
- 312 páginas
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Descripción del libro
«Un ensayo original y cautivador que recorre con vivacidad las múltiples expediciones literarias a ese país secreto que es la convalecencia. Al desapego de la medicina, el autor opone la audacia de los escritores a la hora de examinar las sensaciones inéditas, los estados singulares, las variaciones del cuerpo durante el obligado reposo». Le Monde
Los médicos se sienten a menudo impotentes ante ese periodo confuso y vacilante que llamamos convalecencia: ya no es enfermedad, pero tampoco la salud se ha recobrado plenamente. Un descanso forzado que preocupa e impacienta a moralistas y burgueses, pues hace olvidar pronto los beneficios de la vida activa; pero un verdadero oasis, por el contrario, para cualquier escritor: para Jane Austen y Madame de Staël, para Goethe, Tolstói, Zola y Henry James, para Rilke, Proust, Döblin, Céline, Thomas Mann y tantos otros.
¿Elegir la paz que brinda la habitación —ese remanso para el pensamiento, para la creación, para el amor incluso— o el fragoroso esfuerzo que demanda el mundo? En el pasado, el reposo se contemplaba solo como consecuencia inevitable del ardor guerrero o como tregua destinada al riguroso examen vital, a la conversión profunda y ejemplar. Sin embargo, en este siglo que ahora habitamos, en el que como sociedad seguimos y estamos gravemente dañados, parece que nos hayamos vuelto más atentos y sensibles a esa pausa tan intensa como limitada. Porque demasiado bien sabemos que los placeres frágiles de la convalecencia apenas resisten los embates de los acerados tiempos modernos.
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Categoría
LiteraturaCategoría
Ensayos literariosCapítulo VI
«La enfermedad humana»645
La convalecencia clásica se basa en una idea preconcebida: siempre se puede obtener beneficio de la enfermedad. En las novelas de formación646, permite al individuo hacerse más fuerte, más lúcido, más adulto. Prácticamente es un rito de iniciación. ¡Bienaventurado quien ha podido superar la enfermedad y vuelve a la vida con renovadas fuerzas! Esas ideas, esas imágenes, esos mitos explican el lugar que ocupa la convalecencia en la novela del siglo XIX. Va a haber que desengañarse. Se alzan voces que osan afirmar que la enfermedad no aporta nada bueno y que la convalecencia no es más que tiempo perdido; que tampoco lleva a tiempos anteriores. Se acabó el engaño; progresamos hacia una mayor verdad. Cada vez es más limpia la fractura entre los amantes de la lucidez y quienes aún describen convalecencias acogedoras.
La Gran Guerra desempeñó un papel fundamental en esta evolución. ¿Cómo hacerse ilusiones cuando los convoyes sanitarios conducen a París o a Berlín incesantes oleadas de heridos graves? Las enfermeras de cofias blancas, de admirable entrega, no cambiarán nada: estamos ahora en presencia de un horror que no tiene vuelta tras. La novela no había ignorado la guerra de 1870647, pero las cifras de heridos no eran comparables. Aún demasiado humanista, la novela no era capaz de tomarle, salvo en ciertas excepciones, la medida al horror. Ahora, se va a intentar contarlo. El relato de la convalecencia no ha muerto, pero ha cambiado de rostro. A veces incluso, quienes vuelven del frente no disimulan que es algo casi indecente. ¿Qué importancia tiene una pequeña convalecencia individual comparada con una masacre?
En esta mutación, los novelistas-médicos van a desempeñar un papel esencial. Abundan y, entre ellos, los más conocidos son Céline en Francia y Döblin en Alemania648. El primero combatió valientemente; el segundo, declarado no apto para el servicio armado, cuidó a los heridos. A ellos no es fácil engañarlos. Saben lo que hay. Nada de primaveras que acompañen los primeros pasos con muletas por la calle; nada de encuentros amorosos que hagan olvidar todo lo demás. Su lucidez es implacable. Pero hay que añadir que también se aplica a la realidad en general. Céline sabe lo que son las convalecencias en los suburbios. Döblin, sumido en los bajos fondos berlineses, cuenta una danza de muerte que da el toque de difuntos al ideal engañoso. En realidad, la novela en su conjunto quiere ser más verdadera. Adiós a las palideces simbolistas, a los sanatorios «confortables».
En la misma época, el psicoanálisis explora las zonas más ocultas de la persona. También destruye ciertas ilusiones. De un modo variable según los autores, no cree que el individuo escuche la voz de la razón tanto como se pensaba. En 1930, exactamente un año antes de Viaje al fin de la noche, Freud publica El malestar en la cultura, cuyo gran tema es la fragilidad de nuestra civilización. Un bárbaro dormita en cada hombre civilizado, dispuesto a despertar cuando las guerras estallan. Todos y cada uno de nosotros estamos enfermos.
Los soldados de verdad no suelen relatar su convalecencia. Eso lo dejan para los civiles y para quienes no han vivido la guerra. Pero su discreción obedece, según los casos, a razones muy distintas, como se puede ver en Jünger y en Genevoix.
El primero fue, sin duda, en la época de la Gran Guerra, uno de los oficiales más condecorados del Ejército alemán649. Y lo fue con todo el derecho del mundo, porque, como anota al final de Tempestades de acero 650, dejando al margen «pequeñeces como los rasguños y las contusiones», su cuerpo «había retenido al menos catorce proyectiles que dieron en el blanco». Para cada una de esas heridas, las cosas se desarrollan de la misma forma: se lleva al herido a la retaguardia, se confecciona una camilla improvisada, recibe los primeros auxilios en un hospital de campaña y, si la herida es realmente grave, es trasladado a territorio alemán para un tratamiento más o menos largo. Catorce heridas, es decir, en principio, otras tantas convalecencias. Per...
Índice
- Portada
- Portadilla
- Créditos
- Índice
- Introducción
- Capítulo I Ese extraño «entredós»
- Capítulo II Sensaciones
- Capítulo III Experiencias amorosas
- Capítulo IV Tiempo de reflexión
- Capítulo V De Nietzsche a Gide
- Capítulo VI «La enfermedad humana»
- Conclusión
- Bibliografía
Preguntas frecuentes
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