Arte, estética, ideal. Tomo 1
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Arte, estética, ideal. Tomo 1

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Arte, estética, ideal. Tomo 1

Descripción del libro

«Arte, estética, ideal» es un ensayo filosófico del pintor Pedro Figari, quien siempre estuvo preocupado por la teoría del arte. La obra, dividida en tres tomos, reflexiona sobre la relación que existe entre el arte, la ciencia, la estética y el ideal de belleza, proponiendo un punto de vista innovador.

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Información

Editorial
SAGA Egmont
Año
2022
ISBN del libro electrónico
9788726682069
Categoría
Arte
Categoría
Arte general
Pedro Figari

Arte, estética, ideal. Tomo 1

Prólogo de ARTURO ARDAO
Saga

PRÓLOGO

Por el título de esta obra, y, sobre todo, por la celebridad que Figari alcanzo como pintor, se ha tendido a verla como un tratado o ensayo de estética. Esa misma celebridad de Figari artista ha llevado, por otra parte, a que la consideración de sus ideas estéticas, las raras veces en que se ha hecho, lo haya sido con expresa referencia a su creación pictórica. Sin perjuicio de la correlación que exista entre esta creación y las doctrinas de Figari, y por lo tanto de la legitimidad de tales enfoques, corresponde, sin embargo, un enjuiciamiento de su libro desde el ángulo estricto de la filosofía. La doble dificultad mental de separar al pintor del estético y al estético del filósofo, debe ser vencida de una buena vez para alcanzar la justa valoración del pensador que coexistió con el artista.
La autonomía de lo filosófico puro en el libro de Figari, resulta en primer lugar, con respecto a su pintura, de la circunstancia histórica de que fue escrito y publicado, por una preocupación exclusivamente especulativa, años antes de que la obra artística fuera concebida y realizada; y en segundo lugar, con respecto a su estética, de la circunstancia doctrinaria de que la reflexión sobre el arte y la belleza, no sólo no es allí lo único sino que tampoco es lo fundamental. Lo fundamental es la metafísica y la antropología filosófica; la estética —con ser tan importante—, como la ética, la gnoseología, la filosofía de la religión, la filosofía social, manifiestas con profunda unidad a lo largo de sus páginas, es a partir de ciertas esenciales intuiciones y concepciones de filosofía primera que cobran todo su sentido.
El contenido del libro desborda así, con amplitud, al título. Esa desarmonía es resultado de la espontaneidad y autenticidad filosóficas de Figari. Como él mismo lo ha explicado en el prefacio, fue conducido a pensarlo y escribirlo por el deseo de ver claro a propósito del arte, la estética y el ideal. Pero puesto a la tarea, la reflexión lo llevó mucho más lejos. La universalidad de su inquietud, más todavía que la necesidad de encontrar fundamentos sólidos para sus ideas estéticas, lo fue desplazando insensiblemente de un dominio a otro de la realidad, que, en buena ley, es tanto como decir de la filosofía. Al margen de la tradición académica, hacia los cincuenta años de edad, sintió de pronto la imperiosa exigencia vital de poner en paz su conciencia filosófica. Y fue así como en torno al centro de interés de aquellos tres conceptos iniciales, toda una filosofía vino a surgir y expresarse en lo que en verdad constituyó un acto único de pensamiento. Fue sobre la marcha, que lo que iba a ser un opúsculo se convirtió en un grueso volumen, y lo que iba a ser un ensayo de estética se transformó en un ensayo filosófico general. Comprendiendo el autor la insuficiencia del título, lo reemplazó en la segunda edición francesa por el de Essai de Philosophie Biologique. Expresaba mejor la generalidad a la vez que la orientación de la obra. Pero siguió siendo insuficiente.
