Epílogo
Como todo lector sagaz habrá advertido muy pronto, no hay nada en este pequeño libro que no haya sido tomado del doble tesoro de la philosophia perennis y de la experiencia cristiana. El autor pensaba que lo mismo se podía decir de las dos primeras ediciones en lengua francesa, aparecidas con el título: De la connaissance de Dieu (Sobre el conocimiento de Dios). Por eso, cuando se enteró de que varios lo dudaban, se sintió, en primer lugar, extrañado. Para que hubiera surgido esa duda, hacía falta, no obstante, que hubiera en algo al menos un riesgo de malentendido. Sobre las cuestiones relacionadas con el conocimiento de Dios, puede decirse, en general, lo que decía san Agustín de este mismo conocimiento: «si la visión fuera fácil, el nombre de enigma no se encontraría en este lugar»; o lo que decía san León del misterio sobrenatural: «la imposibilidad de hablar nace de donde se origina el motivo que nos impide callar». Hablar sobre Dios es, por consiguiente, tan peligroso como necesario.
Con todo, el peligro no excusaría el silencio. Tal es, en efecto, «la altura y, por así decirlo, la delicadeza de la verdad de Dios, que el lenguaje humano no puede tocarlo sin herirla en algún lugar… Pero después de todo, si esperáis para hablar de Dios a que hayáis encontrado palabras dignas de él, no lo haréis nunca». Esta sabia reflexión de Bossuet nos ha parecido decisiva. Con todo, la necesidad de hablar no excusaría del todo la torpeza. Sea lo que sea no solo de las «intenciones» de un autor, sino de esa cosa completamente intelectual que es la intentio de su pensamiento, la intentio de su obra, es decir, la significación de conjunto que le confiere el fin al que tiende, el sentido en el que está comprometida, puede suceder que algún atajo demasiado rápido, alguna expresión demasiado elíptica o algún término polivalente corra el riesgo de orientar a un u otro lector hacia una pista falsa; tal acento, aquí demasiado débil, allá demasiado fuerte, puede conseguir amenazar, en algunos espíritus, el equilibrio siempre delicado de la verdad. A esto debemos añadir que una redacción discontinua, más apta para suscitar el esfuerzo de reflexión, hace también más complicada la plena comprensión de todas las fórmulas. Por eso, respondiendo a peticiones benevolentes y autorizadas, hemos revisado de cerca nuestro texto. Hemos añadido muchas precisiones orientadas a la obtención de una mayor claridad. Con todo, nos era imposible olvidar que cada vez que se toca a las cosas esenciales, todo suplemento de explicación hace nacer nuevos problemas, hasta tal punto que cuanto más se explica uno, más tendría que explicarse. Que no se nos reproche una enfermedad inherente a la condición humana. Por lo demás, esta edición refundida no aborda, como tampoco las precedentes, todos los problemas que constituyen el objeto de nuestros tratados clásicos de «teología natural». Muy al contrario. Por eso no puede ni pretende sustituirlos. Con todo, hemos introducido algunos desarrollos en vistas a completar o a poner bajo una mejor luz ciertos puntos que nos parecen importantes en sí mismos, o que hemos considerado aptos para levantar la confusión de algunas mentes. Arriesgándonos a recargarla mucho, aportamos además notas explicativas destinadas a proporcionar las aclaraciones o las justificaciones necesarias.
Con ello se ha modificado un tanto el carácter del opúsculo original. Nuestro único propósito era tender una mano fraterna a algunos hombres que buscan a su Dios (y supone para mí una alegría que, en efecto, la hayan cogido más de una vez). A esos tales no les importan las múltiples «autoridades». Por eso las citas se reducían a algunos raros textos, cuya energía o belleza nos habían parecido particularmente sugestivas. Ahora las he agrupado, en gran número, al final del libro, y constituyen una especie de florilegio que esperamos sea de utilidad a otra categoría de lectores.
Ojalá quede ahora más claro a todos que por nuestra parte atribuimos la misma importancia que la misma Iglesia católica, tal como decíamos no hace mucho en términos equivalentes, al hecho de que «la razón humana, sin la ayuda de la divina revelación y de la divina gracia, puede demostrar la existencia de un Dios personal con argumentos deducidos de las cosas creadas». Por nuestra parte no confundimos este poder —supuesto por todo nuestro trabajo— con tales o cuales condiciones concretas de su ejercicio y, por ejemplo, para retomar dos palabras ya empleadas, si el gusto de Dios es una cosa, sabemos que las pruebas son otra. No hay ni una de nuestras páginas que no desee dar testimonio de nuestra adhesión —nos atrevemos a decir que tan profunda como la de cualquiera— a «aquella sana filosofía, que es como un patrimonio heredado de las precedentes generaciones cristianas», y confesando también nosotros que, en un escrito que no es un manual de enseñanza, conviene, «despojarla de cierta terminología escolar menos conveniente», no la consideramos en absoluto, sin embargo, como «un gran monumento, pero ya anticuado». Es esta enseñanza la que nos alimenta, es en su clima donde nuestro pensamiento no cesa de vivir. Quisiéramos ser capaces de mostrar a todos que es más rica todavía y más nutritiva, que tiene hoy todavía más savia fecunda de lo que creen incluso algunos de sus adeptos. Se verá, además, aquí como en otros lugares, que no tenemos ninguna indulgencia con este tipo de «neurastenia filosófica» que parece roer el espíritu de cierto número de nuestros contemporáneos y que tampoco tenemos una inclinación excesiva por las otras «novedades del día» que preconizarían la única solución «de los seres singulares y la vida en su continua evolución», o la adopción simultánea de «doctrinas dispares». Por otra parte, dejando a los especialistas la tarea de instituir las discusiones necesarias, nunca hemos ambicionado más que recordar, con un lenguaje que no parezca demasiado envejecido, algunas verdades eternas, y esta ambición no ha cambiado ahora. Por último, si bien estimamos con todos los creyentes que «cuanto la fe enseña acerca del Dios personal y de sus preceptos, es enteramente conforme a las necesidades de la vida», también estimamos que eso no ha de ser en detrimento, sino, bien al contrario, en virtud de su valor de verdad.
Permítasenos ahora llamar la atención sobre algunos puntos particulares.
Un crítico ha puesto en nosotros el designio d...