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¿A qué apunta la cura?
Recientemente hemos demostrado que Lacan, durante la época de su retorno a Freud, no sólo reintroduce en el centro del discurso analítico la función de la palabra dentro del campo del lenguaje: cuando critica a los psicoanalistas posfreudianos, además suele corregir a Freud sin decirlo. Uno de los blancos de esta operación consiste en reinterpretar y aun contradecir la dirección de la cura que la 31ª Conferencia resume en la fórmula Wo Es war, soll Ich werden y que para Freud significa el objetivo de fortalecer el yo, independizarlo del superyó y hacerlo dueño del ello; en otras palabras, lograr el autodominio. La apertura del primer seminario de Lacan critica frontalmente ese objetivo: “El ideal del análisis no es el completo dominio de sí”, dice, pero no aclara que entre quienes sostienen ese ideal se encuentra Freud. Luego afirma que “toda una corriente del análisis” cree que, si el ego es débil, “es necesario reforzarlo”, y omite decir que esa corriente navega en la estela de un Freud que proponía al analista ser un superyó perfeccionado –uno que eduque al paciente mejor que sus padres. En los años 50 cuestiona y reinterpreta el imperativo freudiano reiteradas veces y desde diversos ángulos: ensaya lo que ocurriría si el ello se equiparase al sujeto, no acepta interpretar tópicamente esa fórmula, tampoco leerla en términos de un fortalecimiento del yo, y hasta llega a replantearla en función del falo. Si esta secuencia enseña algo, es que Lacan no acepta la dirección de la cura propuesta por Freud, con lo cual insinúa la posibilidad de que éste no se haya mantenido a la altura de su propio descubrimiento hasta el final.
Hipnotizados que empujan
Al mismo tiempo, por ese medio intenta arrancar a sus oyentes, cuya capacidad de crítica ha sido “obliterada”, de la posición de “idolatría” para con la sagrada obra de Freud, despertarlos, aplicando a esa obra “los mismos principios que ella da a su construcción”, o sea, examinando analíticamente el psicoanálisis. En suma, busca poner fin a la hipnosis provocada por el significante amo –peligro mortal de toda comunidad de analistas– y no oculta su opinión de que, si la literatura analítica desembocó en un delirio ready-made, fue por iniciativa de Freud y en complicidad con esa cobardía de los analistas frente a lo desconocido e ignorado, que los empuja a la “cantinela”. Su resultado fue la reintroducción del viejo yo y el olvido de la función de la palabra –dos cosas a las que Lacan se opone interpelando a Freud con herramientas freudianas, y recordando que lo propiamente humano es lo simbólico y que el análisis es una “técnica de la palabra”.
En sus últimos años, Freud explicita que toda su doctrina se edificó sobre la base de un único problema clínico: el de la resistencia. Él la consideraba indicio inequívoco de un conflicto, pero ello sólo es así para quien acepte el principio de placer; en caso contrario, hay que revisar toda esa doctrina. Lacan parece haber tenido presente esta aserción de Freud, ya que su primer seminario se aboca a discutir en detalle el problema de la resistencia y el segundo quiere “advertir a qué dificultad única y constante respondía”. Y, si bien no conecta con el principio de placer la crítica que propone, su abordaje aleja la resistencia de la noción de un conflicto. Al comentar los Estudios sobre la histeria, por ejemplo, refiere la resistencia al hecho de que la corriente de palabras no puede sino rodear el núcleo patógeno, lo cual no corresponde a un conflicto sino a una incompatibilidad, y además pone en tela de juicio la posibilidad de que las resistencias provengan del yo como lo proponía Freud. En lugar de eso, sugiere que nacen de la imposibilidad de la palabra para “expresar el ser del sujeto”, lo cual es más bien el problema de lo singular –que él confunde con el del límite de lo simbólico para dar cuenta de lo real. Ahora bien, ¿de dónde provienen? Lacan muestra que nacen del analista, lo ejemplifica mediante el caso Dora, y adscribe el hecho a la creencia en que habría una ciencia de la relación sexual –creencia por la cual el analista empuja y provoca resistencias–, y también a la distancia entre el yo y el sujeto.
Tobogán revisitado
Freud quiso enlazar el psicoanálisis con la ciencia por dos vías: incluyéndolo en la psicología y articulándolo con la biología. Lacan, en cambio, rechaza tal objetivo en sus dos aspectos, si bien propone incluir el psicoanálisis entre las ciencias conjeturales. Al mismo tiempo, reconoce que la clave del análisis, su brújula inclaudicable, es la singularidad: según él, tal es el descubrimiento freudiano, y así lo dice desde su primer seminario –aclarando que lo singular no es lo individual, en la medida en que la singularidad es el estilo de los lazos libidinales del sujeto. Pero esto lo lleva a contradecirse, ya que desde Aristóteles entendemos que no hay ciencia de lo singular. Quizás esta sea la única razón por la cual dice que el análisis es una ciencia de lo particular, y luego remplaza ciencia por experiencia. Si el análisis fuese parte de la ciencia biológica, el deseo sexual respondería a ciclos objetivados –observa– y nuestra práctica no tendría más sentido que la magia, pese a lo cual hablamos de los seres hablantes como universales y razonamos sobre ellos “como si se tratara de lunas”, con el efecto de “hacerlos callar”.
Con la palabra y el lenguaje se reintroduce el sujeto, o sea, la otra dimensión que, junto con lo singular, queda excluida de toda ciencia, y esto permite a Lacan situar la necesidad de repetición en lo simbólico, no en la fantasiosa biología freudiana. En sus últimas conferencias, Freud propuso dejar de hablar del inconsciente y poner en su lugar el ello, entendido como una “caldera llena de excitaciones borboteantes”. Así consumaba la separación entre el inconsciente y el lenguaje, ya que éste había sido remitido al preconsciente. Lacan rechaza ambas propuestas y afirma que en el inconsciente, organizado como discurso, “el sujeto habla”, y la necesidad de repetición nace de esto, no del plano biológico al que Freud pretende reconducirla. Para él, en el inconsciente “la palabra sigue propagando sus ondas”.
Freud arrastró a buena parte del psicoanálisis por un tobogán biológico que lo conduce al suicidio. Lacan, de entrada, procura no caer por él (“No seguimos a Freud –dice–, lo acompañamos”), y esta distancia le permite despegarse del binarismo pulsional y situar lo humano a distancia de cualquier instinto animal –a diferencia de Balint, que siguió el consejo freudiano de interesarse en la psicología animal. Su posición es ambigua. Por un lado, considera que este tobogán da lugar a una “conceptualización monstruosa”, mientras por otro lado parece querer convencernos de que “la biología freudiana no tiene nada que ver con la biología” y sólo pretende introducir nociones energéticas y homeostáticas, es decir que sólo sirve para plantear una perspectiva económica en el sentido de redistribución con suma constante (no en el del principio de placer ni en el de las localizaciones anatómicas o la herencia genética), pero hay argumentos de peso que nos impiden aceptarlo. Esto no le veda asociar un espejo de su esquema óptico con el córtex cerebral y situar el ojo como apéndice de éste, ni considerar la relativa “admisibilidad de la construcción biológica de Freud”. Pues bien, como esa construcción...