Mirado desde cierto punto de vista, el libro es, por encima de todo, un ensayo de lo que ha venido a constituir la moderna antropología filosófica. Su tema esencial es el hombre. El propio Figari lo establece en el prefacio cuando dice que en la primera parte —‟El Arte”— estudia los arbitrios y formas de acción del hombre; en la segunda —‟La Estética”— sus formas de relacionamiento con la realidad; y en la tercera —‟El Ideal”— la individualidad humana en sí y como entidad capaz de mejorar sus formas de acción. El libro responde de ese modo, cabalmente, a una de las mayores preocupaciones filosóficas de nuestro tiempo, aquella que apunta a la investigación y reflexión sobre el hombre y la cultura.
En El Puesto del Hombre en el Cosmos, título que por más de un motivo pudo ser el de Figari, distingue Max Scheler los tres grandes círculos de ideas antropológicas que coexisten en el seno de la cultura occidental de hoy: el teológico, de ascendencia judeo-cristiana; el filosófico clásico, procedente del racionalismo griego; el naturalista, derivado de la ciencia moderna. Considerado el libro de Figari como una obra de antropología filosófica, es al tercero de esos círculos de ideas que hay que referirlo. Su pertenencia a él tiene, aún, un sentido polémico frente a los otros dos, en especial al teológico. Formado su autor en el positivismo spenceriano que dominó en la Universidad de Montevideo a fines del siglo XIX, permaneció fiel al radical naturalismo de dicha escuela. Trascendió, sin embargo, las fronteras del positivismo clásico, su cautela agnóstica, para internarse en una especulación teórica que, sin dejar de ser naturalista, lo situó en plena metafísica. A esta metafísica hay que acudir para encontrar la verdadera definición de su personalidad filosófica, al mismo tiempo que el criterio básico de interpretación de su antropología, tanto como de su estética y demás aspectos parciales de su pensamiento.
Los elementos metafísicos de la obra se hallan dispersos. Es posible, no obstante, determinar una serie de capítulos y subcapítulos donde principalmente esos elementos aparecen, referidos a problemas capitales de la filosofia primera. Así, en la primera parte, el subcapítulo titulado ‟El temor a la muerte”, en la segunda, el titulado ‟Realidad, ilusión”; en la tercera, el titulado ‟La individualidad” (con sus distintos apartados: ‟Instinto”, ‟Conciencia”, ‟Voluntad”, ‟Opción”), y el capítulo final titulado ‟La Vida”. Los problemas del ser, de la nada, de la substancia, de la materia, de la vida, del espíritu, de la inmortalidad del alma, del mundo exterior, del espacio y el tiempo, de la ley natural, de la libertad, entre otros, desfilan traídos a la punta de la pluma con toda naturalidad por el desarrollo del discurso.
Si hemos de atenernos a la terminología tradicional, forzoso es vincular el pensamiento de Figari a la corriente materialista, de cuya modalidad científica de fines del siglo pasado y principios del actual fue un característico producto. Se movió nuestro autor en una de las dos grandes direcciones que se manifestaron en el país, después del 900, al disolverse el positivismo de escuela, y que fueron, por un lado, el empirismo idealista, presidido por los nombres de Bergson y James, y por otro, el materialismo científico, que derivaba de los Haeckel, Ostwald, Le Dantec. 1 La existencia de Dios y la inmortalidad del alma han sido las dos piezas clásicas del viejo espiritualismo. Respecto a ellas Figari no fue siquiera agnóstico. Negó derechamente a una y a otra. No admitió otra realidad que la de la naturaleza, y a ésta la redujo, conforme a la fórmula sacramental del materialismo de la época, a materia y energía. Pero, si en ese sentido fue materialista, lo fue a través de conceptos y puntos de vista que lo distinguen nítidamente de aquel estrecho materialismo de su tiempo que ha recibido la denominación de ‟cientificismo”. Cuando se ahonda en su pensamiento, surge de modo espontáneo su relación con ciertas formas clásicas del espiritualismo Y sin embargo, no con lo que esas formas tuvieron, precisamente, de espiritualistas. Este no es, después de todo, más que uno de los tantos casos en que se muestra caduca, por simplista, la vieja antítesis de espiritualismo-materialismo.
