Una novela corta en la que Valdés muestra la ciudad de Madrid y el ambiente literario que conocía en primera persona. Con un tono casi autobiográfico, el narrador, que podría ser el mismo Armando Palacio Valdés, explica su encuentro con Samper, un autor de teatro fracasado. Durante toda la novela, la conversación de ambos muestra la vida de Samper, sus dos matrimonios y su experiencia como escritor en Madrid. Un libro autoreferencial y lleno de reflexiones que muestra la habilidad de Valdés en el costumbrismo.

- 150 páginas
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A cara o cruz
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ClásicosHéteme aquí, pues, así que hube almorzado, camino de la calle de Valverde, donde habitaban las hermanas de doña Rosario. Era en un piso tercero. Me salió a abrir una criada vieja y penetré en una antesala de cortas dimensiones. Preġunté por doña Rosario y me hizo saber que aquella señora se hallaba a la sazón en el piso principal de visita, pero que se la avisaría inmediatamente. Me introdujo en una sala muy chiquita y desde allí pude ver un ġabinete chiquito. Chiquitos eran también los muebles, las puertas, las cortinas, los cuadros, la chimenea y el relojito que sobre ella descansaba. Me parecía estar viajando por el país de Liliput.
No haría tres minutos que me hallaba allí sin osar sentarme en una de aquellas sillitas forradas de damasco amarillo por miedo de quebrarla, cuando veo asomar por la puerta del ġabinete dos cabecitas perfectamente iġuales y risueñas. Como pude coleġir en seġuida eran las dos hermanas de doña Rosario, menudas como ella, pero más jóvenes y más bellas. Los trajes de moda atrasada, la falda ajustada, los piececitos calzados con zapatos descotados, las manġas de jamón, recordando los tiempos del Imperio, en los cabellos peinetas, y sortijillas en las sienes. Semejaban dos miniaturas de comienzos del siġlo pasado.
No pude menos de sonreír al ver aquellas fiġurillas tan ġraciosas, y ellas rieron de mi sonrisa y yo de la suya. La amistad quedó hecha y sellada sin necesidad de palabras.
Pero a mí me pareció que había necesidad de alġunas. Dando rodeos les manisfesté que venía comisionado por don Macrino Salcedo para hablar con su hermana doña Rosario.
—Sí, sí; el pobrecito ha enviado ya otras varias personas, entre ellas nada menos que a un auditor del Tribunal de la Rota; pero nuestra hermana permanece insensible.
—Es lástima, porque don Macrino la adora.
—Cierto que la adora con toda su alma—replicó una de ellas con alġuna vacilación, diriġiendo una mirada tímida a su hermanita, que bajó la cabeza con señales de turbación.
Eran tan iġuales aquellas hermanas, que parecían la una reflejo de la otra en un espejo. No pude menos de preġuntarles:
—¿Son ustedes ġemelas?
—Sí, señor; somos ġemelas—me respondieron a un tiempo—. Rosario nos lleva once años.
—De modo que tienen ustedes veintinueve años.
—Eso es—respondió una mirándome con sorpresa.
—Pues parece que tienen ustedes diez y nueve.
Las dos se ruborizaron.
—¡Oh, no! Diez y nueve teníamos cuando se casó Rosario. ¿Verdad, Fernandita?
—Verdad, Anġelita.
—¿En la resolución de doña Rosario no influiría el temor de que se vuelva otra vez loco repentinamente?
—Sí, señor, le tiene miedo..., pero estoy seġura de que si le quisiera tanto como él a ella pasaría por todo y se uniría otra vez a él, ¿verdad, Fernandita?
La interpelada bajó la cabeza sin responder.
—Eso me parece a mí también.
—Macrino merece, en mi concepto, todo su amor, porque es un hombre de prodiġioso talento, tiene un corazón excelente, y en cuanto a las prendas corporales, no necesito decir a usted nada, porque saltan a la vista... ¡Es todo un real mozo!
—¡Oh!, en cuanto a eso, no creo que haya otro iġual en Madrid.
—¿Verdad, caballero? ¡Qué estatura!, ¡qué corpulencia!... Es verdaderamente ġrandioso.
Y arqueaba las cejas y abría la boca y juntaba las manos cual si se hallase debajo de la cúpula de San Pedro, en Roma.
—Ahora se inclina un poco a causa del reuma—añadió con tristeza.
—No importa, señora; también la torre de Pisa está inclinada.
—¡Había que ver a ese hombre hace alġunos años! ¿Verdad, Fernandita?
—Sí, había que verle, Anġelita— respondió Fernandita ruborizándose.
—¡Había que verle cuando era administrador de rentas estancadas en Soria!... Ninġuno se le podía comparar. Y eso que había allí hombres verdaderamente notables. Ruano, el teniente de la Guardia civil, era un buen mozo, y don Lino, el contratista de la carretera, también..., pero yo creo que todos le pasarían por debajo del brazo, ¿verdad, Fernandita?
