, por ser el único huésped con quien todavía se podía departir sobre asuntos de galantería.
Debo confesar, en descargo de mi conciencia, que aquella señora, fuese princesa, esclava o titiritera, jamás alentó mi pasión amorosa ni aun creo que se haya dado cuenta de ella. Era una estatua, era una diosa; se la podían clavar las miradas más rendidas, más inflamadas; las suyas no expresaban más que una tranquila indiferencia.
Entonces me puse a hacer uso de aquellas facultades oníricas de que antes he hablado. Me puse a soñar. He aquí los medios a que apelé para provocar los sueños deseados.
Compré algunas historias y novelas rusas y leía por ellas una vez metido en la cama por la noche. Mi imaginación con estas lecturas se exaltaba y yo tenía buen cuidado de prestar a la heroína más simpática de cada novela los rasgos fisonómicos y la figura de la esposa de Bellido. Al mismo tiempo, en el instante en que me ganaba el sueño llevaba a la nariz un pañuelo empapado en esencia de reseda, que era el perfume que aquélla usaba ordinariamente. Con estos sencillos artificios y con fijar mi pensamiento tenazmente en la hermosa dama, al tiempo de dormirme lograba, sino siempre, bastantes veces, soñar con ella.
Recuerdo que una vez soñé que me hallaba al servicio de la Policía rusa en Petrogrado. Habiendo tenido la fortuna de descubrir una vasta conspiración de terroristas, logré capturar a alguno de ellos y averigüé que obedecían las órdenes de una condesa muy conocida en la alta sociedad. Me personé una noche en el palacio de esta condesa y la hice detener. Era, como debe suponerse, la hermosa señora de Bellido. Se puso densamente pálida al saber quién era yo y a lo que venía, pero no pronunció una palabra y se dispuso a seguirme. Tanta hermosura y tanta dignidad me cautivaron. En vez de conducirla a la prisión le facilité la huída. Pero uno de mis compañeros me espiaba. Este compañero, que era un sér perverso y despreciable, tenía el rostro de Bellido. Entonces determiné fugarme con ella. Salimos por la noche bien recatados y nos dirigimos al río, donde yo tenía un bote preparado. Empuñé los remos y bogué hacia la desembocadura, donde pensaba hallar un buque español que mandaba un marino amigo mío. Este marino no era otro que el viejo general, mi compañero de hotel. Cuando me hallé en medio del Newa, me creí salvado. Solté un instante los remos y tomé las manos de la hermosa condesa que llevé a los labios con una mezcla de respeto, de admiración y de amor, que parecía transportar mi alma al paraíso. Porque todo el mundo habrá observado que nuestra sensibilidad espiritual aumenta notablemente durante el sueño: el amor, la compasión, el miedo, los celos son mucho más intensos que en la vigilia. Era una noche obscura de primavera. A nuestra izquierda se destacaban apenas las enormes masas del Palacio de Invierno y a nuestra derecha las Fortificaciones, con su iglesia que sirve de panteón a la familia de los zares. Yo me sentía enajenado y me preparaba ya a caer de rodillas delante de la bella conspiradora, cuando acierto a ver entre las sombras el punto negro de otro bote que navegaba rápidamente hacia nosotros; sentí el chapoteo de los remos y escucho una voz que grita: «¡Para!» Era la voz de mi compañero, esto es, de Bellido. En vez de parar, remo con todas mis fuerzas. De nada me valió. Él traía cuatro marineros y en pocos instantes...
Índice
- Años de juventud del doctor Angélico
- Copyright
- PRIMERA PARTE
- SEGUNDA PARTE
- Sobre Años de juventud del doctor Angélico
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