El propio Figari sintió esa insuficiencia al escribir: ‟Las dos escuelas filosóficas —la idealista y la materialista— pretendiendo ser comprensivas de la realidad integral, cuando la realidad es ‟inabarcable”, pretenderían que la humanidad se rindiera a sus demostraciones mas bien que a las evidencias que palpa en todo momento antes de que se presente una conclusión positiva”.2 Pero muy a menudo hace la defensa del materialismo y de los materialistas, y es a éstos a quienes en última instancia hay que referirlo. Sólo que su materialismo —ya que es forzoso denominarlo así— inspirándose como se inspira en el conocimiento científico, está lejos de confundirse con el físico-químico y mecanicista que se difundió en su época.
Contra este materialismo se alzó Figari con vigor. De sus diversos desarrollos en este terreno, destacaremos dos aspectos su concepción estructural del organismo biopsíquico, coronada por una excelente crítica del epifenomenismo, y su concepción, también estructural, dinamista y aún vitalista del mundo físico. En otros términos, sus concepciones antimecanicistas de la vida y de la materia.
En el primero de esos aspectos impugnó la hipótesis mecanicista del organismo, concebido como una simple suma de unidades celulares: ‟El culto a la hipótesis integral, que parece ser un sucedáneo del idealismo místico, en el afán de explicarlo todo de una vez, va echando mano de la histología, de la bioquímica, de la mecánica, para dar una conclusión total, sin advertir que todavía el misterio que se va penetrando poco a poco, está muy lejos de haberse disipado por completo, y que, en consecuencia, puede haber muchos otros elementos ignorados que, al concretarse, permitan dar una solución más acorde, por lo menos, con la evidencia. . . Si no hay más que un agregado celular, no hay individualidad integral, sino más bien un conjunto de unidades, sin plan unitario . Estos elementos ‟más simples” a que se acude para explicar el ‟compuesto” tan complejo y armónico como es, dejan de lado las manifestaciones más claras de la unidad individual: la conciencia entre otras. Si esas células se han reunido como se reúnen los granos de arena para formar las dunas, ¿cómo explicarse esos fenomenos congruentes, acordes, inteligentes y unitarios, si bien complejos y poliformes, que revela toda individualidad?”3
La actividad de la conciencia constituyó para Figari la más poderosa razón en contra del mecanicismo físico-químico en el orden de la vida. Y no sólo la actividad de la conciencia humana. ‟Dentro de la hipótesis mecanista —escribe— tampoco se encuentra el modo de conciliar los fenómenos de conciencia o de conocimiento, que se manifiestan en el hombre, por lo menos, con tantas evidencias. Esta teoría, en resumen, no hace mas que sustituir un misterio por otro misterio; un misterio más simple y más llano por otro más abstruso, más inextricable y abrumador. No hablemos del hombre, cuya conciencia (conocimiento) no podría ser puesta en duda sin caer de nuevo en el más radical y estéril de los escepticismos Entre los propios insectos hay detalles que no pueden ser lógicamente explicados sin acudir a lo prodigioso, a lo contranatural, acaso como sucedáneo ‟científico” de lo sobrenatural”.4
Sobre esta critica de la hipótesis mecanista monta la de ‟la hipótesis de la conciencia-epifenómeno, que concibió Maudsley y adoptó Huxley”, y que, ‟por más que cuente con tantos y tan esclarecidos partidarios, no ha podido, que sepamos, explicar la conciencia orgánica, unitaria, individual, que por todas partes se manifiesta, de una u otra manera, en los dominios biológicos”.5 Imposible seguir aquí, punto por punto, el enjuiciamiento que a continuación lleva a cabo del epifenomenismo, desde posiciones filosóficas bien ajenas a las neoespiritualistas que, Bergson al centro, concurrían contemporáneamente, con argumentaciones distintas, a la misma crítica.
La oposición de Figari a la versión mecanicista del materialismo, dominante en su época, se manifiesta luego a propósito no ya de la vida sino de la materia. Después de haberse resistido a la explicación físicoquímica de la vida, se resistió a la explica...

Índice

  1. Arte, estética, ideal. Tomo 1
  2. Copyright
  3. PRÓLOGO
  4. CRITERIO DE LA EDICIÓN
  5. ARTE, ESTÉTICA, IDEAL
  6. EL ARTE
  7. Sobre Arte, estética, ideal. Tomo 1
  8. Notes

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