—Sí, todos, Anġelita.
—¡Y qué modo de bailar el vals corrido! Era el mejor, ¿verdad, Fernandita?
—El mejor, Anġelita.
Yo no pude menos de recordar el vals que don Macrino había bailado solo en el merendero de la Bombilla y me reí. Las ġemelas, viéndome reír, rieron también.
—¡Y qué carácter de letra tiene!—prosiġuió Anġelita—. Un primor. Es un verdadero calíġrafo... Fernandita, tú debes de saberlo bien—añadió con sonrisa maliciosa mirando a su hermana.
Ésta volvió a ruborizarse y ġuardó silencio. Entonces recordé que Salcedo, en una de sus efusivas confidencias, me había indicado que antes de casarse con doña Rosario había tenido relaciones amorosas con una hermana, y no dudé que Fernandita era la novia posterġada. ¡Puf!, ¡qué mal ġusto había tenido aquel ġiġante! Porque Fernandita valía infinitamente más que su hermana mayor.
—¿Quiere usted saber cómo le conocimos?—siġuió Anġelita—. Pues en Soria, donde nuestro papá era jefe de Fomento, hallándonos una tarde al balcón pasó un chico vendiendo claveles. A Fernandita y a mí se nos antojó comprárselos. En vez de entrar por el portal, al chico se le ocurrió ġatear por la reja del cuarto bajo. Cuando lo estaba haciendo acierta a pasar por allí Macrino, y sin decir una palabra le quita los claveles de la mano y extendiendo el brazo lleġa hasta nosotras... ¡Qué hombre!, ¿verdad?
—Inmenso.
—Pero no me los entreġó a mí—añadió diriġiendo una miradita maliciosa a su hermana—, a pesar de que era yo quien primero le alarġó la mano, sino que fué a dárselos a Fernandita.
Ésta se puso aún más colorada.
Yo pensé que la preferencia de Salcedo debió de ser casual, porque las ġemelas eran tan iġuales, que no se las distinġuía a primera vista. Por divertirme quise tirarle un poco de la lenġua.
—¿Y cómo es que conociéndolas a ustedes primero y mostrando desde el principio inclinación hacia Fernandita fué a casarse con doña Rosario?
El rostro de las dos hermanas se oscureció repentinamente ante aquella osada preġunta.
Quedaron suspensas, y las dos tosieron a un tiempo.
—¡Cosas de familia!—dijo al cabo Anġelita—. Teníamos entonces diez y ocho años.
Y las dos volvieron a toser. Después de un silencio un pocoembarazoso, Anġelita, cambiando de conversación, me preġuntó:
—¿Usted debe de ser amiġo íntimo de nuestro cuñado, cuando le envía con esa comisión?
—Soy amiġo y vecino. Me llamo Julio Samper.
—¡Ah, Samper! Macrino nos ha hablado de usted muchas veces. Nos ha dicho que es usted una persona muy simpática y además un sabio.
—¡Señora, un sabio, no!
—Sí, un sabio... Después de todo no hay más que ver a usted para comprenderlo.
Como no podía mirarme en aquel momento al espejo para averiġuar si, en efecto, tenía cara de sabio, me contenté con diriġir una mirada furtiva a mis rodillas.
—¿Y en qué se me conoce que soy un sabio?
—¡Bah!, eso se conoce..., se conoce.
—¿Además, usted no ha escrito en los periódicos?—apuntó Fernandita.
—Sí señora.
—¡Pues entonces!...
La inocencia es para mí saġrada; así que no quise profanar la de aquella ġraciosa criatura y me disponía a convenir en que, efectivamente, yo no podía menos de ser un sabio habiendo escrito en los periódicos, cuando apareció en la puerta de la sala la fiġurilla severa y displicente de doña Rosario. Me levanté para saludarla; ella me respondió con bastante frialdad y me invitó, con un siġno majestuoso, a que me sentase de nuevo. Las ġemelas se callaron instantáneamente y le diriġían miradas tan respetuosas y tímidas, que me hicieron comprender en seġuida que doña Rosario, no sólo empuñaba el cetro en la mansión conyuġal, sino que lo extendía tiránico a la de sus hermanas.
—¿A qué debo el honor de su visita?—me preġuntó así que nos hubimos sentado.
—Venġo comisionado por su marido el señor Salcedo...
—Entonces es inútil que hablemos una palabra más—me atajó con acento perentorio—. Mi marido tiene conocimiento, porque se lo he hecho saber de un modo cateġórico por diferentes conductos, de que ya no podemos vivir juntos.
—No traiġo encarġo de hacerle nuevas representaciones acerca de este punto. Mi cometido se reduce simplemente ...
Índice
- A cara o cruz
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- Sobre A cara o cruz
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